viernes, 29 de agosto de 2014

Chile, tierra de volcanes

En Chile hay más de dos mil volcanes. Y casi la cuarta parte de ellos registran algún tipo de actividad. Es, junto con Indonesia, la zona de mayor concentración de volcanes activos del mundo y comparte con el vecino país de Argentina, el cinturón volcánico de los Andes, en el que se encuentran varios que superan los seis mil metros de altura.


Volcán Villarrica
Sobrevolarlos es, en verdad, espectacular y ofrece unas vistas solo comparables con las del Himalaya o, más modestamente, con las de los Alpes, aunque yo creo que la belleza de los volcanes chilenos es única por su disposición alineada con la costa, de la que, además, están tan cercanos que producen un efecto geográfico único.



De todos ellos, mi favorito es el Villarrica. Tal vez por su perfecto cono nevado, surgiendo imponente en las proximidades del lago y siempre coronado por su permanente fumarola que nos recuerda que es uno de los más activos. No es, desde luego el más alto, ya que no alcanza los tres mil metros de altura, pero su aspecto es de una belleza especial y se encuentra enclavado en una región natural extraordinaria, que alberga grandes bosques y renombrados balnearios de aguas termales.
Yo tuve la gran fortuna de ascender por las laderas del volcán cuando visité Chile, gracias a la generosa amabilidad de mi buen amigo Juan Carlos Fabres, uno de los empresarios de publicidad más importantes del país andino, quien tuvo la gentileza de invitarme y acogerme con una hospitalidad más propia de un hermano que de un amigo.

Mi periplo en aquel viaje fue accidentado. Y no lo fue por culpa de Juan Carlos, quien, por el contrario había procurado que el larguísimo trayecto desde Madrid fuese lo más cómodo posible, sino por el retraso de una línea aérea que me impidió llegar a tiempo a la conexión prevista. Ello provocó una serie de disparates sucesivos que terminaron con un itinerario Madrid - Caracas - Bogotá - Guayaquil - Quito - Buenos Aires - Santiago - Valdivia - Santiago - Sao Paulo -Río de Janeiro - Madrid. Todavía hoy, un cuarto de siglo después, me agota recordarlo...

Con las maletas, lógicamente, perdidas (supongo que debieron coger gusto al avión y continuaron su periplo, haciendo unas cuantas escalas más), conseguí llegar (de milagro) al aeropuerto de Santiago y contactar con los Fabres, quienes supongo que ya daban por perdidos a sus invitados españoles.

Gracias a las atenciones de Juan Carlos, su esposa Jeanette y sus hijos, no resultó difícil reponerse en el excelente hotel Kempinski Plaza (creo que ya no pertenece a la cadena Kempinski, pero yo juraría que es el mismo) y, tras asistir a una gran representación del Spartacus de Khachaturian en el magnífico Teatro Municipal de Santiago y pasar una divertida y soleada jornada de golf en el Club Los Leones, tomamos todos un vuelo a Valdivia (la ciudad austral más antigua del mundo -1552- y víctima del mayor terremoto de la historia -1960-) para dirigirnos a Villarrica.

Los mapuches llamaban al volcán Rukapillan, lo que viene a querer decir algo así como "casa del espíritu". Parece un nombre apropiado, sobre todo si tenemos en cuenta su frecuente actividad, con numerosas erupciones registradas, algunas de ellas muy potentes y destructivas.

Lago Villarrica
Subimos por la ladera, en busca del viejo espíritu (que, por suerte, parecía estar dormido), hasta donde nos permitió la nieve y el glaciar que corona el volcán, por lo que no nos resultó posible llegar hasta el cráter desde el que hubiésemos podido ver su amenazador lago de lava. Lo que sí tuvimos la oportunidad de observar fue el Parque Nacional Villarrica, en el que se encuentra situado.  
Algo más lejos, dos grandes y muy profundos lagos se extienden, serenos y rodeados de frondosos bosques de araucarias. Son el Villarrica y el Calafquén. 
Y mirando en dirección contraria al océano, también podemos alcanzar a ver otros dos volcanes vecinos, el Quetrupillán y el poderoso Lanín, con sus 3.776 metros de altura, cuya cumbre es punto de encuentro entre Chile y Argentina.

Termas de San Luis
Estando en la zona, se hace imprescindible visitar los dos bonitos y muy acogedores pueblos de Villarrica y Pucón, ambos en la orilla del lago, en los que nos encontraremos con el fiel recuerdo de los bravos mapuches y de los colonos alemanes que se instalaron a mediados del siglo XIX y crearon una comunidad germano-chilena que sigue conservando muchas de sus viejas costumbres originales, en particular, las culinarias.

Para culminar el viaje por esta bella región chilena, es preciso acabar en la Termas de San Luis, un enclave asombroso, en el que las construcciones de madera, los inmensos bosques, recónditos senderos y piscinas de aguas termales parecen surgir del pasado para ofrecer un descanso natural que nos traslada a un mundo imaginario e irreal, en el que el descanso, la tranquilidad y la relajación son de obligado y feliz cumplimiento.

Otra de las fantásticas sorpresas que la familia Fabres nos tenía reservada.


Volcán y lago Villarrica
Chile es mucho más que todo esto, pero en nuestros apresurados días los viajes son, lamentablemente, más cortos de lo que nos gustaría que fueran. Como la vida, así que aprovechemos unos y otra.



Gracias, Juan Carlos.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Miró en Ibiza

El lagarto de las plumas de oro (tapiz)
El Museu d'Art Contemporani d'Eivissa acaba de albergar una bonita exposición de Joan Miró que, realmente ha merecido la pena visitar.

Está situado en pleno Dalt Vila, junto a la muralla y muy cerca de la Plaça de Vila, verdadero centro de la vida nocturna de la vieja ciudad amurallada, en la que se concentra una buena parte de su excelente oferta gastronómica. La Plaza y La Oliva son mis dos favoritos, pero hay bastantes más, muchos de ellos son una opción interesante.

El edificio nuevo del museo

Dos son los edificios que conforman el museo. El edificio antiguo es una muy vieja construcción militar que data, originalmente, del siglo XVI y que está adosada a la muralla y semienterrada en un terraplén del baluarte de San Juan. El moderno, diseñado por Víctor Beltrán Roca, es de un blanco impoluto y forma una bien resuelta combinación con el edificio original que, inaugurado en 1964, es, sin duda, uno de los museos de arte contemporáneo más antiguos de España.

El nuevo espacio fue inaugurado en 2012 y durante su edificación, se descubrieron restos arqueológicos de gran valor que hoy podemos contemplar bajo el suelo del sótano.


Pocos visitantes tiene, por desgracia, este atractivo espacio cultural, como también son escasos los del bien instalado museo que se encuentra junto al yacimiento de la necrópolis púnica y romana del Puig des Molins, en el que se conserva el busto de la diosa Tanit, verdadero símbolo de la Ibiza antigua, que a mí siempre me ha parecido de una especial y singular belleza.


Pájaro frente al horizonte (1976)
La exposición de Miró ha permanecido durante cuatro meses en el museo y en ella hemos podido disfrutar de cuarenta obras, trece de ellas inéditas. Un auténtico lujo. 

Mujeres, astros y pájaros (como es habitual en Miró) son los temas centrales de un total de veinticinco pinturas, un tapiz y catorce esculturas de bronce que, bajo el sugerente título de 'La luz de la noche', han iluminado la oferta cultural de una ciudad cuyos muy numerosos visitantes no suelen destacar por su interés en las artes plásticas, pese a ser Ibiza tierra de artistas y poderoso imán para quienes aman la belleza y cualquier disciplina artística.


Miró, tan vinculado a Mallorca durante toda su vida y gran parte de su obra, realizó tres viajes a Ibiza, tal como se recoge en el catálogo de una exposición que ya es histórica, pues  es la primera vez que la isla presenta, formalmente, una muestra del gran artista surrealista nacido en Barcelona y fallecido en Palma de Mallorca, a los noventa años, tras dejar una extensa, extraordinaria y muy diversa obra, aclamada internacionalmente.



Interior del edificio antiguo del museo
Tras Miró, no hay que dejar de recorrer la otra muestra, la permanente del museo, bien expuesta y encuadrada en el edificio original, que cuenta con un par de ventanas abovedadas, las cuales nos brindan una perspectiva diferente de la muralla y las blancas casas que la flanquean. 


Y, finalizada la visita, es imprescindible dar un paseo reposado, sin prisa, por sus alrededores, impresionantes como siempre, pero que ahora cuentan con el valor añadido de haber acogido a un invitado tan ilustre como Joan Miró, cuyo arte ilumina no ya la noche, sino todo el inmortal espíritu de Ibiza.

viernes, 8 de agosto de 2014

Del sol a la luna, pasando por Teotihuacán

México es, como bien decía mi amigo Pancho Medina, el país de la eterna primavera.
Aunque, en realidad, es mucho más que eso. 
Calzada de los Muertos
Pocos lugares del mundo son depositarios de tantas y tan diversas virtudes como la gran nación mexicana, que las tiene de todo tipo, si bien yo destaco, por encima de las demás, a su gente, que es más extraordinaria, todavía, que las inmensas bellezas de su tierra, lo que es decir mucho.


En mi primer viaje a México, tuve ya la oportunidad de visitar Teotihuacán y fue, sin duda, una de las mejores etapas de unos días cargados de actividad, con especial inmersión en la riquísima cultura mexicana. 

Teotihuacán me dejó impresionado. Eran tiempos de menor afluencia turística y una de mis misiones era contribuir al aumento de visitantes españoles. Hoy, viendo las riadas de personas que inundan el valle de Teotihuacán, me pregunto si me excedí en mi cometido...


Pirámide del Sol desde el cielo
Bromas aparte, lo cierto es que en aquellos tiempos se podían visitar los grandiosos monumentos prehispánicos que florecieron hace casi dieciocho siglos a lo largo de la calzada de los Muertos (la larga calle que marca el eje principal del gran yacimiento arqueológico) casi, casi en soledad o, al menos, sin aglomeraciones.
Sobre todo, si tenemos en cuenta que al ser invitados especiales del Turismo de México disfrutábamos de ciertos privilegios de horarios y accesos, restringidos al público en general. Una ventaja que sería inapreciable en nuestros días.




Teotihuacán, declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987, se encuentra en el estado de México, a unos cuarenta y cinco kilómetros de la capital federal.
Se trata de un complejo arqueológico excepcional e inmenso, donde todo adquiere una dimensión monumental, propia de lo que fue durante su período de esplendor que, según dicen los expertos duró unos trescientos años, hasta que empezó a caer en decadencia, hacia el siglo VII de nuestra era. 

El valle en el que se asienta es, también, grandioso y contribuye, en buena medida, a darnos idea de lo que fue aquella civilización, cuando lo habitaban cerca de doscientas mil personas.


Pirámide de la Luna
Aunque dicen que ahora se organizan cortas y rápidas excursiones desde la Ciudad de México, yo no soy, en absoluto, partidario de ellas. Me parece indispensable pasar allí un día entero, a ser posible evitando el solsticio de primavera, claro está, pues en esa fecha las multitudes que acuden a las pirámides, en busca de su energía purificadora, son abrumadoras.



La pirámide de la Luna cierra el conjunto por el norte y desde sus cuarenta y  cinco metros de altura se divisa una panorámica espectacular. Frente a nosotros, la calzada de los Muertos, con sus dos kilómetros de longitud, se extiende hasta la Ciudadela, en la que se alza la pirámide de la Serpiente Emplumada, y a la izquierda surge la silueta, enorme y majestuosa, de la gran pirámide del Sol, con su gran planta cuadrada de más de doscientos metros de lado, la mayor de de Mesoamérica, tras la gigantesca de Cholula.



Teotihuacán (óleo de José María Velasco)
A mí me gusta mucho imaginarme el valle con el aspecto que tenía cuando lo conoció José María Velasco cuando lo inmortalizó en sus extraordinarios cuadros que hoy nos permiten retroceder cerca de un siglo en nuestra admiración a lo que fue, en su época dorada, una de las áreas del mundo con una mayor densidad humana.


Su influencia se dejó sentir en todas partes, por lo que es fácil encontrar vestigios arqueológicos, en lugares alejados, que demuestran que sus gustos y estilo arquitectónico y decorativo se extendieron por doquier.



Puma (Tetitla, Teotihuacán)
Sin embargo, por algún motivo sobre el que no se han puesto de acuerdo los estudiosos de la cultura teotihuacana, "La ciudad de los dioses" empezó a despoblarse y sus habitantes emigraron. Así, Teotihuacán empezó a alejarse de la realidad cotidiana y a forjar su leyenda. Una leyenda inmortal como el Sol y la Luna, que han dado nombre a sus dos grandes pirámides y que han llegado hasta nuestros días como grandes estandartes de una de las mayores civilizaciones que ha conocido el ser humano, la del valle sagrado de Teotihuacán.

domingo, 3 de agosto de 2014

La otra orilla del Bidasoa

Para muchos españoles, Hendaya no es más que la puerta de entrada a Francia desde Irún. Como mucho, piensan que esta pequeña ciudad fronteriza es una gran estación de ferrocarril, en la que terminan, tras cruzar el puente sobre el río Bidasoa, trenes que han partido de distintos puntos de España con frustrada vocación europea.

La bahía de Hendaya. Al fondo, Fuenterrabía
Solo aquellos que viven en Euskadi y, en especial, los guipuzcoanos (muchos viven aquí o tienen casa en esta tranquila población costera) son conocedores de las bondades de un pueblo, cuya excepcional y enorme playa es, sin duda, una de las mejores del País Vasco francés.  


El puerto de Hendaya está sobre la misma desembocadura del Bidasoa, frente al casco viejo de Fuenterrabía. Una barca, que hace el servicio regular de pasajeros a través del estuario del río, une a las dos localidades vascas y es, sin duda alguna, el mejor medio de transporte para ir de una a otra en un trayecto que así, en línea recta, es muy corto (apenas cinco minutos) y se disfruta mucho en ambos sentidos. 

La casa de mi amigo Max

La mayor parte del pueblo está ocupada por pequeñas villas residenciales, algunas de ellas muy bonitas, como la de mi amigo Max, repartidas tanto a lo largo de la costa como por las suaves colinas que separan la playa de la parte más elevada del centro urbano. 
Muchas de ellas tienen vistas al mar o a Fuenterrabía. Estas últimas gozan, además, del privilegio de las fantásticas puestas de sol sobre el poderoso monte Jaizquíbel.
Hendaya significa "bahía grande" y, como ya hemos mencionado, su playa es extraordinaria, tanto por su extensión como por su sencilla e impresionante belleza. Sus tres kilómetros de finísima arena están muy animados en los meses de verano, con sitio más que suficiente para que bañistas y aficionados al surf puedan convivir sin molestarse unos a otros.


Las Dos Gemelas
Y, en invierno, la inmensidad casi desierta del gran arenal sobrecoge al visitante por su majestuosidad, enmarcada en su extremo oriental por unos verdes acantilados de los que parecen haberse desprendido una pareja de enormes rocas que surgen del mar a pocos metros de la costa: Las Dos Gemelas.
La poca profundidad de las aguas que bañan la playa, la suavidad de su arena, la total ausencia de edificios altos y, desde luego, el ambiente que reina en esta pequeña villa marinera, son invitación permanente para unas vacaciones familiares, relajadas y tranquilas, con el aliciente añadido de ser un paraíso del surf. Y, como tampoco falta la tradicional calidad de la comida vasca, el conjunto es difícil de superar.

Podemos decir, sin temor a confundirnos, que nos encontramos en un auténtico oasis, rodeado de centros turísticos mucho más ajetreados, a uno y otro lado de la casi imperceptible frontera.

El viejo casino

Paseando por la zona central de la playa nos encontramos con vestigios notables de la elegante estación balnearia que fue. 
El más llamativo es el viejo casino, un edificio ded estilo asombroso que parece estar diseñado por el arquitecto de un califa cordobés en el exilio.
Es el único que se alza sobre la propia playa, ya que las demás construcciones, incluido el Grand Hôtel (ya convertido en apartamentos) están en el lado opuesto, dejando libre la acera norte del Boulevard de la Mer que, vigilado por una interminable hilera de tamarindos y protegido por un pequeño muro, discurre, infinito, junto a la arena.



El Grand Hôtel
Una de las más destacadas atracciones actuales de Hendaya es la Thalasso & Spa Serge Blanco, un gran complejo de descanso que incluye hotel, apartamentos, restaurantes, cafés, casino y, por supuesto, un complejo de talasoterapia. 
Está situado frente al moderno puerto deportivo y su parte trasera da a la punta más occidental de la playa que es, precisamente, la más ancha y protegida por las dunas que enmarcan la desembocadura del Bidasoa por el lado francés.

No es Hendaya lugar de grandes y lujosos restaurantes, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que no se pueda comer bien, sino que, también, en su oferta culinaria mantiene su estilo, familiar y desenfadado, por una parte, y surfero y juvenil, por otra.
Para mí, el local más atractivo es La Poissennerie, una verdadera pescadería con unas cuantas mesas en el interior y unas pocas más en una pequeña terraza. Tampoco está nada mal el Sud-Americain, muy próximo al anterior, en el que pasta, pizza, crêpes y comida vegetariana son la base de su oferta.


El favorito de los surfistas es Barmout, un minúsculo local, a pocos pasos del mar, en el que sandwiches y ensaladas son las estrellas. Imposible dejar de visitarlo antes o después de un largo día de playa.

Por último, no puedo dejar de mencionar la heladería Walter, cuyos helados artesanales son tan famosos entre locales y visitantes que no es raro encontrarnos con gente haciendo cola frente a su mostrador, especialmente después de las cenas veraniegas.


Pero dejando aparte sus virtudes como destino turístico, no debemos olvidarnos de las muchas e importantes páginas de la historia que se han escrito en un lugar, tan estratégico desde el punto de vista geográfico como es Hendaya. Su célebre Isla de los Faisanes ha sido escenario de tratados y acuerdos entre Francia y España, a través de los siglos. 
El más importante de los allí firmados fue la llamada Paz de los Pirineos, en 1659, con el que Luis XIV y Felipe IV dieron por terminado su larguísimo conflicto bélico, ratificando su acuerdo con la boda entre el propio rey francés y la hija del monarca español, María Teresa de Austria.
Hoy, la Isla de los Faisanes es de soberanía compartida entre Francia y España, por períodos alternativos de seis meses.
En 1940, Hitler y Franco se entrevistaron en el interior de un vagón de tren blindado, en la estación ferroviaria de Hendaya. Mucho se ha escrito y comentado sobre esta bien conocida reunión, de la que parece que Hitler no salió muy satisfecho y aseguró que prefería que le sacasen unas cuantas muelas antes que volver a hablar con Franco...



Y, volviendo a nuestra playa, considerada la más segura de toda la costa, no debemos dejar de visitar el dominio natural en el que se integra el castillo y observatorio de Abbadia, un magnífico palacio neogótico que domina toda la bahía desde un impresionante parque que se extiende sobre los acantilados, en el extremo oriental de Hendaya y que es el comienzo de una muy espectacular ruta panorámica que nos lleva hasta Saint Jean de Luz, entre bosques y prados, desde los que se agiganta el dramatismo de una costa tan bella como bien conservada, a salvo, aún, de las grandes aglomeraciones y de los horrores del turismo masificado que no deja de acorralarnos con su presión incontrolable.


domingo, 27 de julio de 2014

El oro de Venecia


Que Venecia fue una próspera república marítima es bien conocido. 
Y también es sabido por todos que, en aquellas épocas de máximo esplendor, su control de la actividad comercial en el Mediterráneo contribuyó, muy notablemente, a que el lujo y la riqueza se hicieran más que ostensibles en la vida diaria de una buena parte de la sociedad veneciana.
Una sociedad cuya economía se vio impulsada gracias a su capacidad para reunir bajo su bandera lo mejor de los dos mundos que luchaban por la supremacía política y religiosa... además, claro está, de la económica.


Sin embargo, no quiero hablar hoy aquí de ese oro que llegaba a los ricos comerciantes de la ciudad desde sus colonias y dominios ultramarinos, ni del que, sin duda, disfrutaba su clase dirigente, sino del dorado fulgor que nos envuelve cuando atravesamos la puerta de la gran Basílica de San Marcos, el gran templo que preside una de las plazas más famosas y bellas de Europa, por no decir del mundo.



Porque si, ya desde su exterior, San Marcos consigue impresionarnos con la muy extraordinaria personalidad de su fachada, custodiada por ese campanile puntiagudo de ladrillo rojo que ejerce de permanente centinela de la plaza, es tras pasar bajo los cuatro caballos de bronce que coronan su entrada principal cuando nos introducimos en un dorado entorno de naves, bóvedas y cúpulas, que, unidas a su historia y leyenda, sobrecogen, sin remedio, al visitante.


Dicen que los restos de San Marcos fueron trasladados a Venecia, desde Alejandría, en el año 828, así que la primera basílica a él dedicada data de esa época, sustituyendo a la anterior, la de San Teodoro. 


Concebida en un principio como una extensión del Palacio Ducal, la basílica fue creciendo en tamaño y riquezas a lo largo de los siglos, pues a medida que los mercaderes iban prosperando en sus negocios debían contribuir a la grandeza del templo del santo patrón de La Serenissima.


Las reliquias del evangelista del león alado no debieron estar muy bien conservadas (o tal vez demasiado bien escondidas) durante algún tiempo, ya que llegaron a desaparecer y fueron milagrosamente encontradas durante la construcción de la tercera basílica, en el año 1094. 

Su marcado estilo bizantino se conserva hoy aún más puro que en las iglesias de Constantinopla (Estambul), influenciadas por tantos años de dominación musulmana.
Una buena parte de este estilo arquitectónico se refleja en sus más de ocho mil metros cuadrados de mosaicos, que cubren gran parte de su interior, como podemos apreciar en las excelentes fotografías de Pau Gir que ilustran este artículo.

El oro de San Marcos alcanza su máxima expresión en la Pala d'Oro, el gran retablo que cierra el altar mayor, glorificando con su lujoso esplendor las reliquias de San Marcos. 
La Pala d'Oro es, muy probablemente, la más grandiosa obra de orfebrería bizantina que se conserva intacta en nuestros días.


Eso sí, esta inmersión aurífera tan absoluta se disfruta, mucho mejor aún, tras unos buenos spaghetti all'astice degustados, sin prisas, en la excelente osteria Al Mascaron, y debe ser complementada, a la salida, con un relajado té en Florian, a pocos pasos de la basílica y en plena Piazza San Marco.

Luego, veremos los últimos reflejos dorados del frente de los arcos de medio punto de la fachada y, echando una última mirada a la columna sobre la que descansa el león alado, dirigiremos nuestros pasos hacia el vecino Harry's Bar para recordar, con un bellini en la mano, el brillo del oro de San Marcos... que ya se quedó, para siempre, impresionado en nuestra retina, al igual que lo está, desde hace siglos, en el inmortal espíritu de la República de Venecia.


Fotografías originales de @Pau Gir

miércoles, 9 de julio de 2014

Artemisa, la señora de Éfeso

Cuando aquellas amazonas fundaron la ciudad de Éfeso, ni siquiera ellas mismas eran conscientes de que estaban creando uno de los lugares más sagrados y de mayor importancia para la historia de las civilizaciones, que sería venerado durante siglos como centro religioso, comercial y estratégico.

Todavía hoy, treinta y tantos siglos más tarde de que los atenienses colonizaran este puerto de la actual costa de Turquía, arrebatando, tal vez, a las mitológicas guerreras una de las muchas ciudades por ellas fundadas en estas latitudes, sigue siendo un lugar privilegiado para quienes aman la cultura, el arte y las tradiciones milenarias.

Pocos lugares atesoran una riqueza histórica tan longeva y valiosa como la de este valle, salpicado de restos griegos y romanos que, unidos a su secular vinculación con tres de las grandes figuras del cristianismo (San Pablo, San Juan y la propia Virgen María), lo convierten en la principal joya de los yacimientos arqueológicos de la costa turca del Egeo.


En la época antigua, la dulce Éfeso fue un puerto de mar. Hoy el mar está lejos de sus ruinas, como si se hubiese querido alejar discretamente para no restar protagonismo a unas piedras que encierran una parte significativa de la vida de los dioses y de los hombres que por ella pasaron. Que, desde luego, también fueron diosas y mujeres, como no podía ser de otra forma, conocida su legendaria fundación por las aguerridas amazonas mencionadas por Heródoto, una de cuyas reinas daría nombre a la ciudad.


La gran referencia arquitectónica de la Éfeso griega fue el templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del Mundo y el mayor templo de la Grecia clásica. Edificado hacia el año 550 a. C. y destruido por un incendio provocado por un tal Eróstrato, con la única intención de pasar a la historia, fue reconstruido gracias al impulso de Alejandro Magno, que había nacido la misma noche en la que ardió. El nuevo templo permaneció en pie durante casi seis siglos, hasta su definitiva destrucción por los godos. 


De sus ciento veintisiete columnas solo queda una en pie. Algunas de sus antiguas hermanas están hoy en Estambul, formando parte de la monumental basílica de Santa Sofía (que no está dedicada a ninguna santa llamada Sofía, sino a la Santa Sabiduría - sophia, en griego - de Dios). 

En la bella y famosa Éfeso hay muchos otros impresionantes restos arqueológicos, como la espectacular biblioteca de Celso, uno de los mejores ejemplos que quedan (bien restaurada, por cierto) de lo que fueron las grandes bibliotecas en la época de Roma. 
La de Celso, construida por su hijo en homenaje a la memoria de su padre (algo que, me temo, resultaría infrecuente en nuestros días), tenía espacio para almacenar doce mil rollos, lo que, sin ser comparable a la de Alejandría, por ejemplo, la otorga un tamaño considerable.
O como el gran teatro que, con capacidad para unos veinticinco mil espectadores, era el mayor de su época y que, lógicamente, destaca por su tamaño y su imponente situación sobre la calle del viejo puerto.
Pero son muchos más, ya que Éfeso puede considerarse como un gigantesco museo al aire libre: el Odeón, la puerta de Magnesia, el Pritaneo, las termas, las dos ágoras, el templo de Adriano...

No hay duda alguna (el gran templo de la diosa Artemisa - la señora de Éfeso - es una prueba evidente de ello) de que la ciudad fue uno de los más importantes centros de culto de la antigüedad.
Y lo seguía siendo en los primeros tiempos de nuestra era, tanto como para que San Pablo le dedicase grandes esfuerzos para combatir allí, precisamente, a una religión pagana que chocaba de frente con la nueva doctrina de su maestro Jesús, al igual que lo hiciera San Juan, quien parece probado que vivió muchos años en la ciudad de Éfeso, donde murió a la nada desdeñable edad de 94 años, tras haber escrito en ella su evangelio.
Algo más discutida es la presencia de María en Éfeso, pese a que la casa en la que, supuestamente, vivió y pasó sus últimos días es lugar de peregrinación obligada para cristianos, contando, asimismo, con el máximo respeto por parte de los musulmanes, pues es bien sabido que la madre de Jesús es admirada por el Islam.

Pasear entre sus piedras milenarias, como lo hicieran, en su día, Alejandro, Marco Antonio, Pablo, Juan y... quizás, María, produce una sensación de suave vértigo, capaz de perturbar al espíritu más templado.
Nadie que viaje por el Egeo debe dejar de visitar Éfeso, el más notable de los muchos yacimientos arqueológicos del oeste de Turquía, una costa sobre la que se empezó a escribir la historia de nuestro mundo.


Fotografías originales de @PauGir

lunes, 30 de junio de 2014

La medina de Fez


La puerta de la medina
La gran medina de Fez, también conocida como Fez el-Bali, es, casi con total seguridad, la mayor y mejor conservada de los países árabes y, está considerada la mayor zona peatonal del mundo. 


De esta última afirmación (universalmente aceptada) yo no me atrevería a dar fe, salvo en el caso de que se considere peatonal al tráfico de burros, claro está, pues el trasiego de estos dóciles, aunque más que testarudos cuadrúpedos por las casi imposibles calles de la medina es constante y, desde mi punto de vista, con evidente prioridad de paso sobre el de los humanos.

En la medina

Pero con burros o sin ellos (esto último es raro), de lo que no hay ninguna duda es que se trata de una inmensa medina amurallada, de una belleza y una autenticidad asombrosas, en la que el viajero se siente transportado hacia un pasado muy lejano, apenas pone su pie en el intrincado laberinto urbano de la portentosa Fez el-Bali.


Hoy Fez, la ciudad fundada por Idrís I en el año 789, es una ciudad densamente poblada (la tercera en tamaño de Marruecos) y la tradición dice que, a través de la historia, ha sido un centro urbano importante en muchas ocasiones, en especial, a finales del siglo XII, cuando se cree que pudo llegar a ser la mayor ciudad del mundo.

Pero Fez es, sobre todo, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, cuna de la cultura musulmana del norte de África y centro de estudios islámicos y de todo tipo de artes y ciencias desde que se fundase su antiquísima universidad.
La ciudad estuvo, desde un principio, ligada al más puro espíritu árabe, tal vez por haber acogido una gran cantidad de emigrantes provenientes de Túnez y al-Ándalus, a lo largo de los siglos.
También tuvo un importante barrio judío, que aumentó de tamaño, de forma notable, tras la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.

Gorro Fez
Durante varios periodos de la historia de Marruecos fue capital del reino, hasta que la colonización francesa de 1912 trasladó la capital a Rabat, que siguió siéndolo después de la independencia y hasta nuestros días.
Pese a ello, Fez sigue siendo considerada hoy el centro religioso y cultural de un país rico en historia y tradiciones que ha sabido mantener su espíritu tradicional a pesar de la poderosa influencia de los tiempos que corren.

En la vieja medina podemos encontrarnos, sin dificultad, con muchas de las artes por las que ha destacado la gran ciudad de Fez durante tantos siglos. Su característica cerámica, por ejemplo, con sus brillantes colores azules, tan utilizados por alfareros y ceramistas, que podemos encontrar en zocos y plazas, además de admirarlos en la magnífica colección que se exhibe en el museo Dar Batha.
Chouwara
De aquí es originario el bien conocido gorro que lleva el nombre de la ciudad, incorporado, con el paso del tiempo a la indumentaria de muchas otras naciones y culturas. 
El gorro fez solo se fabricaba en esta ciudad hasta el siglo XIX, en el que Turquía, Francia y otros países mediterráneos comenzaron, también, a producirlo como consecuencia de su enorme popularidad y generalizado uso.
Sin embargo, pese a las muchas especialidades locales, lo más impresionante de la artesanía local son, sin duda, sus cuatro curtidurías, que siguen operativas en el corazón de la medina.

Palacio Imperial
De todas ellas, la más famosa es la de Chouwara.
Un espectáculo de pozos y luminosos colores muy difícil de igualar, una visita imprescindible para todos aquellos que quieran conocer el corazón de la medina de el-Bali. 
Quien sea capaz de superar durante un buen rato el tremendo hedor (los ramilletes de menta que se entregan, a la entrada, a los visitantes tienen un efecto casi nulo para mitigarlo) asistirá a una combinación cromática de insólita belleza, absolutamente imposible de olvidar.

Muchas otras maravillas (menos impresionantes para el sentido del olfato) esperan al visitante en Fez. La mezquita al Karaouine y su biblioteca; la famosa puerta de Bab Bou Jeloud (principal entrada a la medina), que muchos conocen como "Puerta Azul"; el Palacio Real, con sus enormes puertas de bronce y muy próximo al viejo barrio judío; el mausoleo de Mulay Idrís, el venerado rey santo, fundador de la ciudad, cuyo cuerpo fue encontrado incorrupto cinco siglos después de su muerte; la plaza Seffarine, con sus afamados artesanos caldereros, y sus medersas, entre las que destaca la madraza Attarine, una de las escuelas coránicas más bellas e importantes de todo el reino de Marruecos.


Vista de Fez
Hace años no era fácil encontrar buenos hoteles en Fez, pero hoy, tanto la ciudad como sus alrededores están llenos de alternativas interesantes y para todos los bolsillos.
Existen los hoteles modernos, pero, en mi opinión, la mejor opción para dormir en Fez es, como en otras ciudades de Marruecos, elegir uno de los muchos riads que podemos encontrar tanto en la medina de Fez el-Bali, como en otras zonas.
Si escogemos el interior de la medina, estaremos inmersos en la magia medieval de entorno más auténtico que podemos encontrar en todo el país, pero tampoco está nada mal decidir alojarse en las afueras para disfrutar de las impresionantes vistas de la vieja capital levantada a orillas del río Fez. Desayunar viendo amanecer sobre la medina es un lujo que vale por todo un viaje.
El lujoso Riad Fes, con su inigualable terraza panorámica y el Riad Laaroussa, en el corazón de la medina, son mis dos favoritos.


Fez, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos, centro religioso y cultural del gran país del noroeste de África, equidistante del Mediterráneo y el Atlántico... un viaje que no deben perderse quienes quieran trasladar su espíritu a lo más profundo del alma de un pueblo que ha sabido conservar sus tradiciones más auténticas a lo largo de la historia.