lunes, 23 de septiembre de 2013

Frankfurter Hof














Ese río gris, grande y silencioso,
vecino del palacio de tus sueños,
fue en la negra noche el sereno espejo
de aquel invierno torpe y perezoso,

escondido en un marzo tan lejano
que abandonara Abril, sin él quererlo,
en el oscuro día del recuerdo
dormido en un olvido del pasado.

Te arrepentiste, sí, del afluente
que arrastraba en su sangre la mirada
de quien lo supo todo, sin saberlo,

porque llevaba nubes en su frente
y un corazón desnudo que olvidaba
que existen los amores de estraperlo.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Los caminos de Vertville

Existió, hace tiempo, un valle en el norte de Francia que respondía al nombre de Vertville. No recuerdo bien si estaba en Bretaña y pertenecía a Normandía o era al revés. Lo que sí recuerdo es que Vertville tenía unas cuantas casas diseminadas por el valle, una iglesia, un viejo palacio con un torreón y un pequeño río que corría, sin prisa, hacía el mar.

Vertville solo tenía tres caminos para salir del valle. Uno seguía el curso del río y llegaba a la costa. El segundo subía por los montes, entre empinadas cuestas. Y el tercero, el más ancho y cómodo, conducía a la ciudad.

Los veranos en Vertville eran felices y tranquilos. Poco había que hacer en aquellos prados verdes y solitarios. Sin embargo, todos los años se reunían allí unos cuantos chicos, que residían en la cercana e industriosa gran ciudad. Otros, los menos, vivían en el propio Vertville.
Vincent, Pierre, Henri, Marie... eran algunos de ellos. Pero la verdadera protagonista del verano era Blanche DuBois. Blanche era una chica con ojos de color azul verdoso y un cierto parecido a Vivian Leigh, aunque con el pelo mucho más claro. Me parece recordar que siempre tuvo dieciséis años, si bien hay quien asegura que alguna vez tuvo quince... o incluso menos.

Un verano llegó a Vertville un chico delgado y rubio, procedente de París. Venía a este pequeño lugar con la imagen de un decadente balneario en su cabeza y la promesa, hecha a sí mismo, de un futuro todavía infinito. Cuando conoció a Blanche y a su sonrisa luminosa no pasó nada, porque la mirada del chico rubio siempre estaba perdida en su horizonte ideal y privado.

El chico volvió a Vertville el verano siguiente. Y allí seguía Blanche, con sus eternos dieciséis años reflejados en sus ojos claros. Sin embargo, esta vez, con el viejo balneario perdido entre la niebla y un apellido húngaro deslizándose por su memoria reciente, todavía fue más difuso, a pesar del insistente esplendor de la hierba... así que el beso de Blanche se quedó flotando en la penumbra de un prado al anochecer.

Pero dejemos a Blanche DuBois y al chico rubio de París y volvamos a centrarnos en Vertville, que es lo que debe interesarnos, a fin de cuentas.
Vertville es un valle de esos que solemos imaginar cuando queremos pensar en un paisaje absolutamente verde. Uno de esos lugares de serena belleza en los que, aunque no estén muy lejos de una gran ciudad, siempre nos parecen remotos y alejados de la civilización moderna.
Vertville, al menos en aquellos tiempos, era un paraíso verde y bucólico que invitaba a reflexionar sobre el sentido de la vida y la levedad del ser, con más profundidad de lo que pudiera hacer el propio Milan Kundera.

Probablemente, la mayor atracción de Vertville eran sus tres caminos.

El valle de Vertville
Pensando en ellos, el chico rubio llegó a la conclusión de que la persona que desea abandonar el lugar en donde vive, no es feliz. Varias veces, estando sentado junto al punto del que partían los tres caminos, muy cerca del prado en el que, pocos días antes, la tinta de unos pequeños calamares y los labios de Blanche le habían provocado una disfunción pasajera en un par de órganos (aunque, eso sí, habían dejado inalterable un tercero), cerró los ojos en busca de lo infinito ya que, como todos sabemos, este es el único sistema eficaz para intentar verlo.

Lo que el chico rubio y delgado no tuvo en cuenta era que, en Vertville, todo es infinito. Al contrario que en París o en la capital de provincia cercana, donde cualquier cosa se termina pronto. Incluso la vida, por mucho que dure.
Blanche, por su parte, cada vez se parecía más a Vivian Leigh y eso era muy extraño en una chica que todos los veranos tenía dieciséis años.

El camino que seguía la ribera, en su suave descenso hacia el mar, era el más atractivo de los tres. Grandes robles y castaños marcaban la dirección del sinuoso cauce de un arroyo que, poco a poco, iba convirtiéndose en un auténtico río, navegable, incluso, en su último tramo. La fresca sombra de los árboles protegía una vereda apacible, iluminada por los dorados rayos de sol que, atravesando las ramas y unas aguas transparentes y saltarinas, llegaban a reflejarse en las relucientes piedras del fondo.

El chico esperó para ver si Blanche escogía este camino. Quizás la hubiese seguido. 
Pero no fue así. Blanche DuBois, entre confundida y decepcionada, tomó el camino ancho y seguro que llegaba hasta la gran ciudad. Hasta ese puerto, más industrial que marinero, en el que las espigas forjadas en el recuerdo de lo que nunca llegó a suceder se convertían en barrotes para el alma. Sus ojos y sus dieciséis años se quedaron, huérfanos, en un prado de Vertville.

Blanche DuBois mucho antes de tener dieciséis años
El chico rubio la vio marchar, sin levantarse ni retirar un instante su vista del camino del río. Y cuando la melena de Blanche se perdió en el horizonte, dejó de mirar hacia el sendero que conducía al mar y, girando a su izquierda, comenzó a subir la larga y empinada cuesta que parecía no terminar nunca y se perdía entre los montes que cerraban el valle por el oeste.



Años más tarde, alguien vio a Blanche DuBois en París. Lo que no está claro es si la vieron subida al estribo imaginario de un tranvía o en la quinta planta de unos grandes almacenes. Pero dicen que la jaula que encerraba su pecho no fue lo suficientemente segura para evitar que siguiera desprendiendo ese dulce aroma que surge de todos los prados al anochecer.
En especial, de los prados que duermen eternamente en la penumbra perezosa del lejano valle de Vertville.


Nota del autor: Consultados los mapas, observo, con cierta sorpresa, que Vertville no existe o, al menos, yo no soy capaz de encontrarlo. Ruego, por tanto, al lector, que dé por no leído el presente escrito. Gracias.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Las golondrinas tristes de Dubrovnik

Es bien conocido por todos los que han visitado la vieja Ragusa que las puestas de sol en Dubrovnik son de una especial belleza, sobre todo, en los últimos días del verano. El cielo se recorta contra la muralla teñido de un rojo tan intenso que parece nacido en la provocativa paleta de Derain.

Cae la tarde en el Adriático
Y es, precisamente, en esa época cuando el vuelo de las golondrinas que inundan cada tarde el aire limpio del Adriático, acariciando con sus alas el borde de los reconstruidos tejados de la ciudad, adquiere un ritmo sosegado que nos acerca a una melancólica sensación de tristeza. Es una tristeza suave y agradable que no somos capaces de entender de dónde emerge y que pronto descartamos como surgida de sus piedras centenarias.
Puede que las golondrinas añoren los antiguos tejados, destruidos por las bombas el seis de diciembre de 1991, pero también es posible que recuerden un comentario, ya olvidado por quien lo hizo, que sigue flotando en la memoria de los que anteponen la verdad a la tibieza. Tal vez sea eso lo que las entristece.

Los tejados rojos de Dubrovnik
Porque Dubrovnik no es una ciudad triste por muy encerrada que esté tras sus imponentes murallas.
Pese a sus poderosos muros defensivos, Ragusa siempre estuvo abierta al mar y hoy es junto a su eterna rival, Venecia, el gran destino turístico del Adriático.

La mayoría de los visitantes llegan a Dubrovnik en crucero, ya que la capital dálmata es una de las paradas fijas de todos los grandes barcos de pasajeros que navegan por esta zona del Mediterráneo. Para mí es un error. Y lo es con independencia de mi poco entusiasmo por los cruceros, en general.
Eso sí, la gran ventaja de llegar por mar es la posibilidad de disfrutar de las vistas de la costa croata y de sus maravillosas islas, pero rara vez esos cruceros te permiten visitarlas y hay que decir que, verdaderamente, es algo que merece la pena.

La muralla y el pequeño puerto
Por el contrario, quienes hayan ido a Dubrovnik por otro medio de transporte (incluido el marítimo-no crucero), es probable que obtengan una experiencia diferente.
Por ejemplo, quedarse hasta bien entrada la noche en la ciudad vieja, disfrutando de sus restaurantes y cafés, siempre animados y muchos de ellos con música en vivo. La comida es buena, el café excelente y la gente muy amable.

Al caer la tarde, es lo más recomendable un paseo por la muralla que nos permita admirar todas las perspectivas posibles, que son innumerables, por cierto. Ver los rojos tejados de la ciudadela, perfectamente conservada durante siglos y muy bien reconstruida de los destrozos causados por las bombas serbias en 1991, es un espectáculo solo superable por el de la caída del sol sobre las aguas del Adriático.
Antes, por la mañana, no hay que dejar de subir en el telecabina que nos lleva hasta la cumbre del monte Srd, que domina la ciudad, la costa y las islas vecinas. Si el día es claro, nuestra vista alcanzará una distancia inverosímil, tanto hacia el mar como hacia los valles del interior. Pocas panorámicas son tan impresionantes como la que desde aquí se divisa.

San Blas en la muralla
San Blas es el patrón local y encontramos su imagen en muchos sitios, desde la muralla hasta en la misma bandera de la República de Ragusa. La iglesia a él dedicada es, cada tres de febrero, el epicentro de los grandes festejos que se celebran en su honor desde hace casi mil años.

Si la ciudad vieja es ya, por sí sola, una maravilla que da sentido a todo el viaje, sus alrededores también son merecedores de una visita reposada.
Las mejores vistas de la ciudad y su pequeño puerto (tiene otro mayor, algo más alejado, donde atracan los barcos grandes) son las que tenemos desde la costa que se extiende frente a la cercana isla de Lokrum. En ella están situados los mejores hoteles, Excelsior, Grand Villa Argentina, Villa Orsula y el que más me gusta, con mucha diferencia, Villa Dubrovnik.
En el interior de las murallas solo hay dos hoteles, el Pucic Palace y el Stari Grad, muy buenos y céntricos, pero sin vistas.
Hay más hoteles lujosos en los alrededores de ciudad vieja, pero, en mi opinión, no son nada interesantes por muchas estrellas que tengan.
Sí son una muy buena alternativa los apartamentos y villas privadas que ofrecen habitaciones (sobe), al igual que en el resto de Croacia.

Amanece en Ragusa
Pocas cosas hay más gratificantes en una mañana azul, transparente y limpia que desayunar en la terraza del hotel Villa Dubrovnik, con la isla de Lokrum a nuestra izquierda y la ciudad amurallada al frente, sin dejar de observar el tranquilo trasiego de las pequeñas embarcaciones que entran y salen del puerto. Luego, un baño en las cristalinas aguas del mar Adriático nos dará las energías que necesitaremos durante la jornada.

Lokrum
Como para acercarnos, por ejemplo, a visitar la muy cercana isla de Lokrum, con sus inmensos pinares, lo que queda de su centenario monasterio benedictino, sus pavos reales, su bonito jardín botánico y, en su punto más alto, el fuerte francés desde el que se domina un vasto y atractivo panorama. Lokrum, en la que tuvo una residencia Maximiliano (el que fuera emperador de México) está a menos de quince minutos del puerto de Dubrovnik y permanentemente unida con él por ferry durante el día. Es un lugar excelente para una excursión y, aparte de estar rodeada de aguas limpias y azules que invitan al baño, cuenta con agradables cafés al aire libre y una simpática pizzería, cuya terraza está situada en las propias ruinas del viejo monasterio. 

Hay otras excursiones muy recomendables desde Dubrovnik, como la visita al archipiélago de las Elafiti, unas bonitas islas, llenas de iglesias, antiguas residencias veraniegas y palacios de la vieja clase adinerada de Ragusa, a las que también se accede en barco desde el pequeño puerto. Solo tres de ellas, Sipan, Lopud y Kolocep, están habitadas y en todas el mar, el bosque y el cielo nos acogen con su especial encanto milenario.

Cavtat
Otro lugar imprescindible para quien disponga de tiempo durante su estancia en Dubrovnik es Cavtat, la Epidauros griega que fuera, con gran probabilidad, el origen de Ragusa (de ahí su nombre en idioma italiano, Ragusavecchia)
Cavtat es un pequeño pueblo marinero, de extraordinaria belleza y ambiente bohemio y sofisticadamente relajado que entusiasma, no sin motivo, a cuantos lo visitan, croatas  y extranjeros. 
Sus dos bahías atraen a los yates más lujosos de todo el Adriático y el simple hecho de pasear por los caminos que las bordean nos ofrece unas vistas tan fabulosas que las recordaremos con nostalgia durante mucho tiempo.
Y aunque yo convertiría en peatonal el paseo frente al puerto, con su gran fila de palmeras y sus restaurantes y pequeños cafés de apetecibles terrazas, tan agradables de día como de noche, hay que reconocer que tiene un encanto muy particular, incluso con los coches (muy pocos, eso sí) que pasan por él.

De sus muchos restaurantes, mi favorito es Bougenvila, en pleno centro del paseo, justo frente al lugar de atraque de los yates. Me gustan, sobre todo, sus mejillones, sus tomates, su mozzarella y sus platos de pasta. Comer o cenar en su terraza en un placer que te transporta a esos tiempos pretéritos y mejores que todos tenemos en algún lugar de nuestra memoria idealizada. Después, un apacible café en el vecino Figurin completa la escena.

La bahía de Cavtat
Cavtat es tan bonito que hasta su cementerio es un lugar excepcional. Reposar eternamente con tan sensacionales vistas sobre el mar y los pinares debe ser un privilegio reservado, sin duda, a difuntos exquisitos. Yo, por si acaso, ya he presentado mi solicitud para cuando llegue el momento. Veremos si es atendida...


En cualquier caso, la vieja Dubrovnik es una ciudad tan impresionante y única que no necesitaría de un entorno tan arrebatador para ser un destino turístico de primerísima categoría. Es una de las pocas ciudades del mundo en la que todo se ha conservado como fue, a pesar de terremotos y bombardeos.
Recorrer sus calles de piedra (por las que solo es posible ir a pie, ya que no están permitidos vehículos de ningún tipo) nos hará disfrutar de sus casas, de sus iglesias, de sus fuentes... y será una invitación permanente para probar la buena comida que nos ofrecen sus muchísimos restaurantes.
Los hay muy caros y elegantes, como Nautika; antiguos y buenos, como Proto; idealmente situados en una mágica plaza, como Kopun; con magníficas vistas y precio razonable, como Dubravka y pizzerías fantásticas, como Oliva
Y, desde luego, hay muchos especializados en la caza del turista despistado, que son los que conviene evitar.


Catedral de Dubrovnik
La costa dálmata es mucho más que Dubrovnik, es cierto, pero la vieja Ragusa nos brinda, en sí misma, una gran excusa para un viaje. Un viaje que no hay que desaprovechar. Una ciudad a la que debemos volver, como vuelven esas tristes golondrinas que anidan bajo los aleros de unos tejados que hoy son más rojos de lo que eran antes del seis de diciembre de 1991.

sábado, 31 de agosto de 2013

Portofino y Mr. Aristoboulos

Cuando a principios de los años setenta, mi buen amigo Xavier González del Valle escribió aquel magnífico anuncio para el recién inaugurado Marbell Center, en el que Mr. Aristoboulos abandonaba a su mayordomo en una isla desierta por haber comprado en Portofino un cepillo de dientes que no era de cerda natural lapona, despertó mi interés por este pequeño puerto de Liguria.
Pronto fui a visitarlo y no solo no defraudó mis elevadas expectativas, sino que consiguió superarlas con creces.

Portofino
Desde entonces, nunca he dejado de visitarlo cuando, por un motivo u otro, paso cerca de Génova o Rapallo (lo que hago con menos frecuencia de la que me gustaría, por cierto).

Portofino, formado por un reducido grupo de casas de diversas tonalidades ocres y siena alrededor de su puerto natural, es uno de los enclaves más sofisticados y con más clase de la vieja Riviera
Y eso es decir mucho.
A la espalda del puerto, un monte del mismo nombre, cubierto de una espléndida vegetación, que forma parte del parque natural que lo protege, ayuda a conformar un paisaje de extraordinaria belleza que, desde tiempos remotos ha atraído a cientos de visitantes ilustres.
Villas junto al mar
Según Plinio el Viejo, se llama así como derivación de su denominación romana, Portus Delphini, que fue consecuencia de la gran cantidad de delfines que poblaban las aguas cercanas.

A la fama de Portofino, que apenas cuenta con algo más de medio millar de habitantes, han contribuido literatura (Frank Schaeffer), música (Fred Buscaglione) y hasta el cine (Michelangelo Antonioni), además de los muchos personajes que, como el imaginario Mr. Aristoboulos, eligieron este rincón tan especial para vivir, descansar o, simplemente, hacer un alto en su camino.

Hotel Splendido
El gran hotel de Portofino es el Splendido, un elegante y florido balcón sobre el mar, en un enclave privilegiado que domina la bahía.
Desayunar sin prisas en una de sus terrazas cubiertas de lilas mientras nuestros ojos se pierden en el azul, sospechando la presencia de un solitario delfín en la distancia, nos transporta a los lejanos tiempos de Marconi y Lord Carnarvon quienes, entre tantos otros eligieron, también, Portofino en algún momento de su vida.
Sus habitaciones son tan lujosas como promete el hecho de pertenecer a la prestigiosa cadena Orient Express y su restaurante La Terrazza tiene, con gran probabilidad, las mejores vistas posibles, aunque otra de sus alternativas, el Chuflay, situado en el Splendido Mare, nos ofrece la posibilidad de cenar en el mismo corazón de Portofino.

Pese a todo, Il Pitosforo sigue siendo para mí el mejor restaurante del puerto, seguido de cerca por su hermano mayor, Il Delfino, ambos en pleno centro y a pocos pasos del pequeño muelle en el atracan los barcos del Servizio Marittimo del Tigullio, que une Portofino con Rapallo y Santa Margherita Ligure.

Il Cristo degli Abissi
Otra de las atracciones singulares de la zona es Il Cristo degli Abissi, una gran estatua sumergida en el mar, frente a la abadía de San Fructuoso, que alza sus brazos en una eterna plegaria de bronce, rogando por la protección de pescadores y buzos. Toda la costa que rodea la península que llega hasta Camogli es parte del Area Marina Protetta di Portofino, un parque natural subacuático que merece la pena explorar y descubrir.  


Entre Rapallo y Portofino, nos encontramos con la bonita localidad playera de Santa Margherita Ligure, un lugar ideal para disfrutar de unas relajadas vacaciones en familia, a muy poca distancia de Portofino.
La Perla de la Riviera, sobrenombre de Santa Margherita, nos ofrece atractivos recursos turísticos, una buena playa, gran diversidad de restaurantes y hoteles de todas las categorías, con el lujoso Imperiale Palace como su máximo estandarte.
Es obvio que Santa Margherita Ligure carece del nivel de exclusividad de Portofino, pero no por ello deja de ser un lugar perfecto para pasar unas grandes vacaciones, en un entorno excepcional, frente al siempre luminoso Mar de Liguria y el pintoresco y azul golfo de Tigullio, en el que Guglielmo Marconi hiciera sus célebres experimentos de radio.


La Piazzetta de Portofino de noche
En estos tiempos que vivimos de grosería generalizada, la existencia de lugares como Portofino es un aliciente para que nuestro ánimo no desfallezca del todo y siga creyendo que aún es posible escapar de la vulgaridad. 
Pueden transportarnos a ese mundo en el que los sueños siguen siendo compañeros de los delfines.
Sin duda, el viejo Portus Delphini es uno de ellos.

jueves, 8 de agosto de 2013

Santorini, reina del Egeo

Cuando los dioses disfrutaban, sin la presencia de los molestos humanos, de su grandiosa piscina privada del Egeo, llegaron a la conclusión de que era preciso crear en ella un rincón de belleza excepcional, que quedase para los siglos venideros como la más extraordinaria de sus divinas creaciones.
Zeus y Poseidón quisieron guardar para sí mismos esta sublime gloria y ambos discutieron sobre el aspecto del que debería ser el más bello paraje del Egeo, así que Zeus hizo que una majestuosa montaña surgiese del mar y Poseidón la transformó en un volcán que, al explotar, formó una maravillosa laguna azul en su centro.

Santorini azul y blanca
Creo que esta y no otra es la verdadera historia de Thera, la isla (más bien el pequeño archipiélago circular) que hoy todos conocemos como Santorini.
Desde luego, historiadores, geógrafos, vulcanólogos e, incluso, los expertos en mitología clásica tienen explicaciones muy diferentes para la formación de Kallisté (la más hermosa), como también la llamaron, con mucho acierto, los antiguos griegos, pero a mí me parece más probable la que yo he contado al principio, aunque debo reconocer que ha sido fruto de mis propias elucubraciones personales.

Sea como fuere, cuando nos adentramos en la colosal laguna que ocupa lo que debió ser el cráter del gran volcán que dio origen a Santorini, quedamos deslumbrados ante un espectáculo tan excepcional como difícil de describir con palabras. 
Fondeados en mitad del mar más azul que podamos imaginar, se alza ante nuestros ojos un enorme y vertical acantilado de casi trescientos metros de altura, sobre el que aparece colgada la blanca ciudad de Fira.

Una terraza sobre la caldera
Para acceder a ella tenemos tres opciones: un teleférico, una mula o subir andando los casi seiscientos escalones que separan el pequeño puerto del recinto urbano. Sin duda, la mejor es la mula, que conoce el camino de memoria y nos permite disfrutar, de una ascensión que desmerece mucho, en mi opinión, si la hacemos por medios mecánicos. 
La bajada, si es que  nos vemos en la necesidad de hacerla, recomiendo que sea a pie, con nuestra mirada incrédula y extasiada, irremisiblemente perdida en la infinita y sosegada visión de la laguna.

Fira nos presenta un pintoresco entramado de casas blancas y azules, con ese estilo peculiar, entre griego y oriental, que ha dado fama mundial a Santorini. Las vistas que nos sorprenden, desde cualquier rincón, sobre la gran caldera volcánica son impresionantes y grandiosas. Al estar situada en el centro de la isla, tiene fácil acceso a casi todos los demás lugares de interés que, por cierto, son bastantes.
Oia
Apenas a dos kilómetros al norte nos encontramos con Imerovigli, una localidad, casi unida a la capital, construida en el punto más alto del acantilado, desde la que podemos divisar una panorámica aún más bella, si cabe. De aquí parte un camino fabuloso que, en un par de horas de celestial paseo, nos lleva hasta la otra gran joya de Santorini: Oia.  
Porque si Fira e Imerovigli son bonitas, Oia lo es aún más. Famosa por sus mágicas puestas de sol sobre el Egeo, sus estrechas y animadas calles, sus pequeños cafés y por el ambiente artístico que allí se respira, Oia resume la imagen mítica de la eterna Kallisté.
Muy cerca está el puerto de Armeni, el lugar ideal para cenar en una de sus tabernas de pescadores, tras un día ajetreado.

Playa Roja
Navegar en velero por la laguna, tal vez visitando la pequeña isla de lava de Néa Kaméni, con sus activas fumarolas, o para bañarnos en su célebre Playa Roja, es algo que no debemos dejar de hacer durante nuestra visita. Tampoco hay que perderse el yacimiento arqueológico de Akrotiri, cuyos magníficos frescos minoicos se han conservado, a través de los siglos, gracias a que quedaron sepultados como consecuencia de la violenta explosión volcánica ocurrida hacia el año 1500 a. C.



Pescador (Akrotiri)
Los amantes del buceo tienen en Santorini la posibilidad de sumergirse junto al acantilado para sentir el vértigo del llamado abismo submarino, algo difícil de experimentar salvo en lugares como este, en los que una pared vertical exterior sigue cayendo bajo el nivel del mar varios cientos de metros. El agua es muy profunda en el interior de la caldera.

No soy capaz de recomendar ningún hotel en Santorini. Y no porque no los haya buenos, sino por todo lo contrario. Hay muchos, la mayoría de pocas habitaciones, y, casi todos, muy apetecibles. La página de Splendia es una excelente referencia para conocer los mejores. A ser posible, hay que escoger uno con buenas vistas y piscina colgada del acantilado, por ejemplo, en Imerovigli o en Oia.
Otro tanto pasa con los cafés y restaurantes. Son infinitos. Entre los favoritos de muchos viajeros, podemos citar Archipelagos (en el centro de Fira), Ambrosia y el exótico Karma (en Oia), Vanilia (en Firostefani), y mi preferido, Saltsa (entre Imerovigli y Fira).
En todos ellos tendremos asegurada buena comida y podremos degustar el célebre vino local, el dulce y aromático Vinsanto, uno de los vinos más antiguos del mundo, ya conocido y alabado por sus virtudes en tiempos de Homero.


Lo peor de Santorini es tener que marcharse. Aunque sea para seguir viaje hacia otra de las islas del Egeo. Muchas son extraordinarias, como lo es el propio mar por el navegaron dioses y héroes, pero no cabe duda de que Kallisté, la más bella, la antigua Thera... o Santorini, como la bautizaron los mercaderes venecianos, es, y será por siempre, la indiscutible reina del Egeo. 




















lunes, 22 de julio de 2013

Serengeti


Durante siglos, los Maasai convivieron en la planicie sin fin, el Serengeti, con una naturaleza asombrosa, de gigantescas dimensiones y tan poderosa en su fuerza original, como frágil ante la mano cruel del hombre civilizado.
Hasta bien entrado el siglo XX, el Serengeti siguió siendo un gran desconocido para los europeos, pero el riesgo de una caza intensiva, que amenazaba con poner en peligro a parte de la fauna de lo que en los años veinte ya se había convertido en reserva de caza, recomendó crear el Parque Nacional Serengeti en 1951.

El Serengeti
Aunque, oficialmente, sus límites están dentro de Tanzania y delimitados a una superficie de unos 13.000 km2, el ecosistema del Serengeti incluye el Área Protegida del Ngorongoro y, desde luego, a la vecina reserva de Maasai Mara, en la República de Kenia.

Todos los grandes animales africanos están en el Serengeti, incluyendo, por supuesto, los cinco grandes, pero más allá de la extraordinaria fauna de esta privilegiada zona de la antigua Tanganika, están sus inmensos paisajes, que parecen no terminar nunca ante nuestros ojos; sus amaneceres y puestas de sol con las enormes acacias recortándose contra el cielo rojizo; los sorprendentes kopjes, como improvisadas atalayas para dominar la vista de la sabana; las noches de infinitas estrellas en las que el rugido del león parece siempre próximo a nuestro campamento...
No hay en toda el África Oriental un lugar que resuma mejor que el Serengeti, ni con más precisión e intensidad, el espíritu del continente.

Cruzando el río Mara
La mayor atracción del Serengeti, probablemente la que más ha contribuido a su gran fama como paraíso de la fauna africana, es la Gran Migración. Sin duda, una de las grandes maravillas del mundo animal. Casi dos millones de ñus y miles de cebras y otros herbívoros, seguidos por un gran número de depredadores, atraviesan todos los años el Serengeti, en busca de pastos más frescos y verdes. En julio y agosto, dependiendo de la intensidad de la sequía, cruzan el río Mara, en un espectáculo de dramatismo difícilmente superable, y se adentran en la reserva de Kenia para permanecer en ella un tiempo y volver hacia su punto de partida, con la llegada de las lluvias al norte de Tanzania, para comenzar, de nuevo, el ciclo completo que se lleva repitiendo, inexorablemente, desde hace milenios.

Hay, como es lógico, muchos buenos campamentos donde alojarse en el parque, la mayoría con excelentes servicios y comodidades para el viajero, pero uno siempre tiene sus favoritos y los míos son el Klein's Camp y el Grumeti.

Guepardo en plena carrera
Ambos cuentan con una pequeña pista de aterrizaje (si es que se puede llamar así), bastante cerca del campamento. 
La del Klein's es, en verdad, singular, ya que es de hierba y está rodeada de árboles y rocas, en un lugar propicio para ver vida animal salvaje en su actividad rutinaria, sin que presten la más mínima atención a las pequeñas avionetas que allí toman tierra o despegan.
No es raro, por tanto, ver leones durmiendo la siesta o, incluso, a un grupo de buitres tomando el sol junto a la pista, como si estuviesen esperando que los pasajeros pudieran convertirse en un apetecible desayuno.

En cualquier caso, no hay que preocuparse mucho por este inesperado comité de bienvenida, ya que no es probable que suceda otra cosa más que, tras el aterrizaje, disfrutemos de un agradable paseo en un bien equipado Toyota Land Cruiser, a través del bonito paisaje que rodea al Klein's Camp. No será raro que, mientras subimos y bajamos las suaves colinas de esta zona septentrional del Serengeti, veamos parte de la fauna con la que, en los siguientes días, no dejaremos de encontrarnos en nuestras excursiones matutinas y nocturnas.

Klein's Camp
La situación del Klein's es privilegiada, con no más de diez pequeñas, pero muy confortables cabañas, todas ellas con terrazas privadas que nos brindan magníficas vistas de la sabana que extiende su silenciosa y grandiosa serenidad frente al campamento.
La comida es buena y el personal amable y eficaz, bien predispuesto a darnos a conocer los secretos de este tan especial rincón del Serengeti, incluyendo la posibilidad de desayunar o comer en plena interacción con la naturaleza, en esos lugares que parecen exclusivo patrimonio de la fauna salvaje del parque.

Maasai
Cuando se creó el Parque Nacional Serengeti, se trasladó (no sin cierta polémica) a una gran parte de las comunidades Maasai que lo poblaban, las cuales se establecieron en las partes altas del Ngorongoro, pero aún quedan algunas pequeñas aldeas que conservan toda la pureza de su forma original de vida, a las que se han incorporado actuaciones del gobierno en materia de educación y sanidad, bien acogidas por los muy tradicionales Maasai. Visitarlas es siempre interesante para conocer mejor la realidad histórica de la región y nos da la posibilidad de adquirir algún recuerdo auténtico de la interesante artesanía de uno de los pueblos más extraordinarios de África.

Grumeti, en el otro extremo del parque, nos ofrece una alternativa diferente.
Su campamento está compuesto por grandes y cómodas tiendas situadas frente al río Grumeti, lo que le sitúa en un entorno muy distinto al del Klein's.
Aquí el río es el protagonista, tanto en la época en la que la migración nos ofrece el espectáculo de los ñus cruzándolo en su viaje hacia el norte, como en el resto del año, ya que a la fauna que predomina en la mayor parte del Serengeti, se unen cocodrilos e hipopótamos (aparte de algunas especies de monos y aves propias de la zona).
Grumeti cuenta, como ya hemos dicho antes, con su propia pista de aterrizaje (menos sorprendente que la del Klein's) y con la posibilidad de visitar el lago Victoria, no muy distante del campamento, aunque es una excursión que suele decepcionar a quien no la hace preparado para encontrarse con un paisaje dominado por una inmensa extensión de agua de color gris plateado, impresionante por su tamaño, pero bastante menos atractivo que el interior del Serengeti. Pese a todo, no deja de ser el mayor lago de África, el segundo en extensión del mundo entre los de agua dulce y, además, la principal fuente del Nilo.

Esperando el desayuno
Pero el Serengeti es mucho más que todo esto, es un universo en sí mismo, imposible de resumir en unas pocas líneas. Un enorme ecosistema que fue dado a conocer al mundo gracias al trabajo y al documental, pionero entre los dedicados a la conservación de los espacios naturales, de Bernhard Grzimek y su hijo Michael "Die Serengeti darf nicht sterben". Realizado en los años cincuenta del pasado siglo, ha contribuido, de forma notable, a despertar la conciencia del mundo, tanto a nivel individual como colectivo, acerca de la importancia de la conservación de uno de los lugares más especiales de nuestro planeta. 
En el Serengeti, la sabana africana adquiere su máxima dimensión, ofreciendo al mundo una realidad que casi parece imposible que exista, manteniendo todo sus esplendor natural, en pleno siglo veintiuno. Una de las grandes maravillas naturales del norte de Tanzania, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981.

La infinita llanura del Serengeti, la planicie sin fin de los Maasai, el grandioso océano terrestre de la vida, en el que millones de animales en plena libertad siguen representando el espectáculo interminable al que ya asistieron nuestros primeros antepasados, los habitantes de la Garganta de Olduvai, la cuna de la humanidad.

Nadie habrá conocido África sin haber visto despuntar el sol tras el horizonte eterno del Serengeti.


martes, 16 de julio de 2013

Al oeste de Tagomago

Tagomago es un pequeño islote, de atractivo nombre, situado al nordeste de la isla de Ibiza, a una media milla de distancia. Es rocoso, sin apenas vegetación, con poco más de mil quinientos metros de longitud y unos cien de ancho. Las aguas que lo rodean son cristalinas y muy limpias, con fondos de arena blanca e ideales para bucear o nadar, protegidos del mar abierto por sus rocas.

Tagomago
Al sur de la pequeña isla, un viejo faro ayuda a los navegantes nocturnos que hacen la travesía entre las Pitiusas y Mallorca.
Hoy, Tagomago es una propiedad privada que se alquila a astronómicos precios, lo que no impide a aquellos afortunados que puedan disponer de una embarcación, acercarse a ella y disfrutar de una de las zonas más extraordinarias del litoral ibicenco.

Porque frente a Tagomago nos encontramos con esa Ibiza idílica que parece detenida en el tiempo, alejada de los horrores vertiginosos de una fingida identidad que nunca fue la suya.

Un rincón de la costa
La Ibiza rural del norte es la que más me gusta. Y si la costa es extraordinaria, el interior lo es aún más, con sus solitarios campos de arcilla roja, algarrobos, romero, olivos, almendros, higueras, y pinos.
Entre la tranquila y suave curva de la familiar Cala Leña, hasta la incomparable playa de Aguas Blancas, el litoral nos ofrece pequeñas y recogidas calas y playas, aguas transparentes y rincones escondidos, algunos de ellos sorprendentemente despejados hasta en pleno verano.

Aguas Blancas, con su arena fina y dorada, protegida por un acantilado y con su belleza natural casi intacta, es uno de mis lugares favoritos. Esta playa, adquiere en septiembre su máximo esplendor, con pocos turistas y todo el mar ante nuestros felices ojos. El día que alguien haga de su estratégico chiringuito ese sitio especial que su ubicación merece, será difícil de superar en los sueños del viajero sosegado.

Aguas Blancas
Cala Mastella es otro de los rincones secretos de la zona. A poca distancia de la morena Cala Boix, esta pequeña y escondida calita nos ofrece su agua impoluta, rodeada de rocas y pinos, y el "bullit" de pescado más especial de la isla, el del asombroso chiringuito de Joan Ferrer, "El Bigotes". Para poder saborearlo, casi flotando en el mar, es preciso hacer una reserva en persona (no por teléfono) con anterioridad. Uno de esos sitios, tan auténticos y únicos que nos parecen incompatibles con el paso del tiempo.

"El Bigotes" en Cala Mastella
El hermano de "El Bigotes", el señor Xicu, fue con su familia propietario de muchas tierras en los alrededores de la carretera que une San Carlos con Cala Boix. Todavía hoy conserva algunas de ellas y una casa en la que he pasado muchos veranos felices y reposados, alejado de casi todo.
Desayunar en el pequeño puerto natural del Pou des Lleó, con un mar de un azul tan intenso que parece irreal desde el acantilado que lo domina, antes de dar un paseo en barco o nadar y descansar bajo el sol, entre rocas y pinos, es un lujo que cuesta poco y vale mucho.
Una paella en Salvadó (Pou des Lleó) o bajo los altos árboles de la terraza del restaurante La Noria (Cala Boix), es el remate definitivo para una mañana ibicenca de luz y mar.

Buzón de Correos en el Bar Anita
El pequeño pueblo de San Carlos, es el minúsculo centro urbano de referencia en la zona. Famoso por su veterano mercado hippie de Las Dalias, San Carlos es una localidad rural, con un especial e inagotable encanto. Su blanca iglesia de tres arcos y su legendario Bar Anita, situado en esa curva junto a la que, a diario, se juegan la vida varios de sus clientes, son dos iconos que muchos llevamos tatuados en el alma desde hace décadas. En mi caso particular, desde comienzos de los años setenta, cuando lo visité por primera vez. 

Los campos que rodean el pueblo son magníficos y se conservan en su estado original, con excelentes huertos de frutas y otros cultivos, cercados por sus tradicionales muros de piedra, y bonitas casas payesas dispersas por las laderas de sus suaves colinas.
El hotel más conocido de San Carlos es Can Curreu. Muy bueno y con un reconocido restaurante pero que, por algún motivo que no acabo de concretar bien, no acaban de entusiasmarme.
El que sí lo hace es el apartado Can Talaias, la antigua casa del genial Therry Thomas. Un hotel singular, situado en un enclave con el que es difícil competir.

Me gusta comer en Anita, especialmente en su maravilloso patio, y leer en la sobremesa, el periódico comprado en la tienda de al lado. Un poco más abajo, la boutique Papillon, nos muestra (a precios pre-crisis) una cuidada selección de moda con sabor ibicenco.

Mi casa en San Carlos
Si seguimos la carretera que va hacia San Lorenzo, dejando a un lado el desvío que lleva hasta el sofisticado Atzaró,  llegaremos a mi restaurante favorito del valle: Ca na Pepeta. En su jardín, que ha conservado, a través de los años, su estilo rústico original, tendremos la oportunidad de probar la verdadera comida ibicenca, de esa que ya no es fácil encontrar en casi ningún sitio.
Un restaurante auténtico donde los haya, con muy buena comida, la mejor greixonera de la isla y a unos precios más que razonables. 

No hay que complicarse mucho la vida cuando estás en esta parte de Ibiza, esa isla a la que llaman blanca pero que, como dice el poeta, es más azul, más verde y de tierra, como las estelas del mar sobre el tiempo, como las colinas, como las higueras... como la sombra de un beso en el viento.