jueves, 26 de diciembre de 2013

Madrid dulce

Madrid no es una ciudad famosa por su afición al dulce y, sin embargo, están bien arraigadas entre sus tradiciones seculares muchas especialidades vinculadas con épocas o festividades determinadas.
Desde los olvidados azucarillos hasta los roscones, pasando por rosquillas, buñuelos, churros, huesos de santo y torrijas, por ejemplo, están unidos, por tiempo inmemorial, a la vida cotidiana de los madrileños.

Y todavía quedan veteranos obradores y magníficas pastelerías y confiterías, con mucha historia a sus espaldas, que conviene recordar antes de que pasen a engrosar la interminable lista de desaparecidos (y olvidados) que ya es demasiado larga para una capital que mantiene un combate permanente entre futuro y tradición.

Haré mención aquí solo de algunas de las más notables, basándome, como es lógico, tanto en mis afinidades personales como en los méritos objetivos que, sin duda, todas tienen.

Fernando VI, 2
28004 Madrid
Teléfono: 91 308 02 31
Metro: Alonso Martínez, Tribunal y Chueca

La Duquesita
Fundada en 1914, se define a sí misma como confitería y repostería y presume de seguir elaborando sus productos con los mismos métodos artesanales de sus comienzos.
Bombones, chocolates y turrones, por un lado y dulces navideños o pastas de té, por otro, son de excelente calidad y muy cuidada presentación. Su bollería es muy buena, entre la que destacan los suizos, un bollo muy popular hace años, que ahora se ha convertido casi en un desconocido para las nuevas generaciones.
Y si lo que ofrecen sus hornos es bueno, mejor aún es el entorno, ya que el local es muy bonito y perfectamente conservado en su estado original. Una de esas viejas confiterías madrileñas en grave peligro de extinción.


Mamá Framboise (cerrado)
Fernando VI, 23
28004 Madrid
Teléfono: 91 391 43 64
Metro: Alonso Martínez, Tribunal y Chueca

En la misma calle y a muy poca distancia de La Duquesita, se encuentra este nuevo local que desde su inauguración está teniendo un gran éxito como pastelería y también como salón de té y cafetería.

Mamá Framboise
Es un lugar que mezcla un ambiente moderno y desenfadado, muy bien encajado en el estilo de la zona, con una oferta de repostería tradicional y de gran calidad, pero que tampoco renuncia a ese toque contemporáneo, con cierto toque afrancesado, que garantiza una gran aceptación entre todo tipo de público (con mayoría femenina).
Las mesas grandes se comparten, tal como sucede en otros sitios de moda, y, por si todo lo anterior fuera poco, sus precios son más que razonables, lo que explica las frecuentes colas que vemos en la puerta para encontrar sitio en las horas de mayor afluencia.


Mayor, 10
28013 Madrid
Teléfono: 91 366 44 82
Metro: Sol

Mi tío Carlos decía que las mejores torrijas de Madrid eran las que hacían en esta antiquísima confitería, fundada en 1855 por Dámaso de la Maza, pastelero personal de la reina María Cristina.

El Riojano
Es probable que mi tío tuviera razón, pero creo que se quedaba corto. Él, de pequeño, vivía cerca del mercado de San Miguel y su padre, un conocido médico de la época, era asiduo cliente de El Riojano, así que conocía bien esta extraordinaria reliquia del Madrid del siglo XIX. 
El local, en sí mismo, es una joya situada a pocos pasos de la Plaza Mayor y todo lo que allí se elabora y vende es de una calidad infrecuente en los asépticos tiempos que vivimos. 

Al fondo, un salón de té, en el que se pueden degustar todas las exquisiteces de la confitería, completa una oferta extraordinaria, imbatible en el Madrid de nuestros días... y, tal vez, incluso, en el de María Cristina.


Villanueva, 14
28001 Madrid
Teléfono: 91 435 74 54
Metro: Colón, Serrano y Retiro

Esta bombonería, una de las más famosas y antiguas de Madrid, abrió su primera tienda en la Puerta del Sol, en el año 1852. Su emplazamiento actual, junto a Serrano, data de finales de los años 60 del pasado siglo.
Sus pajaritas de chocolate son inconfundibles, pero no lo son menos sus cajas surtidas de caramelos que, como casi todo lo que podemos encontrar en este magnífico establecimiento familiar, se siguen vendiendo con sus envoltorios originales, de una belleza excepcional. 

Sin duda, el hecho de que siga regentada por la misma familia que fundó hace posible que, más de siglo y medio después, La Pajarita siga conservando intacto el espíritu de sus fundadores, Vicente Hijós y su mujer, Lorenza Aznárez. 
La tradición dice que tanto el nombre como la forma de sus famosos chocolates tienen su origen en las pajaritas de papel que Miguel de Unamuno, conocido de los fundadores, solía hacer mientras charlaba con sus amigos.



La Violeta
Plaza de Canalejas, 6
28014 Madrid
Teléfono: 91 522 55 22
Metro: Sol y Sevilla

No muy lejos de la tienda original de La Pajarita, nació esta otra confitería, creada por Mariano Gil en 1915, con un nombre que no deja dudas de su especialidad: dulces con aroma de esencia de violetas.
Desde su inauguración gozó de gran fama y su éxito dura hasta nuestros días.
Aparte de los bien conocidos caramelos de violeta, ofrece muchos otros dulces originales, como las violetas confitadas, los troncos de chocolate o el famoso chocolate del músico (con nueces y pasas).

A mí me gustan la mermelada, la miel y el té de violeta, que también se cuentan entre sus tradicionales especialidades.
Es bien conocido, por otra parte, que Alfonso XIII fue uno de sus clientes habituales, así que no cabe duda de que tanto la reina Victoria Eugenia como Carmen Ruiz de Moragas disfrutaron de las dulces violetas de Mariano Gil.


Carrera de San Jerónimo, 30
28014 Madrid
Teléfono: 91 429 67 96
Metro: Sol y Sevilla

Me cuesta trabajo incluir a Casa Mira en esta selección, y no porque no sea destacable, sino porque es tan conocida y famosa que parece ocioso mencionarla. Sin embargo, es imposible hablar de dulces en Madrid y pasar por alto un lugar como este.
La leyenda cuenta que Luis Mira, maestro artesano turronero en Jijona desde 1842, emprendió viaje hacia Madrid en 1855 con un carro cargado de turrón. Un viaje que tuvo que reiniciar hasta cuatro veces porque antes de llegar a Albacete ya lo había vendido todo...

Casa Mira
La fama de su turrón permanece inalterable hasta hoy y así lo atestiguan las grandes colas que, con la llegada de las fiestas navideñas, se forman frente a la puerta de su bonita tienda, toda recubierta de madera de caoba y espejos, que dan marco a todo tipo de dulces (hay mucho más que turrón), de aspecto tan notable como lo es su bien ganada reputación de "mejor turrón de España".
Los "Hijos Sucesores de Luis Mira" (que es el nombre completo que figura sobre la puerta) tienen a gala el hecho de que la tienda se mantiene igual tras sus más de ciento cincuenta años de vida, lo mismo que sus métodos artesanales de fabricación. Un dulce lujo del que bien puede enorgullecerse la villa de Madrid.


Pozo, 8
28012 Madrid
Teléfono: 91 522 38 94
Metro: Sol

Puede que sea la más antigua de Madrid. Abierta en 1830, mantiene toda su autenticidad original. Nada parece haber cambiado en ella, a pesar de que ya va camino de cumplir su segundo siglo de vida.
Todo es sencillo aquí, al menos exteriormente, ya que la calidad de lo que sale de sus hornos nadie puede discutirla.
Las planchas de hojaldre y los roscones son los verdaderos protagonistas de la pequeña calle del Pozo, justo en la parte trasera de L'Hardy, el veterano y magnífico restaurante de la Carrera de San Jerónimo.

Antigua Pastelería del Pozo
Los roscones no tienen nunca relleno ni frutas escarchadas y solo se elaboran en dos tamaños, lo que no impide (o, quizás, contribuye a ello) que sigan siendo los más apreciados de Madrid, una ciudad, como todos bien sabemos, con muchos y buenos obradores.
Nadie que viva en la capital debe dejar de conocer este lugar que es, más que una pastelería, parte de la historia y las costumbres de nuestra ciudad.


San Onofre,
28004 Madrid
Teléfono:
Metro: Gran Vía

La pastelería de Daniel Guerrero abrió sus puertas en 1972 en esta pequeña calle, entre Fuencarral y Valverde, muy próxima a la Gran Vía y hoy ya cuenta con siete tiendas en Madrid (y una en Japón), aunque la original, sigue siendo la abanderada del grupo.
Daniel se quedó con el local de la vieja pastelería "El Buen Gusto", que apareciera en la novela Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós, vecino, por cierto, del barrio.

Roscón de Reyes - Horno de San Onofre
Gran fama alcanzó su tarta de Santiago, pero no le van a la zaga los demás postres y dulces que allí se elaboran, como mazapanes, turrones, pasteles... 
También son dignos de destacar sus buenos panes artesanos, su bollería y sus muy vistosos árboles de chocolate. 

Verdadera tentación para quienes, agotados tras un intenso día de compras en la calle de Fuencarral, buscan una dulce recompensa para recuperar, de la mejor forma posible, las mermadas energías...


Caramelos de violeta
Muchas más son las excelentes confiterías, pastelerías y bombonerías de Madrid, tantas que no sería posible nombrarlas a todas. Algunas de ellas destacan, en especial, por un producto singular, como los pasteles de limón de Embassy, las ensaimadas de Formentor, las tartas de frambuesa de La Húngara, los bombones de Santa...

Madrid también tiene una historia dulce, sí. Los golosos están de enhorabuena.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Invierno en Biarritz

Me gusta pasar el invierno en Biarritz.

La semana que prefiero para viajar a mi ciudad favorita del Sudouest es la última de diciembre. Suele hacer sol y el clima es suave, aunque también he visto nevada la Grande Plage en esas fechas, tras una inesperada tormenta nocturna... si bien lo normal es el buen tiempo.

El faro
Claro que aún era mejor esa época en la que se podía llegar en tren hasta la vieja Gare du Midi, tras hacer transbordo en La Négresse, pero me conformo con cualquier otro medio de transporte, siempre que me permita estar antes del mediodía frente a la Mairie, hacerme una foto con el reloj al fondo y, después, disfrutar de una buena comida en Chez Albert y un agradable paseo por el Port des Pécheurs.

Y es que lo que tiene Biarritz no lo tiene ningún otro sitio en el mundo.

Biarritz ha sido importante en muchos momentos de la historia, pero lo más memorable tuvo lugar a principio de los años setenta del pasado siglo. Y el mejor año de todos fue, con diferencia, 1973.
Su segundo gran hotel, el Hôtel du Palais, es extraordinario, como también lo es, en otra escala, el muy recomendable Château du Clair de Lune, situado a muy poca distancia del centro. Y digo esto porque, sin hacer menosprecio a la imperial residencia de Eugenia de Montijo, no tengo la menor duda de que el hotel más especial de la villa fue el modesto y tristemente desaparecido Lou Coufidou.

Quien piense que Biarritz es un lugar como cualquier otro está muy confundido. Pasar el invierno allí es modificar el concepto universal del tiempo. Y no para hacer algo tan vulgar y reiterativo como viajar a través de él, no. Eso ya está muy visto (como dijo aquel castizo madrileño a la señora que protestaba por las apreturas del Metro, sugiriéndola que, en lugar de utilizar el manido taxi como medio alternativo de transporte, usara el entonces novedoso y cómodo microbús). Estar en Biarritz el 27 de diciembre, digamos, nos sitúa en una dimensión diferente. Una dimensión temporal imperturbable en la que, como cantan los versos del gran poeta contemporáneo, nos lleva a ese mundo lejano y silencioso que nos hace confundir los siglos con los días.

La sensación que nos invade es de eternidad, ya sea bajo el faro o tomando un gateau basque en Miremont. Moverse en un sentido u otro de la dirección del tiempo es fácil. Pero permanecer mudos y absortos, inmóviles en los brazos de un desorientado Cronos, solo es posible leyendo la rima LIII de Bécquer o soñando en Biarritz.

Biarritz en diciembre está a salvo de la maldad y nos permite escalar hasta las siempre escarpadas cotas de la verdad absoluta. Un paseo hasta Cambo para ver la Nive desde sus solitarias terrazas o una cena imaginaria en Le Patio, frente a la iglesia de Sainte-Eugénie, son imprescindibles para vivir cuarenta veces lo mejor de una vida cuya foto sigue visible desde todos los ángulos, por mucho que algún retrato se haya traspapelado temporalmente.

La Grande Plage
Y en ese cielo limpio de invierno, casi transparente, nunca he dejado de ver, año tras año, el rayon vert, justo un instante antes de que el sol de la tarde entregue su tributo diario de luz al mar, por detrás de su infinita línea recta. Lo he visto, incluso, cuando nadie era capaz de verlo.
Por eso sé que lo seguiré recibiendo en mi retina cada vez que esté en Biarritz en diciembre.
Aunque todos (o casi todos) hayan olvidado ya el nombre de su viejo alcalde y el de su ayudante. Es fugaz la memoria de los hombres.

Me gusta pasar el invierno en Biarritz.

martes, 10 de diciembre de 2013

La nieve en Gstaad

Nadie puede negar que en los Alpes existe una muy variada oferta de estaciones de esquí, a cual más atractiva para el amante del deporte de la nieve. Además, muchas de ellas se convierten en verano en una excelente alternativa al turismo de playa, con la ventaja de que a sus impresionantes paisajes hay que añadir una tranquilidad de la que suelen carecer la mayoría de los destinos de la costa.

El valle de Gstaad
Son muchas, como digo, las estaciones alpinas, algunas nacidas recientemente, con instalaciones modernas y bien dotadas de servicios. Pese a ello, yo no puedo seguir teniendo devoción por las clásicas. Tal vez ya no sean las mejores, pero a mí me sigue pareciendo que lugares como, por ejemplo, Cortina d'Ampezzo, Zermatt, Megève, Lech, St. Moritz, Chamonix o Gstaad tienen algo diferente al resto.
Todas ellas gozan de una personalidad propia que las eleva (valga la redundancia topográfica) por encima de las demás.

Hoy hablaremos de Gstaad. Una de mis favoritas.

Los últimos rayos del sol
A Gstaad se llega muy cómodamente desde el aeropuerto de Ginebra en tren. Sin salir del aeropuerto tomaremos uno de los eficientes y puntuales ferrocarriles suizos hasta Montreux, donde deberemos hacer transbordo para subirnos al fantástico MOB (Montreux-Oberland Bernois), un pequeño tren panorámico que nos llevará hasta Gstaad, a través de los increíbles paisajes nevados del valle de Saane.

El MOB nos deja en la bonita y céntrica bahnhof de una de las estaciones de esquí más elegantes del mundo: Gstaad.

Tras unos pasos nos encontramos con un pueblo peatonal y, en consecuencia, tranquilo, cuya calle principal (casi siempre cubierta de nieve en invierno) es una auténtica maravilla, como lo es todo el valle.

Pocas, pero elegidas tiendas; el salón de té Charly's, frente a la pista de hielo; discretos bares de montaña, hoteles y restaurantes... más unas cuantas casas de piedra y madera a ambos lados de la Promenade (el paseo central), nos trasladan a uno de esos lugares ideales e imaginarios que solo parecen existir en las películas navideñas americanas. 
Sin embargo, todo es real. Y, al caer la tarde, los reflejos de las luces sobre la nieve que cubre tejados y suelo, una vez desparecidos los paseantes que antes transitaban la pequeña villa, convierten la escena en un permanente e intenso sueño alpino. 


Cae la tarde en Gstaad
El gran hotel de Gstaad es el Palace.
Un verdadero palacio que emerge sobre el pueblo, ofreciendo espectaculares vistas de los Alpes desde todas sus habitaciones.
Aquí el lujo alcanza, sin duda, su más alta cota. Nadie puede discutirle su abrumadora supremacía frente a cualquier otro establecimiento hotelero, pero no es necesario estar alojado en él para disfrutar al máximo de Gstaad, aunque nunca está de más una sesión de après-ski tomando el té en uno de sus salones.

Con permiso del Palace, el hotel que más me gusta de Gstaad es el Olden. Una bellísima y antigua casa tradicional suiza, muy confortable y situada en plena Promenade

Hotel Olden
Su bar (en el que también se puede comer) es un acogedor salón con mesas repartidas alrededor de una gran chimenea de la que uno no quiere separse nunca.

Hay muchos restaurantes, claro (los mejores en el Palace, como el Gildo's o Le Grill), pero mal puedo yo recomendarlos si casi siempre acababa cenando en el Olden, después de pasear bajo las estrellas.





En las pistas
De día, lo normal es comer en las pistas. La comida allí suele girar alrededor de apetecibles raclettes y fondues que saben mucho mejor gracias a las impresionantes vistas de las blancas montañas que nos envuelven.
Las pistas son amplias y cómodas, con excelente servicio de remontes y cabinas, como es habitual en Suiza. 
Por supuesto, tampoco faltan otras bajadas más complicadas, que hacen las delicias de los esquiadores muy experimentados.
Yo no he subido a la zona de Glacier 3000 (la más alta de las esquiables), pero de las que conozco, el área que más me gusta es la de Eggli-La Videmanette, con largos y muy agradables descensos por enormes pistas que te llevan de vuelta a Gstaad, a Saanen o a Rougemont.


Aún no he tenido la suerte de visitar el valle en la temporada de verano pero, por su geografía privilegiada, me parece evidente que Gstaad sigue ofreciendo experiencias memorables, así como excursiones que, como es lógico, resultan imposibles durante el invierno, como la que puede realizarse al lago de Lauenen, a escasos kilómetros del pueblo y que tiene tanta fama por su singular belleza que estoy deseando encontrar una ocasión propicia para poder disfrutar de sus paisajes en directo.

Lago Lauenen
También goza de gran prestigio el torneo de tenis que se celebra sobre tierra batida cada mes de julio, nada menos que desde 1915, y que ha tenido ganadores tan importantes como Federer, Emerson, Edberg, Nastase, Vilas... y un buen número de tenistas españoles (Gimeno, Sánchez Vicario, Bruguera, Costa, Mantilla, Corretja, Almagro y Granollers).

La Grande Terrasse del Palace, cerrada durante el invierno, es otro de los atractivos locales en el estío. Desde la inauguración del hotel, que acaba de cumplir un siglo en 2013, han pasado por ella los más famosos personajes del cine, la música, las artes y, por supuesto, las finanzas y la política. Hubo una época en la que, en determinados círculos, se decía que uno no era nadie en esos mundillos hasta que no había pasado una velada en Le Grand Restaurant o La Grande Terrasse del Gstaad Palace... 

Hoy parece trasnochada esa afirmación, pero, por mucho que el mundo haya cambiado, la nieve en Gstaad sigue teniendo un poder de atracción al que merece la pena sucumbir.

El Gstaad Palace en los viejos tiempos







domingo, 1 de diciembre de 2013

El Prater de Viena

Viena es una ciudad elegante, sobria, culta y limpia. Su conservador espíritu, defensor a ultranza de las tradiciones, está presente en sus instituciones, en sus bellos palacios y en la propia fisonomía urbana. Y sus habitantes, como no podía ser de otra forma, son educados y orgullosos herederos de su historia.

Viena desde el Prater
Es obvio que intentar hablar de la ciudad de Viena sería desproporcionado para la obligada brevedad de un comentario en un blog como este.
Así que dejaremos a un lado sus magníficos monumentos, su Wiener Staatsoper (en el que tuve la suerte de ver al siempre extraordinario Juan Pons cantando La Forza del Destino, sentado en el mismísimo palco real del teatro), el Musikverein (allí pude escuchar a la gran Filarmónica de Viena, dirigida por Claudio Abbado) y muchos otros fantásticos lugares de una ciudad con tanta historia como amor por la cultura, para centrarnos en el célebre parque de la ciudad, el Prater, en el que se alza uno de los grandes símbolos de Viena: su noria gigante (Riesenrad).

Cabinas de la noria de Walter Bassett
El Prater tiene unos primitivos y muy lejanos orígenes  como terrenos de caza. Primero en manos de la nobleza y, luego, de los propios emperadores. Fue a mediados del siglo XVIII cuando José II decidió abrir al público esta propiedad imperial y comenzaron a desarrollarse las primeras instalaciones de lo que hoy es el parque de atracciones Wurstelprater.





Un rincón del Prater
Los vieneses afirman que se trata del más antiguo del mundo, aunque el Bakken danés (no el Tivoli, que es algo posterior) asegura que ese honor es suyo.

Este gran parque y lugar de esparcimiento tradicional de los vieneses es, claro está, mucho más que unas cuantas atracciones mecánicas (hay unas doscientas cincuenta abiertas al público en la actualidad y muchas de ellas conservan ese estilo vintage que es la esencia del Prater), aunque su noria, construida en 1897 por Walter Bassett, sea realmente de las primeras y estuviera considerada, durante mucho tiempo, como una de las más altas en funcionamiento.

Carrousel de 1897
Aunque su espacio se ha ido reduciendo de forma progresiva a lo largo de los años, debido a grandes instalaciones y nuevas vías de comunicación, como autovías, el estadio Ernst Happel (sede de la selección de fútbol de Austria y en el que, por cierto, España ganó la Eurocopa 2008) o un autódromo, sigue siendo un espacio verde amplísimo, junto al Danubio, en el que se puede hacer casi de todo.
Está atravesado por una gran avenida, la Hauptallee, por la que se puede andar, correr y montar en bicicleta o a caballo. A ambos lados de ella nos encontraremos con todo tipo de posibilidades, incluyendo museos, piscinas, hipódromo y campo de golf.

Comer o tomar algo en el Prater es no solo posible, sino muy recomendable. Muchos restaurantes, bares y cafés están repartidos por todos los rincones del parque.

Riesenrad
Probablemente, el más conocido es el Eisvogel, una vieja  casa de huéspedes (stadtgasthaus), que abrió por primera vez sus puertas en 1805 y que se ha convertido en uno de los locales clásicos de la buena cocina vienesa.
Tampoco hay que olvidarse del Schweizerhaus, aún más antiguo, con un gran jardín y perfecto para tomarse un excelente codillo, regado con buena cerveza. Una verdadera institución.
Otro que me gusta es el Altes Jägerhaus (la casa del cazador), un bonito caserón, en pleno campo, bajo grandes árboles y, por supuesto, con un agradable jardín, que albergó, en su día, las caballerizas imperiales y a la numerosa servidumbre del emperador en sus frecuentes correrías cinegéticas.


Hauptallee
No creo que nadie que visite Viena deba dejar de pasar un día en el Prater, sobre todo en los meses de mejor clima, porque es difícil entender el espíritu vienés sin montar en una de las cabinas de su gran noria. Tampoco se entendería, claro está, sin tomarse un café acompañado de una buena ración de tarta de chocolate en el Hotel Sacher, que me sigue pareciendo el mejor de la ciudad, por mucho que el Imperial y otros lujosos hoteles, como el Ritz-Carlton  o el Steigenberger estén inútilmente empeñados en disputarle el puesto.

Ahora bien, si algo me parece inseparable del Prater y, en especial, de su noria gigante, es la gran película de Carol Reed, protagonizada por Orson Welles y Joseph Cotten, El tercer hombre.

Cotten y la noria ("El tercer hombre")
La gran película del director británico nos presenta una Viena en blanco y negro, destruida por la guerra y ocupada por los aliados, muy distinta a la que todos conocemos hoy, si bien muchos de los lugares que en ella aparecen siguen existiendo en nuestros días. Una sensacional fotografía (Robert Krasker) y la inolvidable música de Anton Karas y su virtuosismo con la cítara, contribuyen, más que notablemente, a completar la impecable dirección de Reed y el gran trabajo de todos los actores, incluidos los secundarios y la excelente y misteriosa protagonista femenina, Alida Valli, que nos ofrece una escena final memorable.

Para mí, El tercer hombre y Viena/Prater están tan unidos que no soy capaz de separarlos en mi recuerdo. Y no debo ser el único que piensa así, ya que la existencia en Viena del Museo del Tercer Hombre parece confirmar esta teoría. Visitarlo es una oportunidad única para la legión de seguidores de esta gran película. 

Cotten y Welles en la cabina ("El tercer hombre")
Otra visita obligada es el Cementerio Central de Viena (Zentralfriedhof) que, aparte de acoger en su recinto a los Beethoven, Brahms, Gluck, Schubert, Strauss y otros genios de la música, fue donde se rodó la escena final de la película, en la que Anna (Alida Valli) abandona el cementerio, tras el entierro de Harry (Orson Welles), pasando impertérrita ante un Holly (Joseph Cotten) que se limita a aceptar la voluntad del destino encendiendo, parsimonioso, un último cigarrillo, mientras sigue sonando la cítara de Anton Karas y la pantalla funde a negro.

El Prater es parte sustancial del alma vienesa. Quien no ha paseado bajo sus árboles, tomado una cerveza viendo girar su vieja noria y montado en una de sus quince cabinas originales para ver desde sus sesenta metros de altura la perspectiva de la ciudad, no puede conocer Viena.

Viena desde la cabina de la noria