viernes, 26 de octubre de 2012

Venecia en otoño

Fui por primera vez a Venecia hace casi cincuenta años. Ya sé que, dicho así, parece mucho tiempo, pero, en realidad, no es tanto... y para ella no es apenas nada.

Como es lógico, algunos recuerdos de aquel viaje los tengo casi perdidos, pero otros, curiosamente, se me han quedado grabados. Y también conservo una muy interesante correspondencia con mis padres de aquellos días. Un día hablaré de esas y otras cartas.
Yo podría asegurar que pequeñas embarcaciones de vela latina navegaban por el Gran Canal. Al menos, a mí me parece que las vi. Es la única imagen diferente que guardo de una ciudad por la que parecen no haber pasado los años en otoño.

Y digo en otoño, porque en verano sí se nota el terrible paso del tiempo. Del tiempo y de las compactas multitudes que fluyen, obsesivas, entre Rialto y San Marco, cual marabunta multicolor y pueblerina.

Está claro que en otoño no es tan grave. Desde luego que hay turistas, claro, pero en muchas zonas y, sobre todo, a ciertas horas, casi están desaparecidos.
Es entonces cuando la vieja capital de la Serenissima alcanza su verdadera dimensión, en su más alta cota de tristeza escénica. Mahler parece sonar en cada esquina y la sombra de Visconti y Mann se refleja en los pequeños canales y en las vacías playas del Lido.

Recuerdo, con claridad, el hotel Bauer, junto a la fantasmagórica aparición nocturna de la iglesia de San Moise'. Una góndola recogía en su puerta lateral a una pareja muy joven. Tan joven que ella parecía casi una niña, de larga y ondulada melena rubia y grandes ojos azules. El gondolero también era joven y guapo. Muchas veces me he preguntado qué habrá sido de él...


He vuelto tantas veces a Venecia que confundo mis viajes. Todos me parecen el mismo. De hecho, creo que nunca he llegado a irme de allí. Siempre me parece que estoy visitando aquella gran exposición de Canaletto en la isla de San Giorgio, tomando el té en el Caffè Florian, comiendo al aire libre en la terraza del Monaco, cenando en Harry's Bar o asistiendo a una representación de Il Trovatore en La Fenice.

Reconozco que me gusta ir a pasear al Lido y comer en Torcello durante el verano. Y que la primavera veneciana, tras su agobiante Carnaval, en el que esperas encontrarte a Mozart en cada esquina, está llena de rincones interesantes y de atractivas promesas efímeras vestidas de rojo anaranjado debajo de una sonrisa que se vende al mejor precio, pero es en otoño e, incluso, en invierno, cuando las islas de la antigua república del Adriático nos muestran su verdadera y profunda magnitud. Solo entonces podemos apreciar, en nuestras largas caminatas por San Polo o por los alrededores de la Madonna dell'Orto, la centenaria tristeza solitaria de una calle (que no via) o esa luz acerada y eterna que se refleja en los pequeños canales.



Cuando muere la tarde, acompañada por una suave neblina, o en esas mañanas grises de lenta y fina lluvia, Venecia se envuelve sobre sí misma y parece como si la noble piedra de sus viejos palacios nos devolviese la mirada, empapando nuestro ánimo de las notas de la música de Tomaso Albinoni, que resuenan en nuestros oídos, siempre en clave de sol menor, con esa tonalidad dulce y melancólica que nos regalan las gotas de lluvia al caer, armónicamente, sobre el suelo empedrado del Campo dei Frari.

Mi restaurante favorito es la Osteria Al Mascaron, a pocos pasos de Santa Maria Formosa, en uno de cuyos muros está la máscara labrada en piedra que le da nombre. Es una fantástica taberna veneciana en la que hay que probar sus inigualables spaghetti all'astice (langosta) y, tras la comida, pasear sin prisa por las calles cercanas, visitando la asombrosa librería Linea d'Acqua, hasta llegar al Campo SS. Giovanni e Paolo.
Los otros tres restaurantes que no hay que dejar de conocer son la Trattoria Antiche Carampane, un lugar auténtico que no ha hecho concesión alguna al turismo; la pequeña Enoteca ai Artisti, en pleno Dorsoduro; y el imprescindible Harry's Bar, cuna del bellini y de los mejores tagliolini gratinati del mundo.

Tomaremos algo, para entrar en calor, en el Caffè dei Frari o un prosecco en una de las viejas tabernas del sestiere de Dorsoduro, pero no sin antes haber visitado al que considero mejor pintor contemporáneo veneciano, Roberto Ferruzzi, nieto del autor de la célebre Madonina, a ser posible en su propio estudio, mucho más atractivo que su cercana galería.

Desde luego, es fundamental dormir en Venecia. Es necesario disfrutar la oportunidad de recorrer sus calles y canales cuando las hordas de turistas ya la han abandonado. La propia plaza de San Marco es otra cuando la observamos por la noche, casi desierta.

No vamos a descubrir ahora los magníficos hoteles de Venecia, como el ya mencionado Bauer, el Gritti o el Danieli, pero, desde hace unos años, me inclino por una alternativa difícil de superar. Me refiero al pequeño y maravilloso Novecento que, con solo nueve habitaciones (todas diferentes, por supuesto), es la mejor opción que hoy existe para pasar la noche en la ciudad de los canales. Su primo hermano, el Hotel Flora (propiedad, como el Novecento, de la familia Romanelli) es una muy buena alternativa, sobre todo con buen tiempo, para disfrutar mejor de su bonito patio. Ambos están situados estratégicamente, a unos pasos de San Marco y la Accademia.
Me da pena que otro hotel que me gustaba mucho, La Fenice et des Artistes, se encuentre un tanto descuidado. Desayunar escuchando los cercanos ensayos del Gran Teatro La Fenice es un lujo difícil de igualar.

 Guías de Venecia hay tantas que solo voy a mencionar aquí una de las más curiosas, sobre todo por su manera de aproximarnos al mundo del gran dibujante Hugo Pratt: La Venecia Secreta de Corto Maltés. Historias e itinerarios venecianos, acompañados de buenos dibujos a pluma. Me gusta. Como me gustan los cuatro caballos de San Marco. Una noche soñé que cabalgaba sobre uno de ellos. Soñé que el caballo era blanco y que sus crines castañas volaban al viento mientras galopaba. 
Pero solo fue un sueño veneciano. Uno de esos sueños que siempre mueren  cuando, de tanto mirar hacia el futuro, el presente nos devuelve a la frontera del pasado.

Pronto volveré. Venecia en otoño... o en invierno. Tan triste como bella.

martes, 16 de octubre de 2012

Giverny, el jardín de Monet

Hay tantas cosas que hacer en París que es fácil olvidarse de Giverny.
Y, sin embargo, pocos viajes tan cortos, como el que hay que emprender desde la capital francesa hasta este pequeño pueblo bañado por el Sena, consiguen un cambio tan notable en el espíritu de quien se decide a hacerlo.

Vernon
Giverny tiene un encanto muy especial. Por algo Claude Monet lo eligió para trasladar allí su residencia y pasar en ella la mitad de su vida. Fueron más de cuarenta años los que vivió en esta pequeña localidad de la Alta Normandía el gran genio impresionista. Allí murió y bajo su tierra reposan sus restos. 
No es posible comprender la obra de Monet sin haber visitado Giverny.

Apenas tiene quinientos habitantes esta minúscula localidad, vecina de la muy antigua y bella ciudad de Vernon, que también es imprescindible visitar en nuestro viaje.
Ambas están a unos ochenta kilómetros de París, por lo que son de fácil acceso por carretera, pero es mucho más interesante hacer el viaje en ferrocarril, tal como lo hiciera el propio Monet en 1883, cuando llegó por primera vez a Giverny.
Gare Saint-Lazare
Hay que subir al tren en la Gare Saint-Lazare de París y el trayecto dura unos tres cuartos de hora, siguiendo siempre el curso del Sena, con vistas a bonitos paisajes. Desde la estación de Vernon, que es donde nos debemos bajar, hay varios métodos para llegar hasta la casa y los jardines de Monet, pero el mejor de todos es a pie, cruzando el río y disfrutando de las magníficas panorámicas de la ciudad de Vernon.

Cuando nos acercamos, siguiendo la carretera, al viejo caserón del artista es probable que nos encontremos con un buen número de resignados visitantes (todavía potenciales) que guardan cola, pacientemente, a lo largo del muro exterior del edificio. Como es habitual en tantos otros lugares, estas compactas filas de aguerridos amantes del impresionismo son mucho más largas en los meses veraniegos. Pero debemos ser comprensivos, ya que el motivo de la espera (que luego agradeceremos) es evitar que los jardines se llenen de gente, lo que, sin duda, los afearía en grado sumo. Solo van dejando entrar nuevos visitantes a medida que otros van saliendo.

Nymphéas
Si el tiempo lo recomienda, habremos caído en la dulce tentación de los helados que un oportuno carrito ofrece en las cercanías de los que aguardan, ya que es difícil que nos hayamos aventurado a abandonar nuestro valioso turno para aproximarnos a la muy atractiva terraza ajardinada que, bajo el sugerente nombre de Les Nymphéas y frente a la entrada de la casa, nos brinda la posibilidad de tomar cualquier cosa que, con toda seguridad, se nos figura apetecible. Lo que sí haremos es jurarnos a nosotros mismos que no dejaremos de visitar tan estratégicamente situado local apenas salgamos de la mansión de Monet.

Se entra a los jardines a través de la casa, agradable de ver pero incapaz de contener nuestras ansias por llegar al exterior (que, en este caso, es "interior", ya que solo puede verse desde dentro, al estar perfectamente protegido de las indiscretas vistas de quienes se encuentran fuera de la propiedad).
Le Clos Normand
Los jardines son dos espacios bien diferenciados, tanto en el estilo como en el tiempo. El primero de ellos, el Clos Normand, fue desarrollado por el pintor a partir del original de la casa, en el que introdujo grandes modificaciones, eliminando árboles y llenándolo de flores por todas partes, en una brillante mezcla de orden y libertad para las plantas. Conserva el gran paseo central, del que fueron retirados los pinos y sobre el que colocó una serie de arcos de hierro por los que trepan los rosales. El impresionante colorido de los parterres,  con la gran casa al fondo, crea rincones de sorprendente belleza casi desde cualquier ángulo.
El segundo jardín es algo más nuevo. Está construido sobre un terreno que compró Monet al otro lado de la carretera y al que se accede por un paso subterráneo. Si bien el Clos Normand está diseñado a partir de un jardín existente, este otro es de absoluta creación del artista. Es el tantas veces retratado Jardín Acuático o Japonés, que en nada se asemeja a su hermano mayor. Una de sus grandes virtudes es parecer completamente natural, cuando es todo lo contrario. En él, Monet (al parecer, con gran oposición de sus vecinos) hizo excavar un estanque, aprovechando el agua del subafluente del Sena que lo atraviesa. El estanque no es otro que el celebérrimo Estanque de los Nenúfares
El Puente Japonés
Y sobre uno de sus recodos más especiales, colocó el Puente Japonés.

El placer de la visita es inmenso y, si tenemos la suerte de haber escogido un día soleado, no querremos terminarla nunca. 
Eso sí, al salir volveremos a encontrarnos con la acogedora terraza de Les Nymphéas y no dejaremos de aprovechar esta segunda oportunidad. Ya sea para una comida ligera o para tomar el té, es el cierre perfecto para la inmersión que acabamos de hacer en el universo de Monet.




Después, el paseo de regreso hacia Vernon y un recorrido por sus viejas calles y la orilla del Sena serán el feliz final de nuestro viaje de un día. 

Nenúfares en el Jardín Acuático
Es cierto que hay algún hotel en Giverny y, por supuesto, en Vernon, pero nunca he dormido allí (lo que no quiere decir que sea una opción a desdeñar) ya que el viaje a París es tan corto que lo haremos en un suspiro. 
Uno de los muchos que se nos escaparán recordando que, por unas horas, hemos formado parte de una de las maravillas del arte moderno: los jardines impresionistas de Claude Monet.

sábado, 6 de octubre de 2012

Namib, un desierto viviente

Los desiertos me gustan. En ellos somos capaces de darnos cuenta de muchas cosas e, incluso, de recordar otras que olvidamos fácilmente en lugares más ajetreados.
Todos los que conozco me han causado una impresión intensa y profunda, capaz de acercarte a ti mismo y alejarte de lo superfluo de la vida (que es casi todo, por cierto). Pero si hay uno que me entusiasma es el de Namibia.

El Namib Desert es, según dicen, el desierto más antiguo del mundo y, sin duda, la mayor atracción natural de la impresionante Namibia. Se extiende a lo largo de toda la costa del país y llega a adentrarse por su extremo norte en Angola y en Sudáfrica por su extremo más meridional, formando una franja de más de dos mil kilómetros de longitud por unos doscientos de ancho.



Skeleton Coast
Toda la parte septentrional de su zona limítrofe con el Océano Atlántico es conocida en todo el mundo como Skeleton Coast, tanto por los esqueletos allí encontrados de ballenas y otros grandes mamíferos marinos como por los restos de barcos que quedaron encallados en las arenas de sus costas de permanente y poderoso oleaje. Hoy son una de las maravillas turísticas de esta antigua colonia alemana que nadie que viaje al sur del continente africano debe dejar de ver.

Los paisajes del desierto son infinitos, el cielo tiene más estrellas de las que nunca fuimos capaces de soñar... y las dunas, rojas e inmensas (algunas con más de doscientos metros de altura) nos trasladan a un océano de arena intensa y profunda, haciéndonos retroceder milenios y dudar de que nos encontramos en el planeta Tierra.

Duna en Sossusvlei
Como es imposible visitarlo en toda su interminable dimensión, tendremos que escoger una zona para visitar y, sin duda, la más interesante y espectacular es la que muchos consideran su punto neurálgico: Sossusvlei, en el interior del enorme Namib-Naukluft National Park.
Aquí las dunas alcanzan su máximo esplendor y, desde ellas, los oryx nos observan con displicencia, con sus largos cuernos y sus caras blanquinegras, adoptando cierto aire de superioridad, mientras que los springboks, más abundantes que sus circunspectos y lejanos parientes, saltan como activados por muelles en sus patas, agachando curiosamente la cabeza, para aumentar el efecto de su impulso. Porque el desierto de Namibia está vivo.

Gecko
Parece imposible que sea así cuando lo vemos por primera vez, perdiendo el aliento ante sus dimensiones y sus colores difíciles de imaginar (ocres, naranjas, amarillos, rojos...), pero está vivo.
Lleno de animales sorprendentes, casi todos silenciosos (los minúsculos geckos son una excepción cuando cae la tarde): zorros, chacales, antílopes, avestruces, cebras, hienas... que se confunden con el entorno en un alarde de mimetismo trabajado durante miles de años. Las pocas plantas que lo pueblan sobreviven gracias a su milagrosa adaptación al medio, hostil donde los haya. Pero encontraremos árboles imposibles, como el shepherd o el quiver, algunos adornados por los nidos más grandes y complejos que podemos imaginar...

Namibia ofrece grandes novedades con respecto a los otros países del sur de África, pero quizás su desierto es la principal de ellas. Para llegar a él, lo mejor es pasar por Windhoek, la capital, desde donde, en coche o en uno de los pequeños aviones que despegan del céntrico aeropuerto de Eros, nos será fácil acceder al corazón del desierto (una hora de vuelo o unas cuantas más, si vamos por carretera). El coche es un medio seguro, más económico y muy recomendable en un país como Namibia, donde la amabilidad de sus habitantes siempre nos ayuda a sentirnos como en casa.

Camel thorn tree
Una vez allí, en Sossusvlei, nos encontraremos con un buen número de lodges y campamentos en los que podremos alojarnos sin problemas, aunque siempre es prudente tener las reservas hechas antes de comenzar nuestro itinerario.
Casi todos son excelentes y resueltos con un inteligente concepto del lujo, muy alejado (afortunadamente) del de los grandes hoteles europeos o americanos. Allí el protagonismo lo tiene la naturaleza y, sin que falte la más mínima comodidad, consiguen que nos sintamos siempre identificados con ella. Por supuesto, no conozco todos, por lo que mi recomendación puede no ser perfecta, pero aseguro que quienes se decidan por Little Kulala, Wolwedans Private Camp o Sossusvlei Desert Lodge quedarán más que satisfechos. En cualquier caso, recomiendo la web expertafrica.com como una de las más completas y prácticas para preparar el viaje (y no solo para Namibia).

Volando sobre las dunas
Entre todos, mi favorito es el Sossusvlei Desert Lodge. Me gustan sus fantásticas excursiones en quad, que nos permiten interactuar con el desierto de una forma muy especial; los paseos a pie por las crestas de las dunas, los vuelos en globo sobre el parque al amanecer; las puestas de sol en la soledad del desierto mientras disfrutas de una taza de té... pero, sobre todo, me gusta que sus habitaciones tengan una gran ventana en el techo, justo sobre la cama, que te permiten quedarte dormido, tras una siempre agotadora jornada, observando un cielo con infinitas estrellas.

Es un viaje único, diferente, que merece la pena hacer si queremos ser conscientes de nuestra verdadera y, tal vez, ridícula dimensión.
El desierto de Namibia. El desierto de la vida. Porque nada es imposible en la naturaleza.

martes, 2 de octubre de 2012

Le rayon vert

Nada más lejos de mi ánimo que rebatir a Julio Verne.
Tampoco es mi intención crear una polémica acerca del lugar idóneo para observar ese extraordinario fenómeno atmosférico conocido como "el rayo verde" (Le rayon vert), aunque debo confesar que yo no tengo ninguna duda al respecto.

Le rayon vert (Julio Verne)
Si los protagonistas de la novela de Verne eligieron las costas occidentales escocesas para intentarlo fue por un motivo obvio, ya que todos ellos vivían en aquel país. Y es indiscutible, además, que el gran escritor francés tenía ganas de ambientar la historia en los extraordinarios y sorprendentes paisajes de su imponente litoral, tan apropiados para una aventura que debía ser romántica y épica, a la vez.
Fue su compatriota Eric Rohmer quien, muchos años después, situó la acción de su película del mismo nombre en Biarritz.
Yo tengo que coincidir con el cineasta galo en que esta muy especial localidad de la costa vasca francesa es el enclave geográfico perfecto para ver ese rayo solar, de tan singular naturaleza y legendaria tradición. Y, si lo hago, es porque tengo dos poderosas razones para ello. La primera (y casi suficiente para explicar mi convicción) es que yo lo he visto allí. No una, sino varias veces. Y, puesto que este motivo es bastante poderoso por sí mismo, ahorro a quienes lean estas líneas la exposición del segundo.

La Grande Plage y el faro  
Biarritz tiene una situación privilegiada y su historia la convierte en una de las ciudades turísticas de mayor renombre mundial. De hecho fue uno de los grandes balnearios de Europa mucho antes de que se conociera el significado de la palabra turismo.


Escudo de Biarritz



En sus orígenes, que aún recuerda con orgullo en su escudo, fue un pequeño pueblo ballenero, pero su particular belleza natural no podía pasar eternamente inadvertida. El Hôtel du Palais fue Villa Eugenia, un palacio construido por Napoleón III para Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia. Así, a mediados del siglo XIX, Biarritz comenzó a ser el gran balneario de la aristocracia europea.
Hoy aún conserva esa clase señorial que la distingue, si bien hay que reconocer que en verano (sobre todo en el mes de agosto), pierde temporalmente una buena parte de su viejo glamour.

Ser una de las grandes capitales del surf de la vieja Europa ha rejuvenecido a la imperial villa que, por otra parte, sigue siendo uno de los mejores destinos de golf del continente y cuna de la moderna talasoterapia marina.

Hôtel du Palais
Cuenta con magníficos y lujosos hoteles, como el inigualable Hôtel du Palais, el Miramar o el Régina et du Golf, pero ya no existe el que, sin duda, fue su más extraordinario albergue, el pequeño y familiar hotel Lou Coufidou, en la minúscula rue d'Alger, junto al Jardin Public y a un paso de la reconvertida Gare du Midi. Yo recomiendo Le Château du Clair de Lune, una bella mansión del siglo XIX, que se alza en medio de un precioso parque, a muy poca distancia del centro y que cuenta con un gran restaurante anexo.
Otra muy buena opción, aunque más cara, es el Château de Brindos, frente a un tranquilo lago y rodeado de árboles centenarios.

Picasso en Biarritz
El restaurante más laureado de Biarritz fue, durante décadas, Le Café de Paris. Ya no existe como tal, pero, en el mismo edificio, hay un muy buen hotel, con el mismo nombre del legendario templo gastronómico, que destaca por sus modernas habitaciones y sus vistas panorámicas.
Para mí, el mejor restaurante está en el viejo puerto de pescadores, Chez Albert. Lo conozco desde hace casi cuarenta años y siempre quiero volver.

Sus espectaculares playas, desde La Milady a Miramar, pasando por La Côte des Basques o la pequeña y bien protegida del Port Vieux son uno de sus tesoros más reconocidos, pero siempre será la Grande Plage el símbolo de Biarritz y, tal vez, de toda la costa de vasca francesa. Ella es la que nos traslada a través del tiempo y de los sueños que no queremos olvidar.

Junto a la Grande Plage, el centenario Casino de Biarritz nos recuerda una época que no es necesario que vuelva... porque nunca se fue de nuestra memoria.
Y, a media tarde, es imprescindible hacer una visita al fabuloso Miremont, el gran salon de thé de la "playa de los reyes", con su terraza sobre el océano, fundado en 1872.

Cuando visitamos Biarritz, hay que dejar tiempo para conocer sus alrededores. Las excursiones son infinitas, desde luego, pero hay algunas necesarias.
Por ejemplo, pasear por San Juan de Luz, como hacía Lisbeth, años atrás, en los tiempos en los que El Mariscal afeaba en público su liviana memoria...
St Jean Pied-de-Port y sus placeres naturales y culinarios, Arcangues y su cementerio desde el que Luis Mariano disfruta de inigualables vistas sobre el campo de golf...
Pero, por encima de cualquier otra, hay una que no podemos dejar de hacer bajo ningún concepto: Cambo-les-Bains. En esta pequeña villa, conocida por su clima dulce y su estación termal, murió Isaac Albéniz y es sede del museo de Edmond Rostand, el creador de Cyrano de Bergerac. Su residencia, Villa Arnaga, es hoy la mayor atracción cultural de este pueblo verde y tranquilo, cuyas vistas sobre el majestuoso meandro de la Nive devuelven la paz al espíritu más angustiado.

La Nive
Regresando ya a Biarritz, siempre por carreteras secundarias que discurren entre prados, bosques, montes y caseríos, hay que apresurarse para buscar un buen lugar desde donde esperar el milagro del rayon vert.
Como todos sabemos, son precisas unas determinadas condiciones atmosféricas y un horizonte tan limpio como sereno. Solo dura un instante, por lo que la máxima atención en el momento en el que el sol nos muestra sus últimos rayos es imprescindible. La leyenda sigue asegurando que quien lo ve descubre la auténtica verdad de sus sentimientos.

Le rayon vert (Biarritz)

Yo visité Biarritz por primera vez en la primavera del ya lejano 1973. Y vi le rayon vert. Desde entonces procuro ir tantas veces como puedo. Sobre todo en diciembre. Mi día favorito es el 27. Puede que sea una casualidad o, ¿por qué no? una fantasía, pero desde entonces, nunca he dejado de ver ese rayo verde...

Nadie debería dejar de intentar verlo. Os aseguro que nada es imposible en Biarritz.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Okavango: el oasis del Kalahari

El delta del Okavango es una de las grandes maravillas del continente africano. Una de esas sorprendentes rarezas naturales que nos demuestran que nuestro planeta es verdaderamente extraordinario.

Elefantes en el Okavango
El Okavango nace en Angola (donde recibe el nombre de Kubango) y, tras recorrer algo más de mil seiscientos kilómetros y haber servido como frontera entre Angola y Namibia, se adentra en el norte de Botswana, para morir, convertido en un gran delta con forma de mano, engullido por las arenas del Kalahari, el mayor desierto del sur de África.
Y es aquí, en Botswana, donde sus aguas forman este gigantesco oasis, proporcionando un incomparable habitat natural a cientos de especies animales y vegetales. Sin el Okavango, Botswana sería poco más que un enorme desierto, cuyos límites habrían ido creciendo con el transcurso del tiempo. 

Aterrizando en el delta
Para llegar al delta, hay que volar, siempre en pequeñas avionetas, desde Maun o desde Kasane, si bien Maun es la entrada más habitual, por estar, prácticamente, en el límite sur del delta y mucho más cerca que Kasane.
En realidad, el Okavango es el único gran río que se adentra en busca del corazón de Botswana, un país que no tiene mar y que, tal vez por ello, exige a su río de la vida que vierta sus aguas en el desierto. Los otros ríos importantes del país son, sobre todo, sus fronteras naturales: el Limpopo, al sur; el Shashe, al este; y el Linyanti, al norte.

Jirafa con sus crías
El Okavango cumple con creces esta exigencia, ya que no solo entrega su generoso tributo acuático al Kalahari, sino que aumenta su caudal cuando más se necesita, en la estación seca. Este extraordinario hecho se produce gracias al lento discurrir de su curso desde Angola. La gran cantidad de agua acumulada durante la temporada de lluvias en su origen tarda varios meses en llegar al delta, siendo aquí, por tanto, mayor el nivel de sus aguas en plena estación seca. Una maravilla más de este portento extraordinario de la naturaleza africana.

Botswana es un país muy joven (independiente desde 1966) y grande en extensión (para las dimensiones europeas), ya que su superficie es mayor que la de Francia, pero está escasamente poblado (apenas un millón y medio de habitantes). Su capital es Gaborone, fronteriza con Suráfrica, y la lengua nacional es el Setswana, aunque el idioma oficial es el inglés.

Bandera de Botswana
Sus habitantes son amables, abiertos y hospitalarios con los visitantes. A mí me parecen los más simpáticos de todo el sur de África. También me gusta su bandera, de color azul celeste, atravesada por una franja negra horizontal, bordeada por sendas líneas blancas, y que, por algún motivo, me produce una sensación acorde con el carácter agradable y sencillo de sus ciudadanos.
Su gran lacra, como la de muchos otros países africanos, es el sida, si bien es cierto que Botswana es uno de los países que más en serio se ha tomado la lucha contra esta terrible enfermedad.

Pero bueno, dejémonos de generalidades que, con seguridad, muchos ya conoceréis y pasemos a hablar de su gran atracción natural: el delta del Okavango.
Nxabega
En el delta no hay hoteles. Solo campamentos, la mayoría de ellos pequeños, caros y muy exclusivos. Desde luego es imposible conocerlos todos, porque son muchos, pero yo quiero destacar dos que me gustan especialmente: Nxabega y Sandibe.
El primero de ellos, Nxabega, es un pequeño campamento, con solo nueve tiendas que cuenta, eso sí, con todas las comodidades. Las rústicas, aunque lujosas, tiendas están distanciadas unas de otras, para proporcionar una privacidad que te hace sentir el delta en toda su intensidad.
Nxabega, que significa "El lugar de la jirafa", está situado en una concesión privada que bordea la reserva de Moremi, en el límite occidental del delta.

Mokoro
Desde Nxabega podemos entrar en contacto con lo más auténtico de toda la zona. Rodeados de un agua sorprendentemente cristalina por casi todas partes, es el punto de partida ideal para navegar por sus canales y vivir una experiencia acuática única, gracias a la increíble perspectiva que nos ofrece el Okavango desde el mismo nivel de sus aguas. La mejor manera de navegar por el delta es en mokoro, unas pequeñas canoas que se mueven lentamente impulsadas por una pértiga que se apoya en las limpias arenas del fondo. Aunque parezca increíble, en invierno (nuestro verano) apenas hay mosquitos, a pesar de que nos abrimos paso, en medio de un indescriptible silencio, entre compactas extensiones de juncos y otras plantas tropicales. Lo que sí podemos encontrarnos es algún que otro grupo de elefantes o hipopótamos, de los que conviene mantenerse prudentemente alejados.

Sandibe Safari Lodge
Sandibe es más seco, aunque también está en el delta, y, como Nxabega, ofrece magníficos paseos en mokoro. Aquí, a diferencia de otros campamentos del Okavango, los huéspedes no están alojados en tiendas, sino en unas fantásticas cabañas (ocho en total) que mantienen todo el espíritu auténtico y sencillo de Botswana, pese a disponer, desde luego, de las máximas comodidades.
Una estancia en Sandibe se completa con la lectura adecuada. Yo recomiendo cualquiera de las deliciosas novelas de la serie de Alexander McCall Smith, protagonizadas por Mma Precious Ramotswe, la simpática y sencilla detective, fundadora de The No.1 Ladie's Detective Agency, que da título al primero de sus relatos.

Tanto en Sandibe como en Nxabega veremos gran cantidad de animales salvajes (a veces dentro de los propios campamentos, que no están vallados).La variedad de aves es fantástica y son dos de las áreas con mayor concentración de elefantes del sur de África.
En ambos lugares se pueden hacer excursiones nocturnas que nos ofrecen una dimensión diferente de la vida animal en el delta.


Botswana, en general, y el delta del Okavango, en particular, nos transportan hacia una naturaleza en estado original, primitiva y sencilla, que nos sumerge en el mundo africano más auténtico. Un viaje que no dejaré de recomendar a cuantos necesitan alejarse de las compactas multitudes que arrasan los lugares de moda de nuestro decadente mundo occidental.

martes, 18 de septiembre de 2012

Seychelles. El Índico en estado puro

Sus más de cien islas evocan en nuestra imaginación lo que, realmente, es Seychelles: una de las últimas fronteras entre la civilización y la naturaleza en estado puro.
Puede que ser el estado menos poblado de África haya contribuido a ello, pero no cabe duda de que sus habitantes han conseguido evitar las catástrofes ecológicas crónicas que han hecho sucumbir a otros lugares extraordinarios de nuestro planeta que, en su día, fueron tan excepcionales como Seychelles.

En un viaje normal, lo más probable es que no visitemos más de dos o tres islas, por lo que parece recomendable que aquí nos centremos solo en las principales, aunque llegar hasta alguna de las más pequeñas también será una experiencia extraordinaria, sobre todo para quienes quieran disfrutar navegando, pescando o haciendo submarinismo en las islas coralinas exteriores.

Mahé
Sea cual sea el plan de nuestro viaje, llegaremos primero a Mahé. Es la mayor y más poblada extensión de tierra del archipiélago, pero, si bien carece de algunas de las exclusivas maravillas de sus hermanas menores, no deja de merecer una tranquila y relajada visita. Su pequeña capital, Victoria, de la que se dice que es "la capital más pequeña del mundo", es una curiosa ciudad colonial, con su "Mini Big-Ben" blanco presidiendo su muy poco ajetreado centro urbano.
Pero, si queremos (y es una buena idea) pasar alguna noche en Mahé, antes de partir para Praslin y La Digue (otros destinos imprescindibles), lo mejor es quedarnos en alguno de los muchos hoteles o alojamientos de todo tipo que encontraremos en la isla, junto al mar, a ser posible. Los hay muy lujosos, como el Banyan Tree o el Four Seasons, pero también podremos encontrarlos a precios mucho más económicos, repartidos por los cuatro puntos cardinales. Mi favorito, a pesar de que, para mi gusto, ha sido excesivamente renovado, es el Fisherman's Cove (ahora pertenece a la cadena Le Méridien), el hotel más antiguo de la isla.

Mini Moke
Una vez instalados, lo mejor es alquilar un Mini Moke y recorrer Mahé a nuestro aire, descubriendo playas y montes, en los que la selva tropical siempre está presente. Como es lógico, hay gran cantidad de restaurantes en la isla, destacando los de comida criolla (creole). Yo nunca dejo de ir al que más me gusta: Chez Batista, en Anse (playa) Takamaka. Su ambiente natural y su excelente comida (no hay que dejar de probar su pulpo al curry) son verdaderamente únicos. Es uno de mis preferidos en todo el mundo.

La siguiente escala lógica es Praslin. Probablemente la isla más interesante de todas.
Loro negro de Seychelles
No he dicho al principio que Seychelles (los locales dicen y escriben Sesel) tiene fauna y flora endémicas, que han sobrevivido al mundo moderno gracias a que sus agresiones permanentes han sido bien controladas en este archipiélago del Índico. Y si he dejado este importante comentario para el momento en el que vamos a hablar de Praslin, es porque es en esta isla donde flora y fauna autóctona alcanzan su máximo exponente. Desde el punto de vista zoológico, son de todos conocidas sus famosísimas tortugas gigantes, especialmente las de Aldabra, pero yo siempre he sentido predilección por su ave nacional: el loro negro, endémico de Praslin, y en verdadero peligro de extinción.
Claro que, tal vez, aún más sorprendente que todas las curiosidades que nos depara su fauna, es el coco de mer, un enorme coco de forma singular que no podremos encontrar en estado natural en ningún otro lugar.

Coco de mer
Praslin es un isla extraordinaria, con una vegetación y unas playas que la hacen única. Visitar su Vallée de Mai justifica, por sí solo, el viaje. Este "Valle de Mayo" es una reserva natural y parque nacional, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Aquí el coco de mer y el loro negro tienen su habitat original. Y no solo ellos, sino que múltiples especies vegetales y, también, algunas animales, en estado absolutamente silvestre, nos empequeñecen en esta selva de palmeras cuando nos perdemos entre sus hojas gigantes. Por un momento, nos creemos tropicales gulliveres entre plantas descomunales y de intenso verdor. Lo bueno es que, pese a la fama del lugar, no es infrecuente encontrarte solo en muchos rincones del valle. Cuando estoy en Praslin, casi todos los días me acerco (con el imprescindible Mini Moke) a La Vallée de Mai. Su magnetismo vegetal te atrae con tanta fuerza que, apenas lo abandonas, ya estás deseando regresar.
El mejor hotel de Praslin es (o era) Lémuria. Un lugar, de nombre mítico, cuya entrada impresiona. Para mí es lo mejor de la arquitectura del hotel: el efecto que te causa su gigantesco portón de madera cuando llegas hasta él por primera vez. Tiene buenas y tranquilas playas, magníficas habitaciones, repartidas entre piscinas, paseos, árboles tropicales y un bonito campo de golf que, si no me equivoco, es el único de dieciocho hoyos en Seychelles.

Anse Lazio
La gran playa de Praslin es Anse Lazio. No por su tamaño, sino por su belleza. Sin duda es una de las mejores. Casi tan bonita (si bien no tanto, en mi opinión) como pueda serlo la de Trunk Bay en St. John (Islas Vírgenes de Estados Unidos). Arena blanca y aguas turquesas, rodeadas de vegetación tropical, nos sitúan en un paisaje excepcional que no debemos perdernos, bajo ningún concepto, pero sin olvidar que (en un suceso trágico e inusual) en 2011 un turista francés fue atacado en esta playa por un tiburón, con fatales consecuencias.
En un extremo de Anse Lazio, con excelentes vistas de la playa, se encuentra el restaurante Bonbon Plume, un buen sitio para comer, en un ambiente natural, pero no especialmente barato. El restaurante tiene un recinto vallado en el que podemos admirar algunos ejemplares de tortugas gigantes, que nos encantará ver, aunque no estén en libertad.

La tercera isla de nuestro viaje, y seguro que la más fotografiada de todas, será La Digue. Para acceder a ella, lo mejor que podemos hacer es tomar el ferry que sale del este de Praslin. Tras un breve trayecto, de una media hora, llegaremos al rústico muelle de La Passe, desde donde un oxcart de madera y brillantes colores (un carrobús tirado por un buey) nos llevará hasta nuestro alojamiento. Hay suficientes para elegir a nuestro gusto en esta pequeña isla, la mayoría pequeñas casas de construcción típicamente criolla y de precios bastante asequibles. El mejor hotel es Le Domaine de l'Orangeraie y mi favorito La Digue Island Lodge, situado junto a la playa y con magníficas vistas a Praslin. Sus habitaciones son grandes cabañas con tejado de hojas de palma, rodeadas de un espléndido jardín tropical.

Anse Source d'Argent
Las playas de La Digue son únicas en el mundo, probablemente por esas gigantescas rocas graníticas que llegan hasta el mar, entre una densa vegetación y formando pequeñas calas de arena finísima y blanca, bañada por el agua más transparente que nunca hayamos visto. La más famosa de todas es Anse Source d'Argent. Para mí una de las tres playas más bonitas del planeta.
En La Digue lo mejor es desplazarse en bicicleta... o incluso andando, ya que las distancias nunca son grandes. Además, merece la pena disfrutar de cada rincón  de esta isla, de la que no querremos marcharnos nunca.

Quedan muchas islas, más de cien, por visitar, pero no es probable que dispongamos de mucho más tiempo. Si lo tenemos, hay que dedicarlo a navegar y bucear por las aguas de un archipiélago que se mantiene casi virgen, lo suficientemente lejos de la costa continental como para evitar lo que otros destinos del Índico no han conseguido: mantener su naturaleza, sus bosques tropicales, sus playas... y, sobre todo, su océano tal como eran cuando llegaron a ellos los primeros europeos.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El triángulo de Provenza

Cuando se llega a Provenza en coche, conviene acercarse a ella escuchando la música de La Traviata, en especial la romanza de Germont: "Di Provenza il mar..." (una buena grabación es la de EMI con Riccardo Muti dirigiendo a la Orquesta Philarmonia -con Kraus como Alfredo y Bruson como Germont- y otra interesante es la de Deutsche Grammophon con James Levine dirigiendo a la Metropolitan Opera Orchestra y Pavarotti y Pons como Alfredo y Germont, respectivamente). A mí, personalmente, la versión que más me gusta es la del gran barítono Renato Bruson, pero, sea cual sea la que escuchemos, nos ayudará a descubrir el magnífico triángulo de Provenza con el alma bien pertrechada para lo que nos espera.

Es inútil buscar esta denominación (triángulo) en ninguna guía. Me la he inventado yo.
Los tres vértices de mi imaginario triángulo son: Arles, Avignon y Saint-Rémy. Habría que dedicar un viaje entero a disfrutar, sin prisas, del territorio comprendido entre estas tres localidades, pero como nos tememos que no resultará sencillo en todos los casos, vamos a destacar tan solo aquello que no podemos dejar de hacer, bajo ninguna excusa, durante nuestra visita.

Supongamos que empezamos por Avignon. Es un decir, porque es muy difícil empezar por allí, ya que si venimos de Nimes llegaremos primero a Arles y, si lo hacemos desde Aix-en-Provence, será más cómodo empezar por Saint-Rémy.
Pero, según nuestro gusto particular (que no es otro que el del viajero utópico), es mejor empezar por Avignon.

Avignon
De Avignon no hay mucho que decir aparte de todo lo que ya cuentan las guías, que es mucho, ya que es un centro turístico-histórico fundamental en el sur de Francia. Conviene evitar, eso sí, los muy concurridos fines de semana, porque hay avalanchas de turistas.
No es raro encontrarnos allí con actuaciones en vivo de grupos artísticos de inequívoca inspiración medieval, algunos de ellos con puestas en escena muy originales y espectáculos llenos de colorido que tienen lugar al atardecer, junto al Palacio de los Papas (que conviene haber visitado antes). Suelen estar precedidas por desfiles a través de las principales calles.
Hay que pasear por la ciudad vieja, tomarse un refresco en una de sus múltiples terrazas y, después de comer en el restaurante de Christian Etienne, dar un vistazo (los más valientes pueden hasta comprar algo en ellas) a sus cientos de tiendas...
No es necesario bailar sobre su célebre puente, como dice la canción, pero es impresionante ver cómo sus arcos llegan tan solo hasta el centro del río, contradiciendo el concepto natural que todos tenemos de lo que es un puente.
Desde el punto de vista cultural, no podemos olvidar su famosísimo festival, que lleva desde 1947 siendo uno de los hitos artísticos de Francia.

Bajando desde Avignon, acompañados o no por señoritas picassianas, hacia Arles, siguiendo (más o menos) la dirección del curso del río Ródano, nos encontramos con Tarascon, la ciudad de Tartarin. La visita de Tarascon debe ser rápida, porque, aunque la ciudad es bonita, tiene la curiosa característica de que cuesta trabajo encontrar un simple café o terraza en los que tomar algo. Sin embargo, su impresionante castillo al borde del río merece la visita.
En Tarascon deberíamos dejar la orilla del Ródano y tomar la carretera que va hasta Saint-Rémy-de-Provence. El camino es, en apariencia, sencillo, pero esconde una belleza profunda, difícil de apreciar si vamos distraídos, creyendo que viajamos en coche por una carretera cualquiera. En realidad, estamos en plenos Alpilles, unos montes llenos de historia, literatura, silencio y auténtica naturaleza, por los que convendría dar un larguísimo paseo, bien equipados con botas y bastones. No es probable que lo haga el siempre apresurado viajero, así que lo más seguro es que se lo pierda. Es una pena, sin duda.

Cuando nos vamos acercando a Saint-Rémy, nos adentramos en una de esas fantásticas carreteras que discurren entre dos interminables hileras de árboles frondosos, altos y, desde luego, centenarios, que solo parecen existir en las películas. Casi sin darnos cuenta, ya hemos llegado a Saint-Rémy.

Saint-Rémy-de-Provence
Es obligatorio parar un buen rato en Saint-Rémy. Como hemos entrado por la parte más sencilla del pueblo, al principio no nos parece nada del otro mundo. Es lógico, porque aquí lo bueno es quedarse unos cuantos días.
Y si no se puede, conviene llegar justo a la hora del desayuno para sentarse en una de las terrazas de la calle principal y tomarse un buen chocolate o un café con un bollo del país (que podría sustituirse por un aperitivo provenzal en el menos aconsejable caso de haber llegado demasiado tarde para los usos locales y ya solo quede pan con mantequilla para desayunar, lo que sucede con más frecuencia de la que desearíamos). Un buen sitio para hacerlo podría ser la Brasserie Les Variétés, en pleno centro.

Santons de Provence
El pueblo es pequeño, y no tiene muchas tiendas, aunque las hay muy elegidas y sofisticadas, pero es preciso comprar alguna figurita de barro (santon). Las hay por toda Provenza, pero el hecho de comprarla en Saint-Rémy le da un sabor especial. Por supuesto, hay que adquirir el santon en un bazar de una calle secundaria y que los tenga expuestos en su escaparate sin muchas pretensiones, como si no tuvieran demasiado interés en venderlos. Hay que elegir bien la pieza (lo decimos en singular porque son sorprendentemente caros). En mi opinión, las más bonitas son las figuras de campesinos provenzales.
No es fácil cansarse de estar en Saint-Rémy, sobre todo por esa atmósfera tan singular que tiene y que no sabríamos describir, pero, tarde o temprano (por desgracia, será, más bien, temprano) tendremos que marcharnos.
Entonces lo haremos por una carretera diferente. Y debemos estar preparados para algunas sorpresas.
Así que, una vez que hayamos paseado lo suficiente y visto la casa natal de Nostradamus, tomaremos la carretera que, atravesando el pueblo, va en dirección a Les Baux. Enseguida aparece la primera sorpresa: de pronto, justo a la salida de Saint-Rémy, nos encontramos con unos asombrosos monumentos romanos que nos producen el efecto automático de parar el coche y bajarnos inmediatamente. Son Les Antiques. El arco de triunfo nos impresiona por la naturalidad con la que está ahí, a pocos metros de la carretera, como si fuera lo más normal del mundo irnos encontrando con este tipo de restos arqueológicos a la salida de cada pueblo.

Les Antiques
 Al otro lado de la calzada se visitan las excavaciones de las termas romanas de Glanum, pero al viajero le llaman menos la atención que los otros monumentos, que le han sorprendido tanto, pese a saber (todas las guías nos avisan) que se iba a encontrar con ellos.
Seguimos nuestro camino subiendo y bajando por unos montes solitarios, que se convierten en nuestra segunda sorpresa. No nos esperábamos este paisaje tan agreste, presagio de lo que se avecina. Si lo atravesamos a mediodía, con mucho calor, todavía nos impresionará más. Y si lo hacemos por la noche puede llegar a darnos un poco de miedo.

La tercera sorpresa surge, de improviso, impresionante a la vista: las ruinas de Les-Baux-de-Provence, dominando un risco inaccesible (pero al que, luego, accederemos, claro).

Les Baux
Hay que subir y pasear, sin prisas, entre las ruinas. Solo veremos eso: ruinas.
Y disfrutaremos de un panorama excepcional si subimos hasta lo alto de la torre o si recorremos la explanada que se extiende al otro lado del viejo castillo.
Frente a Les Baux hay una pequeña carretera, la del Valle del Infierno, que no podemos dejar de recorrer: las vistas son espectaculares y más de uno creerá ver demonios, brujas y duendes cuando se adentre por sus revueltas y gargantas al anochecer...

Uno de los mejores restaurantes del mundo (por la combinación única de su situación, decoración elegante y magnífica comida) se encuentra a los pies de Les-Baux-de-Provence: Oustau de Baumenière. El viaje perfecto incluye una cena en él, para reponernos de las emociones (y el cansancio) de la jornada, antes de pasar la noche en el vecino hotel de La Cabro d'Or.
Si tenemos la suerte de amanecer en este hotel y, tras un buen desayuno, disfrutar un rato de su jardín y piscina (mientras los ancestros de los Grimaldi nos observan desde lo alto de Les Baux), pronto será hora de partir hacia el tercer vértice del triángulo.

Es posible que durante el camino nos apetezca escribir cartas desde un molino (lo que, la verdad, no suele ser frecuente entre los que viajan por otros sitios). En tal caso, estaremos pasando por el lugar más adecuado del mundo para hacerlo: el Molino de Daudet. Pero, como no es probable que, precisamente en ese momento nos invada tan poco habitual apetito, continuaremos hasta la joya de Provenza, ya en el límite norte de La Camargue: Arles.

Jardin fleuri à Arles (Vincent Van Gogh)
A medida que nos vamos acercando, parece que reconocemos los paisajes que retrató Van Gogh por estas latitudes y, una vez en su interior, entendemos por qué la eligió para pintar algunos de sus mejores cuadros.
Tras dar una vuelta en coche por toda la ciudad, para familiarizarnos con ella, hay que buscar un buen estacionamiento y, luego, recorrerla despacio a pie. Por supuesto debemos hacer todo lo que las guías nos indican, porque es una ciudad extraordinaria, con esa mezcla asombrosa de restos romanos y recuerdos impresionistas. Pero que no se nos olvide parar a comer y descansar de las visitas de la ajetreada mañana en la Place du Forum, donde está, restaurado, el famosísimo café que pintó Van Gogh (Café de la Nuit o Café Van Gogh). Ahora bien, no nos dejemos seducir por la tentación del nombre, porque el sitio perfecto para comer en su terraza o, al menos, tomarnos una refrescante cerveza es la vecina Brasserie L'Arlésienne, mucho menos "decorada", pero de una autenticidad imposible de superar para el que sabe ver más allá de lo que lo hacen los masificados turistas.

Las Arenas de Arles
Y, una vez que hayamos visitado todo lo que nos mandan las guías, es necesario volver a coger el coche y acercarnos al viejo cementerio romano: Les Alyscamps. Si tenemos la suerte de pasear entre las tumbas sin que nos molesten (no me refiero a los siempre dignos espíritus de la muy venerable necrópolis, que jamás han molestado a nadie, que se sepa -más bien al contrario-, sino a esos tozudos y compactos grupos de inoportunos visitantes que, ridículamente ataviados, suelen ser poseedores de la dudosa virtud de coincidir con nosotros en todos aquellos lugares en los que nos gustaría estar solos), viviremos una experiencia que ayudará a que nuestra imaginación nos transporte a otras lejanas ciudades en las que también se paralizó el tiempo, como Éfeso, Pompeya o Cartago...

Ahora sí, cerrado el triángulo de Provenza, estaremos en condiciones de mirar hacia nosotros mismos y descubrir que nuestros ojos brillan con el reflejo de una luz más azul, más cálida... una luz que nos recuerda una vida que no hemos conocido, pero que, desde tiempo inmemorial, reposa en el interior del alma humana.