jueves, 17 de enero de 2013

Uxmal, Mérida y Chichén-Itzá

Lejanos quedan ya los tiempos en los que visitaba con frecuencia Yucatán y Quintana Roo, cuando Cancún no era más que un incipiente proyecto de blancas arenas y aguas transparentes.
Mi recorrido favorito era, por supuesto el triángulo cuyos vértices son Uxmal, Mérida y Chichén-Itzá. Siempre que podía pasaba, al menos, una noche en cada uno de ellos, pues, en aquella época, pasear en el silencio profundo de la oscuridad entre las viejas ruinas mayas, tras haberlas visitado durante el día, era una de esas experiencias que conmueven el alma y engrandecen el espíritu. Hoy no sé si eso sería igual.
Mérida, la grande y apacible ciudad colonial de Yucatán, también merece una reposada visita, que nos transportará cinco siglos atrás al entrar en su muy antigua catedral de San Ildefonso o en el palacio de los Montejo, conquistadores de la península y fundadores de la ciudad blanca. La Hacienda Misné es un bonito y tranquilo hotel colonial, relativamente próximo al centro histórico, muy recomendable para quienes decidan pasar una o más noches en Mérida.

Pirámide del Adivino (Uxmal)
Desde Mérida se puede acceder con comodidad a los otros dos vértices del triángulo, pero yo siempre recomendaré pasar la noche junto a los restos de la gran civilización maya para experimentar (si es que hoy todavía es posible) las sensaciones a las que antes me refería. En el caso de Uxmal, el lugar perfecto en aquellos años era la Hacienda Uxmal, un lugar extraordinario, con más de cincuenta años de historia. Me extrañaría que no siguiera siendo el mejor sitio para alojarse y disfrutar de los monumentos dedicados a Quetzalcóatl, Chaac o Tláloc.

El conjunto de Uxmal es uno de los tres grandes yacimientos mayas y el más represantivo del llamado estilo Puuc. Muchos de sus impresionantes monumentos son mundialmente conocidos, como la Pirámide del Adivino, el Palacio del Gobernador o la Casa de las Monjas, pero hay mucho más que ver y explorar, como la Casa de las Tortugas, el Juego de Pelota, la Casa de las Palomas, los restos de la Gran Pirámide o la Plataforma de los Jaguares.

Incidents of Travel in Yucatan
Uxmal, cuyo nombre parece significar algo así como tres veces edificada, ya estaba abandonada cuando llegaron los españoles y todo hace suponer que vivió sus años de esplendor en diferentes períodos históricos. El célebre libro de Stephens 'Viaje a Yucatán' (Incidents of Travel in Yucatan), que relata su periplo por la zona en 1841 y 1842, describe, con la inestimable ayuda de las ilustraciones de Fred Catherwood, lo que debió ser una muy apasionante aventura para ambos.


El otro gran centro arqueológico de Yucatán, más conocido y visitado que Uxmal (tal vez por su proximidad a las playas del Caribe) es Chichén-Itzá, la ciudad de Kukulkán, el lugar sagrado de los pozos de los brujos del agua.
Chichén-Itzá, lugar reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, es una de las llamadas Siete Maravillas del Mundo Moderno (nombre poco adecuado, en mi modesta opinión, ya que casi todas son antiguas). 
Si visitar a plena luz del día Chichén-Itzá, el gran conjunto religioso maya con marcadas influencias mexicas, es un placer cultural difícil de superar, pasar allí una noche (liberados de las compactas multitudes de estrafalarios turistas que, supongo, son allí frecuentes en estos poco románticos tiempos) es algo memorable. El hotel Mayaland es el sitio para hacerlo. Este hotel de estilo colonial, construido en 1923 y, literalmente, pegado a las ruinas es un lugar único en el mundo. No conozco otro establecimiento hotelero que se encuentre, como éste, dentro de un recinto arqueológico.
El Castillo, con su misterioso jaguar de jade, es el monumento de referencia en Chichén-Itzá, pero hay muchos otros, como el observatorio astronómico conocido como el Caracol, el Templo de las Mil Columnas y su Chac-Mool o el complejo del Juego de Pelota.

El Castillo
Al norte de la Pirámide de Kukulkán (el Castillo) se encuentra el gran Cenote Sagrado, el enorme pozo ceremonial que, tal vez, dio nombre a Chichén-Itzá y cuya historia sigue envuelta en oscuras leyendas de sacrificios humanos y tesoros sumergidos. A mí me resulta sorprendente que aún no se haya llevado a cabo una profunda y exhaustiva exploración del cenote, tras las primeras búsquedas de Thompson, así como de algunas posteriores que descubrieron muchos objetos ceremoniales y abundantes restos humanos. De los cenotes (hay varios en Chichén-Itzá), así como de muchos otros aspectos de la vida de los mayas, el franciscano fray Diego de Landa escribió en su famoso libro manuscrito 'Relación de las cosas de Yucatán', cuya lectura impresiona por la descripción de las barbaridades cometidas por unos y otros.

Cenote Sagrado
Yo estuve varias veces alojado en Mayaland y tengo especial recuerdo de una de ellas, en la que me tuve que quedar varios días sin contacto con el resto del mundo, al estar averiado el teléfono del hotel (por supuesto, no existían los móviles) y carecer de medio de transporte por haber tenido que dejar averiado mi coche en algún remoto lugar de la selva yucateca. Nunca olvidaré aquellas jornadas, de intensa y solitaria interacción con el universo maya, que tan profunda huella han dejado en mí.

Tulum
Desde aquí será difícil que al viajero no le entre la tentación de seguir hasta la costa del Caribe, lo que dejo al libre albedrío de cada uno, sopesando, eso sí, el riesgo de introducirse en una moderna realidad cuya actual dimensión desconozco premeditadamente, por el temor que me inspira la inevitable comparación por mi parte con aquellas playas inmensas, solitarias y salvajes, sobre las que el Camino Real (que hoy es el Dreams Cancún, lujoso pero lejano a lo que fue) oteaba el horizonte de una costa virgen que se extendía desde Isla Mujeres a Tulum, pasando por las ruinas de San Miguelito y sus iguanas, Cozumel y Xel-ha.
Yo, por si acaso, prefiero recordarlo como el paraíso que fue.

miércoles, 9 de enero de 2013

Mi vida en Toledo

Viví cuatro intensos meses en Toledo. Hace ya mucho de eso, pero allí esta circunstancia es intrascendente porque, si en España hay una ciudad eterna, ésa es Toledo.
En aquellos tiempos la vida era especial. Yo recibía una esperada visita todos los miércoles, siempre a la misma hora, y juntos recorríamos algunos lugares que la historia y la leyenda tiene grabados en la memoria de los siglos.

Mi sitio favorito para contemplar Toledo siempre ha sido la Peña del Moro. Tanto por la inmejorable vista como por la leyenda que la envuelve. Desde allí, unos metros por encima de la ermita de la Virgen del Valle, dominamos el torno del Tajo, la calzada romana, los escasos restos del enorme y desaparecido acueducto, el Puente de Alcántara y el impresionante telón de fondo de una ciudad que se resiste a dejar de ser permanente protagonista del transcurso de los siglos.
Toledo (El Greco)
Bajo la ermita hay un restaurante (llamado, también, La Ermita) que, desaparecido el viejo Chirón (hoy instalado en Valdemoro, tras su paso por Aranjuez), es hoy de lo mejor que hay en Toledo, sin despreciar a su hermano y vecino de la catedral, Los Cuatro Tiempos. Comer allí es una experiencia, colgados sobre las rocas que caen hasta el Tajo, dominando la Casa del Diamantista y la Torre del Hierro, cuya historia podemos recordar visitando el excelente blog de Eduardo Sánchez Butragueño, 'Toledo Olvidado'.
Las fotografías de José María Moreno Santiago son otra magnífica forma de acercarse a la belleza de Toledo, como interesantes son las rutas y visitas que organiza 'Cuéntame Toledo'.

Toledo tiene un enorme pasado romano, edificado sobre el viejo asentamiento carpetano, pero casi todo ese sustancial pedazo de su historia está enterrado o destruido, con la muy notable excepción del circo, prueba irrefutable de la importancia del Toletum de hace dos milenios. Y si Roma fue grande en la Vega Baja, más lo fue la Hispania visigoda, cuya capital allí estuvo establecida hasta la desaparición de su último rey, Don Rodrigo, ante el empuje musulmán del siglo VIII. Es probable que fuera por aquel entonces cuando el fabuloso Tesoro de Guarrazar saliera de Toledo para ser escondido bajo tierra en Guadamur... ¿aparecerá algún día la corona de Suintila?

Una puerta
Tras sus primeros mil años, Toledo volvió a vivir nuevas glorias bajo las tres culturas que ya todos conocemos por sus muchos legados históricos y artísticos. Si Stendhal enfermó de sobredosis de belleza al visitar Florencia, sin duda hubiese agravado su síndrome en Toledo, incapaz de superar el mayor aluvión de arte e historia que pueda concentrase ante un ser humano en una sola ciudad.
Observar el transparente de la catedral cuando los rayos de sol de la mañana penetran por el óculo o linterna abierto en la bóveda produce un efecto solo comparable al de la visita de la más prodigiosa pinacoteca catedralicia del mundo, la que alberga su sacristía, cuyos grecos hacen palidecer de envidia al mismísimo Museo del Prado. Y no son solo grecos, sino que Goya, Rafael, Tiziano, Van Dick, Caravaggio... también tienen cuadros expuestos bajo la impresionante bóveda de Lucas Jordán.

Y si el arte es infinito en Toledo, las leyendas de sus estrechas calles y sus viejos conventos e iglesias conmueven y emocionan a quienes las escuchan.
Zorrilla puso en verso la tradición del Cristo de la Vega, probablemente la más conocida de las muchas leyendas toledanas. Cada vez que leo o escucho 'A buen juez, mejor testigo', no puedo dejar de ver a Diego e Inés encaminándose a la antigua basílica de Santa Leocadia, tal vez saliendo de la protección de la muralla a través de la Puerta del Cambrón...
Varias de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer también nos hablan de Toledo, ¡El beso', 'El Cristo de la Calavera' o 'La rosa de pasión' son algunas de ellas.
Santo Domingo el Real (José María Moreno)

En aquellos días me gustaba pasar despacio junto a la valla de la casa de Bécquer, sobre la que sigue asomando su laurel, y perderme entre las sombras de la noche, descendiendo hasta el borde del río cuando empezaba a bajar la niebla y las estrellas apenas se reflejaban en sus tranquilas aguas.
Fueron solo unos meses, sí, pero unos meses en Toledo pueden ser mucho más que varios siglos en un lugar sin historia. Y en la ciudad del Tajo, cuna de reyes y también de comuneros, la historia y la leyenda... el arte y la poesía se mezclan en el aire, trepando por sus muros de ladrillo y por sus torres mudéjares, aferradas a sus milenarias piedras romanas y visigodas, atrapando al visitante para siempre y susurrándole al oído esos versos de su rima LXX  que Bécquer dedicara a su plaza favorita de Toledo, la de Santo Domingo el Real:

'¡Cuántas veces trazó mi silueta
la luna plateada,
junto a la del ciprés, que de su huerto
se asoma por las tapias!'

martes, 1 de enero de 2013

Marrakech

La primavera siempre parece estar llegando a Marrakech. Es verdad que, a veces, el viajero llega a dudarlo cuando se pierde entre las estrechas calles de su medina, pero cada vez que un patio asoma entre el adobe de sus viejos palacios o si atravesamos su roja muralla y observamos la silueta del poderoso Atlas tras el horizonte de sus huertas de naranjos, allí aparece, de nuevo, la primavera, ya sea en forma de promesa, de recuerdo o de rotunda realidad.

La muralla y el Atlas
Si bien todo Marruecos es extraordinario, Marrakech resume el espíritu de ese gran país en tres grandes trazos, dibujados a lo largo de los siglos.

El primero de ellos lo encontramos en su medina, no tan laberíntica como la de Fez, pero más acogedora. Sus retorcidas callejuelas y sus concurridos zocos nos parecen serpenteantes ríos humanos que desembocan unos en otros, hasta acabar entregando su muy valioso tributo a la gran plaza del mundo: Djemaa el Fna'.

Djamaa el Fna'
La obra maestra del espíritu del hombre, amaneciendo en el alma de la humanidad, el universo concentrado en el corazón de Marruecos, que funde los días con los milenios. Djemaa el Fna', la plaza de la vida... tal vez el mayor espectáculo de África, con permiso de las pirámides y el cráter del Ngorongoro.
El tercer gran trazo es, en realidad, el marco en el que todo queda envuelto. Los inmensos campos que se extienden, feraces, más allá de la silueta de la Koutoubia, esa hermana de la Giralda omnipresente en la retina del visitante.

La Koutoubia
Hay grandes hoteles en Marrakech, pero la ciudad hay que vivirla desde dentro. Ninguno de los lujosos hoteles de la residencial, elegante e impersonal zona que se extiende, rebosante de paz, más allá del perímetro de su muralla medieval, me gusta. Con la excepción, claro está, de La Mamounia, ese gran palacio que ha sabido superar el paso del tiempo.
La alternativa son los múltiples riads que hay en la medina, pequeños palacetes renovados y muy recomendables que nos ofrecen una estancia inmersa en la verdadera atmósfera de la ciudad roja. Casi todos cuentan con bonitos patios con estanque, excelentes y cómodas habitaciones y terrazas con vistas sobre la ciudad. Le Rihani, Chergui y La Terrasse des Oliviers son tres ejemplos, tan buenos como muchos otros.
Zumo de naranja fresco en Djamaa el Fna'

Tampoco faltan restaurantes de todo tipo, desde los más exclusivos y caros, como el lujoso Dar Yacout, hasta los maravillosos, económicos y populares puestos nocturnos de Djemaa el Fna', por los que no se puede dejar de pasar si queremos vivir Marrakech en su auténtica dimensión. Como tampoco debemos regresar sin disfrutar del magnífico zumo de naranja que, en este mismo lugar, se nos ofrece todas las mañanas desde múltiples y coloristas carritos por apenas cuatro dirhams.
Al caer la tarde, es imprescindible ver la puesta de sol desde la terraza del ya decrépito Café de France, dominando Djemaa el Fna' que, a esa hora, empieza a envolverse en un misterioso halo de luces y humo. No es un buen sitio para comer, pero sí para disfrutar de un suave té a la menta con las mejores vistas sobre la plaza.

La Menara
Para los amantes del golf, el complejo de La Palmeraie es un destino muy apetecible, aunque yo siempre he preferido el viejo campo del Royal Golf de Marrakech, con su célebre par tres, conocido como Brigitte Bardot. Nunca olvidaré a su antiguo director, el muy famoso y simpático monsieur Stitou, toda una institución.
El Jardín de la Menara es, sin duda, otra de las visitas necesarias. Las vistas de su gran estanque, con el antiguo pabellón y la nevada cordillera del Atlas al fondo, se quedarán en nuestro interior como una de las imágenes del viaje.

Lo mejor de Marrakech es visitar sus palacios, recorrer las calles de su medina, perderse por sus zocos y soñar con un pasado que nos parece presente... pero también tendremos la oportunidad de hacer excursiones que nunca nos defraudarán, como Ouarzazate, el valle de Ourika, Essaouira o las impresionantes cascadas de Ouzoud.
Es difícil imaginar un viaje tan corto en la distancia (desde España) y tan largo en el alma. Sus gentes son amables y hospitalarias, herederas de una tradición sabia y milenaria, que nos ayuda a recordar que la vida puede ser mejor de lo que parece si nos entregamos a ella con esa sencilla pasión por lo auténtico que respira la eterna Marrakech, una de las tres grandes ciudades reales de nuestro querido y vecino Marruecos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Volverás a Sorrento

Qui dove il mare luccica/E tira forte il vento/Sulla vecchia terazza/Davanti al golfo di Surriento/Un uomo abbraccia una ragazza/Dopo che aveva pianto/Poi si sciarisce la voce/E ricomincia il canto...

Así comienza 'Caruso', una de las mejores canciones de Lucio Dalla, que en la versión de Pavarotti alcanza su máxima expresión lírica.
Quien ha visitado Sorrento y se ha asomado a una de esas viejas terrazas, con Nápoles al fondo y el Vesubio a su derecha, tiene que estar de acuerdo conmigo en que Dalla, Pavarotti y Caruso son el complemento perfecto de una de las más impresionantes vistas del Mediterráneo que podamos contemplar.

La costa de Sorrento
Y eso que la música y Sorrento son dos eternos compañeros. Si la del Grand Hotel Excelsior Vittoria es la terraza ideal para escuchar 'Caruso', la del Imperial Hotel Tramontano es la apropiada para disfrutar de la enorme composición de Ernesto de Curtis 'Torna a Surriento' (Sorrento, en napolitano). Dicen que fue en ella, precisamente, en la que compuso su célebre partitura.

Para llegar a Sorrento lo mejor es embarcar en el Molo Beverello de Nápoles y atravesar el golfo en poco más de media hora. El viaje merece la pena, ya que por la banda de babor tendremos extraordinarias vistas del Vesubio y, a medida que nos vamos acercando, nos dejaremos impresionar por los imponentes acantilados sobre los que alza la ciudad. Claro que también se puede ir en coche, bordeando la costa, en cuyo caso no deberíamos dejar de hacer una parada para visitar las ruinas de Pompeya.

Sulla vecchia terazza...
Sorrento es una agradable ciudad que nos sorprenderá por su orden y limpieza (sobre todo si venimos de la caótica Nápoles). Pese a su enorme atractivo turístico, cuenta con varias zonas residenciales elegantes y bien cuidadas, con bonitos jardines y suficientes áreas comerciales, bien integradas en un estilo de urbanismo clásico y mucho más actual de lo que suele esperar el visitante.
Con independencia de otros destinos próximos, que tanto atraen al viajero con su poderosa y justificada fuerza (Capri, Positano, Amalfi, Ravello...), la propia Sorrento y sus alrededores inmediatos bien merecen una reposada estancia.
Su gran atractivo es el mar, que desde sus enormes acantilados alcanza dimensiones colosales, pero también tiene pequeños rincones, menos grandiosos pero muy apetecibles. A mí me encanta la llamada Marina Grande (que, en realidad, es bastante reducida de tamaño... incluso creo que es más pequeña que la Marina Piccola), una playa tranquila y recogida, en la que no faltan algunas trattorias marineras y varios establecimientos balnearios de pacífica belleza. Mi favorito son los Bagni Delfino, con sus tumbonas sobre el pontón y su buen restaurante sobre el agua.

Marina Grande
La gastronomía sorrentina es buena por naturaleza. Como en casi toda la región de Campania. Es difícil resistirse a unos gnocchi alla sorrentina o a una parmigiana di melenzane.

Hoteles hay muchos. Dos de los mejores (caros, eso sí) ya los hemos mencionado (Grand Hotel Excelsior Vittoria e Imperial Hotel Tramontano), ambos con bonitos jardines, terrazas sobre los acantilados y habitaciones con vistas asombrosas.
Sin embargo, yo destaco, sobre todos ellos, a La Minervetta. Un hotel singular y extraordinario, colgado (literalmente) sobre la Marina Grande. Solo tiene unas pocas habitaciones, pero todas ellas diferentes y con enormes ventanales desde los que asistimos al espectáculo más descomunal de la tremenda cornisa sorrentina. El hotel es genial. Se accede a él desde el parking, que está sobre el techo. La recepción y los salones de la planta superior (que es la principal) tienen una decoración extraordinaria y muy especial, llena de piezas de artesanía, cerámica, libros y detalles originales, todos de un colorido deslumbrante. Al fondo, comunicada con los salones, se encuentra la cocina, donde todas las mañanas se preparan unos fantásticos desayunos que se sirven en la gran terraza sobre el mar, frente a la majestuosa silueta del Vesubio...
La cocina de La Minervetta

La vida en Sorrento es buena y amable, algo que pronto percibe quien pasea por sus calles y jardines. Toda la vertiente septentrional de su península está repleta de lugares acogedores, como Sant'Agnello o Piano de Sorrento, y su historia y tradición cultural son notables.
Aquí nació el gran poeta Torquato Tasso y muchas leyendas griegas o romanas aseguran que en sus costas habitaban las sirenas.
Bizantinos, normandos y aragoneses dejaron su huella en estas costas, contribuyendo a conformar el espíritu de una tierra que mira al mar y nos invita a volver, utilizando su belleza y la nostalgia que transmiten esos atardeceres desde sus terrazas, colgadas sobre los sueños, como reclamo infalible para que siempre queramos regresar a Sorrento.

La Minervetta
Entretanto, convertidos en nuevos carusos imaginarios, seguiremos empeñados en cantar, mientras nuestras lágrimas vuelan al viento sobre los acantilados, la melodía interminable que una sirena nos dejó en el alma.

...Te voglio bene assai/Ma tanto tanto bene sai/E' una catena ormai/E scioglie il sangue dint'e vene sai...


miércoles, 5 de diciembre de 2012

St. John, US Virgin Islands

Me gustaban los tiempos en los que se podía llegar volando a St. John desde Puerto Rico. Recuerdo bien aquel viejo y pequeño hidroavión que amerizaba frente a Cruz Bay, ya que la isla carece de aeropuerto.
Desde luego era mucho más eficaz y atractivo si, como es lo habitual, el viaje se iniciaba en San Juan de Puerto Rico, aunque hay que reconocer que la fragilidad de aquellas muy veteranas aeronaves exigía ciertas dosis de osadía a los arriesgados pasajeros.
Hoy es preciso volar a Charlotte Amalie, en St. Thomas, y hacer desde allí el recorrido por mar hasta St. John.

Virgin Islands National Park
Pero, en cualquier caso, habrá merecido la pena porque esta isla es, sin duda, una de las más bellas y bien conservadas del Caribe. Y lo es, sobre todo, porque poco ha cambiado su casi impoluta naturaleza desde que la descubriera Cristóbal Colón en su segundo viaje. Dos terceras partes de ella pertenecen al Virgin Islands National Park, circunstancia nada ajena a la casi perfecta armonía natural que nos ofrece, pese al elevado número de visitantes que recibe.

Cruz Bay, la puerta de entrada al paraíso de St. John, es la capital de la isla, si bien es cierto que sería muy inapropiado llamarla ciudad. Más bien es un conjunto de pequeñas casas diseminadas entre el puerto y las suaves colinas que lo rodean, en un paisaje enmarcado por la abundante vegetación que caracteriza a toda la isla. Simpáticos bares y restaurantes, algunas tiendas, galerías de arte y otros comercios, salpicados frente al minúsculo puerto,dan la bienvenida al afortunado visitante.

Desde aquí tomaremos uno de sus grandes y alegres taxis colectivos, el mejor método de transporte para moverse por St. John y nos trasladaremos a nuestro lugar de alojamiento. No hay muchos hoteles en la isla y, sin duda, el mejor es Caneel Bay.
Caneel Bay
Caneel Bay está situado en una pequeña península, muy cerca de Cruz Bay y rodeado por el Virgin Islands National Park. Tiene su propio servicio de ferry desde St. Thomas y también está conectado por mar con Cruz Bay. Sus habitaciones son excelentes, tranquilas y muy cómodas. Y, desde luego, no tienen teléfono, televisión ni aire acondicionado (sustituido con evidente ventaja por grandes ventiladores en el techo). Desde muchas de ellas se accede, directamente, a pequeñas playas privadas de aguas cálidas y transparentes, en las que nos sentiremos lejos de todo y cerca de nosotros mismos. Por las noches, el suave arrullo del mar será lo único que escucharemos.

Trunk Bay
Las playas de St. John son excepcionales, pero todos sabemos que su mayor y más conocida atracción es  Trunk Bay, considerada por muchos como la playa más bella del mundo. Y la verdad es que, lo sea o no, sus méritos para optar al título son, sin duda, abundantes. Pocas veces veremos arenas tan blancas, finas y limpias o aguas de un color turquesa tan intenso. El paisaje que la rodea acaba de completar el espectacular cuadro natural.
Hay otras playas dignas de ser disfrutadas, como Cinnamon Bay, Hawksnest Beach o Jumble Bay. Cualquiera de ellas nos parecerá única y maravillosa por muy exigentes que queramos ser al juzgar su inmaculada belleza.

Sir Francis Drake Channel
Son memorables los paseos por St. John y es curioso visitar los restos de sus viejas plantaciones de azúcar, como The Annaberg Sugar Plantation, que nos remonta a los tiempos de la primera colonia danesa, o los petroglifos de los indios arawak, visibles a lo largo del Reef Bay Trail, uno de los muchos e interesantes recorridos a pie que nos ofrece la isla.
Pero a mí lo que más me impresiona es la vista que nos brinda el llamado Sir Francis Drake Channel desde la costa este. Navegar a vela por esa obra maestra de la naturaleza, entre Tórtola y las pequeñas islas que lo protegen por el sur, es uno de los mayores placeres que un viajero (ya sea turista o pirata) puede experimentar en su vida.


St. John es, también, un lugar ideal para los amantes de la vida submarina, ya que sus aguas coralinas dan cobijo a multitud de especies y proporcionan una alternativa que rivaliza en atractivos a lo que podemos observar sobre la superficie. Su litoral es apto para todos los niveles, desde los más avanzados a los debutantes, quienes disfrutarán sin necesidad de apartarse muchos metros de la orilla.


Y, una vez aquí, en el corazón de las Islas Vírgenes Americanas, nos apetecerá continuar viaje para conocer St. Croix, Tórtola o Virgin Gorda (estas dos últimas ya en las Islas Vírgenes Británicas). Pero, si no tenemos tiempo para tanto, al menos habremos conocido la joya de las Once Mil Vírgenes, como las bautizó Colón en 1493.



Si el gran almirante de las Indias volviera a ver hoy la isla de St. John, comprobaría que apenas ha cambiado en estos más de cinco siglos. Estamos todos de suerte.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Cannes, Niza y mucho más


Niza
Niza es la capital de la Costa Azul, así que empezaré por hablar de ella, al contrario de lo enunciado en el título.
La imagen que tenemos de ella no es la de una ciudad muy grande, pero lo es. Su principal belleza reside en su largo paseo marítimo, la Promenade des Anglais, que se puede recorrer en coche de punta a punta.
A mitad del paseo está el célebre hotel Negresco, que nos habla de los viejos tiempos de la ciudad. Para muchos siempre fue extraordinario, pero los más sensatos lo consideraban demasiado recargado, pasado de moda y con exceso de cortinas, colchas, alfombras y tapices. Suponemos que era del gusto de Napoleón, pero a mí lo que de verdad me impresionaba era su portero (no sé si seguirá todavía en su puesto), mucho más llamativo que el relevo de la guardia en el Buckingham Palace. Hoy está totalmente renovado y es un hotel lujoso y elegante que merece la pena visitar.

Atardecer en el puerto de Niza
Si nos bajamos del coche para ver de cerca su playa, comprobaremos que sería fantástica si, en vez de gruesos cantos rodados que destrozan los pies de los bañistas, tuviera arena.
Ya al final del paseo, llegamos a la Vieja Niza, una zona recuperada y muy agradable para pasear y tomar algo en una de sus simpáticas terrazas, en una de las cuales, mi amigo Agustín se tomó unos magníficos spaghetti a la vongole, durante uno de mis primeros viajes a Niza, allá por el lejano 1973.
Niza tiene interesantes museos de arte moderno, bonitas plazas y parques, así como algunas calles peatonales con tiendas animadas, pero, en general, nos deja una impresión de ciudad grande en un entorno privilegiado.
Desde el castillo (junto al puerto) y, sobre todo, desde Mont Alban (a la salida de la ciudad hacia Mónaco, por la costa), podemos disfrutar de magníficas vistas.

Cannes es la otra gran referencia de la Costa Azul, mundialmente conocida por su festival de cine y el destino predilecto de los creativos publicitarios todos los meses de junio (ver Cannes era una Fiesta).

El Carlton de Cannes
Si venimos (como es recomendable) por la autopista A8, atravesaremos Le Cannet (solo por un cartel sabremos dónde termina Le Cannet y empieza Cannes) por el bulevar Carnot, dejando a nuestra izquierda el atractivo liceo del mismo nombre (al ver sus bonitos jardines tendremos la tentación de pensar que allí la vida escolar se hace más llevadera). Al final del bulevar Carnot, las calles se estrechan y dudamos por cuál de ellas seguir, pero no hay problema porque siempre recto (más o menos) y hacia abajo, desembocamos frente a la mole del nuevo (ya no tanto, pues se inauguró en 1982) Palacio de Festivales (quienes critican al donostiarra Kursaal de Moneo deberían dar un vistazo imparcial a este poco agraciado mamotreto faraónico - con perdón de los antiguos egipcios -, un tanto deforme y carente de gracia). No sé si a alguien le gusta. Para mí es, simplemente, feo.

A la derecha del Palacio de Festivales tenemos el puerto y el Viejo Cannes. Y, a la izquierda su celebérrimo bulevar de La Croisette, repleto de hoteles y apartamentos lujosos (o, por lo menos, caros).
Kelly y Hitchcock en Cannes (1954)
Los tres grandes hoteles de La Croisette son: el Majestic (donde se suelen alojar los jurados de los festivales, por su proximidad con el Palacio), el Carlton (el más elegante y llamativo) y el Martinez (preferido por los españoles y latinos).
Hay otros, como el Gray D'Albion, el JW Marriott... pero son más modernos, más feos y con menos tradición.
El paseo a pie (se puede hacer primero en coche y, luego, andando) por la Croisette es obligado (el coche se puede dejar en el gran parking subterráneo que hay bajo el Palacio de Festivales). Desde aquí observaremos como la playa de Cannes es casi invisible para el paseante, pues solo se llegan a ver los pequeños trozos de arena de las dos playas públicas (una al principio y otra al final de La Croisette), el resto es una sucesión de chiringuitos bien cuidados y hamacas encajonadas (la más cotizada es la playa del Carlton), jalonados por dos o tres pontones que se adentran en las poco apetecibles aguas (limpias, pero un tanto turbias). A estas alturas ya nos habremos dado cuenta que a Cannes no se viene a bañarse en la playa. Entre otras cosas, porque, a pesar de su gran bahía, apenas hay playa, propiamente dicha, en la que bañarse.
Lo que sí hay es muchos sitios en los que comer. En el puerto recomendamos Gaston et Gastounette. Muy buena es la comida de Le Caveau, justo detrás del parque que está frente al puerto, aunque no tiene vista al mar.
En la Croisette teníamos una terraza con extraordinarias vistas que poca gente conocía. Se trataba de la terraza del restaurante La Scala, en la primera planta del que fuera hotel Noga Hilton (ahora JW Marriott). El restaurante ha cambiado de nombre y tipo de cocina, pero mantiene lo mejor, que es su terraza. Adentrarse en este hotel requiere unas buenas dosis de serenidad, porque es tan horroroso que sería el último en el que se nos ocurriría entrar, pero la vista es la mejor de La Croisette.
Otros sitios aconsejables (porque son tradicionales, no por los abusivos precios) son la terraza Le Festival para desayunar (en cuanto te descuidas ya no hay desayunos y te quieren dar de comer), junto al Carlton, y la del bar del propio Carlton, para tomar un té por la tarde. La Palme d'Or, en el hotel Martinez, es un excelente restaurante para cenar en el centro de Cannes, siempre que nuestro corazón sea lo suficientemente fuerte como para soportar la impresión que nos causará la factura, claro está.

Islas de Lérins
Frente a Cannes están las islas de Lérins, de las que la más bonita es la de San Honorato
Aunque las estamos viendo, no nos damos cuenta de que son islas, porque parecen continuación de la costa por la parte de la Punta de La Croisette. Cada hora salen barcos del puerto (veinte minutos de viaje) hacia las islas, uno de cuyos principales atractivos, el mejor restaurante del mundo para comer langosta (Chez Frédéric), ha desparecido hace unos años, terminada la concesión que tenía de los monjes propietarios de la isla. Ahora existe en su lugar un agradable restaurante llamado La Tonnelle. Y siempre quedan los tranquilos campos de lavanda, la pequeña abadía cisterciense y la fortaleza sobre el mar en la que estuvo encarcelado once años el misterioso hombre de la máscara de hierro. Sus aguas son limpias y transparentes, así que merece la pena encontrar tiempo para visitarlas...


Tampoco hay que perderse el cercano pueblo de Mougins. Volviendo por el bulevar Carnot, pasamos sobre la autopista por el mismo punto donde la dejamos para bajar a Cannes y bordeamos la rotonda para tomar dirección a este pequeño y pintoresco pueblo.

Village de Mougins
Mougins es una villa de artistas (aquí vivió Picasso) y restaurantes. El más famoso es el Moulin de Mougins (entre Mougins y Le Cannet), que fue uno de los mejores del mundo durante el reinado en sus fogones del legendario Roger Vergé. Hoy sigue siendo bueno, pero no es lo mismo sin el gran Roger. Más cerca del pueblo tenemos La Ferme de Mougins, con un bonito jardín (que se llena de mosquitos al caer la tarde) y precios razonables. Arriba, en lo que llaman el village, tenemos muchos otros, muy agradables todos, como Les Muscadins o L'Amandier.
Al llegar a Mougins es imprescindible dejar el coche en un gran estacionamiento al aire libre que hay justo a la entrada del village.

Hôtel du Cap-Eden-Roc
Si salimos de Cannes por la costa, en dirección a Niza y sin subir hasta la autopista, llegamos muy pronto a la que fue otra legendaria perla de la Costa Azul: Juan-les-Pins.
La que fuera (hace ya muchos años) fortaleza de la jet, es hoy un animado pueblo de vacaciones, con mucha más animación nocturna que Cannes, pero un tanto vulgarizado.
Sus veraneantes no están momificados, como en Cannes, sino que, más bien, son de ese estilo que se suele llamar "joven" y que, en realidad, quiere decir vulgar, tirando a hortera. Pero el pueblo fue un lugar privilegiado y algo de eso se sigue notando, una vez superadas las tremendas terrazas de música brasileña que "animan" el centro urbano...
Tiene un elegante y pequeño hotel, Juana, cuyo restaurante, La Terrasse, fue uno de los mejores de Francia, hoy venido a menos. Otro hotel, próximo al Juana, que a mí, por motivos personales, me gusta especialmente es el Sainte-Valérie, muy tranquilo y con un agradable jardín.
Si hemos llegado hasta aquí, debemos seguir por la costa, bordeando el cabo, con sus magníficas vistas y pasando junto al muy exclusivo Hôtel du Cap-Eden-Roc, que supera en lujo y, desde luego, en privacidad y discreción a todos los hoteles de Cannes.
Al otro lado del cabo está Antibes, vieja y amurallada ciudad fundada por los griegos, que alberga un interesante Museo Picasso. La Vieja Villa de Antibes es un lugar muy diferente a lo que se puede ver en lo que queda de costa hasta Niza (que, por cierto, más vale no verlo).

La Colombe d'Or
Otros pueblo bonitos de la zona son Grasse, la ciudad de los perfumes, Cagnes-sur-Mer (a la izquierda de la autopista, camino de Niza), Vence y, sobre todo, Saint Paul de Vence. Este último (también llamado Saint Paul, a secas) está a unos cinco kilómetros de Vence y justifica no solo la visita, sino, también, la cena en un restaurante memorable: La Colombe d'Or. Su jardín provenzal (o, tal vez, romano) es único y el lugar bien pudiera haber sido un museo. Sería una verdadera lástima no tener la oportunidad de cenar allí una noche, tras haber dado un paseo por las empinadas calles de Saint Paul. Para cenar en La Colombe d'Or es imprescindible reservar (y pedir una mesa en la terraza), sentarse a la mesa antes de que anochezca y visitar el interior (también es un hotel), incluida la piscina. Eso sí, la bajada en coche hasta el parking es de infarto (solo superada por la de Casa Angelina, en Praiano, de la que ya hablaremos en otro momento) y la subida a pie hasta el restaurante requiere de una forma física envidiable...

Hay mucho más en los alrededores de Niza y Cannes, pero es difícil encontrar tiempo para visitarlo todo. Y, lo más importante, la habitual recomendación de evitar el mes de agosto se hace aquí imprescindible. Junio y septiembre son, con mucho, los mejores meses.
Que lo disfrutéis.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Manyara: el lago de la vida

El antiguo territorio de Tanganica, que hoy ocupa la parte continental del estado de Tanzania, tras su unión con la isla de Zanzibar, es, probablemente, el gran destino natural de África. Bien es cierto que Suráfrica es espectacular y lo tiene casi todo, pero está demasiado europeizada como para disputarle a Tanzania el privilegio de ser la mejor representante de la naturaleza africana en su estado original. Y si hay que reconocer que Botswana y Namibia no están a la zaga de la antigua colonia alemana del África Oriental en cuanto a la virginidad de muchos de sus espacios naturales, es en Tanzania donde nos encontramos con esa África que todos tenemos bien definida en algún lugar de nuestra mente.

En lo que no hay duda es en que su mucho más conocida vecina del norte, Kenya, no puede resistir la comparación con la vieja Tanganica. Es probable que antes de que británicos y alemanes colonizasen, respectivamente, una y otra parte de lo que, sin duda, es una misma región geográfica, las dos fuesen muy parecidas; pero para  el viajero de hoy, una visita a Kenya es un recorrido turístico, mientras que un viaje por Tanzania es una experiencia mucho más valiosa, si lo que queremos es introducirnos en la auténtica realidad del África intemporal.

La parte continental de Tanzania es, sobre todo, conocida por sus tres grandes maravillas naturales: el Kilimanjaro, el Serengeti y el cráter del Ngorongoro. Las tres son, sin lugar a dudas, impresionantes y únicas en el mundo. A mí, personalmente, me producen siempre el mismo efecto extraordinario que me causaron la primera vez que las vi, aunque no puedo evitar un escalofrío de temor cuando pienso que lo que la naturaleza creó con millones de años de esfuerzo, el hombre puede destruirlo en unos pocos, con el simple uso indiscriminado de una de las más terroríficas armas de destrucción masiva que se han inventado: el turismo.

Pues bien, además de sus tres colosales atractivos continentales, Tanzania tiene otros muchos que, siendo menos conocidos, no dejan de ser excepcionales. Entre estos últimos, mi favorito es el lago Manyara.

Lago Manyara
El Parque Nacional del Lago Manyara es una de las joyas naturales más singulares del país. Está, más o menos, a mitad de camino entre Arusha (la capital turística del país) y el cráter del Ngorongoro y, aunque tiene una pequeña pista de aterrizaje para avionetas, la mayor parte de sus visitantes son meros transeúntes que hacen el recorrido por carretera entre esos dos puntos. Esta circunstancia obliga a que muchos de los turistas que pasan por el lago Manyara se limiten a una breve visita de la parte del parque más próxima a su entrada, lo que les deja una impresión completamente equivocada de su grandeza y espectacularidad. Los que tienen algo más de suerte, pasan una noche en uno de los dos lodges que dominan el lago desde lo alto del acantilado que lo bordea. Eso permite unas vistas excepcionales y un paseo, un poco más largo que el de los precipitados y agotados transeúntes, a la mañana siguiente, antes de continuar en su imprescindible viaje hacia el Ngorongoro.

Lake Manyara Tree Lodge
Pero los únicos que pueden vivir el lago Manyara en toda su inagotable intensidad son aquellos afortunados que pasan dos o tres noches en el único lodge que hay dentro del parque, justo al final del largo camino que, bordeando el lago, separa la entrada del Lake Manyara Tree Lodge. Quienes allí se hospeden, vivirán una de las experiencias más apasionantes de su vida: diez asombrosas habitaciones, literalmente colgadas de árboles de caoba, perdidas en mitad de la selva. El lodge es fantástico: naturaleza en estado puro, sin luz eléctrica por las noches, oyendo como los animales nocturnos caminan por los tejados de brezo sobre nuestras cabezas y sintiendo toda la fuerza de África en su estado más primitivo. Las cenas en el boma, los desayunos cuando apenas está clareando el día o un baño en la rústica piscina, a la vuelta del safari, no serán fáciles de olvidar, por muchos años que pasemos, a nuestra vuelta a casa, rodeados de asfalto, cemento y ladrillos.

Boma
El lago Manyara se extiende a lo largo de la parte de la falla del Great Rift Valley que lo bordea. Es un terreno largo y estrecho, con dos grandes fronteras naturales contrapuestas que lo hacen único: a uno de sus lados, las escarpadas y casi verticales laderas de la falla y, al otro, el inmenso lago, tranquilo y blanco cuando sus aguas bajan en la temporada seca, aunque casi siempre manchado de grandes superficies rosas, dibujadas por los millares de flamencos que habitan sus orillas.
El escenario es sobrecogedor: rocas cortadas a pico, vegetación exuberante, el infinito espejo de las inmóviles aguas del lago...

León trepador de Manyara
Casi toda la fauna africana está presente en el parque, pero lo más destacado de ella son los raros leones trepadores, una especie autóctona y sorprendente que acostumbra a descansar sobre las ramas de los árboles, haciendo gala de un estilo más propio de leopardos que de leones.
Y por si todo esto fuera poco, el parque es el paraíso de las aves. Exagerando muy poco, podría decirse que no hay ni una sola especie (se han contado hasta 387) de las muchas existentes en el África Oriental que no pueda verse a orillas del Manyara.

No lejos del borde del lago, bien indicados por unas calaveras de búfalo, se encuentran unos manantiales termales que empapan con sus cálidas aguas la llanura que se extiende entre las rocas y la franja de arena blanca que bordea el lago, creando un hábitat muy especial para las aves acuáticas, los reptiles y mamíferos de todos los tamaños.
Los elefantes son muy abundantes, como también lo son búfalos, hipopótamos, jirafas, facóqueros, babuinos...
Entre los antílopes nos llaman la atención los pequeños klipspringers, siempre dominando orgullosamente alguna roca de la que parecen propietarios exclusivos.

Ningún amante de la naturaleza quedará defraudado de esta visita, antes bien, su recuerdo se quedará grabado en su espíritu para siempre, pero seguid mi consejo: quien tenga la oportunidad de visitar el Parque Nacional del Lago Manyara, que no deje de hacerlo con el tiempo necesario para conocerlo en profundidad, porque si se limita a un breve paseo motorizado, como sugieren muchos de los itinerarios turísticos, se habrá perdido una de las grandes maravillas de la naturaleza africana... el lago de la vida.