miércoles, 26 de septiembre de 2012

Okavango: el oasis del Kalahari

El delta del Okavango es una de las grandes maravillas del continente africano. Una de esas sorprendentes rarezas naturales que nos demuestran que nuestro planeta es verdaderamente extraordinario.

Elefantes en el Okavango
El Okavango nace en Angola (donde recibe el nombre de Kubango) y, tras recorrer algo más de mil seiscientos kilómetros y haber servido como frontera entre Angola y Namibia, se adentra en el norte de Botswana, para morir, convertido en un gran delta con forma de mano, engullido por las arenas del Kalahari, el mayor desierto del sur de África.
Y es aquí, en Botswana, donde sus aguas forman este gigantesco oasis, proporcionando un incomparable habitat natural a cientos de especies animales y vegetales. Sin el Okavango, Botswana sería poco más que un enorme desierto, cuyos límites habrían ido creciendo con el transcurso del tiempo. 

Aterrizando en el delta
Para llegar al delta, hay que volar, siempre en pequeñas avionetas, desde Maun o desde Kasane, si bien Maun es la entrada más habitual, por estar, prácticamente, en el límite sur del delta y mucho más cerca que Kasane.
En realidad, el Okavango es el único gran río que se adentra en busca del corazón de Botswana, un país que no tiene mar y que, tal vez por ello, exige a su río de la vida que vierta sus aguas en el desierto. Los otros ríos importantes del país son, sobre todo, sus fronteras naturales: el Limpopo, al sur; el Shashe, al este; y el Linyanti, al norte.

Jirafa con sus crías
El Okavango cumple con creces esta exigencia, ya que no solo entrega su generoso tributo acuático al Kalahari, sino que aumenta su caudal cuando más se necesita, en la estación seca. Este extraordinario hecho se produce gracias al lento discurrir de su curso desde Angola. La gran cantidad de agua acumulada durante la temporada de lluvias en su origen tarda varios meses en llegar al delta, siendo aquí, por tanto, mayor el nivel de sus aguas en plena estación seca. Una maravilla más de este portento extraordinario de la naturaleza africana.

Botswana es un país muy joven (independiente desde 1966) y grande en extensión (para las dimensiones europeas), ya que su superficie es mayor que la de Francia, pero está escasamente poblado (apenas un millón y medio de habitantes). Su capital es Gaborone, fronteriza con Suráfrica, y la lengua nacional es el Setswana, aunque el idioma oficial es el inglés.

Bandera de Botswana
Sus habitantes son amables, abiertos y hospitalarios con los visitantes. A mí me parecen los más simpáticos de todo el sur de África. También me gusta su bandera, de color azul celeste, atravesada por una franja negra horizontal, bordeada por sendas líneas blancas, y que, por algún motivo, me produce una sensación acorde con el carácter agradable y sencillo de sus ciudadanos.
Su gran lacra, como la de muchos otros países africanos, es el sida, si bien es cierto que Botswana es uno de los países que más en serio se ha tomado la lucha contra esta terrible enfermedad.

Pero bueno, dejémonos de generalidades que, con seguridad, muchos ya conoceréis y pasemos a hablar de su gran atracción natural: el delta del Okavango.
Nxabega
En el delta no hay hoteles. Solo campamentos, la mayoría de ellos pequeños, caros y muy exclusivos. Desde luego es imposible conocerlos todos, porque son muchos, pero yo quiero destacar dos que me gustan especialmente: Nxabega y Sandibe.
El primero de ellos, Nxabega, es un pequeño campamento, con solo nueve tiendas que cuenta, eso sí, con todas las comodidades. Las rústicas, aunque lujosas, tiendas están distanciadas unas de otras, para proporcionar una privacidad que te hace sentir el delta en toda su intensidad.
Nxabega, que significa "El lugar de la jirafa", está situado en una concesión privada que bordea la reserva de Moremi, en el límite occidental del delta.

Mokoro
Desde Nxabega podemos entrar en contacto con lo más auténtico de toda la zona. Rodeados de un agua sorprendentemente cristalina por casi todas partes, es el punto de partida ideal para navegar por sus canales y vivir una experiencia acuática única, gracias a la increíble perspectiva que nos ofrece el Okavango desde el mismo nivel de sus aguas. La mejor manera de navegar por el delta es en mokoro, unas pequeñas canoas que se mueven lentamente impulsadas por una pértiga que se apoya en las limpias arenas del fondo. Aunque parezca increíble, en invierno (nuestro verano) apenas hay mosquitos, a pesar de que nos abrimos paso, en medio de un indescriptible silencio, entre compactas extensiones de juncos y otras plantas tropicales. Lo que sí podemos encontrarnos es algún que otro grupo de elefantes o hipopótamos, de los que conviene mantenerse prudentemente alejados.

Sandibe Safari Lodge
Sandibe es más seco, aunque también está en el delta, y, como Nxabega, ofrece magníficos paseos en mokoro. Aquí, a diferencia de otros campamentos del Okavango, los huéspedes no están alojados en tiendas, sino en unas fantásticas cabañas (ocho en total) que mantienen todo el espíritu auténtico y sencillo de Botswana, pese a disponer, desde luego, de las máximas comodidades.
Una estancia en Sandibe se completa con la lectura adecuada. Yo recomiendo cualquiera de las deliciosas novelas de la serie de Alexander McCall Smith, protagonizadas por Mma Precious Ramotswe, la simpática y sencilla detective, fundadora de The No.1 Ladie's Detective Agency, que da título al primero de sus relatos.

Tanto en Sandibe como en Nxabega veremos gran cantidad de animales salvajes (a veces dentro de los propios campamentos, que no están vallados).La variedad de aves es fantástica y son dos de las áreas con mayor concentración de elefantes del sur de África.
En ambos lugares se pueden hacer excursiones nocturnas que nos ofrecen una dimensión diferente de la vida animal en el delta.


Botswana, en general, y el delta del Okavango, en particular, nos transportan hacia una naturaleza en estado original, primitiva y sencilla, que nos sumerge en el mundo africano más auténtico. Un viaje que no dejaré de recomendar a cuantos necesitan alejarse de las compactas multitudes que arrasan los lugares de moda de nuestro decadente mundo occidental.

martes, 18 de septiembre de 2012

Seychelles. El Índico en estado puro

Sus más de cien islas evocan en nuestra imaginación lo que, realmente, es Seychelles: una de las últimas fronteras entre la civilización y la naturaleza en estado puro.
Puede que ser el estado menos poblado de África haya contribuido a ello, pero no cabe duda de que sus habitantes han conseguido evitar las catástrofes ecológicas crónicas que han hecho sucumbir a otros lugares extraordinarios de nuestro planeta que, en su día, fueron tan excepcionales como Seychelles.

En un viaje normal, lo más probable es que no visitemos más de dos o tres islas, por lo que parece recomendable que aquí nos centremos solo en las principales, aunque llegar hasta alguna de las más pequeñas también será una experiencia extraordinaria, sobre todo para quienes quieran disfrutar navegando, pescando o haciendo submarinismo en las islas coralinas exteriores.

Mahé
Sea cual sea el plan de nuestro viaje, llegaremos primero a Mahé. Es la mayor y más poblada extensión de tierra del archipiélago, pero, si bien carece de algunas de las exclusivas maravillas de sus hermanas menores, no deja de merecer una tranquila y relajada visita. Su pequeña capital, Victoria, de la que se dice que es "la capital más pequeña del mundo", es una curiosa ciudad colonial, con su "Mini Big-Ben" blanco presidiendo su muy poco ajetreado centro urbano.
Pero, si queremos (y es una buena idea) pasar alguna noche en Mahé, antes de partir para Praslin y La Digue (otros destinos imprescindibles), lo mejor es quedarnos en alguno de los muchos hoteles o alojamientos de todo tipo que encontraremos en la isla, junto al mar, a ser posible. Los hay muy lujosos, como el Banyan Tree o el Four Seasons, pero también podremos encontrarlos a precios mucho más económicos, repartidos por los cuatro puntos cardinales. Mi favorito, a pesar de que, para mi gusto, ha sido excesivamente renovado, es el Fisherman's Cove (ahora pertenece a la cadena Le Méridien), el hotel más antiguo de la isla.

Mini Moke
Una vez instalados, lo mejor es alquilar un Mini Moke y recorrer Mahé a nuestro aire, descubriendo playas y montes, en los que la selva tropical siempre está presente. Como es lógico, hay gran cantidad de restaurantes en la isla, destacando los de comida criolla (creole). Yo nunca dejo de ir al que más me gusta: Chez Batista, en Anse (playa) Takamaka. Su ambiente natural y su excelente comida (no hay que dejar de probar su pulpo al curry) son verdaderamente únicos. Es uno de mis preferidos en todo el mundo.

La siguiente escala lógica es Praslin. Probablemente la isla más interesante de todas.
Loro negro de Seychelles
No he dicho al principio que Seychelles (los locales dicen y escriben Sesel) tiene fauna y flora endémicas, que han sobrevivido al mundo moderno gracias a que sus agresiones permanentes han sido bien controladas en este archipiélago del Índico. Y si he dejado este importante comentario para el momento en el que vamos a hablar de Praslin, es porque es en esta isla donde flora y fauna autóctona alcanzan su máximo exponente. Desde el punto de vista zoológico, son de todos conocidas sus famosísimas tortugas gigantes, especialmente las de Aldabra, pero yo siempre he sentido predilección por su ave nacional: el loro negro, endémico de Praslin, y en verdadero peligro de extinción.
Claro que, tal vez, aún más sorprendente que todas las curiosidades que nos depara su fauna, es el coco de mer, un enorme coco de forma singular que no podremos encontrar en estado natural en ningún otro lugar.

Coco de mer
Praslin es un isla extraordinaria, con una vegetación y unas playas que la hacen única. Visitar su Vallée de Mai justifica, por sí solo, el viaje. Este "Valle de Mayo" es una reserva natural y parque nacional, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aquí el coco de mer y el loro negro tienen su habitat original. Y no solo ellos, sino que múltiples especies vegetales y, también, algunas animales, en estado absolutamente silvestre, nos empequeñecen en esta selva de palmeras cuando nos perdemos entre sus hojas gigantes. Por un momento, nos creemos tropicales gulliveres entre plantas descomunales y de intenso verdor. Lo bueno es que, pese a la fama del lugar, no es infrecuente encontrarte solo en muchos rincones del valle. Cuando estoy en Praslin, casi todos los días me acerco (con el imprescindible Mini Moke) a La Vallée de Mai. Su magnetismo vegetal te atrae con tanta fuerza que, apenas lo abandonas, ya estás deseando regresar.
El mejor hotel de Praslin es (o era) Lémuria. Un lugar, de nombre mítico, cuya entrada impresiona. Para mí es lo mejor de la arquitectura del hotel: el efecto que te causa su gigantesco portón de madera cuando llegas hasta él por primera vez. Tiene buenas y tranquilas playas, magníficas habitaciones, repartidas entre piscinas, paseos, árboles tropicales y un bonito campo de golf que, si no me equivoco, es el único de dieciocho hoyos en Seychelles.

Anse Lazio
La gran playa de Praslin es Anse Lazio. No por su tamaño, sino por su belleza. Sin duda es una de las mejores. Casi tan bonita (si bien no tanto, en mi opinión) como pueda serlo la de Trunk Bay en St. John (Islas Vírgenes de Estados Unidos). Arena blanca y aguas turquesas, rodeadas de vegetación tropical, nos sitúan en un paisaje excepcional que no debemos perdernos, bajo ningún concepto, pero sin olvidar que (en un suceso trágico e inusual) en 2011 un turista francés fue atacado en esta playa por un tiburón, con fatales consecuencias.
En un extremo de Anse Lazio, con excelentes vistas de la playa, se encuentra el restaurante Bonbon Plume, un buen sitio para comer, en un ambiente natural, pero no especialmente barato. El restaurante tiene un recinto vallado en el que podemos admirar algunos ejemplares de tortugas gigantes, que nos encantará ver, aunque no estén en libertad.

La tercera isla de nuestro viaje, y seguro que la más fotografiada de todas, será La Digue. Para acceder a ella, lo mejor que podemos hacer es tomar el ferry que sale del este de Praslin. Tras un breve trayecto, de una media hora, llegaremos al rústico muelle de La Passe, desde donde un oxcart de madera y brillantes colores (un carrobús tirado por un buey) nos llevará hasta nuestro alojamiento. Hay suficientes para elegir a nuestro gusto en esta pequeña isla, la mayoría pequeñas casas de construcción típicamente criolla y de precios bastante asequibles. El mejor hotel es Le Domaine de l'Orangeraie y mi favorito La Digue Island Lodge, situado junto a la playa y con magníficas vistas a Praslin. Sus habitaciones son grandes cabañas con tejado de hojas de palma, rodeadas de un espléndido jardín tropical.

Anse Source d'Argent
Las playas de La Digue son únicas en el mundo, probablemente por esas gigantescas rocas graníticas que llegan hasta el mar, entre una densa vegetación y formando pequeñas calas de arena finísima y blanca, bañada por el agua más transparente que nunca hayamos visto. La más famosa de todas es Anse Source d'Argent. Para mí una de las tres playas más bonitas del planeta.
En La Digue lo mejor es desplazarse en bicicleta... o incluso andando, ya que las distancias nunca son grandes. Además, merece la pena disfrutar de cada rincón  de esta isla, de la que no querremos marcharnos nunca.

Quedan muchas islas, más de cien, por visitar, pero no es probable que dispongamos de mucho más tiempo. Si lo tenemos, hay que dedicarlo a navegar y bucear por las aguas de un archipiélago que se mantiene casi virgen, lo suficientemente lejos de la costa continental como para evitar lo que otros destinos del Índico no han conseguido: mantener su naturaleza, sus bosques tropicales, sus playas... y, sobre todo, su océano tal como eran cuando llegaron a ellos los primeros europeos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El triángulo de Provenza

Cuando se llega a Provenza en coche, conviene acercarse a ella escuchando la música de La Traviata, en especial la romanza de Germont: "Di Provenza il mar..." (una buena grabación es la de EMI con Riccardo Muti dirigiendo a la Orquesta Philarmonia -con Kraus como Alfredo y Bruson como Germont- y otra interesante es la de Deutsche Grammophon con James Levine dirigiendo a la Metropolitan Opera Orchestra y Pavarotti y Pons como Alfredo y Germont, respectivamente). A mí, personalmente, la versión que más me gusta es la del gran barítono Renato Bruson, pero, sea cual sea la que escuchemos, nos ayudará a descubrir el magnífico triángulo de Provenza con el alma bien pertrechada para lo que nos espera.

Es inútil buscar esta denominación (triángulo) en ninguna guía. Me la he inventado yo.
Los tres vértices de mi imaginario triángulo son: Arles, Avignon y Saint-Rémy. Habría que dedicar un viaje entero a disfrutar, sin prisas, del territorio comprendido entre estas tres localidades, pero como nos tememos que no resultará sencillo en todos los casos, vamos a destacar tan solo aquello que no podemos dejar de hacer, bajo ninguna excusa, durante nuestra visita.

Supongamos que empezamos por Avignon. Es un decir, porque es muy difícil empezar por allí, ya que si venimos de Nimes llegaremos primero a Arles y, si lo hacemos desde Aix-en-Provence, será más cómodo empezar por Saint-Rémy.
Pero, según nuestro gusto particular (que no es otro que el del viajero utópico), es mejor empezar por Avignon.

Avignon
De Avignon no hay mucho que decir aparte de todo lo que ya cuentan las guías, que es mucho, ya que es un centro turístico-histórico fundamental en el sur de Francia. Conviene evitar, eso sí, los muy concurridos fines de semana, porque hay avalanchas de turistas.
No es raro encontrarnos allí con actuaciones en vivo de grupos artísticos de inequívoca inspiración medieval, algunos de ellos con puestas en escena muy originales y espectáculos llenos de colorido que tienen lugar al atardecer, junto al Palacio de los Papas (que conviene haber visitado antes). Suelen estar precedidas por desfiles a través de las principales calles.
Hay que pasear por la ciudad vieja, tomarse un refresco en una de sus múltiples terrazas y, después de comer en el restaurante de Christian Etienne, dar un vistazo (los más valientes pueden hasta comprar algo en ellas) a sus cientos de tiendas...
No es necesario bailar sobre su célebre puente, como dice la canción, pero es impresionante ver cómo sus arcos llegan tan solo hasta el centro del río, contradiciendo el concepto natural que todos tenemos de lo que es un puente.
Desde el punto de vista cultural, no podemos olvidar su famosísimo festival, que lleva desde 1947 siendo uno de los hitos artísticos de Francia.

Bajando desde Avignon, acompañados o no por señoritas picassianas, hacia Arles, siguiendo (más o menos) la dirección del curso del río Ródano, nos encontramos con Tarascon, la ciudad de Tartarin. La visita de Tarascon debe ser rápida, porque, aunque la ciudad es bonita, tiene la curiosa característica de que cuesta trabajo encontrar un simple café o terraza en los que tomar algo. Sin embargo, su impresionante castillo al borde del río merece la visita.
En Tarascon deberíamos dejar la orilla del Ródano y tomar la carretera que va hasta Saint-Rémy-de-Provence. El camino es, en apariencia, sencillo, pero esconde una belleza profunda, difícil de apreciar si vamos distraídos, creyendo que viajamos en coche por una carretera cualquiera. En realidad, estamos en plenos Alpilles, unos montes llenos de historia, literatura, silencio y auténtica naturaleza, por los que convendría dar un larguísimo paseo, bien equipados con botas y bastones. No es probable que lo haga el siempre apresurado viajero, así que lo más seguro es que se lo pierda. Es una pena, sin duda.

Cuando nos vamos acercando a Saint-Rémy, nos adentramos en una de esas fantásticas carreteras que discurren entre dos interminables hileras de árboles frondosos, altos y, desde luego, centenarios, que solo parecen existir en las películas. Casi sin darnos cuenta, ya hemos llegado a Saint-Rémy.

Saint-Rémy-de-Provence
Es obligatorio parar un buen rato en Saint-Rémy. Como hemos entrado por la parte más sencilla del pueblo, al principio no nos parece nada del otro mundo. Es lógico, porque aquí lo bueno es quedarse unos cuantos días.
Y si no se puede, conviene llegar justo a la hora del desayuno para sentarse en una de las terrazas de la calle principal y tomarse un buen chocolate o un café con un bollo del país (que podría sustituirse por un aperitivo provenzal en el menos aconsejable caso de haber llegado demasiado tarde para los usos locales y ya solo quede pan con mantequilla para desayunar, lo que sucede con más frecuencia de la que desearíamos). Un buen sitio para hacerlo podría ser la Brasserie Les Variétés, en pleno centro.

Santons de Provence
El pueblo es pequeño, y no tiene muchas tiendas, aunque las hay muy elegidas y sofisticadas, pero es preciso comprar alguna figurita de barro (santon). Las hay por toda Provenza, pero el hecho de comprarla en Saint-Rémy le da un sabor especial. Por supuesto, hay que adquirir el santon en un bazar de una calle secundaria y que los tenga expuestos en su escaparate sin muchas pretensiones, como si no tuvieran demasiado interés en venderlos. Hay que elegir bien la pieza (lo decimos en singular porque son sorprendentemente caros). En mi opinión, las más bonitas son las figuras de campesinos provenzales.
No es fácil cansarse de estar en Saint-Rémy, sobre todo por esa atmósfera tan singular que tiene y que no sabríamos describir, pero, tarde o temprano (por desgracia, será, más bien, temprano) tendremos que marcharnos.
Entonces lo haremos por una carretera diferente. Y debemos estar preparados para algunas sorpresas.
Así que, una vez que hayamos paseado lo suficiente y visto la casa natal de Nostradamus, tomaremos la carretera que, atravesando el pueblo, va en dirección a Les Baux. Enseguida aparece la primera sorpresa: de pronto, justo a la salida de Saint-Rémy, nos encontramos con unos asombrosos monumentos romanos que nos producen el efecto automático de parar el coche y bajarnos inmediatamente. Son Les Antiques. El arco de triunfo nos impresiona por la naturalidad con la que está ahí, a pocos metros de la carretera, como si fuera lo más normal del mundo irnos encontrando con este tipo de restos arqueológicos a la salida de cada pueblo.

Les Antiques
 Al otro lado de la calzada se visitan las excavaciones de las termas romanas de Glanum, pero al viajero le llaman menos la atención que los otros monumentos, que le han sorprendido tanto, pese a saber (todas las guías nos avisan) que se iba a encontrar con ellos.
Seguimos nuestro camino subiendo y bajando por unos montes solitarios, que se convierten en nuestra segunda sorpresa. No nos esperábamos este paisaje tan agreste, presagio de lo que se avecina. Si lo atravesamos a mediodía, con mucho calor, todavía nos impresionará más. Y si lo hacemos por la noche puede llegar a darnos un poco de miedo.

La tercera sorpresa surge, de improviso, impresionante a la vista: las ruinas de Les-Baux-de-Provence, dominando un risco inaccesible (pero al que, luego, accederemos, claro).

Les Baux
Hay que subir y pasear, sin prisas, entre las ruinas. Solo veremos eso: ruinas.
Y disfrutaremos de un panorama excepcional si subimos hasta lo alto de la torre o si recorremos la explanada que se extiende al otro lado del viejo castillo.
Frente a Les Baux hay una pequeña carretera, la del Valle del Infierno, que no podemos dejar de recorrer: las vistas son espectaculares y más de uno creerá ver demonios, brujas y duendes cuando se adentre por sus revueltas y gargantas al anochecer...

Uno de los mejores restaurantes del mundo (por la combinación única de su situación, decoración elegante y magnífica comida) se encuentra a los pies de Les-Baux-de-Provence: Oustau de Baumenière. El viaje perfecto incluye una cena en él, para reponernos de las emociones (y el cansancio) de la jornada, antes de pasar la noche en el vecino hotel de La Cabro d'Or.
Si tenemos la suerte de amanecer en este hotel y, tras un buen desayuno, disfrutar un rato de su jardín y piscina (mientras los ancestros de los Grimaldi nos observan desde lo alto de Les Baux), pronto será hora de partir hacia el tercer vértice del triángulo.

Es posible que durante el camino nos apetezca escribir cartas desde un molino (lo que, la verdad, no suele ser frecuente entre los que viajan por otros sitios). En tal caso, estaremos pasando por el lugar más adecuado del mundo para hacerlo: el Molino de Daudet. Pero, como no es probable que, precisamente en ese momento nos invada tan poco habitual apetito, continuaremos hasta la joya de Provenza, ya en el límite norte de La Camargue: Arles.

Jardin fleuri à Arles (Vincent Van Gogh)
A medida que nos vamos acercando, parece que reconocemos los paisajes que retrató Van Gogh por estas latitudes y, una vez en su interior, entendemos por qué la eligió para pintar algunos de sus mejores cuadros.
Tras dar una vuelta en coche por toda la ciudad, para familiarizarnos con ella, hay que buscar un buen estacionamiento y, luego, recorrerla despacio a pie. Por supuesto debemos hacer todo lo que las guías nos indican, porque es una ciudad extraordinaria, con esa mezcla asombrosa de restos romanos y recuerdos impresionistas. Pero que no se nos olvide parar a comer y descansar de las visitas de la ajetreada mañana en la Place du Forum, donde está, restaurado, el famosísimo café que pintó Van Gogh (Café de la Nuit o Café Van Gogh). Ahora bien, no nos dejemos seducir por la tentación del nombre, porque el sitio perfecto para comer en su terraza o, al menos, tomarnos una refrescante cerveza es la vecina Brasserie L'Arlésienne, mucho menos "decorada", pero de una autenticidad imposible de superar para el que sabe ver más allá de lo que lo hacen los masificados turistas.

Las Arenas de Arles
Y, una vez que hayamos visitado todo lo que nos mandan las guías, es necesario volver a coger el coche y acercarnos al viejo cementerio romano: Les Alyscamps. Si tenemos la suerte de pasear entre las tumbas sin que nos molesten (no me refiero a los siempre dignos espíritus de la muy venerable necrópolis, que jamás han molestado a nadie, que se sepa -más bien al contrario-, sino a esos tozudos y compactos grupos de inoportunos visitantes que, ridículamente ataviados, suelen ser poseedores de la dudosa virtud de coincidir con nosotros en todos aquellos lugares en los que nos gustaría estar solos), viviremos una experiencia que ayudará a que nuestra imaginación nos transporte a otras lejanas ciudades en las que también se paralizó el tiempo, como Éfeso, Pompeya o Cartago...

Ahora sí, cerrado el triángulo de Provenza, estaremos en condiciones de mirar hacia nosotros mismos y descubrir que nuestros ojos brillan con el reflejo de una luz más azul, más cálida... una luz que nos recuerda una vida que no hemos conocido, pero que, desde tiempo inmemorial, reposa en el interior del alma humana.

sábado, 8 de septiembre de 2012

El cráter del edén

Es sorprendente lo poco que se habla en los foros y blogs de viajes del lugar más espectacular del planeta: el cráter del Ngorongoro.
Acepto que nuestro mundo está lleno de rincones extraordinarios, muchos de ellos únicos por su paisaje, su gente o su cultura, pero lo que reúne el Área Protegida del Ngorongoro es verdaderamente singular.

Ngorongoro Conservation Area
El Ngorongoro es un viejo volcán, con un cráter inmenso, que se encuentra en el norte de Tanzania, junto al Serengeti (un lugar que, sin duda, merece un artículo aparte).
Para llegar hasta él, casi todos los visitantes parten desde Arusha, la capital turística de Tanzania, desde donde hay un largo viaje por carretera para los que no se deciden por la avioneta que aterriza (cuando la niebla lo permite, que es muy pocas veces) en la cresta del cráter, donde están los pocos hoteles (lodges) del Ngorongoro. También es posible viajar en avioneta hasta el Lago Manyara y hacer en coche la otra mitad del camino.

La subida hasta la cima del cráter es ya un espectáculo: una empinada carretera se retuerce cuesta arriba, rodeada de una intrincada selva de la que, de vez en cuando, surgen zebras, hienas o elefantes. Pero la verdadera sorpresa llega al coronar la subida. Desde el mirador que domina el interior del gran cráter se observa uno de los más inigualables paisajes que nadie haya podido nunca contemplar. Una enorme depresión, casi perfectamente circular, de unos veinte kilómetros de diámetro, se extiende ante nuestra vista. Sea cual sea la hora del día y la estación del año, el espectáculo que se nos ofrece ya no se nos borrará nunca de la mente.

Cualquiera de los cuatro (puede que ahora sean más) que cuelgan del borde del cráter tiene, como dicen los americanos, vistas que cortan la respiración. Desde luego, el más exclusivo de todos ellos es el Ngorongoro Crater Lodge. Vale la pena hacer un esfuerzo económico (notable, eso sí) para pasar allí, al menos una noche.

Ngorongoro Crater Lodge
Junto a las habitaciones, los búfalos, y muchos otros animales rondan sueltos, por lo que, desde luego, no es aconsejable salir de ellas durante las horas de oscuridad. Incluso, a pleno día, conviene hacerlo con precaución.
Las noches son frías. Muy frías. Estamos a más de dos mil metros de altitud y, en cuanto se quita el sol, los termómetros caen en picado.

Amanece en el cráter
A la mañana siguiente, aún entumecidos por el frío, viene lo mejor. 
Muy temprano se empieza el descenso, en un 4x4, hacia en interior del cráter. Tras cruzarnos con algunos maasai, únicos pobladores estables autorizados del área, llegaremos a nuestro destino. Y lo que vemos nos parece imposible: miles de animales salvajes de todo tipo, en total libertad, viven, crecen, cazan y mueren delante de nosotros, completamente ajenos a los visitantes que, poco a poco (y éste es el pequeño inconveniente) empiezan a aparecer en la planicie del fondo del cráter. Porque el espectáculo es tan impresionante, que nos gustaría disfrutarlo en soledad. Queremos que los leones, las zebras, los elefantes, los rinocerontes, los chacales, los hipopótamos, los flamencos, los búfalos... sean solo nuestros.
Creo que nunca nadie puede llegar a sentirse tan identificado con Adán y Eva como en la enorme llanura del cráter del Ngorongoro. Pasar allí abajo un día entero, rodeados por uno de los ecosistemas del planeta más protegidos por la naturaleza, es una experiencia que ningún viajero será capaz de olvidar en su vida.

Cuando, meses después, sentados en nuestro autobús cotidiano y rodeados de apresurados ciudadanos con corbata, vengan a nuestra  memoria las imágenes de aquel día, dudaremos de haberlo vivido, de que esa maravilla exista en pleno siglo XXI. Y, con el paso de los años, nos costará trabajo aceptar que el Ngorongoro comparta el mismo mundo que nuestras casas de ladrillo y hormigón, nuestros coches de chapa, plástico y monóxido de carbono... y nuestras torpes y patéticas ambiciones de habitantes del mal llamado mundo civilizado.
Solo nos queda esperar que nosotros, los que nos creemos superiores por pisar sobre asfalto y quemar petróleo a destajo, no acabaremos en pocos años con lo que la naturaleza tardó milenios en construir: el cráter del edén, el cráter del Ngorongoro.

jueves, 30 de agosto de 2012

Capri, la roca de Augusto

Si bien es cierto que Tiberio engrandeció la leyenda de Capri, al convertir su Villa Jovis en residencia permanente del emperador de Roma, la pequeña y escarpada isla de las cabras ya había sido descubierta y frecuentada por su antecesor, Octavio Augusto, quien, tras quedar atrapado por su belleza, la compró y pasó en ella largas temporadas. A nadie que conozca Capri puede extrañarle que tanto ellos como Mann, Malaparte, Neruda y muchos otros, se enamorasen de la isla con solo verla.

Reloj de la Piazzetta
Hoy, lejanos ya los días legendarios del incipiente y exclusivo turismo que la redescubrió a mediados del pasado siglo, haciendo de ella un mito que tantos otros rincones del Mediterráneo han querido emular, sigue siendo uno de los destinos más especiales para aquellos que buscan algo especial en un viaje.

Es fácil llegar a Capri desde Nápoles, cruzando su impresionante golfo desde el Molo Beverello. En apenas tres cuartos de hora habremos atracado en la Marina Grande, tras disfrutar por la banda de babor de la constante silueta del eterno Vesubio.

En estos modernos y poco románticos tiempos, Capri, como tantos otros lugares, es víctima del trasiego de fugaces visitantes, turistas de unas horas, que apenas recordarán lo que vieron cuando vuelvan a casa. Por eso considero indispensable pasar, al menos, una noche en la isla. Y, desde luego, es muy poco porque, aun siendo tan pequeña (algo más de 10 km2), tiene mucho de lo que disfrutar.

Capri es singular, diferente... única. Con tan solo dos poblaciones (Capri y Anacapri), no cesa de ofrecernos escenarios inesperados y tan especiales, que invitan a volver a visitarla, una y otra vez.
Hay que recorrerla entera, por tierra y por mar, procurando no tener nunca prisa, pero estando dispuestos a demostrar que nuestra forma física es excelente, ya que sin andar (casi siempre subiendo y bajando), nos perderemos lo mejor de la isla.

Reconociendo la indiscutible belleza de los paisajes de Anacapri, yo prefiero Capri como residencia por ser el verdadero centro neurálgico de la vida de la isla.

La Piazzetta
Quienes atiendan esta recomendación, deberán tomar el centenario funicular que conecta en pocos minutos la Marina Grande con la célebre Piazzetta, siempre tan concurrida y  animada  bajo el reloj de su célebre torre. Desde allí se puede llegar andando a casi todos los hoteles de la zona, lo que no deja de ser una buena noticia ya que la circulación rodada está limitada a los pequeños vehículos eléctricos de transporte. Capri es una villa peatonal, como no podía ser de otra manera.

Pizzolungo
Muchos son los hoteles de Capri. Y otros tantos los de Anacapri. La mayoría de ellos tratan de amoldarse al estilo que los visitantes esperan encontrar allí, haciendo gala de una estética muy particular, propia de una isla en la que imperan los blancos, los azules y los amarillos, tan frecuentes, también, en los abundantes azulejos de fuertes reminiscencias mallorquinas (maiolica) que veremos en hoteles, albergues y casas de huéspedes. La mayoría de estos alojamientos (de todas las categorías) los encontraremos en la excelente página informativa Capri.net, mucho mejor, para mi gusto que la oficial del Turismo de Capri.

Hay en la isla hoteles muy lujosos y exclusivos, desde el conocido Quisisana hasta el Capri Palace (éste en Anacapri), pero mi favorito, a gran distancia de todos los demás, es La Minerva, que no es, ni mucho menos, de los más caros. Para mí no hay otro que conjugue con tanta clase y elegante sencillez, el original espíritu de Capri. Una opción más modesta, pero excelentemente situada, es La Tosca, un pequeño hotel con buenas vistas, a pocos metros de la Piazzetta.

Grotta Azzurra
Los mejores meses para visitar la isla son junio y septiembre, evitando los fines de semana, a ser posible. Pero, incluso en los períodos de mayor número de visitantes, Capri siempre nos ofrece lugares solitarios, alejados del bullicio de su muy animado centro. Hay varios paseos imprescindibles, como el de Pizzolungo o la subida a Monte Solaro. La Grotta Azzurra suele estar llena de visitantes, pero no podemos dejar de introducirnos en el azul más luminoso del mundo a bordo de una de las pequeñas barcas que se amontonan en su angosta entrada. También en Anacapri, Villa San Michele nos transportará al infinito mundo de los sueños y, en el centro del pueblo, la iglesia del mismo nombre es única por su asombroso suelo de maiolica representando la expulsión de Adán y Eva del paraíso.

Monte Solaro
Ninguna visita a Capri es perfecta sin un baño y una comida en La Fontelina, frente al símbolo de la isla: los míticos farallones. O sin una cena en el Lido del Faro, disfrutando de una puesta de sol imposible de olvidar. Otros restaurantes que me gustan son Aurora, Da Paolino, Il Geranio... y en Anacapri, una joya, Da Gelsomina, desde donde, tras una buena comida, podremos pasear junto a impresionantes y solitarios acantilados, disfrutando de vistas irrepetibles. Los hay más caros, pero a mí éstos me parecen los más auténticos y, algunos de ellos, con espectaculares vistas.
Un exquisito granita di limone (granizado de limón) en la Piazzeta o, tal vez, en el quiosco que encontraremos en via Tragara... o en el que nos espera junto a los Jardines de Augusto, acabarán de redondear una jornada en la que no habremos dado tregua a nuestros sentidos.

En Capri podemos comprar cerámica, un perfume en la fábrica de Carthusia, unos pantalones en La Parisienne... pero bajo ningún concepto podemos volver sin unas sandalias de Amedeo Canfora. Sería como no haber visitado la isla.

Y, por si la incomparable belleza y personalidad de Capri no fuesen suficientes para justificar el viaje, todavía nos quedan muy cerca, ya en tierra firme, Positano, Amalfi, Ravello, Sorrento...

Faraglioni




Pero son éstas demasiadas emociones para no estar obligado a reflejarlas en un capítulo aparte... siempre con la silueta de Capri en el horizonte, surgiendo frente a nosotros de las aguas del Tirreno, por delante de los últimos rayos de sol de la tarde.

jueves, 23 de agosto de 2012

Stone Town y Mnemba

Siempre he sentido predilección por las islas del Índico, por lo que no es de extrañar que llegase a Zanzibar con una clara predisposición favorable.
Como, desafortunadamente, mi tiempo fue escaso, no pude recorrer la isla en toda su extensión, como me hubiese gustado, pero mi estancia fue lo bastante larga para apreciar la singular mezcla de culturas que nos ofrece Zanzibar, fruto de su ajetreada historia, que culminó con su unión con Tanganyika en 1964, para formar la República Unida de Tanzania.
La costa Suahili estuvo, tras el primitivo dominio portugués, bajo influencia árabe por varios siglos. Y Zanzibar fue, hasta su independencia (en 1963), sede oficial del Sultanato de Omán, si bien durante sus últimos años estuvo bajo protectorado británico.
Todos estos hechos han marcado el carácter de la isla, al que no es ajeno el haber sido uno de los últimos reductos del comercio mundial de esclavos.
La isla es exuberante, de origen coralino y de bien cuidadas plantaciones. Sus playas son blancas y están bañadas por aguas templadas, azules y transparentes.

Un dhow navega frente a Stone Town
Su capital, Stone Town, es una ciudad detenida en el tiempo. La población es bantú, en su gran mayoría, pero el lugar no puede negar su pasado árabe. 
En cada recodo de sus estrechas y retorcidas calles esperamos encontrarnos con las huestes del sultán.  Y nos estremece visitar el mercado de esclavos, en pleno centro de lo que hoy sigue siendo su zona comercial. No muy lejos de allí, los hammam o baños públicos, construidos al estilo persa y de uso exclusivo de las mujeres del sultán, nos transportan a otras latitudes, más próximas a nosotros.

Las casas de Stone Town están muy viejas y descuidadas, pero siguen conservando algo de su elegante y próspero pasado, si bien no podemos quitarnos de encima ese extraño desasosiego que nos produce el constante recuerdo de que, gran parte de ese antiguo esplendor se debió a los beneficios obtenidos con el terrible tráfico de esclavos, base de la boyante economía del sultanato durante siglos.
Merece la pena pasear, sin rumbo, por sus callejas, regatear en sus múltiples tiendas y descubrir esas otras, mucho menos baratas, en las que la artesanía ha elevado su rango. Recomiendo una visita a Memories of Zanzibar, una tienda cara, pero de mercancía muy elegida. Es difícil no comprar algo en ella.

Hay varios hoteles interesantes en Stone Town y siguen apareciendo otros nuevos, casi a diario. En mi opinión personal, hay dos que destacan por encima del resto. Uno es el Zanzibar Serena Inn, un delicioso hotel colonial que nos recuerda los ambientes de las novelas de Agatha Christie. El otro es mi favorito, el exclusivo Emerson and Green (hoy llamado 236 Hurumzi), cuya terraza es una de las atracciones de la ciudad.

El puerto es viejo y destartalado, como casi todo lo demás, pero también tiene un encanto especial, sobre todo cuando lo contemplábamos desde el que fue el mejor restaurante de Zanzibar, el Blues, cuya terraza sobre la bahía y su ambiente cosmopolita invitaban a tomarnos una buena langosta, regada con una refrescante cerveza "Tusker", mientras observábamos a los dhow evolucionar por las aguas cercanas. Por desgracia, hoy ya no existe.

Mnemba Island Lodge
Al norte de Zanzibar, muy cerca de su costa este, se encuentra la isla de Mnemba. No es probable que exista un lugar parecido a éste en todo el mundo. La isla es muy pequeña, con su zona central poblada de vegetación (con algunos dik-dik, que viven felices en ausencia de depredadores) y completamente rodeada de una inmensa playa blanca, con un arrecife de coral a pocos metros de ella. Es una propiedad privada, con un hotel, el Mnemba Island Lodge, cuya sofisticación absoluta está basada en un concepto único de lujo, natural y primitivo.
Apenas diez cabañas, sin puertas ni ventanas, se asoman a su playa privada desde el borde de la frondosa vegetación central. No está permitido usar zapatos en ninguna de sus impresionantemente sencillas instalaciones, apenas hay luz eléctrica y, si tenemos suerte, veremos el maravilloso espectáculo de las tortugas que acuden a poner sus huevos en la playa...
Un mayordomo personal nos servirá los desayunos y las comidas bajo un discreto cobertizo, frente al mar. Y las cenas, bajo una cúpula de infinitas estrellas, sobre la propia arena de la playa, a unos pasos del agua.

La playa de Mnemba

No soy capaz de describirlo, pero creo que el Mnemba Island Lodge es hotel (por llamarlo de alguna manera) más extraordinario del mundo, construido sin un solo ladrillo.
No exagero mucho si digo que la impresión que nos transmite es la de haber sido proyectado por el mismo gran arquitecto que diseñó el océano, las palmeras, las constelaciones, la brisa, la arena blanca de sus playas... y el sol de África, que cae cada tarde delante de nosotros, sobre la lejana silueta horizontal e interminable de Unguja, esa isla a la que nosotros llamamos Zanzibar.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Desde Èze a Menton

La Costa Azul no sería lo que es sin Montecarlo.
Efectivamente, digo Montecarlo y no Mónaco (para los italianos, verdaderos pobladores del Principado antes de que fuera invadido por las hordas de millonarios apátridas, Mónaco siempre será Montecarlo, y no solo porque para ellos Monaco está en Baviera), ya que, si bien el Palacio de los Grimaldi está en la roca de Mónaco, es Montecarlo y su casino, lo que imprime carácter a este pequeño país de solo treinta mil habitantes (de los que, por cierto, apenas cinco mil tienen la nacionalidad monegasca).

Pero volvamos a nuestro viaje por la Costa Azul.
Llegamos a Mónaco por la autopista que domina el Principado desde muy arriba, porque la carretera de la costa (hay varias "cornisas") es, sencillamente, imposible (hasta Aníbal prefirió cruzar los Alpes con sus ejércitos, impedimenta y elefantes, con tal de evitar el camino de la costa para llegar a Italia). 
Desde lejos, Mónaco es como Nueva York (o como Benidorm -con perdón-, aunque sin playa y pegada a la montaña), pero cuando llegamos al centro, descubrimos algo diferente a lo que estábamos esperando. Al menos, en parte. Todos tenemos una imagen muy concreta de Montecarlo: la Plaza del Casino, frente al mar. Y eso no nos defrauda, porque allí está, exactamente como nosotros sabíamos que estaba. El problema no es ése. El problema viene a continuación.
Casino de Montecarlo
Porque ahora voy a contar lo que el visitante va a hacer en Mónaco. Sí, he dicho lo que "va" a hacer, no lo que "debe" hacer.
Y éste es el problema. Solo se puede hacer (con ligeras variaciones) lo que voy a escribir:

Aparcaremos el coche en el bien organizado parking subterráneo de la Plaza del Casino. Saldremos frente a la fachada del casino más famoso del mundo y daremos un paseo por la plaza, que continuaremos hasta las terrazas que nos ofrecen una bonita y amplísima visión del mar. En algún momento nos sentaremos en la terraza del Café de París, junto a la entrada del Casino, para tomar algo y decidiremos si entramos o no a verlo por dentro y jugarnos unos euros (¡que poco romántico es un casino en el que se juega en euros!). Se puede entrar a cualquier hora. Y a cualquier hora decepciona, sobre todo, por el "personal" que juega en las pocas mesas abiertas: turistas tontorrones, entremezclados con individuos poco tranquilizadores, malvestidos y de aspecto mezquino. Nada de baronesas ni aristócratas rusos o jeques árabes con túnicas adornadas con bordados de oro. Ni siquiera excéntricos millonarios americanos o militares británicos retirados, con monóculo y ayuda de cámara. Desde luego era mejor la imagen que teníamos que la realidad. Eso sí, nos queda la esperanza de que, algún día, las cosas fueron como nosotros las habíamos pensado...

Hay dos hoteles muy elegantes cerca. Uno, el Hôtel de Paris, en la misma plaza, junto a la entrada del Casino. Otro, el Hermitage, en otra plaza contigua. En el Hôtel de Paris hay un magnífico restaurante (fue aún mejor en otro tiempo), a precios que quitan el apetito de por vida.
Y ya está. No hay calles por las que apetezca pasear ni tiendas en las que curiosear (aparte de unas -pocas- que ya nos conocemos de todas partes, como Cartier o Louis Vuitton). Parece que la ciudad te está diciendo: "¡Hale!, ya me has visto. Te puedes marchar".
Cabe la remota posibilidad de visitar el Palacio y el Museo Oceanográfico, claro, ambos al otro lado del puerto, atravesando La Condamine, frente a Montecarlo (en lo que ellos llaman Monaco), pero no es probable que lo hagamos, como tampoco lo es que visitemos la otra alternativa: el Jardín Exótico (en Fontvieille). Así que lo más sensato es marcharnos antes de que nos entre la depresión "pos-montecarlo", muy habitual si alargamos nuestra visita, que debe tener la duración exacta para que nos haya dado tiempo a decir: "¡Qué bonito!" (que lo es), pero todavía no hayamos empezado a pensar: "¡Vaya rollo!" (que también lo es).

Muy cerca de Mónaco tenemos dos buenas opciones para completar nuestro viaje: Èze, hacia Niza,y Menton, hacia Italia. Hablaré un poco de las dos, porque ambas lo merecen.

Antes de llegar a la autopista, por la salida sur de Mónaco, hay un desvío hacia Èze, que debemos tomar. Con cierto cuidado, porque hay dos Èze: Èze-Village y Èze-Bord-de-Mer.
Èze-Village
La que nos interesa es la primera. Se llega pronto y, tras dejar el coche en la plaza, a la entrada de la parte antigua, nos adentramos en el interior de una singular villa medieval, colgada sobre un altísimo acantilado. Las callejas son más auténticas que en Mougins o Saint Paul, aunque el pueblo es muy pequeño.



Èze tiene dos establecimientos muy especiales. El más famoso es el hotel La Chèvre d'Or, verdaderamente original y con un buen restaurante. El otro es el Château Eza, cuyas terrazas tienen una vista que corta la respiración. Aquí se puede comer o tomar un refresco o aperitivo, disfrutando de un escenario sin igual.
A pocos kilómetros de Èze, está La Turbie, con su célebre monumento romano, Trophée des Alpes, que domina, impasible y misterioso, toda la costa de Mónaco.

Cartel del viejo Menton
Por la salida norte de Mónaco, pero más lejos que Èze (conviene ir por la "cornisa" mediana), nos encontramos con uno de los pueblos marineros más bonitos de la Costa Azul: Menton. Su vista desde lejos es de cartel turístico y su aspecto y color delatan su origen italiano (de hecho, nos preguntaremos si estamos ya en Italia). La visita del pueblo desde la playa y el otro lado del puerto (precisamente desde la frontera italiana) es de las mejores que podremos tener en todo el viaje. La torre de su iglesia, recortada junto a sus abigarradas casas de tonos ocres, nos vuelve a llevar a los tiempos en los que la Riviera vivió su máximo esplendor.
Menton tiene, aparte de múltiples pequeños restaurantes (ninguno muy reseñable) y tiendas, la mejor heladería que conozco (se sigue notando su origen italiano). Está en la calle Saint-Michel, ya cerca del puerto, casi saliendo del casco urbano. Hay quien dice que merece la pena todo el viaje solo por tomarse allí un buen helado, paseando por sus viejas calles...

Y, entre unas cosas y otras, ya hemos llegado a la frontera de Italia. ¿Quién se atreve a cruzarla y seguir hasta Portofino?