domingo, 17 de febrero de 2013

Al pie del Mont-Blanc

Hay que reconocer que Chamonix no es una de esas estaciones de esquí que presumen de ser las favoritas de quienes hacen de los deportes de nieve una pasarela de moda o la excusa perfecta para mostrar la faceta más esnob de la condición humana.
Sin embargo, ningún otro centro alpino tiene el privilegio de reposar en un valle  tan espectacular, bajo la protección del inmenso Mont-Blanc y encerrado entre dos impresionantes macizos montañosos que, cubiertos con sus blancos mantos de glaciares, casi parece que van a llegar a tocarse.

Chamonix y el Mont-Blanc
Porque la gran virtud de Chamonix no es solo descansar al pie de la montaña más alta de Europa occidental (4.810 metros), cuna del alpinismo y una de las maravillas naturales más visitadas del mundo, sino estar inmersa en uno de los entornos más bellos de los Alpes.

El valle de Chamonix es tan atractivo en invierno como en verano y se puede disfrutar de sus montañas, actividades deportivas y paisajes en cualquier época del año.
El centro del pueblo es acogedor a todas las horas del día y no faltan en él tiendas, cafés, bares y restaurantes con una variada y excelente oferta, propia de ciudades más grandes, ya que no debemos olvidar que su población fija apenas supera los nueve mil habitantes.

Saussure y Balmat
Allí se alza la estatua de los grandes pioneros de la conquista del Mont-Blanc, Horace-Bénédict de Saussure y Jacques Balmat, cuyas figuras en bronce señalan eternamente la cumbre que pisara por primera vez un hombre en 1786.

Mi excursión favorita es la subida a La Mer de Glace, el impresionante glaciar que extiende sus más de siete kilómetros de longitud entre los picos y agujas que se alzan al norte del Mont-Blanc. El tren de cremallera que parte junto a la estación de Chamonix y llega hasta Montenvers nos ofrece una perspectiva inigualable del mayor glaciar de Francia y uno de los más famosos del mundo.
Desde allí se puede tomar un telecabina y, a continuación, descender por una larga escalera de más de quinientos escalones hasta el propio glaciar e, incluso, introducirse en la gruta excavada en el hielo.

Pero si la contemplación de La Mer de Glace es imprescindible, no lo es menos la vista del Mont-Blanc desde las pistas de Brévent-Flégère, las más agradables de esquiar en Chamonix, tanto por el escenario como por su soleada orientación meridional. Y también merece la pena, si el día es despejado, subir hasta la Aiguille du Midi en el teleférico más alto de Europa, desde cuyo punto más elevado se tiene una privilegiada visión panorámica de buena parte de los Alpes, incluidos los suizos y los italianos.

Esquiando en Chamonix
La comida en el valle de Chamonix suele ser muy buena, destacando las especialidades de la comida típica de la Alta Saboya. Mis restaurantes favoritos son Calèche, en pleno centro, y Le Carnotzet, en el cercano pueblo de Argèntiere, pero hay muchos que destacan por la calidad de su comida y su bonito ambiente alpino.
Lo mismo ocurre con la oferta hotelera, que es amplia y variada, pero si uno quiere encontrar un lugar diferente, no hay otra mejor opción que el magnífico Hameau Albert 1er, un albergue excepcional que cuenta con un muy buen restaurante y cuyo único pero es la proximidad de su entrada principal a la carretera, algo que, en cualquier caso, se olvida pronto al adentrarse en las tranquilas dependencias del conjunto hotelero.

A Chamonix se llega con mucha comodidad desde Ginebra, tanto en tren como por carretera, pero también es fácil acceder desde el Valle de Aosta, en Italia, a través de esa enorme obra de ingeniería (más de once kilómetros excavados en la roca) que es el túnel del Mont-Blanc, inaugurado en 1965 y reabierto en 2001, tras la terrible catástrofe ocurrida tres años antes. El túnel conecta Chamonix con Courmayeur, en la vertiente italiana del allí llamado Monte Bianco.

Insignia alpina de Chamonix
Yo he disfrutado mucho en Chamonix, tanto en mis primeras visitas, ya lejanas en el tiempo, como en las más recientes, estas últimas siempre en plena temporada invernal. Hace pocos años pasé la Navidad allí, en una pequeña cabaña solitaria, próxima a Montroc (justo donde se produjo el trágico y conocido alud de 1999), y puedo asegurar que la experiencia de esos días en plena naturaleza, rodeado de nieve virgen por todas partes, es una de las más extraordinarias que he vivido. Tal vez son los recuerdos de estos cuarenta años que me separan de mi primer paso por el túnel del Mont-Blanc los que se reflejan en esa insignia de Chamonix que ya llevo por siempre prendida en el corazón.

sábado, 16 de febrero de 2013

Galene

Galene se dejó caer sobre la arena.
El rumor de las olas se hacía insoportable para ella.

Era inútil, él también se había ido: huyó, remando con toda la fuerza de sus poderosos brazos de viejo marinero, mientras Galene intentaba gritar para decirle que no se fuera, que ella le quería, que daría cualquier cosa por viajar con él hasta el otro lado del océano, que cambiaría su alma por dejar aquella isla para siempre... pero no conseguía que saliera un solo grito de su garganta. Sin embargo, sus sollozos se convertían en un canto melodioso, armónico, de una belleza sublime...

Galene, la sirena, se volvió a quedar sola con sus lágrimas... y su destino.

jueves, 17 de enero de 2013

Uxmal, Mérida y Chichén-Itzá

Lejanos quedan ya los tiempos en los que visitaba con frecuencia Yucatán y Quintana Roo, cuando Cancún no era más que un incipiente proyecto de blancas arenas y aguas transparentes.
Mi recorrido favorito era, por supuesto el triángulo cuyos vértices son Uxmal, Mérida y Chichén-Itzá. Siempre que podía pasaba, al menos, una noche en cada uno de ellos, pues, en aquella época, pasear en el silencio profundo de la oscuridad entre las viejas ruinas mayas, tras haberlas visitado durante el día, era una de esas experiencias que conmueven el alma y engrandecen el espíritu. Hoy no sé si eso sería igual.
Mérida, la grande y apacible ciudad colonial de Yucatán, también merece una reposada visita, que nos transportará cinco siglos atrás al entrar en su muy antigua catedral de San Ildefonso o en el palacio de los Montejo, conquistadores de la península y fundadores de la ciudad blanca. La Hacienda Misné es un bonito y tranquilo hotel colonial, relativamente próximo al centro histórico, muy recomendable para quienes decidan pasar una o más noches en Mérida.

Pirámide del Adivino (Uxmal)
Desde Mérida se puede acceder con comodidad a los otros dos vértices del triángulo, pero yo siempre recomendaré pasar la noche junto a los restos de la gran civilización maya para experimentar (si es que hoy todavía es posible) las sensaciones a las que antes me refería. En el caso de Uxmal, el lugar perfecto en aquellos años era la Hacienda Uxmal, un lugar extraordinario, con más de cincuenta años de historia. Me extrañaría que no siguiera siendo el mejor sitio para alojarse y disfrutar de los monumentos dedicados a Quetzalcóatl, Chaac o Tláloc.

El conjunto de Uxmal es uno de los tres grandes yacimientos mayas y el más represantivo del llamado estilo Puuc. Muchos de sus impresionantes monumentos son mundialmente conocidos, como la Pirámide del Adivino, el Palacio del Gobernador o la Casa de las Monjas, pero hay mucho más que ver y explorar, como la Casa de las Tortugas, el Juego de Pelota, la Casa de las Palomas, los restos de la Gran Pirámide o la Plataforma de los Jaguares.

Incidents of Travel in Yucatan
Uxmal, cuyo nombre parece significar algo así como tres veces edificada, ya estaba abandonada cuando llegaron los españoles y todo hace suponer que vivió sus años de esplendor en diferentes períodos históricos. El célebre libro de Stephens 'Viaje a Yucatán' (Incidents of Travel in Yucatan), que relata su periplo por la zona en 1841 y 1842, describe, con la inestimable ayuda de las ilustraciones de Fred Catherwood, lo que debió ser una muy apasionante aventura para ambos.


El otro gran centro arqueológico de Yucatán, más conocido y visitado que Uxmal (tal vez por su proximidad a las playas del Caribe) es Chichén-Itzá, la ciudad de Kukulkán, el lugar sagrado de los pozos de los brujos del agua.
Chichén-Itzá, lugar reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, es una de las llamadas Siete Maravillas del Mundo Moderno (nombre poco adecuado, en mi modesta opinión, ya que casi todas son antiguas). 
Si visitar a plena luz del día Chichén-Itzá, el gran conjunto religioso maya con marcadas influencias mexicas, es un placer cultural difícil de superar, pasar allí una noche (liberados de las compactas multitudes de estrafalarios turistas que, supongo, son allí frecuentes en estos poco románticos tiempos) es algo memorable. El hotel Mayaland es el sitio para hacerlo. Este hotel de estilo colonial, construido en 1923 y, literalmente, pegado a las ruinas es un lugar único en el mundo. No conozco otro establecimiento hotelero que se encuentre, como éste, dentro de un recinto arqueológico.
El Castillo, con su misterioso jaguar de jade, es el monumento de referencia en Chichén-Itzá, pero hay muchos otros, como el observatorio astronómico conocido como el Caracol, el Templo de las Mil Columnas y su Chac-Mool o el complejo del Juego de Pelota.

El Castillo
Al norte de la Pirámide de Kukulkán (el Castillo) se encuentra el gran Cenote Sagrado, el enorme pozo ceremonial que, tal vez, dio nombre a Chichén-Itzá y cuya historia sigue envuelta en oscuras leyendas de sacrificios humanos y tesoros sumergidos. A mí me resulta sorprendente que aún no se haya llevado a cabo una profunda y exhaustiva exploración del cenote, tras las primeras búsquedas de Thompson, así como de algunas posteriores que descubrieron muchos objetos ceremoniales y abundantes restos humanos. De los cenotes (hay varios en Chichén-Itzá), así como de muchos otros aspectos de la vida de los mayas, el franciscano fray Diego de Landa escribió en su famoso libro manuscrito 'Relación de las cosas de Yucatán', cuya lectura impresiona por la descripción de las barbaridades cometidas por unos y otros.

Cenote Sagrado
Yo estuve varias veces alojado en Mayaland y tengo especial recuerdo de una de ellas, en la que me tuve que quedar varios días sin contacto con el resto del mundo, al estar averiado el teléfono del hotel (por supuesto, no existían los móviles) y carecer de medio de transporte por haber tenido que dejar averiado mi coche en algún remoto lugar de la selva yucateca. Nunca olvidaré aquellas jornadas, de intensa y solitaria interacción con el universo maya, que tan profunda huella han dejado en mí.

Tulum
Desde aquí será difícil que al viajero no le entre la tentación de seguir hasta la costa del Caribe, lo que dejo al libre albedrío de cada uno, sopesando, eso sí, el riesgo de introducirse en una moderna realidad cuya actual dimensión desconozco premeditadamente, por el temor que me inspira la inevitable comparación por mi parte con aquellas playas inmensas, solitarias y salvajes, sobre las que el Camino Real (que hoy es el Dreams Cancún, lujoso pero lejano a lo que fue) oteaba el horizonte de una costa virgen que se extendía desde Isla Mujeres a Tulum, pasando por las ruinas de San Miguelito y sus iguanas, Cozumel y Xel-ha.
Yo, por si acaso, prefiero recordarlo como el paraíso que fue.

miércoles, 9 de enero de 2013

Mi vida en Toledo

Viví cuatro intensos meses en Toledo. Hace ya mucho de eso, pero allí esta circunstancia es intrascendente porque, si en España hay una ciudad eterna, ésa es Toledo.
En aquellos tiempos la vida era especial. Yo recibía una esperada visita todos los miércoles, siempre a la misma hora, y juntos recorríamos algunos lugares que la historia y la leyenda tiene grabados en la memoria de los siglos.

Mi sitio favorito para contemplar Toledo siempre ha sido la Peña del Moro. Tanto por la inmejorable vista como por la leyenda que la envuelve. Desde allí, unos metros por encima de la ermita de la Virgen del Valle, dominamos el torno del Tajo, la calzada romana, los escasos restos del enorme y desaparecido acueducto, el Puente de Alcántara y el impresionante telón de fondo de una ciudad que se resiste a dejar de ser permanente protagonista del transcurso de los siglos.
Toledo (El Greco)
Bajo la ermita hay un restaurante (llamado, también, La Ermita) que, desaparecido el viejo Chirón (hoy instalado en Valdemoro, tras su paso por Aranjuez), es hoy de lo mejor que hay en Toledo, sin despreciar a su hermano y vecino de la catedral, Los Cuatro Tiempos. Comer allí es una experiencia, colgados sobre las rocas que caen hasta el Tajo, dominando la Casa del Diamantista y la Torre del Hierro, cuya historia podemos recordar visitando el excelente blog de Eduardo Sánchez Butragueño, 'Toledo Olvidado'.
Las fotografías de José María Moreno Santiago son otra magnífica forma de acercarse a la belleza de Toledo, como interesantes son las rutas y visitas que organiza 'Cuéntame Toledo'.

Toledo tiene un enorme pasado romano, edificado sobre el viejo asentamiento carpetano, pero casi todo ese sustancial pedazo de su historia está enterrado o destruido, con la muy notable excepción del circo, prueba irrefutable de la importancia del Toletum de hace dos milenios. Y si Roma fue grande en la Vega Baja, más lo fue la Hispania visigoda, cuya capital allí estuvo establecida hasta la desaparición de su último rey, Don Rodrigo, ante el empuje musulmán del siglo VIII. Es probable que fuera por aquel entonces cuando el fabuloso Tesoro de Guarrazar saliera de Toledo para ser escondido bajo tierra en Guadamur... ¿aparecerá algún día la corona de Suintila?

Una puerta
Tras sus primeros mil años, Toledo volvió a vivir nuevas glorias bajo las tres culturas que ya todos conocemos por sus muchos legados históricos y artísticos. Si Stendhal enfermó de sobredosis de belleza al visitar Florencia, sin duda hubiese agravado su síndrome en Toledo, incapaz de superar el mayor aluvión de arte e historia que pueda concentrase ante un ser humano en una sola ciudad.
Observar el transparente de la catedral cuando los rayos de sol de la mañana penetran por el óculo o linterna abierto en la bóveda produce un efecto solo comparable al de la visita de la más prodigiosa pinacoteca catedralicia del mundo, la que alberga su sacristía, cuyos grecos hacen palidecer de envidia al mismísimo Museo del Prado. Y no son solo grecos, sino que Goya, Rafael, Tiziano, Van Dick, Caravaggio... también tienen cuadros expuestos bajo la impresionante bóveda de Lucas Jordán.

Y si el arte es infinito en Toledo, las leyendas de sus estrechas calles y sus viejos conventos e iglesias conmueven y emocionan a quienes las escuchan.
Zorrilla puso en verso la tradición del Cristo de la Vega, probablemente la más conocida de las muchas leyendas toledanas. Cada vez que leo o escucho 'A buen juez, mejor testigo', no puedo dejar de ver a Diego e Inés encaminándose a la antigua basílica de Santa Leocadia, tal vez saliendo de la protección de la muralla a través de la Puerta del Cambrón...
Varias de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer también nos hablan de Toledo, ¡El beso', 'El Cristo de la Calavera' o 'La rosa de pasión' son algunas de ellas.
Santo Domingo el Real (José María Moreno)

En aquellos días me gustaba pasar despacio junto a la valla de la casa de Bécquer, sobre la que sigue asomando su laurel, y perderme entre las sombras de la noche, descendiendo hasta el borde del río cuando empezaba a bajar la niebla y las estrellas apenas se reflejaban en sus tranquilas aguas.
Fueron solo unos meses, sí, pero unos meses en Toledo pueden ser mucho más que varios siglos en un lugar sin historia. Y en la ciudad del Tajo, cuna de reyes y también de comuneros, la historia y la leyenda... el arte y la poesía se mezclan en el aire, trepando por sus muros de ladrillo y por sus torres mudéjares, aferradas a sus milenarias piedras romanas y visigodas, atrapando al visitante para siempre y susurrándole al oído esos versos de su rima LXX  que Bécquer dedicara a su plaza favorita de Toledo, la de Santo Domingo el Real:

'¡Cuántas veces trazó mi silueta
la luna plateada,
junto a la del ciprés, que de su huerto
se asoma por las tapias!'

martes, 1 de enero de 2013

Marrakech

La primavera siempre parece estar llegando a Marrakech. Es verdad que, a veces, el viajero llega a dudarlo cuando se pierde entre las estrechas calles de su medina, pero cada vez que un patio asoma entre el adobe de sus viejos palacios o si atravesamos su roja muralla y observamos la silueta del poderoso Atlas tras el horizonte de sus huertas de naranjos, allí aparece, de nuevo, la primavera, ya sea en forma de promesa, de recuerdo o de rotunda realidad.

La muralla y el Atlas
Si bien todo Marruecos es extraordinario, Marrakech resume el espíritu de ese gran país en tres grandes trazos, dibujados a lo largo de los siglos.

El primero de ellos lo encontramos en su medina, no tan laberíntica como la de Fez, pero más acogedora. Sus retorcidas callejuelas y sus concurridos zocos nos parecen serpenteantes ríos humanos que desembocan unos en otros, hasta acabar entregando su muy valioso tributo a la gran plaza del mundo: Djemaa el Fna'.

Djamaa el Fna'
La obra maestra del espíritu del hombre, amaneciendo en el alma de la humanidad, el universo concentrado en el corazón de Marruecos, que funde los días con los milenios. Djemaa el Fna', la plaza de la vida... tal vez el mayor espectáculo de África, con permiso de las pirámides y el cráter del Ngorongoro.
El tercer gran trazo es, en realidad, el marco en el que todo queda envuelto. Los inmensos campos que se extienden, feraces, más allá de la silueta de la Koutoubia, esa hermana de la Giralda omnipresente en la retina del visitante.

La Koutoubia
Hay grandes hoteles en Marrakech, pero la ciudad hay que vivirla desde dentro. Ninguno de los lujosos hoteles de la residencial, elegante e impersonal zona que se extiende, rebosante de paz, más allá del perímetro de su muralla medieval, me gusta. Con la excepción, claro está, de La Mamounia, ese gran palacio que ha sabido superar el paso del tiempo.
La alternativa son los múltiples riads que hay en la medina, pequeños palacetes renovados y muy recomendables que nos ofrecen una estancia inmersa en la verdadera atmósfera de la ciudad roja. Casi todos cuentan con bonitos patios con estanque, excelentes y cómodas habitaciones y terrazas con vistas sobre la ciudad. Le Rihani, Chergui y La Terrasse des Oliviers son tres ejemplos, tan buenos como muchos otros.
Zumo de naranja fresco en Djamaa el Fna'

Tampoco faltan restaurantes de todo tipo, desde los más exclusivos y caros, como el lujoso Dar Yacout, hasta los maravillosos, económicos y populares puestos nocturnos de Djemaa el Fna', por los que no se puede dejar de pasar si queremos vivir Marrakech en su auténtica dimensión. Como tampoco debemos regresar sin disfrutar del magnífico zumo de naranja que, en este mismo lugar, se nos ofrece todas las mañanas desde múltiples y coloristas carritos por apenas cuatro dirhams.
Al caer la tarde, es imprescindible ver la puesta de sol desde la terraza del ya decrépito Café de France, dominando Djemaa el Fna' que, a esa hora, empieza a envolverse en un misterioso halo de luces y humo. No es un buen sitio para comer, pero sí para disfrutar de un suave té a la menta con las mejores vistas sobre la plaza.

La Menara
Para los amantes del golf, el complejo de La Palmeraie es un destino muy apetecible, aunque yo siempre he preferido el viejo campo del Royal Golf de Marrakech, con su célebre par tres, conocido como Brigitte Bardot. Nunca olvidaré a su antiguo director, el muy famoso y simpático monsieur Stitou, toda una institución.
El Jardín de la Menara es, sin duda, otra de las visitas necesarias. Las vistas de su gran estanque, con el antiguo pabellón y la nevada cordillera del Atlas al fondo, se quedarán en nuestro interior como una de las imágenes del viaje.

Lo mejor de Marrakech es visitar sus palacios, recorrer las calles de su medina, perderse por sus zocos y soñar con un pasado que nos parece presente... pero también tendremos la oportunidad de hacer excursiones que nunca nos defraudarán, como Ouarzazate, el valle de Ourika, Essaouira o las impresionantes cascadas de Ouzoud.
Es difícil imaginar un viaje tan corto en la distancia (desde España) y tan largo en el alma. Sus gentes son amables y hospitalarias, herederas de una tradición sabia y milenaria, que nos ayuda a recordar que la vida puede ser mejor de lo que parece si nos entregamos a ella con esa sencilla pasión por lo auténtico que respira la eterna Marrakech, una de las tres grandes ciudades reales de nuestro querido y vecino Marruecos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Volverás a Sorrento

Qui dove il mare luccica/E tira forte il vento/Sulla vecchia terazza/Davanti al golfo di Surriento/Un uomo abbraccia una ragazza/Dopo che aveva pianto/Poi si sciarisce la voce/E ricomincia il canto...

Así comienza 'Caruso', una de las mejores canciones de Lucio Dalla, que en la versión de Pavarotti alcanza su máxima expresión lírica.
Quien ha visitado Sorrento y se ha asomado a una de esas viejas terrazas, con Nápoles al fondo y el Vesubio a su derecha, tiene que estar de acuerdo conmigo en que Dalla, Pavarotti y Caruso son el complemento perfecto de una de las más impresionantes vistas del Mediterráneo que podamos contemplar.

La costa de Sorrento
Y eso que la música y Sorrento son dos eternos compañeros. Si la del Grand Hotel Excelsior Vittoria es la terraza ideal para escuchar 'Caruso', la del Imperial Hotel Tramontano es la apropiada para disfrutar de la enorme composición de Ernesto de Curtis 'Torna a Surriento' (Sorrento, en napolitano). Dicen que fue en ella, precisamente, en la que compuso su célebre partitura.

Para llegar a Sorrento lo mejor es embarcar en el Molo Beverello de Nápoles y atravesar el golfo en poco más de media hora. El viaje merece la pena, ya que por la banda de babor tendremos extraordinarias vistas del Vesubio y, a medida que nos vamos acercando, nos dejaremos impresionar por los imponentes acantilados sobre los que alza la ciudad. Claro que también se puede ir en coche, bordeando la costa, en cuyo caso no deberíamos dejar de hacer una parada para visitar las ruinas de Pompeya.

Sulla vecchia terazza...
Sorrento es una agradable ciudad que nos sorprenderá por su orden y limpieza (sobre todo si venimos de la caótica Nápoles). Pese a su enorme atractivo turístico, cuenta con varias zonas residenciales elegantes y bien cuidadas, con bonitos jardines y suficientes áreas comerciales, bien integradas en un estilo de urbanismo clásico y mucho más actual de lo que suele esperar el visitante.
Con independencia de otros destinos próximos, que tanto atraen al viajero con su poderosa y justificada fuerza (Capri, Positano, Amalfi, Ravello...), la propia Sorrento y sus alrededores inmediatos bien merecen una reposada estancia.
Su gran atractivo es el mar, que desde sus enormes acantilados alcanza dimensiones colosales, pero también tiene pequeños rincones, menos grandiosos pero muy apetecibles. A mí me encanta la llamada Marina Grande (que, en realidad, es bastante reducida de tamaño... incluso creo que es más pequeña que la Marina Piccola), una playa tranquila y recogida, en la que no faltan algunas trattorias marineras y varios establecimientos balnearios de pacífica belleza. Mi favorito son los Bagni Delfino, con sus tumbonas sobre el pontón y su buen restaurante sobre el agua.

Marina Grande
La gastronomía sorrentina es buena por naturaleza. Como en casi toda la región de Campania. Es difícil resistirse a unos gnocchi alla sorrentina o a una parmigiana di melenzane.

Hoteles hay muchos. Dos de los mejores (caros, eso sí) ya los hemos mencionado (Grand Hotel Excelsior Vittoria e Imperial Hotel Tramontano), ambos con bonitos jardines, terrazas sobre los acantilados y habitaciones con vistas asombrosas.
Sin embargo, yo destaco, sobre todos ellos, a La Minervetta. Un hotel singular y extraordinario, colgado (literalmente) sobre la Marina Grande. Solo tiene unas pocas habitaciones, pero todas ellas diferentes y con enormes ventanales desde los que asistimos al espectáculo más descomunal de la tremenda cornisa sorrentina. El hotel es genial. Se accede a él desde el parking, que está sobre el techo. La recepción y los salones de la planta superior (que es la principal) tienen una decoración extraordinaria y muy especial, llena de piezas de artesanía, cerámica, libros y detalles originales, todos de un colorido deslumbrante. Al fondo, comunicada con los salones, se encuentra la cocina, donde todas las mañanas se preparan unos fantásticos desayunos que se sirven en la gran terraza sobre el mar, frente a la majestuosa silueta del Vesubio...
La cocina de La Minervetta

La vida en Sorrento es buena y amable, algo que pronto percibe quien pasea por sus calles y jardines. Toda la vertiente septentrional de su península está repleta de lugares acogedores, como Sant'Agnello o Piano de Sorrento, y su historia y tradición cultural son notables.
Aquí nació el gran poeta Torquato Tasso y muchas leyendas griegas o romanas aseguran que en sus costas habitaban las sirenas.
Bizantinos, normandos y aragoneses dejaron su huella en estas costas, contribuyendo a conformar el espíritu de una tierra que mira al mar y nos invita a volver, utilizando su belleza y la nostalgia que transmiten esos atardeceres desde sus terrazas, colgadas sobre los sueños, como reclamo infalible para que siempre queramos regresar a Sorrento.

La Minervetta
Entretanto, convertidos en nuevos carusos imaginarios, seguiremos empeñados en cantar, mientras nuestras lágrimas vuelan al viento sobre los acantilados, la melodía interminable que una sirena nos dejó en el alma.

...Te voglio bene assai/Ma tanto tanto bene sai/E' una catena ormai/E scioglie il sangue dint'e vene sai...


miércoles, 5 de diciembre de 2012

St. John, US Virgin Islands

Me gustaban los tiempos en los que se podía llegar volando a St. John desde Puerto Rico. Recuerdo bien aquel viejo y pequeño hidroavión que amerizaba frente a Cruz Bay, ya que la isla carece de aeropuerto.
Desde luego era mucho más eficaz y atractivo si, como es lo habitual, el viaje se iniciaba en San Juan de Puerto Rico, aunque hay que reconocer que la fragilidad de aquellas muy veteranas aeronaves exigía ciertas dosis de osadía a los arriesgados pasajeros.
Hoy es preciso volar a Charlotte Amalie, en St. Thomas, y hacer desde allí el recorrido por mar hasta St. John.

Virgin Islands National Park
Pero, en cualquier caso, habrá merecido la pena porque esta isla es, sin duda, una de las más bellas y bien conservadas del Caribe. Y lo es, sobre todo, porque poco ha cambiado su casi impoluta naturaleza desde que la descubriera Cristóbal Colón en su segundo viaje. Dos terceras partes de ella pertenecen al Virgin Islands National Park, circunstancia nada ajena a la casi perfecta armonía natural que nos ofrece, pese al elevado número de visitantes que recibe.

Cruz Bay, la puerta de entrada al paraíso de St. John, es la capital de la isla, si bien es cierto que sería muy inapropiado llamarla ciudad. Más bien es un conjunto de pequeñas casas diseminadas entre el puerto y las suaves colinas que lo rodean, en un paisaje enmarcado por la abundante vegetación que caracteriza a toda la isla. Simpáticos bares y restaurantes, algunas tiendas, galerías de arte y otros comercios, salpicados frente al minúsculo puerto,dan la bienvenida al afortunado visitante.

Desde aquí tomaremos uno de sus grandes y alegres taxis colectivos, el mejor método de transporte para moverse por St. John y nos trasladaremos a nuestro lugar de alojamiento. No hay muchos hoteles en la isla y, sin duda, el mejor es Caneel Bay.
Caneel Bay
Caneel Bay está situado en una pequeña península, muy cerca de Cruz Bay y rodeado por el Virgin Islands National Park. Tiene su propio servicio de ferry desde St. Thomas y también está conectado por mar con Cruz Bay. Sus habitaciones son excelentes, tranquilas y muy cómodas. Y, desde luego, no tienen teléfono, televisión ni aire acondicionado (sustituido con evidente ventaja por grandes ventiladores en el techo). Desde muchas de ellas se accede, directamente, a pequeñas playas privadas de aguas cálidas y transparentes, en las que nos sentiremos lejos de todo y cerca de nosotros mismos. Por las noches, el suave arrullo del mar será lo único que escucharemos.

Trunk Bay
Las playas de St. John son excepcionales, pero todos sabemos que su mayor y más conocida atracción es  Trunk Bay, considerada por muchos como la playa más bella del mundo. Y la verdad es que, lo sea o no, sus méritos para optar al título son, sin duda, abundantes. Pocas veces veremos arenas tan blancas, finas y limpias o aguas de un color turquesa tan intenso. El paisaje que la rodea acaba de completar el espectacular cuadro natural.
Hay otras playas dignas de ser disfrutadas, como Cinnamon Bay, Hawksnest Beach o Jumble Bay. Cualquiera de ellas nos parecerá única y maravillosa por muy exigentes que queramos ser al juzgar su inmaculada belleza.

Sir Francis Drake Channel
Son memorables los paseos por St. John y es curioso visitar los restos de sus viejas plantaciones de azúcar, como The Annaberg Sugar Plantation, que nos remonta a los tiempos de la primera colonia danesa, o los petroglifos de los indios arawak, visibles a lo largo del Reef Bay Trail, uno de los muchos e interesantes recorridos a pie que nos ofrece la isla.
Pero a mí lo que más me impresiona es la vista que nos brinda el llamado Sir Francis Drake Channel desde la costa este. Navegar a vela por esa obra maestra de la naturaleza, entre Tórtola y las pequeñas islas que lo protegen por el sur, es uno de los mayores placeres que un viajero (ya sea turista o pirata) puede experimentar en su vida.


St. John es, también, un lugar ideal para los amantes de la vida submarina, ya que sus aguas coralinas dan cobijo a multitud de especies y proporcionan una alternativa que rivaliza en atractivos a lo que podemos observar sobre la superficie. Su litoral es apto para todos los niveles, desde los más avanzados a los debutantes, quienes disfrutarán sin necesidad de apartarse muchos metros de la orilla.


Y, una vez aquí, en el corazón de las Islas Vírgenes Americanas, nos apetecerá continuar viaje para conocer St. Croix, Tórtola o Virgin Gorda (estas dos últimas ya en las Islas Vírgenes Británicas). Pero, si no tenemos tiempo para tanto, al menos habremos conocido la joya de las Once Mil Vírgenes, como las bautizó Colón en 1493.



Si el gran almirante de las Indias volviera a ver hoy la isla de St. John, comprobaría que apenas ha cambiado en estos más de cinco siglos. Estamos todos de suerte.