jueves, 28 de marzo de 2013

Ravello y los dioses

Es probable que los dioses no tengan una morada fija, sino que vayan cambiando de residencia en función de quién sabe qué divinas circunstancias.
De lo que no me cabe ninguna duda es de que uno de sus lugares predilectos es Ravello.

La Costa Amalfitana desde Ravello
Ravello es, en opinión de muchos, la más bella ciudad de una de las más bellas costas del mundo, la Costa Amalfitana.
Tener unos vecinos como Positano, Praiano o Amalfi no facilita la obtención del máximo galardón en el concurso de belleza del Golfo de Salerno y, pese a ello, parece que hay unanimidad en otorgárselo.
Si yo fuese uno de los dioses, pasaría en Ravello gran parte de la primavera, aunque es probable que me quedase allí hasta bien entrado el verano para no perderme nada del fantástico Ravello Festival.

Su historia se remonta al siglo VI de nuestra era, aunque su mayor esplendor lo vivió a raíz de su independencia de la Repubblica Marinara di Amalfi, hace ahora unos mil años. Unos cuantos nobles amalfitanos se rebelaron contra el doge y se establecieron en la bien protegida Ravello, bien protegida entre los torrentes Dragone y Reginna, al sur de los escarpados montes Lattari. Su situación geográfica, de muy complicado acceso y, en consecuencia, fácil de defender, contribuyó a que la ciudad mantuviera su particular statu quo, gracias, sin duda a su prosperidad económica y a su bien ganada reputación de inexpugnable.

Vista general de Ravello
La singularidad de Ravello, literalmente colgada sobre el Tirreno, así como la incomparable y espectacular belleza de su entorno, han sido motivo de atracción permanente para músicos, escritores, científicos y todo tipo de personalidades de las artes, las letras e, incluso, de la vida política. Wagner, Boccaccio, Greta Garbo o Stokowski, entre muchos otros, han vivido en sus formidables villas o en sus románticos hoteles, los mismos que hoy podemos visitar casi intactos, gracias a que el llamado Spirito di Ravello, esa delicada combinación de sentimientos y actitudes hacia la conservación de la memoria histórica, el buen gusto y las bellezas naturales, se ha mantenido vivo en todo momento, a través del paso de los siglos y las diferentes culturas dominantes. El genius loci ha hecho notar su protectora presencia con notable suavidad y cuidadas buenas maneras, de esas que hoy tanto solemos echar en falta en muchos lugares del mundo.

Terrazzo dell'Infinito
Las célebres Villa Rufolo y Villa Cimbrone son los dos máximos exponentes de la arquitectura y los jardines de Ravello. Tanto una como otra gozan de una posición privilegiada, con vistas que iluminan el espíritu y aceleran la respiración.
Es imposible pasear por sus amplios y abiertos espacios sin que nos persigan las notas del segundo acto de Parsifal o sin que nos parezca estar escuchando historias del Decamerón. Y cuando llegamos al Terrazzo dell'Infinito, el inconcebible balcón natural de Villa Cimbrone, donde observamos como el azul del mar y el del cielo se funden en un abrazo eterno, es el momento en el que, impávidos ante el panorama más bello del mundo, nace en nosotros el deseo de volar sobre el imposible sueño vertical que se ofrece ante nosotros.

Los hoteles en Ravello son caros, pero extraordinarios. Para mi gusto, los mejores son el Hotel Caruso y el Villa Cimbrone, ambos situados estratégicamente para que sus huéspedes puedan disfrutar de las mejores vistas de la costa.

Piscina del Hotel Caruso
Del primero, situado en el punto más alto de la ciudad, hay que destacar su espectacular piscina, que flota sobre los acantilados con su intenso azul confundido con el horizonte. Del segundo, la romántica residencia en la que se escondieron del éxito Greta Garbo y Leopold Stokowski, basta decir que está dentro de la propia Villa Cimbrone, rodeado por sus inmensos jardines, repletos de fabulosos y sorprendentes rincones, antesala de su portentoso balcón sobre el mar, permanentemente custodiado por una hilera de blancos bustos de mármol que observan al emocionado visitante, mientras dan la espalda al abismo y desprecian la contemplación de esa maravilla de la naturaleza que hace ineficaces las descripciones con las que intentamos explicarla.

Para comer, mi lugar favorito es la terraza del hotel Villa Maria, cuya cocina utiliza exclusivamente los productos de su huerto biológico, situado junto al propio hotel. Buena comida y sensacionales vistas en un ambiente tranquilo y muy agradable, entre el centro de Ravello y Villa Cimbrone.
La segunda opción es Cumpa' Cosimo, una excelente trattoria e pizzeria, a pocos pasos de la plaza, en la que se come muy bien a un precio sensato.
Nadie debe marcharse sin recorrer sus empedradas calles peatonales, visitar las iglesias de San Pantaleone y San Giovanni del Toro, esta última en plena plaza, con sus despejadas vistas sobre el valle del torrente Dragone y sus terrazas en las degustar con calma un exquisito granizado de limón, justo al pie de la escalinata de la iglesia.

Pero ningún comentario sobre Ravello estaría completo sin mencionar al Ravello Festival, uno de los más antiguos de Italia, que tiene su origen en el gran concierto wagneriano que se celebró en el verano de 1953, con ocasión del setenta aniversario de la muerte de Wagner.
Cada año, un excelente programa musical, que se desarrolla en diversos puntos de la ciudad, todos de gran interés y belleza, ilumina, con artistas clásicos y modernos, orquestas y solistas de todo el mundo, unos escenarios naturales tan excepcionales como los que nos brinda la inmortal Ravello. 
Entre todos ellos destaca el tradicional Concerto all'Alba, que tiene lugar en el Belvedere de Villa Rufolo de madrugada. Un espectáculo como no hay otro parecido en nuestro planeta.

Concerto all'Alba


Nadie que haya pasado por Ravello vuelve igual a su lugar de origen, sino que lo hace, ungido por el Spirito di Ravello, con el alma más grande y los ojos más luminosos, tras haber compartido durante un tiempo, que en su recuerdo será eterno, una de las moradas secretas de los dioses.

martes, 19 de marzo de 2013

Comer en Nueva York (I)

No creo que haya otro lugar en el mundo con una oferta gastronómica más amplia y variada que la que se concentra en Nueva York, así que tratar de hacer aquí un resumen de sus grandes restaurantes es, además de inútil, obviamente innecesario. Para eso ya tenemos a Michelin, Zagat y otras muchas  acreditadas guías que recogen en sus páginas lo más destacado de los comedores de moda en la gran urbe.

Pero lo que no incluyen esas guías (y, sin duda, hacen muy bien en no incluirlo) es la lista de mis sitios favoritos. Una carencia que voy a tratar de subsanar desde aquí, en éste y en futuros artículos.
Empezaremos hoy por enumerar restaurantes de comida sencilla que frecuento habitualmente cuando viajo a Nueva York y que siempre me gusta visitar, tanto por la calidad de la comida como por la atmósfera que se respira en ellos, difícil de encontrar en otra ciudad.

P.J. Clarke's en la Tercera Avenida

Empiezo por este viejo saloon (bien podría estar en el Far West), fundado en 1884, porque es, casi siempre, mi obligada visita la primera noche que paso en Nueva York. Una buena costumbre que yo llevo poniendo en práctica desde mi primera visita, allá por el comienzo de los 70.
El P.J. Clarke's original, ocupa un pequeño edificio de ladrillo en la Tercera Avenida, rodeado por inmensos rascacielos. Su barra está siempre animada y concurrida, como lo están sus mesas de manteles a cuadros, en las que se sirven, entre otras muchas cosas, las mejores hamburguesas de Manhattan.
La estrella es The Cadillac, acompañada por una ración de mashed potatoes.
Empezar así una visita a la ciudad es la mejor manera de sentirse en Nueva York.
Tiene otro local frente al Lincoln Center, ideal para una cena rápida antes o después del concierto o la ópera. Este año, veré a Plácido Domingo cantar el Germont (barítono) de La Traviata. Interesante novedad.


Cafe Gitane

Un pequeño restaurante con un encanto muy especial. En el 242 de Mott Street (Nolita), nos ofrece un ambiente desenfadado y una buena y nada cara comida con sabores que nos acercan a la cocina marroquí, con reminiscencias mediterráneas y francesas. Es el lugar ideal para hacer un alto en el camino, tras una ajetreada mañana de compras en el SoHo, aunque si lo que buscamos es una larga y reposada sobremesa, no es el sitio adecuado, desde luego. 
He oído algunas quejas sobre lo apresurado del servicio, pero no deja de ser parte de la naturaleza del propio restaurante, animado, joven y alegre. Me gusta.



Carnegie Deli
Otro veterano (1937) de la restauración neoyorquina. En plena Séptima Avenida, muy próximo al Carnegie Hall, Broadway y Central Park, es el lugar perfecto (si las colas lo permiten) para tomar un Woody Allen Sandwich o una porción de su muy famoso Cheesecake (considerado el mejor de Nueva York), tras asistir a uno de los múltiples teatros de los alrededores.
Las raciones son espectaculares y la calidad de sus ingredientes legendaria.
Como está abierto casi 24 horas, siempre tendremos la oportunidad de tomar algo o llevárnoslo para comer más tarde.
Junto a su vecino Stage Deli, es, desde hace décadas, uno de los favoritos de la ciudad. No me sorprende.


Stage Deli neón

Ya que lo hemos mencionado, hablaremos ahora de él.
Con más de setenta años de historia y fundado el mismo año que el Carnegie, el Stage Deli es uno de los mejores sitios de Nueva York para desayunar, comer o cenar. Incluso para una buena merienda. Está a muy pocos pasos del Carnegie Deli, en la misma Séptima Avenida y próximo a la bulliciosa Times Square.
Sus sandwiches son gigantescos, por lo que es recomendable compartirlos y ser muy, pero muy prudentes, a la hora de pedir la comida, sobre todo si queremos terminar vivos nuestra visita a Nueva York.
Suelo desayunar allí cuando me quedo en el vecino Dream Hotel (lo que hago con frecuencia, ya que es una zona que me gusta y el hotel es muy recomendable y recuerda - modestamente - por su arquitectura al gran Flatiron Building). Es como retroceder en el tiempo. Un lugar auténtico donde los haya.


The Loeb Boathouse

The Loeb Boathouse, en pleno Central Park, es mucho más que un restaurante.
Directamente situado sobre el lago, un bonito edificio acoge diversos espacios y actividades. Allí podemos alquilar una barca o una bicicleta y, por supuesto, comer en uno de sus dos restaurantes permanentes (Lakeside o Express Cafe) o, si el tiempo lo permite, tomar algo más ligero en el Outside Bar.

Ni que decir tiene que el Boathouse es un lugar ideal en primavera y en otoño, cuando Central Park está en su máximo esplendor.
Siempre como aquí cuando paso el día en el parque, lo que no es infrecuente si tenemos en cuenta la proximidad del Metropolitan Museum of Art, el Museo de Historia Natural, la Frick Collection o, incluso, el divertido Central Park Zoo, que tanto nos gusta a los niños de todas las edades.
Tras la comida, un paseo hasta los Strawberry Fields, con su célebre mosaico Imagine y el edificio Dakota, son el complemento ideal del día.


En la fachada de Lombardi's

La primera y más famosa pizzería de Nueva York. Establecida en Spring Street hace más de cien años, Lombardi's sigue siendo el punto de referencia de los amantes de la pizza clásica, hasta el punto de que las colas suelen ser notables y es necesario hacer gala de buenas dosis de paciencia para conseguir una mesa. Pese a ello, la espera merece la pena, si bien debo reconocer que mi concepto del tiempo es un tanto personal y relativo, no habitual para los estándares de nuestros acelerados días.
Yo, desde luego, prefiero hacer cola en Lombardi's para disfrutar de una de sus pizzas que tener que reservar mesa con casi un año de antelación en alguno de esos sobrevalorados restaurantes, tan llenos de estrellas y soles como carentes de autenticidad en su cocina.
Lombardi's nunca defrauda.




Otro de mis predilectos. En el corazón del muy de moda Meatpacking District, Pastis es un alarde de decoración ambiente y buena comida sin pretensiones. Se denominan a sí mismos como bistrot, aunque a mí me parecen más una brasserie en toda regla.
Una comida en Pastis debe estar precedida por un largo paseo por el barrio, repleto de tiendas nuevas y locales de moda, a cual más atractivo.

Pastis
Sus manteles-menú son tan atractivos en diseño como el resto del local, cuya principal virtud es la atemporalidad de un ambiente que nos aproxima a un estilo parisino tan perfecto que probablemente nunca existió.
La sobremesa (a mediodía, pues en la noche cambia el panorama) es aquí agradable y tranquila, como lo es el aperitivo que sugiere el propio nombre del restaurante. Y para completarla, nada mejor que un largo y distraído paseo por el High Line Park, ese nuevo recorrido peatonal sobre las calles del West Side, con vistas al río Hudson, que se ha convertido en uno de los parques más originales de Nueva York, gracias a su elevada estructura (por la que discurrían unas abandonadas vías férreas) que estaba a punto de ser demolida cuando, a finales del pasado siglo, un grupo de vecinos se empeñaron en evitarlo, dotando así a la ciudad de un nuevo parque público.

High Line Park
Y con este paseo, daremos por finalizado el primer recorrido por mis restaurantes favoritos de la gran ciudad americana, que espero volver a visitar en tan solo unos pocos días. Pronto volveremos a hablar aquí de otras de sus muchas e interesantes atracciones gastronómicas que, al menos para mí, alimentan algo más que el estómago.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Los leopardos de Londolozi y MalaMala

No hay otro lugar en el mundo mejor que estas dos reservas privadas para disfrutar de la observación de leopardos en libertad.
Tanto Londolozi como MalaMala se encuentran junto al primer parque nacional de Sudáfrica, el Kruger National Park, una gran extensión, de casi veinte mil kilómetros cuadrados, consagrada a la conservación de la vida animal salvaje, cuyo extremo oriental linda con el vecino país de Mozambique.

Leopardo en Londolozi
Ambas están ubicadas a la orilla del río Sand, en el corazón de la bien conocida Sabi Sand Game Reserve. Junto a Singita (de la que no voy a hablar en este artículo, ya que no la conozco), ocupan toda la parte central de Sabi Sand y casi la mitad de su superficie total.
Se accede a ellas a través del pequeño aeropuerto de Skukuza, donde se encuentra la sede administrativa del Kruger National Park, si bien MalaMala también cuenta con una pequeña pista de aterrizaje, que es más que suficiente para avionetas y pequeñas aeronaves.

Londolozi es algo más salvaje que MalaMala y está concebido como el sitio ideal para realizar una inmersión a fondo en la naturaleza. No en vano su nombre significa en idioma zulú algo así como "protector de todo lo que vive".

Puesta de sol en Londolozi
Cuenta con cinco pequeños y muy cuidados campamentos, cuyos distintos tipos de alojamiento son, en verdad, extraordinarios desde todos los puntos de vista. Los cinco son magníficos, pero mi favorito sigue siendo el Tree Camp por ser el mejor integrado en el entorno. Desde sus rústicas terrazas de madera, casi ocultos por árboles y maleza, podemos ver cómo los animales se acercan al arenoso cauce del río para beber y refrescarse, olvidándose por completo de nuestra discreta presencia, que ignoran con espontáneo desdén.
He dicho que Londolozi es ideal para tener encuentros con leopardos en su habitat natural, pero, en realidad, es mucho más que eso. Esta reserva, que data de 1926, es pionera en casi todo, destacando en su sensibilidad por la conservación de una vida salvaje que hay que cuidar con especial esmero. Aquí podremos convivir con los legendarios leones de la Tsalala Pride, una manada residente en la reserva, que es, junto a los leopardos, emblema de Londolozi.

La proximidad con los animales adquiere en este territorio tan singular especial relevancia. Es difícil sentirse más cerca de ellos, disfrutarlos y entenderlos mejor que en Londolozi, ya sea a través de los habituales paseos a la salida y a la puesta del sol, siempre diferentes unos de otros, o mediante cualquiera de las diversas experiencias únicas que se nos ofrecen, como una sesión de yoga bajo la atenta mirada de los rinocerontes o un tranquilo y relajado té, previo a la excursión vespertina que nos volverá a introducir en el sueño de África.

Por cierto, hablando de sueños africanos, no puedo dejar de recomendar tres de mis libros favoritos sobre viajes a este gran continente. Me refiero a la Trilogía de África de Javier Reverte (El Sueño de África, Vagabundo en África y Los caminos perdidos de África), lectura imprescindible para todo aquel que quiera adentrarse, física o intelectualmente, en la tierra que fue cuna de la especie humana.

MalaMala Main Camp

Si llegamos a MalaMala desde Londolozi, nuestra primera impresión será que entramos en un lugar más 'civilizado'.
Y puede que sea cierto, aunque, básicamente, el efecto lo produce el orden con el que están dispuestos su tres campamentos, en especial el Main Camp, con sus amplísimas cabañas de color ocre intenso, cuya planta circular y sus cónicos tejados le confieren un estilo inconfundible. Los altos techos interiores y sus amplias terrazas privadas, dominando la orilla occidental del río Sand, son, también, parte fundamental de sus inconfundibles señas de identidad.

Al otro lado del río se extiende un vasto territorio, que es un verdadero santuario para la vida animal en su estado más auténtico. Un terreno exclusivo para los huéspedes de MalaMala, ya que solo ellos pueden disfrutar de recorrerlo, una y otra vez, siempre acompañados por los muy expertos y eficaces rangers y trackers de una de las primeras reservas privadas que se especializó en la actividad de los safaris modernos, es decir, aquellos que no tienen por objetivo la caza, sino la interacción con la vida salvaje de los animales.

Leopardo en MalaMala
Los llamados cinco grandes (león, leopardo, elefante, búfalo y rinoceronte) están bien presentes en MalaMala. A unos y otros nos los encontraremos en nuestros siempre interesantes paseos y estaremos tan cerca de ellos que entenderemos bien el porqué del origen de su nombre (se llaman así por ser los cinco animales africanos cuya caza a pie conlleva un mayor riesgo y dificultad).

Sin embargo, siendo todos espectaculares cuando se desenvuelven con libertad en su medio natural, los leopardos son, sin duda, los reyes de MalaMala. Muchas son las historias contadas y fotografiadas sobre ellos, pero ninguna es tan extraordinaria como la que se vive en primera persona cuando vemos, directamente sobre nuestras cabezas, a uno de estos grandes felinos mientras descansa indolente sobre una rama, con su presa a salvo del eterno hambre de las hienas, sus enemigos naturales más directos, especializados en robarles sus capturas.

Piscina en MalaMala
En MalaMala es imposible aburrirse. Literalmente, no hay tiempo para ello. Como en casi todos los safaris, se madruga mucho, pero antes del mediodía ya estamos de vuelta para descansar en la estupenda piscina, con vistas a la muy diversa fauna que suele acercarse al río, despreciando la presencia de sus observadores. El Main Camp es muy confortable (nunca he estado en los otros dos más que de visita, pero también lo parecen) y tanto la gran terraza como el comedor y el bar o la acogedora biblioteca del Monkey Club, son lugares interesantes y relajados para pasar un rato tranquilo y agradable, comentando las incidencias y emociones de la jornada con los guías o con otros huéspedes. 
Por la noche, la sobremesa en el boma, bajo el infinito cielo de África, protegidos por el enorme árbol de ébano que ha sido testigo silencioso de tantos apasionados relatos, es la antesala perfecta del sueño reparador que nos espera tras el agotador día al oeste del Kruger.

Mientras tanto, un poco más allá, los leopardos de Londolozi y MalaMala comienzan su actividad nocturna, ajenos a nuestra fantasía, que vuela, tan libre como ellos, por los senderos, eternos e intangibles, de un continente que la humanidad lleva grabado en el origen de su especie.

domingo, 17 de febrero de 2013

Al pie del Mont-Blanc

Hay que reconocer que Chamonix no es una de esas estaciones de esquí que presumen de ser las favoritas de quienes hacen de los deportes de nieve una pasarela de moda o la excusa perfecta para mostrar la faceta más esnob de la condición humana.
Sin embargo, ningún otro centro alpino tiene el privilegio de reposar en un valle  tan espectacular, bajo la protección del inmenso Mont-Blanc y encerrado entre dos impresionantes macizos montañosos que, cubiertos con sus blancos mantos de glaciares, casi parece que van a llegar a tocarse.

Chamonix y el Mont-Blanc
Porque la gran virtud de Chamonix no es solo descansar al pie de la montaña más alta de Europa occidental (4.810 metros), cuna del alpinismo y una de las maravillas naturales más visitadas del mundo, sino estar inmersa en uno de los entornos más bellos de los Alpes.

El valle de Chamonix es tan atractivo en invierno como en verano y se puede disfrutar de sus montañas, actividades deportivas y paisajes en cualquier época del año.
El centro del pueblo es acogedor a todas las horas del día y no faltan en él tiendas, cafés, bares y restaurantes con una variada y excelente oferta, propia de ciudades más grandes, ya que no debemos olvidar que su población fija apenas supera los nueve mil habitantes.

Saussure y Balmat
Allí se alza la estatua de los grandes pioneros de la conquista del Mont-Blanc, Horace-Bénédict de Saussure y Jacques Balmat, cuyas figuras en bronce señalan eternamente la cumbre que pisara por primera vez un hombre en 1786.

Mi excursión favorita es la subida a La Mer de Glace, el impresionante glaciar que extiende sus más de siete kilómetros de longitud entre los picos y agujas que se alzan al norte del Mont-Blanc. El tren de cremallera que parte junto a la estación de Chamonix y llega hasta Montenvers nos ofrece una perspectiva inigualable del mayor glaciar de Francia y uno de los más famosos del mundo.
Desde allí se puede tomar un telecabina y, a continuación, descender por una larga escalera de más de quinientos escalones hasta el propio glaciar e, incluso, introducirse en la gruta excavada en el hielo.

Pero si la contemplación de La Mer de Glace es imprescindible, no lo es menos la vista del Mont-Blanc desde las pistas de Brévent-Flégère, las más agradables de esquiar en Chamonix, tanto por el escenario como por su soleada orientación meridional. Y también merece la pena, si el día es despejado, subir hasta la Aiguille du Midi en el teleférico más alto de Europa, desde cuyo punto más elevado se tiene una privilegiada visión panorámica de buena parte de los Alpes, incluidos los suizos y los italianos.

Esquiando en Chamonix
La comida en el valle de Chamonix suele ser muy buena, destacando las especialidades de la comida típica de la Alta Saboya. Mis restaurantes favoritos son Calèche, en pleno centro, y Le Carnotzet, en el cercano pueblo de Argèntiere, pero hay muchos que destacan por la calidad de su comida y su bonito ambiente alpino.
Lo mismo ocurre con la oferta hotelera, que es amplia y variada, pero si uno quiere encontrar un lugar diferente, no hay otra mejor opción que el magnífico Hameau Albert 1er, un albergue excepcional que cuenta con un muy buen restaurante y cuyo único pero es la proximidad de su entrada principal a la carretera, algo que, en cualquier caso, se olvida pronto al adentrarse en las tranquilas dependencias del conjunto hotelero.

A Chamonix se llega con mucha comodidad desde Ginebra, tanto en tren como por carretera, pero también es fácil acceder desde el Valle de Aosta, en Italia, a través de esa enorme obra de ingeniería (más de once kilómetros excavados en la roca) que es el túnel del Mont-Blanc, inaugurado en 1965 y reabierto en 2001, tras la terrible catástrofe ocurrida tres años antes. El túnel conecta Chamonix con Courmayeur, en la vertiente italiana del allí llamado Monte Bianco.

Insignia alpina de Chamonix
Yo he disfrutado mucho en Chamonix, tanto en mis primeras visitas, ya lejanas en el tiempo, como en las más recientes, estas últimas siempre en plena temporada invernal. Hace pocos años pasé la Navidad allí, en una pequeña cabaña solitaria, próxima a Montroc (justo donde se produjo el trágico y conocido alud de 1999), y puedo asegurar que la experiencia de esos días en plena naturaleza, rodeado de nieve virgen por todas partes, es una de las más extraordinarias que he vivido. Tal vez son los recuerdos de estos cuarenta años que me separan de mi primer paso por el túnel del Mont-Blanc los que se reflejan en esa insignia de Chamonix que ya llevo por siempre prendida en el corazón.

sábado, 16 de febrero de 2013

Galene

Galene se dejó caer sobre la arena.
El rumor de las olas se hacía insoportable para ella.

Era inútil, él también se había ido: huyó, remando con toda la fuerza de sus poderosos brazos de viejo marinero, mientras Galene intentaba gritar para decirle que no se fuera, que ella le quería, que daría cualquier cosa por viajar con él hasta el otro lado del océano, que cambiaría su alma por dejar aquella isla para siempre... pero no conseguía que saliera un solo grito de su garganta. Sin embargo, sus sollozos se convertían en un canto melodioso, armónico, de una belleza sublime...

Galene, la sirena, se volvió a quedar sola con sus lágrimas... y su destino.

jueves, 17 de enero de 2013

Uxmal, Mérida y Chichén-Itzá

Lejanos quedan ya los tiempos en los que visitaba con frecuencia Yucatán y Quintana Roo, cuando Cancún no era más que un incipiente proyecto de blancas arenas y aguas transparentes.
Mi recorrido favorito era, por supuesto el triángulo cuyos vértices son Uxmal, Mérida y Chichén-Itzá. Siempre que podía pasaba, al menos, una noche en cada uno de ellos, pues, en aquella época, pasear en el silencio profundo de la oscuridad entre las viejas ruinas mayas, tras haberlas visitado durante el día, era una de esas experiencias que conmueven el alma y engrandecen el espíritu. Hoy no sé si eso sería igual.
Mérida, la grande y apacible ciudad colonial de Yucatán, también merece una reposada visita, que nos transportará cinco siglos atrás al entrar en su muy antigua catedral de San Ildefonso o en el palacio de los Montejo, conquistadores de la península y fundadores de la ciudad blanca. La Hacienda Misné es un bonito y tranquilo hotel colonial, relativamente próximo al centro histórico, muy recomendable para quienes decidan pasar una o más noches en Mérida.

Pirámide del Adivino (Uxmal)
Desde Mérida se puede acceder con comodidad a los otros dos vértices del triángulo, pero yo siempre recomendaré pasar la noche junto a los restos de la gran civilización maya para experimentar (si es que hoy todavía es posible) las sensaciones a las que antes me refería. En el caso de Uxmal, el lugar perfecto en aquellos años era la Hacienda Uxmal, un lugar extraordinario, con más de cincuenta años de historia. Me extrañaría que no siguiera siendo el mejor sitio para alojarse y disfrutar de los monumentos dedicados a Quetzalcóatl, Chaac o Tláloc.

El conjunto de Uxmal es uno de los tres grandes yacimientos mayas y el más represantivo del llamado estilo Puuc. Muchos de sus impresionantes monumentos son mundialmente conocidos, como la Pirámide del Adivino, el Palacio del Gobernador o la Casa de las Monjas, pero hay mucho más que ver y explorar, como la Casa de las Tortugas, el Juego de Pelota, la Casa de las Palomas, los restos de la Gran Pirámide o la Plataforma de los Jaguares.

Incidents of Travel in Yucatan
Uxmal, cuyo nombre parece significar algo así como tres veces edificada, ya estaba abandonada cuando llegaron los españoles y todo hace suponer que vivió sus años de esplendor en diferentes períodos históricos. El célebre libro de Stephens 'Viaje a Yucatán' (Incidents of Travel in Yucatan), que relata su periplo por la zona en 1841 y 1842, describe, con la inestimable ayuda de las ilustraciones de Fred Catherwood, lo que debió ser una muy apasionante aventura para ambos.


El otro gran centro arqueológico de Yucatán, más conocido y visitado que Uxmal (tal vez por su proximidad a las playas del Caribe) es Chichén-Itzá, la ciudad de Kukulkán, el lugar sagrado de los pozos de los brujos del agua.
Chichén-Itzá, lugar reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, es una de las llamadas Siete Maravillas del Mundo Moderno (nombre poco adecuado, en mi modesta opinión, ya que casi todas son antiguas). 
Si visitar a plena luz del día Chichén-Itzá, el gran conjunto religioso maya con marcadas influencias mexicas, es un placer cultural difícil de superar, pasar allí una noche (liberados de las compactas multitudes de estrafalarios turistas que, supongo, son allí frecuentes en estos poco románticos tiempos) es algo memorable. El hotel Mayaland es el sitio para hacerlo. Este hotel de estilo colonial, construido en 1923 y, literalmente, pegado a las ruinas es un lugar único en el mundo. No conozco otro establecimiento hotelero que se encuentre, como éste, dentro de un recinto arqueológico.
El Castillo, con su misterioso jaguar de jade, es el monumento de referencia en Chichén-Itzá, pero hay muchos otros, como el observatorio astronómico conocido como el Caracol, el Templo de las Mil Columnas y su Chac-Mool o el complejo del Juego de Pelota.

El Castillo
Al norte de la Pirámide de Kukulkán (el Castillo) se encuentra el gran Cenote Sagrado, el enorme pozo ceremonial que, tal vez, dio nombre a Chichén-Itzá y cuya historia sigue envuelta en oscuras leyendas de sacrificios humanos y tesoros sumergidos. A mí me resulta sorprendente que aún no se haya llevado a cabo una profunda y exhaustiva exploración del cenote, tras las primeras búsquedas de Thompson, así como de algunas posteriores que descubrieron muchos objetos ceremoniales y abundantes restos humanos. De los cenotes (hay varios en Chichén-Itzá), así como de muchos otros aspectos de la vida de los mayas, el franciscano fray Diego de Landa escribió en su famoso libro manuscrito 'Relación de las cosas de Yucatán', cuya lectura impresiona por la descripción de las barbaridades cometidas por unos y otros.

Cenote Sagrado
Yo estuve varias veces alojado en Mayaland y tengo especial recuerdo de una de ellas, en la que me tuve que quedar varios días sin contacto con el resto del mundo, al estar averiado el teléfono del hotel (por supuesto, no existían los móviles) y carecer de medio de transporte por haber tenido que dejar averiado mi coche en algún remoto lugar de la selva yucateca. Nunca olvidaré aquellas jornadas, de intensa y solitaria interacción con el universo maya, que tan profunda huella han dejado en mí.

Tulum
Desde aquí será difícil que al viajero no le entre la tentación de seguir hasta la costa del Caribe, lo que dejo al libre albedrío de cada uno, sopesando, eso sí, el riesgo de introducirse en una moderna realidad cuya actual dimensión desconozco premeditadamente, por el temor que me inspira la inevitable comparación por mi parte con aquellas playas inmensas, solitarias y salvajes, sobre las que el Camino Real (que hoy es el Dreams Cancún, lujoso pero lejano a lo que fue) oteaba el horizonte de una costa virgen que se extendía desde Isla Mujeres a Tulum, pasando por las ruinas de San Miguelito y sus iguanas, Cozumel y Xel-ha.
Yo, por si acaso, prefiero recordarlo como el paraíso que fue.

miércoles, 9 de enero de 2013

Mi vida en Toledo

Viví cuatro intensos meses en Toledo. Hace ya mucho de eso, pero allí esta circunstancia es intrascendente porque, si en España hay una ciudad eterna, ésa es Toledo.
En aquellos tiempos la vida era especial. Yo recibía una esperada visita todos los miércoles, siempre a la misma hora, y juntos recorríamos algunos lugares que la historia y la leyenda tiene grabados en la memoria de los siglos.

Mi sitio favorito para contemplar Toledo siempre ha sido la Peña del Moro. Tanto por la inmejorable vista como por la leyenda que la envuelve. Desde allí, unos metros por encima de la ermita de la Virgen del Valle, dominamos el torno del Tajo, la calzada romana, los escasos restos del enorme y desaparecido acueducto, el Puente de Alcántara y el impresionante telón de fondo de una ciudad que se resiste a dejar de ser permanente protagonista del transcurso de los siglos.
Toledo (El Greco)
Bajo la ermita hay un restaurante (llamado, también, La Ermita) que, desaparecido el viejo Chirón (hoy instalado en Valdemoro, tras su paso por Aranjuez), es hoy de lo mejor que hay en Toledo, sin despreciar a su hermano y vecino de la catedral, Los Cuatro Tiempos. Comer allí es una experiencia, colgados sobre las rocas que caen hasta el Tajo, dominando la Casa del Diamantista y la Torre del Hierro, cuya historia podemos recordar visitando el excelente blog de Eduardo Sánchez Butragueño, 'Toledo Olvidado'.
Las fotografías de José María Moreno Santiago son otra magnífica forma de acercarse a la belleza de Toledo, como interesantes son las rutas y visitas que organiza 'Cuéntame Toledo'.

Toledo tiene un enorme pasado romano, edificado sobre el viejo asentamiento carpetano, pero casi todo ese sustancial pedazo de su historia está enterrado o destruido, con la muy notable excepción del circo, prueba irrefutable de la importancia del Toletum de hace dos milenios. Y si Roma fue grande en la Vega Baja, más lo fue la Hispania visigoda, cuya capital allí estuvo establecida hasta la desaparición de su último rey, Don Rodrigo, ante el empuje musulmán del siglo VIII. Es probable que fuera por aquel entonces cuando el fabuloso Tesoro de Guarrazar saliera de Toledo para ser escondido bajo tierra en Guadamur... ¿aparecerá algún día la corona de Suintila?

Una puerta
Tras sus primeros mil años, Toledo volvió a vivir nuevas glorias bajo las tres culturas que ya todos conocemos por sus muchos legados históricos y artísticos. Si Stendhal enfermó de sobredosis de belleza al visitar Florencia, sin duda hubiese agravado su síndrome en Toledo, incapaz de superar el mayor aluvión de arte e historia que pueda concentrase ante un ser humano en una sola ciudad.
Observar el transparente de la catedral cuando los rayos de sol de la mañana penetran por el óculo o linterna abierto en la bóveda produce un efecto solo comparable al de la visita de la más prodigiosa pinacoteca catedralicia del mundo, la que alberga su sacristía, cuyos grecos hacen palidecer de envidia al mismísimo Museo del Prado. Y no son solo grecos, sino que Goya, Rafael, Tiziano, Van Dick, Caravaggio... también tienen cuadros expuestos bajo la impresionante bóveda de Lucas Jordán.

Y si el arte es infinito en Toledo, las leyendas de sus estrechas calles y sus viejos conventos e iglesias conmueven y emocionan a quienes las escuchan.
Zorrilla puso en verso la tradición del Cristo de la Vega, probablemente la más conocida de las muchas leyendas toledanas. Cada vez que leo o escucho 'A buen juez, mejor testigo', no puedo dejar de ver a Diego e Inés encaminándose a la antigua basílica de Santa Leocadia, tal vez saliendo de la protección de la muralla a través de la Puerta del Cambrón...
Varias de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer también nos hablan de Toledo, ¡El beso', 'El Cristo de la Calavera' o 'La rosa de pasión' son algunas de ellas.
Santo Domingo el Real (José María Moreno)

En aquellos días me gustaba pasar despacio junto a la valla de la casa de Bécquer, sobre la que sigue asomando su laurel, y perderme entre las sombras de la noche, descendiendo hasta el borde del río cuando empezaba a bajar la niebla y las estrellas apenas se reflejaban en sus tranquilas aguas.
Fueron solo unos meses, sí, pero unos meses en Toledo pueden ser mucho más que varios siglos en un lugar sin historia. Y en la ciudad del Tajo, cuna de reyes y también de comuneros, la historia y la leyenda... el arte y la poesía se mezclan en el aire, trepando por sus muros de ladrillo y por sus torres mudéjares, aferradas a sus milenarias piedras romanas y visigodas, atrapando al visitante para siempre y susurrándole al oído esos versos de su rima LXX  que Bécquer dedicara a su plaza favorita de Toledo, la de Santo Domingo el Real:

'¡Cuántas veces trazó mi silueta
la luna plateada,
junto a la del ciprés, que de su huerto
se asoma por las tapias!'