lunes, 28 de abril de 2014

Aquella vieja Ibiza

No es necesario rememorar el tiempo de los cartagineses para recordar una Ibiza muy distinta de la actual, llena de encanto y capaz de hacer compatible la modernidad con la más auténtica tradición popular.
Hablo de la vieja Ibiza, la que yo conocí a principios de los años setenta y que todavía está presente en la memoria y hasta en la retina de muchos.

Atardecer en Ibiza
A lo largo de este artículo, breve en palabras y generoso en lo gráfico, gracias a las imágenes que ha rescatado Corrie Franse (y que yo reproduzco aquí, en un número muy limitado con respecto a las que ella ha publicado), voy a tratar de recordar algunos rincones y paisajes que tuve la suerte de conocer personalmente, tal como aparecen en estas fantásticas fotografías de la época, con ese colorido tan especial que ya es imposible conseguir con los modernos aparatos digitales, mucho más nítidos y precisos, pero incapaces de registrar los matices cromáticos que nos ofrecían las películas y las reproducciones impresas de la época.


La ciudad y el puerto de Ibiza
Me gustaría (y así lo hago) empezar por la propia ciudad de Ibiza, mi primer contacto visual con la isla cuando llegué a bordo de uno de aquellos viejos barcos que llegaban hasta el antiguo muelle, junto al obelisco a los corsarios.
Si todavía, ya bien entrado el siglo XXI, es, en verdad, impresionante adentrarse en la bahía y encontrarse, de frente, con el abigarrado, personalísimo y espléndido conjunto urbano del puerto más bonito del Mediterráneo occidental, es fácil imaginar la sensación del que se acercaba, por primera vez, a Ibiza en la cubierta de una de aquellas antiguas embarcaciones.
Por supuesto, apenas había unos cuantos pequeños barcos de pesca y era raro coincidir en los muelles con los buques de las otras líneas de pasajeros.
Huelga decir que no existía la marina del otro lado de la bahía y que el gran muelle donde ahora atracan los transbordadores era la zona de los pequeños pesqueros que acabo de mencionar (mucho más reducida, por supuesto).

Iglesia de San Carlos
El Montesol, a la entrada del paseo de Vara de Rey, era, claro está, el gran hotel de la villa y, junto a El Corsario y Pinocho, conformaba mi trilogía hostelera favorita.

Si no habías asumido el riesgo de llevar tu coche desde la península (cuando veías cómo lo descargaban sobre el muelle, colgado de una red con una muy dudosa capacidad de resistencia, tomabas la decisión de no repetir el mismo error en tu próximo viaje) era una excelente opción alquilar una Vespa. Algo que se hacía, desde luego, con independencia de saber conducirla o no. Eso sí, los cascos no existían en aquellos tiempos.


San Mateo
El campo de Ibiza no ha cambiado tanto.
Si te alejas de la ciudad (y, sobre todo, de San Antonio), desviándote por carreteras secundarias, hasta hoy te sientes transportado en el tiempo.
San Carlos siempre ha sido una de mis áreas preferidas. El mercadillo hippie de Las Dalias nació en los años ochenta, pero el de Es Canar existe desde principio de los setenta y el bar Anita (que sigue siendo el que más me gusta de la isla), desde siempre.
Las zonas rurales de San Carlos son una verdadera maravilla y su iglesia una de las más bonitas de Ibiza. Y, aunque su arquitectura no ha cambiado, ver su imagen, tal como era en aquellos años, es una auténtica delicia.

San Miguel
En la misma zona norte de la isla, pero atravesando esos bonitos campos de tierra roja hacia el oeste, llegamos a San Lorenzo, San Miguel y San Mateo.
No habrán faltado por el camino los pequeños muros de piedra que, tanto entonces como ahora, separan unas propiedades de otras ni los algarrobos y los árboles frutales, tan frecuentes en todas las fincas.
Casas habremos visto muy pocas y menos, aún, se veían antes.
Siempre organizadas alrededor de su iglesia, estas pequeñas poblaciones eran en los años setenta verdaderas maravillas, detenidas en el tiempo. Y seguían siendo enclaves puramente rurales, ya que el incipiente turismo se concentraba en la costa.



Puerto pesquero de Portinatx




En el extremo norte, tenía mucha fama la cala de Portinatx, considerada muy salvaje y natural.
Sus muy extensos pinares ayudaban a mantener un microclima que los visitantes nórdicos apreciaban mucho. El hecho de que era (y es) el punto más alejado de la capital, también contribuía a complementar su fama.
El pequeño puerto de pescadores, al final de la carretera, pasadas las dos calas principales que hay en Portinatx se conserva casi intacto y es un lugar fantástico para nadar en aguas cristalinas, pasear en barca y disfrutar de una puesta de sol bellísima y mucho más tranquila que las más concurridas alternativas del Café del Mar o cala Conta.

San Lorenzo
Volviendo a San Lorenzo, un rústico enclave con pocas construcciones, es bonito recordar lo muy oportuna que resulta la observación de sus lágrimas celestiales (las Perseidas), en la noche del diez de agosto, desde cualquiera de sus solitarios campos cercados, una vez concluidas las celebraciones locales del santo. Ya de buena madrugada, cuando se recupera la tranquilidad y el silencio, es (y lo era aún más en aquellos tiempos) un extraordinario y poco común placer, recibir a la lluvia de estrellas fugaces en lo que representa una impoluta y refrescante ducha de luz para el espíritu.


Aquella lejana Ibiza me fascina y sigue muy viva en mi recuerdo. Pero lo que hemos visto aquí es solo una pequeña muestra. Dejaremos para otro momento la memoria de las demás imágenes de aquel nostálgico pasado que siguen ocupando un lugar destacado en nuestro ánimo.

viernes, 25 de abril de 2014

De islas y playas

Hacer listas de "las mejores playas del mundo" es un ejercicio que vemos repetido muchas veces.
Yo nunca me atrevería a practicarlo, sobre todo por mi desconocimiento de la mayor parte de las playas que existen en el planeta, lo que convertiría mi relación en una propuesta un tanto temeraria, como mínimo.
Sin embargo, sí me parece interesante recordar unas cuantas playas lejanas que conozco y me gustan mucho, buscando en ellas un denominador común: el de estar todas en islas.



Entre las muchas y excelentes playas que se pueden encontrar en las Seychelles, Anse Lazio ocupa uno de los lugares más destacados.
Ya el hecho de estar en la isla de Praslin es una garantía de belleza limpia, natural y salvaje. En su misma isla tiene, desde luego, muchas competidoras que destacan por las mismas cualidades que Lazio.
Sin embargo, como casi siempre pasa con los lugares especiales, esta playa tiene algo, difícil de definir, que la coloca un escalón por encima de las otras que hay en la isla de la Vallée de Mai.
El hecho (insólito) de que, en 2011, dos bañistas fuesen atacados y muertos por un tiburón (se cree que en ambos casos se trataba del mismo), lejos de distanciarla del turismo, solo ha contribuido a aumentar su leyenda.
Su muy famoso restaurante, Bonbon Plume, situado en uno de los extremos de la playa, es uno de los más conocidos de Seychelles y ofrece una comida estupenda y unas vistas magníficas. Junto a él podemos contemplar unos cuantos ejemplares de tortugas gigantes autóctonas, que impresionan al viajero por su descomunal tamaño y perezoso comportamiento.



Sin  dejar el archipiélago, encontramos en la fantástica y salvaje isla de La Digue, una de las playas más espectaculares del mundo: Anse Source d'Argent.
Una playa diferente y extraordinaria, sobre todo por su combinación de grandes y caprichosas rocas de granito, arena blanca y aguas templadas y cristalinas.
Es la playa más bonita que conozco y, por si esto no fuera suficiente, se encuentra en una isla pequeña y tranquila, en la que la vida discurre al ritmo que debería ser el obligado en todas partes y no solo en este verde rincón del Índico con nombre de navío francés.
La Digue está muy cerca de Praslin, por lo que sería imperdonable no visitarla cuando estamos en ella y disfrutar de sus playas y de su particular flora y fauna, como el muy raro atrapamoscas negro del paraíso, un ave en serio peligro de extinción, que solo podemos encontrar en la Veuve Special Reserve.

Las Seychelles son uno de esos lugares en los que la naturaleza se mantiene milagrosamente a salvo de las tropelías del hombre, algo de lo que nos da una buena idea el video "Nature and wildlife in the Seychelles", aunque estas imágenes sean, tan solo, un avance de lo que le espera al visitante cuando se sumerge en la masiva belleza de estas islas extraordinarias.



Situada en pleno Virgin Islands National Park, la playa de Trunk Bay viene siendo considerada, un año tras otro, entre las más bellas del mundo.
Y es digna merecedora de este reconocimiento pues, tanto la propia playa como su entorno, son excepcionales.
Es famoso su paseo submarino por el arrecife de coral, que ofrece un muy interesante recorrido de unos doscientos metros sobre una vida sumergida llena de color y actividad. 
Conviene evitar la playa durante las horas centrales del día, pues su fama es tan grande que nunca faltan visitantes, pese a ser la única del parque en la que se cobra por entrar, pero a primeras horas de la mañana y al final del día se puede disfrutar de ella casi en solitario. Si lo hacemos así, tendremos tiempo, además, para recorrer una isla en la que la naturaleza sigue dominando gracias a que la mayor parte se encuentra protegida por el parque nacional.
La vista sobre el Sir Francis Drake Channel y las Islas Vírgenes Británicas, que nos ofrece el impresionante mirador situado al este de la isla de Saint John, es un espectáculo panorámico de los que dejan huella en el ánimo del viajero.



La isla de Santo Domingo, que incluye los estados de Haití y República Dominicana, cuenta con muy celebradas playas, muchas de ellas en la zona de Bávaro y Punta Cana. Pues bien, Juanillo es, según todos los indicios, la mejor playa de Punta Cana.
Solitaria y extensa, la mezcla de los cocoteros que se esparcen con gracia sobre su arena con las aguas claras, azules, templadas y tranquilas que la bañan, conforma un panorama de extraordinaria belleza. Para completar el marco general, una densa vegetación tropical cierra el escenario por su retaguardia.
Disfrutar de una jornada de playa en Juanillo es un verdadero lujo. Una inmensa y paradisíaca extensión de arena blanca y limpia casi para nosotros solos... sabiendo que, a pocos kilómetros, los turistas se disputan el sitio en sus concurridos y enormes hoteles.

Al comienzo de la bahía, ya sobre la propia arena, nos encontramos con Juanillo Beach Food & Drinks, un pequeño restaurante y bar, perfectamente integrado en el entorno, que nos ofrece todo lo que podemos desear para un perfecto día de playa, incluyendo unos grandes toldos blancos con tumbonas, de utilización gratuita para los clientes del restaurante. La comida es sencilla y excelente, el servicio amable... y el enclave espectacular. Sin duda, uno de los locales más atractivos que conozco y, desde luego, de esos a los que siempre apetece volver. Según dejan bien claro unos oportunos carteles señalizadores (que nos indican, asimismo, la dirección) este genial chiringuito se encuentra, exactamente, a 7.176 km de París, 908 de Caracas, 3.021,98 de Montreal y 1.457,75 de Miami. Una precisión que nos reconforta, en medio de una naturaleza tan poderosa.



De nuevo en el Índico, al norte de Zanzibar y muy cerca de su costa este, se encuentra la isla de Mnemba. No es probable que exista un lugar parecido en todo el mundo. La isla es muy pequeña, con su zona central poblada de vegetación (con algunos dik-dik, que viven felices en ausencia de depredadores) y completamente rodeada de una inmensa playa blanca, con un arrecife de coral a pocos metros de la costa. Es una propiedad privada, con un hotel (si se le puede llamar así), el Mnemba Island Lodge, cuya sofisticación absoluta está basada en un concepto único de lujo, natural y primitivo.
Apenas diez cabañas, sin puertas ni ventanas, se asoman a su playa privada desde el borde de la frondosa vegetación central. No está permitido usar zapatos en ninguna de sus impresionantemente sencillas instalaciones, apenas hay luz eléctrica y, si tenemos suerte, veremos el maravilloso espectáculo de las tortugas que acuden a poner sus huevos en la playa... o el de las recién nacidas, avanzando con lentitud y dificultad hacia el agua.
Los desayunos y las comidas se sirven bajo un discreto cobertizo, frente al mar. Y las cenas, bajo una cúpula de infinitas estrellas, sobre la propia arena de la playa, a unos pasos del agua.
El blanco de la arena casi daña la vista y el azul del agua es de un color turquesa tan intenso que no parece real. No, no es probable que podamos encontrar otra isla-playa-hotel similar a Mnemba en ningún otro sitio. Al menos, en el planeta Tierra.



Si Bora Bora es, de por sí, tan diferente y única que su mera evocación ya nos produce sueños paradisíacos, aún más lo son los pequeños islotes, conocidos como motu, que abundan en su laguna.
La mayoría de ellos están rodeados de su particular arrecife de coral y casi todos tienen vegetación en el centro y arena blanca junto al agua. Cuando te mueves por la laguna, parecen estar invitándote, permanentemente, a que te lances por la borda de tu embarcación y llegues a ellos a nado para dormir a la sombra de sus solitarios cocoteros, entre baño y baño...
El más bonito de todos es Motu Tapu. Y lo es tanto por su muy especial fisonomía, con sus playas apenas emergiendo de las transparentes aguas que lo rodean como, sobre todo, por la magnífica vista de Bora Bora que desde el islote tienen los pocos afortunados que lo visitan.
Pasar una mañana entera o una apacible tarde en Motu Tapu, sin nadie que perturbe tu paz es un regalo de valor incalculable. Aunque seas un avezado viajero, veterano de los grandes placeres de la naturaleza, no dejarás de sentirte cautivado por una sensación incomparable.
Dicen que la laguna formada por el arrecife de coral que rodea Bora Bora es la más bella del mundo y yo suscribo esa afirmación. Muchos han sido mis viajes, en los que he conocido lugares de absoluta belleza, pero si tuviera que elegir un destino para colocarlo en el primer puesto de la lista, mi selección recaería sobre este atolón de la Polinesia Francesa, enclavado en las Islas de la Sociedad. Y sería así porque Bora Bora es, en verdad, la perla encantada del Pacífico.


Seis playas y seis islas. Tal vez no sean las mejores. Y es cierto que hay muchas otras dignas de estar en el grupo de las elegidas por los dioses para conformar el olimpo dorado de las playas divinas, pero doy fe de que estas seis están bien grabadas en mi ánimo como poseedoras de las más bellas y destacadas virtudes. Seguro que Neptuno las visita con frecuencia.

lunes, 21 de abril de 2014

La muy noble villa de Alarcón

Casi a mitad de camino entre Madrid y Valencia, en un impresionante y excepcional enclave de la provincia de Cuenca, nos encontramos con la histórica villa de Alarcón.

Castillo de Alarcón
No es de extrañar que tenga orígenes muy antiguos, ya que su privilegiada situación sobre un pronunciadísimo meandro del río Júcar la convierte en lugar ideal para el asentamiento de una inexpugnable fortaleza.
Fueron los árabes quienes construyeron su castillo, tal vez sobre alguna anterior fortificación.
Su nombre es, asimismo e inequívocamente, de igual origen, pese a que hay quien mantiene que procede del rey godo Alarico II, al que la leyenda atribuye la fundación del pueblo, pese a sus indiscutibles antecedentes iberos y romanos.

Hoy, llegar a Alarcón requiere un pequeño desvío desde la A3 para tomar la antigua carretera general, que pasaba muy cerca de la villa y junto al pantano del mismo nombre, por lo que en estas épocas actuales de urgencias tan innecesarias como generalizadas, son menos los viajeros que se acercan para hacer un alto en el camino y descansar.
Este hecho puede que prive a Alarcón de una mayor afluencia de transeuntes, pero a mí me parece una magnífica circunstancia, que permite a quien renuncia a las prisas disfrutar más sosegadamente de un pueblo que es mucho más que su famoso castillo.

Torre del homenaje
Sin embargo, empezar por su poderosa fortaleza es una buena idea. 
Convertida en 1963 en el atractivo parador de turismo Marqués de Villena, merece una visita y, a ser posible, una reposada estancia entre sus muros. Su gran torre del homenaje, que data del siglo XV, es, sin duda, su elemento más destacado.

Junto a ella, en el patio del castillo, dos altos y nobles cipreses la enmarcan a la vista de quienes observan su majestuosa pared de piedra, coronada por almenas.
Sobre el interior de la  puerta que da acceso a este mismo patio, una placa recuerda que el infante don Juan Manuel, autor de El conde Lucanor, fue señor de este castillo y residió en él.

Pinturas murales de Jesús Mateo
Esta pequeña y bien cuidada villa de poco más de ciento cincuenta habitantes tiene una bonita plaza en la que está su ayuntamiento y la antigua iglesia de San Juan Bautista, en la que el artista Jesús Mateo desarrolló su ambicioso y muy celebrado proyecto de cubrir sus muros interiores con las grandes pinturas murales que han sido reconocidas por la UNESCO como una obra de alto interés artístico.

El resultado es impresionante y ha sido objeto de elogios por parte de múltiples artistas e intelectuales de todo el mundo. El patrocinio oficial de la UNESCO es prueba irrefutable de su valor, si bien para mí, lo más digno de resaltar es el extraordinario contraste que producen los frescos con la original arquitectura interior de la iglesia, cuyas falsas capillas laterales, delimitadas por arcos de medio punto y columnas, adosados unos y otras al muro, se presentan como unidades artísticas casi independientes, formando parte, a su vez, de un todo inseparable.

Pasear por el pueblo en primavera produce un placer intenso que se renueva en cada esquina y se revitaliza con las flores que alegran las rejas de las ventanas de unas casas que suelen contar con patios y bonitos portones de madera.

Otras tres iglesias dentro del casco antiguo se ofrecen a la curiosidad del visitante: Santo Domingo de Silos, la de la Santa Trinidad y Santa María del Campo (actual parroquia de la villa). Todas ellas tienen interés artístico, muy reforzado por el singular entorno en el que se encuentran situadas. 
Otros monumentos civiles, como el propio edificio del ayuntamiento, la Casa de Villena y el palacio de los Castañeda, completan el aspecto señorial del conjunto urbano.  

Como alternativas al parador (aunque sin sus muros centenarios, barnizados de historia) hay varios alojamientos en la villa, entre los que podemos nombrar al hotel Villa de Alarcón, al pequeño hostal Don Juan y a la familiar Posada del Hidalgo de Alarcón.

Santa María del Campo
También encontramos en el interior del pueblo algunos buenos restaurantes, como La Cabaña de Alarcón o La Alhacena, que son algo más interesantes, desde el punto de vista culinario que un parador que, como todos sus congéneres, ha perdido el atractivo gastronómico que antaño se añadía a sus imbatibles ubicaciones.

Con el paso de los años no consigo entender por qué, cuando viajaba en coche con mis padres, pasábamos con tanta frecuencia por aquella carretera. Pero el caso es que lo hacíamos. Y mi madre siempre quería parar en Alarcón. Mi padre, poco aficionado a hacer paradas cuando conducía, lo aceptaba si se trataba de Alarcón y, así, comíamos o tomábamos algo en el parador (recuerdo que la primera vez que lo visitamos estaba recién inaugurado).
Hace unos días he sido yo quien he casi obligado a mi hija a dar un rodeo para hacer una larga parada en el hogar de don Juan Manuel. Allí pude pasear y recordar alguno de los sabios consejos que Patronio diera al buen conde Lucanor en aquellos lejanísimos tiempos en los que Alarcón, la muy noble villa conquense, era mucho más que un bello paraje empujado a la historia por un río, el Júcar, que tuvo el capricho de cerrar su hoz sobre una peña inexpugnable.



martes, 1 de abril de 2014

Bajo la Acrópolis

Para conocer una ciudad no hay nada como vivir en ella.
Es obvio que no descubro nada con esta perogrullesca afirmación, pero viene al caso en este artículo porque si yo conozco razonablemente bien Atenas, es gracias a Eduardo y Carmela Baeza.

El Partenón
Ellos nos invitaron a su casa cuando vivían en la capital griega. Y fue un viaje magnífico, que me permitió descubrir algunos aspectos de la ciudad y del país, ocultos para esos turistas apresurados, que tienen que estar dependientes para casi todo de las agencias y los operadores.

Estar unos días viviendo en un barrio residencial de Atenas, moviéndote como un ateniense más, es un lujo. Un verdadero lujo. 
Y la única manera de entender la vida de un pueblo al que en occidente le debemos casi todo.

Akropolis (Óleo de Leo von Klenze, 1846)
Pasear por las calles poco turísticas de una ciudad con tanta historia siempre te brinda sorpresas interesantes y cuando, como allí sucede, el clima y la buena comida te acompañan, la estancia adquiere una dimensión especial y los recuerdos que genera están tan vinculados a los pequeños rincones apacibles que, gracias a este particular ritmo se han podido conocer, como a los grandes monumentos y a las piedras milenarias.

Por si todo esto fuera poco, Eduardo y Carmela tenían allí su barco, lo que nos permitió convertirnos en miembros ocasionales de su tripulación, vistiendo, desde luego, el preceptivo uniforme blanco de la "Baeza Crew".

Friso occidental del Partenón
Cuando estás en Atenas, por mucho que disfrutes con las noches del Pireo, las excursiones a Delfos y las comidas al aire libre en una de sus infinitas tavernes, tienes que subir a la Acrópolis y pasear, sin prisa, entre los restos de sus templos. Yo siempre he tenido la suerte de hacerlo en días de mucho calor y pocos turistas, una combinación que, para mí, es la perfecta.
Ya sé que las altas temperaturas asustan a muchos visitantes, pero no es mi caso. A mí me entusiasma estar en la más alta cumbre de la cultura occidental, bajo un cielo intenso y azul, con un sol poderoso que proyecta la sombra del Partenón sobre el polvo que cubre la roca de la colina sagrada.

Las cariátides del Erecteión
Las explicaciones históricas y artísticas las dejo para las bien documentadas guías que nos cuentan, con todo detalle, cuanto hay que saber del propio Partenón, los Propileos, el templo de Atenea Niké y mi favorito, el Erecteión y sus cariátides.
Para mí, en contra de lo que muchos aseguran, es fácil trasladarse desde allí a los momentos de máximo esplendor de la Grecia clásica, como también lo es, por desgracia, hacerlo a los de quienes, a través de los siglos, se empeñaron en destruir uno de los mayores patrimonios de la humanidad. Y fueron muchos. Aquí y en tantos otros lugares en los que el odio y la ignorancia triunfan, a diario, sobre la lealtad a la cultura, la historia y la belleza.

El templo de Atenea Niké
Y, tras el atracón de Pericles, Fidias y Calícrates, nada mejor que digerir la Acrópolis pasando la tarde en el barrio de Plaka.
Para acceder a la morada de los dioses, lo más recomendable es hacerlo por su entrada principal (a través de unos Propileos en permanente restauración) porque, entre otras cosas, nos permite una visión más monumental y escalonada de una maravilla que siempre sobrecoge y emociona, a medida que vamos subiendo hacia lo que queda de los templos de la gloriosa Atenea.
Sin embargo, para salir, es mejor hacerlo por el pequeño camino que desciende desde el lado oriental de la rocosa colina y que nos lleva, de inmediato, al barrio más auténtico de Atenas.

Plaka y la Acrópolis
Aseguran que, además, es el más antiguo. Y puede que lo sea.
Sus estrechas y empedradas callejuelas tienen el estilo heredado de los años de dominación otomana.
Enseguida nos damos cuenta de que nos encontramos en un ambiente muy acogedor, luminoso y agradable, desde todos los puntos de vista.
Plaka invita a pasear, a sentarse en sus múltiples terrazas, a rebuscar en sus muy numerosas y pequeñas tiendas... para acabar con una temprana cena en uno de sus acogedores restaurantes.
Yo soy un enamorado de la comida griega y, como tal, Plaka, a la sombra de la Acrópolis, es uno de mis lugares favoritos.
También quedan restos clásicos en el barrio, como la famosa Linterna de Lisícrates, que data del siglo IV a. de C. y ahí sigue, como si el tiempo no hubiese pasado por ella.

Una calle de Plaka
Antes he hablado de una cena "temprana" y no lo he hecho porque yo sea un entusiasta de las bárbaras costumbres nórdicas, sino porque cabe la posibilidad de que haya un espectáculo (tal vez un concierto) en el Odeón de Herodes Ático, un bien restaurado teatro romano, sede del Festival de Atenas. Si es así, no deberemos dejar de asistir. Una velada al aire libre bajo el Partenón (visible, incluso, desde algunos asientos) y con la Acrópolis iluminada sobre nuestras cabezas es, sin duda, algo que merece la pena.
Muy cerca, el Teatro de Dioniso, el mayor de la antigua Grecia y en el que fueron representadas obras de Esquilo, Sófocles y Aristófanes, nos muestra (en un excelente estado de concervación, fruto de una cuidadosa restauración, realizada en el primer tercio del siglo XX) la gran belleza de una exquisita construcción clásica dedicada a las artes escénicas.


El Partenón iluminado
Atenas es mucho más.
Yo me atrevería a decir que es infinita y, por supuesto, eterna, pero en estas líneas solo he querido recoger algunas pinceladas de aquel viaje, ya lejano en el tiempo, que hicimos para visitar a nuestros buenos amigos Eduardo y Carmela, a quienes en esos felices días atenienses bauticé, con justicia, como los Príncipes de la Acrópolis.

viernes, 28 de marzo de 2014

La Plaza Roja

La Plaza Roja y San Basilio
Aunque ya sé que decir esto suena a barbaridad, para mí, Moscú se identifica con la Plaza Roja y sus alrededores. Sinceramente, opino que, pese a las enormes dimensiones de la capital rusa, su verdadera naturaleza se concentra en la zona que rodea la plaza, incluyendo en ella el Kremlin y el Bolshoi, así como la primera parte de la magnífica calle Tverskaya, con sus muy extraordinarios edificios y comercios, como el legendario Eliseevsky, probablemente la tienda de alimentación más impresionante del mundo.

Ya muchos saben que su nombre nada tiene que ver con los rojos ladrillos del muro del Kremlin ni, tampoco, con el color con el que se identifica el comunismo, sino con su belleza. Su nombre es Krásnaya, que en el ruso actual es "roja". Sin embargo, esta misma palabra en el antiguo idioma ruso significa "bonita". Y, desde luego, lo es... bonita e impresionante.

La Plaza Roja
Su característico diseño rectangular tiene cuatro lados muy diferentes y, cada uno de ellos con una gran personalidad.
Sus dos laterales largos, al este y al oeste, tienen casi setecientos metros y están ocupados, respectivamente, por la inmensa galería comercial GUM (que bien podría ser, por su estilo arquitectónico, la estación central de Moscú) y la roja muralla del Kremlin, con sus tumbas de grandes personajes y el gran mausoleo que guarda la momia de Lenin
Al norte, el Museo de Historia de Rusia, otro edificio singular y característico, del mismo color intenso que el muro que la cierra por el oeste. 
Por fin, su lado sur, el más abierto de los cuatro, nos muestra las coloristas cúpulas de la basílica de San Basilio, símbolo para muchos de la propia ciudad de Moscú.

Pozharsky, Minin y San Basilio
La plaza en sí es una gran explanada de unas noventa hectáreas (más de diez campos de fútbol), casi totalmente despejadas.
El famosísimo y antiguo Patíbulo (Lobnoye Mesto), la estatua ecuestre en bronce del mariscal Zhúkov y las de Pozharsky y Minin, héroes de la independencia rusa, son los únicos monumentos visibles en la plaza, aparte del ya mencionado mausoleo de Lenin.

La visión de la plaza es más que impresionante desde casi todas las perspectivas, destacando siempre los blancos palacios y catedrales del Kremlin, que asoman serenos y majestuosos por encima de la protectora muralla roja que lo rodea, con sus altas y puntiagudas torres.

El Moscova
El Kremlin merece una reposadísima visita, que no debe dejar de contar con un paseo por los jardines de Alejandro ni con otro junto al Moscova, para poder disfrutar de las grandiosas vistas desde el río.

Al contrario de lo que sucede con el Kremlin, el interior de la basílica de San Basilio representa una visita breve, aunque, sin duda, interesante.
Por su parte, las exclusivas tiendas de la galería GUM no dejan de ser más que una fría sucesión de marcas, similar a las que podemos ver en cualquier zona comercial de lujo en otros muchos lugares del mundo. A mí me gusta mucho más el zoco de Fez o la calle Fuencarral de Madrid, pero hay gustos para todo.

El Bolshoi en 1856
Lo que es absolutamente imprescindible es una noche en el Bolshoi.
Tras su costosa y profunda remodelación, hoy vuelve a ser el gran rival del Mariinsky de San Petersburgo en su permanente lucha por la supremacía musical del teatro ruso.
Pocas cosas hay en el mundo del ballet o de la ópera como una velada en el Bolshoi, tras una ajetreada jornada en el centro de Moscú y un chocolate bien caliente en el Café Pushkin (como Gilbert Bécaud y su rubia guía Nathalie), donde, además, me gusta cenar después del teatro, más que en ningún otro sitio.

Café Pushkin
El mejor hotel de Moscú es, sin la menor duda, el Ritz-Carlton. Y lo es tanto por su calidad y elegancia como por su situación, a muy pocos pasos de la Plaza Roja y en el comienzo de la gran avenida de la ciudad, la ya mencionada Tverskaya. 
Haciendo un gran sacrificio, se puede sustituir este hotel por el Marriott, siempre y cuando el viajero tenga la suficiente presencia de ánimo como para evitar el muy probable y profundo desaliento que la visión de su deprimente página web produce hasta en los espíritus más aguerridos y bien templados.

Y para terminar mi particular (y reducida) visión de la capital rusa, tengo que mencionar sus palacios subterráneos. El Metro de Moscú es una de las visitas obligadas y su uso muy recomendable.  Aparte de que es el mejor medio de transporte de la ciudad (rápido, limpio, seguro y barato), sus estaciones son verdaderas obras de arte. Cada una de ellas tiene su propia arquitectura monumental y es fiel reflejo de la época en la que fue construida.

Metro de Moscú
Pinturas, mosaicos, frescos, vidrieras, bóvedas, mármol, columnas y estatuas son frecuentes en una de las redes de ferrocarriles subterráneos más grande del mundo, construida, en su mayor parte, en los años de apogeo de lo que fue la Unión Soviética, lo que se refleja en muchos temas de la decoración, que llena pasillos, vestíbulos y andenes. Un espectáculo, prácticamente gratuito, que nadie que esté en Moscú debe perderse y en el que destacaremos, además de su brutal arquitectura, tan distante del utilitarismo de la mayoría de los ferrocarriles metropolitanos de otras grandes ciudades, su curioso sistema de voces de aviso masculinas o femeninas (según el sentido de la marcha del tren) y las profundísimas estaciones creadas en los momentos más intensos de la Guerra Fría, concebidas como posibles refugios nucleares.


La Plaza Roja es uno de los grandes espacios urbanos del planeta, no solo por sus dimensiones, sino, también, por su significado histórico. Decir que con verla hemos visto Moscú es una evidente exageración, pero lo que sí es cierto es que en ella está recogida una buena parte del espíritu de la mayor ciudad del país más grande del mundo.

martes, 25 de marzo de 2014

Sobre las cenizas de Cartago

Túnez es un país que ofrece mucho a quien lo visita.
Sus costas y playas son excelentes y acogedoras; el desierto, impresionante y grandioso; sus vestigios romanos, magníficos... pero, bajo lo mucho y muy atractivo que allí podemos ver y disfrutar, está lo más importante: las cenizas de una de las civilizaciones más poderosas del Mediterráneo: Cartago.

Ruinas de Cartago
El gran estado púnico fue, durante más de seis siglos, la mayor potencia naval de occidente, colonizadora del norte de África, de Iberia, de las islas mediterráneas. Rival de Grecia y hasta de su propia metrópoli original, Fenicia, se convirtió en la mortal enemiga de Roma hasta su total destrucción en la III Guerra Púnica por Escipión Emiliano, en el año 146 a. C.

La toma de Cartago fue una batalla terrible en la que se luchó calle por calle y casa por casa. La gran ciudad fue arrasada y sus cientos de miles de habitantes, exterminados. Solo unos cuantos fueron hechos prisioneros y convertidos en esclavos.

Dido (Cayot)
Más de cien años después, se levantaría sobre sus cenizas una colonia romana, Julia Cartago, que, con el paso de los siglos, estuvo bajo el dominio de los vándalos, de los bizantinos y, finalmente, de los musulmanes.

No sé si las más de cuatro civilizaciones que, sucesivamente, ocuparon la península que viera crecer a la gran Cartago, fundada por la legendaria y trágica reina Dido, princesa de Tiro, fueron suficientes para sepultar bajo su peso a la ciudad que puso en jaque a Roma, pero hoy es difícil encontrar sus restos originales.
Sin embargo, desde la colina de Birsa (donde fue establecida por la propia Dido la ciudadela que dio origen a Cartago) se divisan los puertos que dieron fama a Cartago en el mundo antiguo. Allí, con la vista puesta sobre un horizonte azul que se funde con el cielo, sí que nos transportamos con la imaginación a los tiempos gloriosos de Amílcar, Asdrúbal y Aníbal, los grandes generales púnicos.

Y, bajo nuestros pies, se esconden siete siglos de una poco documentada historia, borrada por Roma con esmero.

Villas romanas en Julia Cartago
Reconozco que no soy un viajero normal, pero yo pasaría días y días en Birsa, inmovilizado por la fuerza de un imperio militar y comercial, tan unido a nuestros orígenes y tan lejano en la memoria.
En pocos sitios he sentido esa sensación atemporal, triste y eterna, que nos hace volar sobre el pasado de la humanidad sin que apenas hagamos esfuerzo.

Muy cerca de lo que fuera Cartago se encuentra el pintoresco pueblecito azul y blanco de Sidi Bou Said, un enclave con privilegiadas vistas y la fortuna de tener en vigor, desde 1920, una ley que obliga a pintar las fachadas de blanco y de azul claro las ventanas y puertas.
El pueblo está en lo alto de una colina, junto al mar, lo que, unido a lo bien conservado de sus calles y casas, ayuda a conformar un conjunto de especial belleza y sosegado aspecto. Dudo que exista otra villa mediterránea tan delicadamente perfecta, con la excepción, tal vez, de algún recóndito pueblo en alguna isla del Egeo.

Sidi Bou Said
Pasear sin prisa por Sidi Bou Said es un placer para el viajero.
Como lo es detenerse en alguno de sus pequeños cafés (particularmente en el fantástico Café des Nattes, que sigue conservando la atmósfera que sedujo a artistas como Paul Klee y Macke) para tomar un té o comer algo.
Sin duda es el complemento más recomendable y un buen contraste a las intensas emociones internas que produce la visita a los exiguos, pero poderosos restos cartagineses o los incomparables mosaicos romanos del Museo Nacional del Bardo.

El mejor hotel de los alrededores es The Residence. Un lugar elegante y sin estridencias, situado en lo que hoy es el área más exclusiva de Túnez, en las afueras de la capital, junto al mar, a poca distancia del aeropuerto y próximo al centro histórico de Cartago.

Sidi Bou Said de noche
Y antes de abandonar el norte de Túnez con el nada desdeñable objetivo de adentrarse en el desierto o disfrutar de las dulces costas tunecinas, el visitante querrá comer y cenar, tantos días como le resulte posible, en el excelente Dar El Jeld, en mi opinión el mejor restaurante tradicional del país, cuya buena cocina se une a una bien cuidada decoración clásica y a un servicio que en nada desmerece sus otras grandes cualidades. Dicen que hay otros buenos en la capital (y yo no lo dudo), pero me gustaba acabar siempre la jornada cenando en su gran patio central y reposar las incidencias del día con la seguridad de no tener una sorpresa que pudiera empañar los vibrantes sentimientos despertados durante la jornada.


Luego, con el alma aún sobrecogida por esta inmersión del espíritu en el corazón de la gran Cartago, emprenderemos viaje hacia Tozeur. Pero eso ya merece un relato aparte.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Comer en Nueva York (III)

Siempre que escribo sobre restaurantes debo recalcar que no hablo, necesariamente, de los mejores o de aquellos que están más de moda, sino, también, de los que, por un motivo u otro, me han gustado en alguna ocasión o me traen buenos recuerdos. Esta tercera entrega dedicada a los de Nueva York no es una excepción.


Si hay un restaurante en Manhattan que represente la esencia del viejo Broadway, ese es Sardi's.

Las caricaturas de Sardi's
Situado en pleno Times Square, este restaurante es, sin duda, el más clásico de la zona y, desde mi punto de vista, el más recomendable para una cena previa o posterior a un espectáculo teatral o musical.
Innumerables actores y personajes famosos de la escena lo han visitado durante sus casi noventa años de vida y hoy lo siguen haciendo. Las caricaturas de todos ellos adornan sus paredes y confieren al local su inconfundible y particular estilo.
Comer en el salón de la planta baja (y, sobre todo, cenar) es hacerlo rodeado de las glorias de Broadway y Hollywood de todos los tiempos.
Según cuentan, el primer caricaturista de Sardi's, Alex Gard, hacía gratis su trabajo a cambio de una comida al día.
A raíz de la desaparición de la caricatura de James Cagney el día de su muerte (en 1986), las caricaturas originales fueron retiradas de la pared y sustituidas por copias. También se entrega otra copia al personaje caricaturizado.

Desde que Vincent Sardi lo fundase (primero en 1921 y en su actual emplazamiento en 1927), el restaurante ha conseguido mantener su gran popularidad a través de las décadas y su fama siempre ha seguido creciendo gracias, entre otras cosas, a sus múltiples apariciones en películas y series de televisión. En él se gestó, en 1946, la creación de los Tony Awards, entregados por primera vez al año siguiente (uno fue, precisamente, para el propio Vincent Sardi Sr.), y en sus locales se anunciaron las nominaciones a estos premios durante mucho tiempo.

A pesar de sus orígenes italianos, Sardi's es un restaurante de comida continental, es decir, europea. Es, asimismo, muy conocido por sus cócteles.

Una visita imprescindible para conocer la esencia de Broadway.



Es cierto que el restaurante Alfredo del Rockefeller Center no es uno de los grandes de Nueva York. Sin embargo, el hecho de que, en cierto modo, sea el heredero de la célebre receta que el primer Alfredo crease en Roma, en 1914, para restablecer el perdido apetito de su mujer durante el embarazo, es un punto a su favor.
Los Alfredo americanos datan de 1977 y son obra de Guido Bellanca, un amigo de la familia que trasladó, con éxito, la fórmula original romana al nuevo mundo.

Fetuccini Alfredo
Mi recuerdo de los fetuccini de Alfredo está, irremediablemente, ligado a una poderosa nevada sobre Manhattan en la tarde previa a una Bohéme en Broadway.
A la salida del teatro era casi imposible andar por unas calles y avenidas bloqueadas por una nieve que había dejado Times Square casi desierto.
Fue uno de los últimos viajes que pude hacer con mi hijo y no cabe duda de que la calidad de los fetuccini (que ya era buena, de por sí) fue notablemente mejorada, en el recuerdo, por esta circunstancia y por la inmortal música de Puccini.

No he vuelto a comer en Alfredo, aunque es probable que lo haga la próxima vez que coincida mi visita a Nueva York con una copiosa nevada.



Un descubrimiento relativamente nuevo que me ha gustado mucho.
Docks es un animadísimo y joven restaurante, con mesas distribuidas en dos niveles, alrededor de una barra central, siempre concurrida.
Sus grandes ventanales agrandan un espacio amplio y muy bien decorado, lo que contribuye a crear un ambiente muy agradable e informal que complementa a la perfección una siempre excelente comida, basada en la calidad de sus ingredientes.

Docks
Su especialidad, como ya nos indica su nombre, es el pescado, pero la carne y todo el resto de la carta no desmerecen en absoluto. Y sus precios son razonables, lo que es digno de resaltar en Manhattan.
Por la noche hay música de jazz en directo. 
Una compañía que nunca molesta por estar muy bien incorporada y que se adapta a la perfección al estilo del local.

Tiene horario de cocina continuo y su situación, en la muy dinámica Tercera Avenida, muy cerca de las Naciones Unidas, es una ubicación ideal, teniendo en cuenta la gran cantidad de oficinas que hay en la zona.

Para mí se ha convertido en una referencia que procuro no dejar de visitar en mis viajes a la que nunca dejará de ser una de mis ciudades favoritas.



Un gran restaurante griego, especializado en pescado, muy de moda en los últimos tiempos.

Milos
Entre la Avenida de las Américas y la Séptima Avenida, cerca del Carnegie Hall, este sorprendente local está lleno a todas horas de un público que busca una atmósfera mediterránea, cosmopolita y moderna.
Milos abrió su primer restaurante en Montreal, hace más de treinta años, y hoy cuenta con un total de cinco (Montreal, Nueva York, Atenas, Las Vegas y Miami).
Basa su éxito en la calidad de sus productos y entre ellos, como ya he dicho, el pescado es su estrella. 
Está a la vista y se elige y sirve al peso, normalmente preparado de una forma muy sencilla, sin esconder su sabor tras una elaboración artificial o sofisticada en exceso.
El postre más aclamado de la casa es el yogur de leche de cabra con miel, sin desmerecer a un excelente karidopita (pastel de nueces griego). 

Milos está decorado como si fuera una terraza, con grandes sombrillas blancas bajo un altísimo techo, grandes ánforas en el suelo y comida expuesta en pequeños puestos, simulando los de un mercado mediterráneo. Tiene una animada barra y, desde luego, no es nada raro encontrarse con algún personaje conocido cenando en una mesa próxima. La última vez que estuve allí, por ejemplo, Woody Allen compartía la de al lado con unos amigos.

No es barato, pero el sitio y, sobre todo, la comida, justifican el precio.



El enlace a la web de este elegante italiano <www.nellorestaurantnyc.com> nunca funciona, así que pongo otro a una crítica del New York Times que, como es habitual en las opiniones sobre este controvertido local, le resulta poco favorable, especialmente en lo que se refiere al precio.

Nello
Nello Balan, rumano de nacimiento, abrió en 1992 su restaurante del 696 de Madison Avenue. 
Pronto se convirtió en un lugar muy frecuentado por celebridades que se dejaban ver en uno de esos sitios que se vuelven especiales, sin que nadie sepa muy bien por qué.
Yo tengo que reconocer que el estilo sencillo y clásico de este restaurante me gusta. Tiene clase, pero parece no querer aparentarla y creo que este es, precisamente, el secreto. Sin embargo, cuando conoces a Nello Balan, te das cuenta de que es un personaje que rezuma todo lo contrario a lo que transmite su local. Un contrasentido difícil de entender, la verdad.

Dicen que es un restaurante para ricos y no para aquellos que son sensibles al precio. Puede que tengan razón. En cualquier caso, lo más prudente es no pedir nunca los platos especiales, ya que es costumbre de la casa no especificar en ellos el precio y este suele ser muy sorprendente (en el peor sentido que pueda darse a esta palabra).

Ahora parece que Balan va a abrir una sucursal de Nello en el Mayfair londinense y ya se está levantando un cierto revuelo en la capital británica. Seguro que Roman Abramovich, el millonario ruso dueño del Chelsea FC y cliente de Nello, estará tan contento de no tener que viajar a Nueva York para tomarse las botellas de vino de cinco mil dólares que, al parecer, bebía con sus invitados cuando visitaba el restaurante de Madison Avenue.

Sintiendo disentir con los feroces críticos de Nello (casi todos ellos lo son por motivos económicos) yo insisto en que me gusta. Es muy cierto que es caro, pero para comer barato hay otros sitios en Nueva York (y aún sale más barato quedarse en casa).



El Hotel Mercer, en el 99 de Prince St, es ya una institución en el SoHo neoyorquino y su restaurante le ha seguido los pasos.

(The Mercer) Kitchen
Ya el espacio destinado por el hotel al comedor es lo suficientemente original como para llamar la atención. 
Situado en el sótano de un magnífico edificio de ladrillo, que data del siglo XIX, cuenta con diseño abierto y amplio, de una sencilla sofisticación, llena de buen gusto y criterio en su diseño y decoración. Al fondo está la cocina, formando un solo cuerpo con un salón de largas mesas corridas, rebosante de madera y tonos marrones. Arriba, en la planta de calle, un café en el que se pueden tomar los postres que sirven en el restaurante es una extensión natural y acertada del comedor de abajo.

La comida es sencilla y muy rica, con una cuidada presentación, en sintonía con lo que se espera de un local contemporáneo que transmite modernidad en todos sus detalles.

El SoHo está lleno de sitios interesantes para comer y, además, como barrio vivo y comercial que es, siguen surgiendo cada día otros nuevos que llaman nuestra atención, pero el Mercer y su restaurante se mantienen, a través de los años, como lo que son: una referencia permanente para quienes allí residen y, desde luego, para los muchos visitantes que nunca dejan de frecuentar esta zona del sur de Manhattan.



Desde su fundación, en 1997, este bonito local de Spring St (también en pleno SoHo) se ha convertido en uno de los más populares de un barrio en el que, como ya hemos dicho, la oferta gastronómica es variada y atractiva.
Balthazar es, a la vez, un bistrot/brasserie francés de cuidadísima decoración tradicional y un obrador y repostería de excelente reputación. Este obrador ha tenido tanto éxito que Keith McNally, dueño y fundador del restaurante, se ha visto obligado a abrir en la vecina Nueva Jersey una división mayorista que distribuye sus bien elaborados productos artesanos a un gran número de comercios y restaurantes.
Balthazar

El amplio salón de Balthazar siempre está animado y sumergido en una atmósfera parisina muy bien lograda y mantenida por quien ha sido, asimismo, el creador de un buen número de locales de restauración en otros barrios de Manhattan (Pastis, Morandi, Schiller's, Lucky Strike...).

Es indudable que Keith McNally ha dado con una fórmula que funciona muy bien y que no es otra que combinar la buena calidad de los productos que sirve en sus restaurantes con una decoración y un ambiente perfectamente integrados en el espíritu del local. Balthazar es, tal vez, el mejor ejemplo de su éxito.



Estas opiniones personales sobre algunos locales de Nueva York que me gustan, complementa las ya expresadas en los anteriores artículos publicados en este blog, Comer en Nueva York (I) y Comer en Nueva York (II).