miércoles, 26 de noviembre de 2014

El valle de Santa Inés, una Ibiza diferente

Fuera de todas las rutas turísticas veraniegas, aislado del ajetreo de las playas y discotecas de moda, tranquilo, feliz, agreste y solitario, está el valle de Santa Inés (Santa Agnès de Corona).

Iglesia de Santa Inés
Situado en el norte de San Antonio, y pegado a la costa noroeste de la isla, este valle, pequeño y escondido, se conserva absolutamente fiel a su naturaleza campesina, como si el tiempo se hubiese quedado detenido al otro lado de las colinas que lo protegen.
No puede decirse que exista un núcleo urbano o un pueblo, propiamente dicho, sino unas cuantas casas alrededor de su muy sencilla iglesia, al final de una larga recta que atraviesa el valle y por la que apenas pasan coches, incluso en los meses más concurridos del verano.

Para mí, Santa Inés reúne lo mejor del espíritu auténtico de los campos de Ibiza. Esos campos que, aunque muchos no lo sepan, aún se conservan casi intactos en buena parte de la isla. Aquí, además, cuentan con el valor añadido de sus almendros. Si tenemos la suerte de visitar Santa Inés a finales de enero, nos encontraremos con un valle cubierto de pétalos blancos y rodeado de colinas cuajadas de verdes pinares. Todo ello, en medio de una absoluta soledad y a escasa distancia de los altos acantilados que cierran el valle por el oeste.

Bajo los almendros en flor
Porque uno de los secretos de Santa Inés es que no tiene playas. 
Pero sí altos y escarpados acantilados que nos ofrecen extraordinarias vistas sobre un mar intenso y azul, así como la posibilidad de encontrar bonitos rincones solitarios, desde los que se disfruta de unas magníficas puestas de sol, sin el acoso de esa multitudinaria y poco agradable compañía que surge a la hora del ocaso en otros puntos estratégicos de la costa ibicenca.

Al lado de la iglesia está, desde 1951, Can Cosmi, un pequeño restaurante que, junto a su viejo colmado, son visita imprescindible. Sus tortillas son legendarias y pocas cosas alimentan mejor (y, a la vez) el cuerpo y el espíritu que tomarse una de ellas en las sencillas mesas de su terraza cubierta, frente al valle y a la blanca fachada de su iglesia.
Sin el carácter mítico de Can Cosmi y, a muy pocos metros, se encuentra Sa Palmera, fundada en 1969 y que no es un mal sitio para dar buena cuenta de una paella. El singular grupo de pequeñas construcciones lo completa una zapatería artesana, Cas Sabater, justo frente a la iglesia. 

Ses Balandres
Desde allí es buena idea tomar la estrecha carretera que rodea el oeste de Es pla de Corona (que es el nombre autóctono por el que se conoce a toda la planicie cultivada del valle) y que vuelve a la principal tras haber bordeado los pinares que se extienden junto a los acantilados. 
Aquí nos encontraremos con el bar Las Puertas del Cielo, cuyo sugestivo nombre nos adelanta lo que vamos a poder ver desde lo alto de esta impresionante parte de la costa (Ses Balandres), junto a las centenarias piedras de Sa Penya Esbarrada, una casa de tiempos de la dominación musulmana (anterior al siglo XII) construida en uno de los puntos con mejores vistas de toda la isla.
Desde este mismo lugar el acceso a la costa es posible, aunque muy complicado y con cierto riesgo. Sinceramente es mucho más recomendable disfrutar del panorama desde lo alto del acantilado.

En pleno valle nos encontramos con uno de los dos hoteles de Santa Inés: Es Cucons, un establecimiento de agroturismo en el que el descanso está garantizado, en un ambiente muy bien integrado en el paisaje de Corona, pero al que no le falta ni un solo detalle de lo que podríamos denominar lujo rural. Un hotel de campo en el que si nos quedamos unos días entenderemos bien el gran atractivo de la Ibiza auténtica. Aislado de todo lo que no sea  naturaleza pura o cultura agrícola tradicional. 

Acantilados de Can Pujolet
El otro está un poco más apartado del valle. Hay que tomar la carretera que desde la iglesia o Can Cosmi se dirige hacia el este y que acaba en San Mateo, el pequeño pueblecito vecino que compite con Santa Inés en su vocación de preservar intacto el espíritu original de la vieja Ibiza. Girando a la izquierda, tomaremos un camino que asciende por una colina y allí, entre pinos y algarrobos, encontraremos Can Pujolet.
Uno de esos hoteles que parecen sacados de un cuento por su belleza, tan irreal como sencilla. Pertenece, también, a la categoría de agroturismo, tan bien dotada en la isla, y es uno de mis lugares favoritos de Ibiza. El entorno es impresionante y el hotel poseedor de una paz difícil de explicar. Desde él, un breve paseo por un camino solitario rodeado de pinos, nos lleva hasta la cima de unos acantilados imposibles, en los que verde, azul y roca se funden en una melodía infinita de la que nos cuesta escapar para volver a la vida.

Soy un acérrimo defensor de la isla, es bien sabido, pero este rincón, de características tan especiales y, tal vez único por su sencillez inexpugnable, es uno de los más valiosos de cuantos todavía permanecen escondidos y a salvo de la amenaza de la más terrible y asoladora invasión que ha conocido la historia: la del pacífico turismo contemporáneo.

Can Pujolet

martes, 25 de noviembre de 2014

San Silvestre musical en Viena

Cambiar de año en Viena es hacerlo rodeado de tradiciones y costumbres que merecen la pena ser vividas, al menos en una ocasión.
Todos conocemos su famoso Concierto de Año Nuevo, gracias a las habituales retransmisiones televisivas que son esperadas por muchos para dar la bienvenida al nuevo año con el envoltorio romántico de las melodías de la familia Strauss (cuyo apellido no traducimos al castellano, porque empobrecería la imagen elegante y soñadora de su música). 

Musikverein
Pero Viena ofrece mucho más para pasar la última página del calendario anual que un concierto al que resulta imposible asistir si no se es muy afortunado en el sorteo para conseguir una entrada o, alternativamente, se dispone de una muy considerable cantidad de dinero para comprarla en el mercado secundario. 

La mayoría no sabe, por ejemplo, que el concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena es, en realidad, la repetición del que, también en el Musikverein, se celebra el día anterior, en la tarde del 31 de diciembre. 
Ambos son idénticos y el vespertino de San Silvestre tiene lugar a una hora mucho mejor para disfrutarlo en vivo, mientras que el de la mañana siguiente parece perfecto para verlo desde casa (y, si se puede, desde la cama, que para eso es la primera festividad del año).
Los precios de las entradas para esta representación, no siendo baratos, ya muestran cifras algo más humanas.

El Beso (Klimt)
Antes, no está de más un recorrido a pie por el centro de Viena y tomarse un té en el hotel Sacher, con un buen trozo de su famosísima tarta de chocolate. O visitar la villa de Klimt, en la que el pintor tuvo su estudio y dio vida a una buena parte de su obra. Aunque puede que sea, aún mejor, contemplar sus cuadros (y otras excelentes obras de arte) en el Belvedere, que, además, nos ofrecerá un conjunto arquitectónico y paisajístico de gran belleza.

Tras el concierto, es imprescindible pasear por el Sendero de San Silvestre que, entre la plaza del Ayuntamiento y el Prater, nos brinda la mejor manera de pasar las últimas horas del año que se acaba y recibir al nuevo, entre puestos de gastronomía local, pequeños espectáculos (y lecciones) de valses o grandes fuegos artificiales. Un animadísimo ambiente festivo, muy del gusto del tradicional espíritu vienés, siempre fiel a sus costumbres.


Claro que si hablamos de tradiciones, no es posible dejar de mencionar una de las más importantes, que deberemos cumplir si tenemos la suerte de pasar el fin de año en la gran ciudad del Danubio. 
Me refiero a asistir a Die Fledermaus (El Murciélago) en la Wiener Staatsoper, que nunca deja de ofrecer su representación en el primer día del año, así como en otras fechas próximas. A mí me gusta ir en la tarde del uno de enero.

Una postal antigua de la Wiener Staatsoper
Por la mañana, sí habría sido oportuno desayunar en la plaza del Ayuntamiento (Rathausplatz) y volver a ver el concierto del Musikverein, esta vez retransmitido en directo, y proyectado en una pantalla gigante instalada en la amplia explanada, frente al palacio gótico que preside la plaza del que es el verdadero centro neurálgico de la ciudad durante las fiestas navideñas.


Más tarde, tal vez al mediodía, es buena idea tomarse algo en el histórico y céntrico Café Mozart y, así, recordar la escena que allí se rodó de 'El tercer hombre', la gran película de Carol Reed, protagonizada por Orson Wells. Allí escucharemos el Café Mozart Waltz de Anton Karas (a ser posible, en su grabación original, que, como es lógico, llevaremos preparada en nuestro teléfono móvil para la ocasión).

La tarta Sacher
Los buenos hoteles de Viena son caros, pero yo casi diría que necesarios para la ocasión. Solo tres merecen la pena y, aunque las guías digan lo contrario, en este orden: Sacher, Bristol e Imperial. Sin que esto pueda significar, en absoluto, un menosprecio a los citados en segundo y tercer lugar de mi lista personal.
Y, con unas tarifas mucho más llevaderas que las de los tres anteriores, hemos escuchado maravillas del diminuto This is not a hotel, de solo tres habitaciones, cuyo original nombre llama la atención del futuro viajero y viene a querer anticiparle que allí se sentirá como en casa, pero rodeado de una atmósfera sofisticada y con clase, impregnada de la más auténtica cultura urbana y cosmopolita. Yo no puedo confirmar ni desmentir nada sobre este pequeño establecimiento hotelero, aunque debo reconocer que tengo interés en conocerlo.

Tampoco es necesario hacer mucho más. Un total de tres noches en Viena para despedir a un año y dar la bienvenida al nuevo, inmersos en un extraordinario baño de tradiciones que nos ayudarán a alejarnos de los nada recomendables riesgos que para la salud espiritual (y, a veces, para la corporal) entrañan las actividades habituales que rodean a las siempre  inquietantes nocheviejas familiares o festivas, en las que matasuegras, gorritos y confeti suelen amenazar la más elemental dignidad del ser humano sensato y responsable. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Amsterdam, Rembrandt, Vermeer y Van Gogh

Dam
Hace ya mucho tiempo que yo no visito Amsterdam, un error muy grave por mi parte que debe ser considerado como falta imperdonable.
Viajar a Amsterdam (escrito sin tilde si lo pronunciamos como, desde un punto de vista etimológico, parece más correcto) es algo que debe hacerse con una cierta regularidad, aunque solo sea para saludar de cerca a sus cuatro puntos cardinales: tres pintores y unos cuantos canales. Sí, a sus canales concéntricos los considero como un solo punto, de la misma forma que a sus tres grandes pintores los cuento como lo que son (tres), aunque dos de ellos estén en el mismo sitio.

Llegué por primera vez a esta bonita y acogedora ciudad con buen tiempo, lo que me permitió dejar el coche aparcado junto al céntrico y confortable hotel Owl (al que será preciso regresar algún día) y desplazarme en bicicleta por sus calles, algo especialmente indicado para Amsterdam y muy poco sensato para hacerlo en Madrid.
La ventaja que tenía el Owl era, sobre todo, su situación. Bien es cierto que la zona histórica de Amsterdam es pequeña y cómoda de recorrer incluso a pie, pero estar tan cerca de los dos museos que tanto me atraían en aquella primera visita, era un argumento positivo importante.
Hoy han pasado muchos años desde entonces y estoy convencido de que habrá múltiples alternativas mejores, pero yo sigo agradeciendo a los amigos que me lo recomendaron el haberme sugerido ese hotel para mi primer viaje a la capital holandesa.

Van Gogh, 1890
El Museo Van Gogh estaba recién inaugurado, por lo que tuve la suerte de ser uno de sus primeros visitantes. Por cierto que, tal vez por ser aún poco conocido, pude recorrerlo sin el más mínimo agobio, algo muy diferente a lo que ocurre en nuestros días. Tengo que buscar las fotos que hice en el interior del museo. No sé si hoy está permitido, pero entonces sí que lo estaba y fue un placer añadido a la visita de aquel edificio moderno y luminoso, levantado junto a un bonito parque.
Como todos quienes me conocen saben, yo soy un gran admirador de la obra de los últimos años de Van Gogh, por lo que (pese a que, para mí, este gran artista está mucho más vinculado a Arles y a Saint-Remy que a su país natal) no dejo de agradecer a las autoridades holandesas que tuvieran la feliz idea de crear este museo para recoger en él la obra del genial Vincent.
Sabemos bien lo que sufrió Van Gogh en vida, como también somos conscientes de que la locura no está reñida con el arte, entendido en este caso desde la más extraordinaria capacidad de innovación que nadie sabe hasta dónde hubiese podido llegar de no haber visto truncada su vida en aquel trágico mes de julio de 1890, siendo, aún, muy joven.
Este museo es, tanto por lo que contiene como, sobre todo, por lo que representa, uno de los hitos (esos que yo llamo 'cuatro puntos cardinales') de la ciudad de Amsterdam.

Rembrandt, 1642
El segundo y el tercero (están bajo el mismo techo) los tenemos a muy poca distancia de Van Gogh, en el Rijksmuseum, el Museo Nacional de Amsterdam.
Adentrarse en las salas del más importante museo de Holanda es una de las experiencias más saludables para cualquiera que tenga una mínima sensibilidad hacia el mundo del arte. En mi primer viaje, yo lo hice, como es lógico, atraído por la fuerza de los vibrantes claroscuros de Rembrandt pero, en otra ocasión, mi amigo Martin van der Pal tuvo la muy feliz iniciativa de organizar una conferencia internacional, recibiéndonos en su cena de gala con una reproducción en vivo de La Ronda Nocturna, obra maestra de Rembrandt y máxima joya del Rijksmuseum.
Fue una ocasión memorable, de la que guardo un recuerdo gráfico extraordinario, que ni El Pequeño Nicolás sería capaz de igualar. 
El gran (en calidad y tamaño) óleo de Rembrandt daría, por sí solo, valor a cualquier museo del mundo, y más si está, como aquí, acompañado por otras notables obras del gran pintor barroco, considerado por casi todos como el más alto exponente de la pintura holandesa. 

Sin embargo, hay otro artista, con unas pocas pinturas de pequeñas dimensiones en él expuestas que, sin menosprecio para el gran maestro de Leiden, atesora unas virtudes muy poco comunes y de singular belleza artística.
Vermeer, 1660/61
Me refiero, desde luego, a Vermeer. No se conocen de este extraordinario genio de la paleta más de treinta o treinta y cinco cuadros (alguno en paradero desconocido tras el audaz robo perpetrado en Boston en 1990, en el que también desaparecieron tres cuadros de Rembrandt), pero todos ellos son de una sutil delicadeza en la que destaca su inigualada técnica para destacar el efecto de la luz, utilizando una composición escenográfica cuidada y sencilla, capaz de provocar una impresión muy especial en el espectador, más próxima al resultado plástico de una película fotográfica de suavizada belleza que al que parece posible lograr con el arte de un pincel.
Dalí solía repetir que Johannes Vermeer era el más grande artista de la pintura que el mundo había dado y, en mi opinión, es muy probable que estuviera en lo cierto, pese a ser muy difícil de comparar obras de tan reducido tamaño, como lo son todas las de Vermeer, con las realizadas en enormes dimensiones por otros grandes maestros de la pintura universal, como Velázquez o el propio Rembrandt.

El cuarto punto cardinal lo necesitamos para reponernos de tanta concentración de arte.
Algo que se consigue fácilmente paseando junto a los canales, cuya paz es notable, en especial, a la caída de la tarde.
Si (siendo un poco desleales con el modesto Owl) nos hemos alojado en un hotel junto a uno de estos canales o, mejor aún, en el Amstel, a la orilla del río que da nombre a la ciudad, disfrutaremos con más facilidad de la sensación de estar en un entorno muy particular, diferente a la mayor parte de las ciudades que conocemos, con una arquitectura que muestra una gran personalidad y que está muy bien mantenida en todo el casco antiguo. 

Tampoco es mala elección el American Hotel, un edificio histórico y con estilo propio. Sus Café Americain y Bar Americain son dos locales tradicionalmente frecuentados por artistas, intelectuales y escritores. Sitios perfectos para hacer un alto en el camino y, más tarde, seguir por esos puentes y canales que se combinan con el reflejo de unas luces que parecen surgir del fondo del agua o tener vocación de luciérnagas gigantes, siempre dispuestas a presumir de sus variados colores en medio de la paz de la noche. Una tranquilidad que solo se rompe en la gran plaza Dam o en los alrededores de la Amsterdam Centraal Station.

Una ciudad viva, amable y acogedora, llena de rincones apetecibles y paseos relajados, en la que el arte de la pintura, a su más alto nivel, está siempre presente para recibirnos con los brazos abiertos y entregarnos la belleza que nos dejaron en herencia los tres grandes maestros que allí nos esperan: Rembrandt, Vermeer y Van Gogh.

lunes, 17 de noviembre de 2014

En el Viejo San Juan

El castillo de San Felipe del Morro
Trabajé durante unos años para el Gobierno de Puerto Rico, y más concretamente para su Oficina de Turismo. Mi cliente en España era un personaje muy especial, de cuyo nombre no soy capaz de acordarme (y bien que lo siento). 
Él me abrió los ojos a la realidad de un bonito país, hoy vinculado a los Estados Unidos (como 'estado libre asociado'), a cuya imagen, según sus propias palabras, "había hecho mucho daño esa gran película titulada West Side Story". Tal vez por eso su Oficina de Turismo estaba tan interesado en promocionarlo, como parte de un objetivo mucho más ambicioso.
Algún tiempo después, cuando conocí, personalmente, la tierra borinqueña me di cuenta de que tenía mucha razón.

Puerto Rico es, sin duda ninguna, uno de los países americanos que con mayor orgullo viven su pasado español, pero sin renunciar a sus profunda y beneficiosa relación con los Estados Unidos. No es raro ver en sus edificios privados y hasta en algunos oficiales las tres banderas, como expresiva muestra de sus sentimientos y de que tienen el sentido común de asumir, con satisfacción, su muy rica y centenaria historia. 
Una historia que viene de más atrás y que, en su era moderna, comienza con su descubrimiento por Cristóbal Colón en 1493, durante su segundo viaje.

Cuatro siglos estuvo unida la isla (que, en un principio fue llamada de San Juan Bautista, para quedar, más tarde, el nombre de San Juan reservado a su capital) a los destinos de España, hasta que, en 1898, tras la guerra entre España y los Estados Unidos, pasó, junto con Cuba y Filipinas, a depender de la nueva y poderosa nación norteamericana, hecho que perjudicó los ya trasnochados intereses coloniales españoles, pero que, sin duda, acabó beneficiando el progreso y desarrollo de los portorriqueños que, corrieron, a la larga, mejor suerte económica que cubanos y filipinos, que fueron las otras dos grandes colonias que España perdió en esa desafortunada guerra.

Una calle del Viejo San Juan
Yo siempre he encontrado grandes similitudes entre el mapa de Puerto Rico y el de Asturias, tanto en su forma como en su tamaño, pero debe tratarse de una opinión demasiado personal, ya que no he llegado a conocer a nadie que la comparta, por lo menos, de una manera que sea expresa y pública. 
En cualquier caso, la isla, que es la más pequeña de las Grandes Antillas, tiene una extensión que apenas supera los nueve mil cien kilómetros cuadrados, lo que viene a querer decir que es, aproximadamente, un catorce por ciento menor en tamaño que el Principado de Asturias.

Puerto Rico es una isla llena de maravillas naturales, fantásticas playas y con una naturaleza bellísima, en la que destaca la curiosidad de contar con el único bosque tropical de los Estados Unidos (El Yunque), muy cercano a la capital, San Juan. También es el punto de partida perfecto para visitar las Islas Vírgenes.

La bahía de San Juan
El mayor interés histórico de toda la isla lo encontramos en el Viejo San Juan, la parte más antigua de la capital, tan bien conservada que permite hacernos una idea muy exacta de cómo era la vida de la ciudad en los siglos XVI y XVII.

San Juan es la segunda ciudad fundada en América, tras la de Santo Domingo, y, desde luego, es la primera establecida en lo que, en nuestros días, es parte de los Estados Unidos.
Su punto más representativo es el fuerte de San Felipe del Morro.
La Fortaleza, actual residencia oficial del Gobernador de Puerto Rico, es otro de sus más destacados monumentos. Y tiene buenas razones para serlo, pues es la más antigua fortificación de la ciudad, construida en el siglo XVI para protegerla de los ataques de indígenas y piratas.

En el Gallery Inn
Pero lo más interesante del Viejo San Juan es recorrer sus coloridas calles, visitar su tiendas y sentarse a comer en un restaurante, bajo los imprescindibles aires protectores de un gran ventilador de techo (hoy, por desgracia, sustituidos en casi todas partes por el nada romántico aire acondicionado).
Resulta muy poco probable que durante este paseo no escuchemos alguna versión de la celebérrima canción de Noel Estrada, 'En mi Viejo San Juan', probablemente en la voz del mexicano Javier Solís que fue quien la hizo popular, a nivel internacional.
Por su parte, los amantes de la poesía no deben olvidar que aquí murió Juan Ramón Jiménez en 1958, dos años después de haber ganado el Premio Nobel.

Aunque los más lujosos hoteles de San Juan están en la playa de Isla Verde, mis favoritos son El Convento y The Gallery Inn, ambos en pleno centro de la antigua ciudad.

El gran restaurante del Viejo San Juan es Marmalade, pero, en mi opinión, hay muchos interesantes, como el Bagua o el Punto de Vista, en los que se puede disfrutar de la riquísima comida criolla de la isla, en especial el mofongo, que es el plato nacional, cuya base es el plátano verde frito.

Juan Ponce de León
Moverse por el Viejo San Juan es viajar a los primeros siglos de las colonias españolas en América, algo que es posible hacer en muy pocos sitios y que aquí es un privilegio único, gracias a un casco antiguo, perfectamente conservado, limpio, seguro y amigable, en el que nos encontraremos muy a gusto y seremos felices, siempre que tengamos capacidad para manejar con soltura esa mezcla de alta temperatura y humedad tan característica de esas latitudes. 

Cualquiera que se adentre en sus adoquinadas calles, sentirá esa misma sensación de acercarse a los tiempos de Juan Ponce de León, el adelantado español que fuera primera autoridad de Puerto Rico, además de descubridor de Florida. Lo que ya es más improbable es que le ocurra lo que a mí durante mi primer viaje a la isla, en el que por culpa de una broma que gastó a unos americanos un amigo portorriqueño (basada en mi innegable parecido con el conquistador Ponce de León), estuvo a punto de producirse un incidente diplomático...

Claro está que merece la pena visitar otros lugares de la isla, algunos cercanos como el ya mencionado bosque pluvial de El Yunque o la playa de Luquillo, muy próxima a su entrada. Esta playa es una de las mejores de la isla y está situada en un lugar estratégico, gracias a su escasa distancia de San Juan y, sobre todo de El Yunque. Es un lugar muy salvaje y natural, con altos cocoteros y mucha vegetación a sus espaldas. Su arena es dorada y suele estar tranquila, pues está protegida del oleaje del Atlántico por un arrecife de coral.

Playa de Luquillo
La combinación de la visita del bosque tropical de El Yunque con Luquillo es una excursión perfecta desde la capital.

Hay muchas más, pero centrémonos hoy aquí, en el Viejo San Juan, recordando que la historia de América empezó, a finales del siglo XV, en la que es una de las dos primeras ciudades del Nuevo Mundo. Una antigua fortaleza que está unida para siempre a la huella que en ella dejaron aquellos intrépidos descubridores, quienes nos abrieron las inmensas puertas de este gran continente que sigue siendo nuevo para quienes lo miramos desde Asia o Europa. 

Un continente que, como la isla de Puerto Rico y la propia ciudad de San Juan, está lleno de grandes riquezas, entre las que destaca la que yo considero como la mayor de todas ellas: la extraordinaria calidad humana de sus habitantes. Algo que, no solo en el Viejo San Juan, sino en todo Puerto Rico, se hace patente a cada paso para quien tiene la suerte de visitar a esta verdadera perla de las Antillas.


lunes, 3 de noviembre de 2014

Puentes (o Brujas)

Campanario de Brujas, tras las casas del canal
Ninguna relación tiene con el oscuro y misterioso mundo de las brujas el nombre de esta bellísima ciudad de Flandes, a pesar de que, en español, sea conocida, precisamente, como Brujas
Los franceses y los valones la llaman Bruges (que nada tiene que ver con la palabra francesa sorcières). 
Y los flamencos, claro está, lo hacen por su verdadero y bien descriptivo nombre: Brugge (Puentes). 

Porque, en verdad, hay muchos puentes en Brujas. Y canales. Es una ciudad que conserva muy bien su bonito casco antiguo y que mantiene intacto el espíritu del Flandes medieval. Por eso gusta a todos los que la visitan, a pesar de su clima poco acogedor durante la mayor parte del año.



Llegué por primera vez a Brujas, por razones que no vienen al caso, a finales de un ya lejano (hace más de cuarenta años) mes de diciembre y puedo acreditar que el frío era notable, así que recomiendo a quienes tengan pensado conocer esta bellísima ciudad flamenca que escojan para hacerlo una estación más propicia que el invierno.

En cualquier caso, mi breve experiencia en aquella primera visita a la ciudad natal de Felipe el Hermoso fue estupenda, como también lo fueron las siguientes, ya en meses de temperatura más benigna.
Mi primera habitación en Brujas
La fortuna quiso que en aquella primera ocasión me alojase en la mejor habitación de la ciudad, no por ser la más lujosa, sino por estar situada en la posición perfecta para disfrutar de la vista de la gran plaza mayor (Grote Markt), en pleno corazón de la ciudad y verdadero centro neurálgico de la vida urbana, a través de sus muchos siglos de existencia.
La plaza, concurridísma en verano y tan caracterizada (aparte de por sus nobles monumentos) por las antiguas casas del más puro estilo flamenco que ocupan uno de sus lados (en el que se encuentra el Hotel Central, en cuya habitación superior estuve), presenta el contraste del rojo de sus ladrillos con los verdes toldos que cubren las terrazas de los abarrotados restaurantes que, uno tras otro, se extienden en el extremo norte de la plaza, aprovechando la orientación meridional de sus fachadas. 
Muy cerca de ella, la plaza del Ayuntamiento (Burg) completa con sus menores dimensiones, pero igual encanto, los espacios abiertos del centro de la capital de Flandes Occidental (West-Vlaanderen). En esta plaza, debemos destacar la presencia del restaurante y salón de té (Tom Pouce), mucho menos ajetreado que los de Grote Markt, cuya terraza nos permitirá comer o tomar un té mientras contemplamos los bonitos edificios que nos rodean.


Burg y, al fondo, el restaurante Tom Pouce
Pero, sobre todo, Brujas es una ciudad de pequeños rincones y canales, que hay que recorrer, una y otra vez, para disfrutar a fondo de ella. Por eso, una climatología adversa, si bien no reduce su atractivo, puede hacer incómodo el paseo.

Otra opción, complementaria y no alternativa al recorrido a pie, es el barco. Navegar por sus canales nos presenta una visión diferente, desde un ángulo muy distinto, tan interesante como el de andar por sus viejas calles. Por cierto, que no debemos olvidar que lo mejor de estos paseos lo encontraremos alejándonos del centro, especialmente en verano, ya que los turistas que se allí se agolpan apenas se adentran en las calles y barrios un poco (solo un poco) más alejados. Movernos por allí, casi en solitario, aumentará el placer de acercarnos al corazón de Flandes.


Dejo, como siempre, a la sabiduría y documentación de las guías turísticas todos los aspectos concretos de sus múltiples bellezas y episodios históricos, así como la localización de su creciente oferta de hostelería, de la que cada vez es más difícil opinar por la aparición constante de nuevos restaurantes y hoteles...


Jan van Eyckplein
El visitante de la bella Brujas no debe perder la ocasión de acercarse, si dispone de tiempo para ello, a la vecina Gante.
La ciudad de Gante, cuna de Carlos I, rebosa historia por sus cuatro costados. 
Es mucho más grande que Brujas (es probable que la duplique en habitantes), y lo fue aún más en el pasado, pues llegó a rivalizar en tamaño e importancia con París, a finales de la Edad Media. 
Su gran castillo y sus tres altas torres son dignos de ser admirados y la ciudad tiene reputación de ser animada y divertida, algo que yo pongo en duda. Lo que es indiscutible es el valor arquitectónico de sus edificios y la historia que rezuman sus monumentos, sus calles y sus canales. Es una buena parada intermedia en el viaje entre Brujas y Bruselas.

Tampoco es mala idea, en un plan muy diferente al de ambas ciudades, dar un paseo por las interminables playas de Ostende, una estación balnearia que gozó de una gran reputación en el siglo XIX (cuando el sol no era considerado como un activo para el turismo), especialmente entre los ingleses.

Aunque está claro que la protagonista del turismo en Flandes es Brujas, la ciudad medieval de los puentes, bonita, histórica y pintoresca, capaz de atraer a todo tipo de visitantes y que es, sin la más mínima duda, uno de los destinos más interesantes, no solo de Bélgica, sino de todo el norte de Europa.

Bienvenidos todos a Puentes.




jueves, 30 de octubre de 2014

South Beach, Miami

Una postal de South Beach, Miami
Para muchos, no hay más imagen de Miami que la de South Beach

Y, aunque, como es más que evidente, el gran centro urbano del estado de Florida es hoy muchísimo más (de hecho, es una de las áreas metropolitanas con mayor densidad de población de los Estados Unidos), ese barrio de edificios coloristas del sur de Miami Beach, su enorme y animada playa, así como su bien conocido ambiente relajado, festivo, informal y cosmopolita, siguen identificándose en todo el mundo con el espíritu de Miami.

En realidad, Miami Beach es una ciudad diferente de Miami, separada de ella por la bahía Vizcaína, que hoy está integrada en el Parque Nacional Biscayne, mientras que al oeste de la ciudad de Miami se encuentra otro espacio protegido, el Paque Nacional de los Everglades, las eternas ciénagas del Cañaveral de La Florida.

Hoteles en Ocean Drive
Pues bien, South Beach, como su nombre expresa con inequívoca claridad, es la parte meridional de la ciudad de Miami Beach. 
Un lugar, sin duda, muy especial que puede parecer haber quedado parcialmente anclado en el tiempo, pero solo desde el punto de vista arquitectónico y paisajístico, pues el estilo de vida que allí se percibe (y que está muy bien arraigado) es actual y con marcado acento latino.

El ambiente es festivo y desenfadado, con su playa como omnipresente icono, protagonista por el día, y su intensa vida nocturna tomando el relevo, a partir de la caída del sol.

Pero también es notable su bien cuidada y diversa oferta gastronómica y, por supuesto, sus tiendas y galerías, que han adquirido una merecida reputación comercial.
South Beach es un centro de vacaciones puro, especialmente recomendado para el invierno, tanto por el contraste de su clima con el de latitudes más frías como porque en los meses de verano son frecuentes las lluvias en esa parte de la costa. 

South Beach
La línea de hoteles que, frente a la playa, forman el perfil característico de este popular barrio, convertido en destino turístico favorito de europeos y americanos, es uno de los símbolos más universales de South Beah. En especial los que se suceden a lo largo de Ocean Drive, el famosísimo paseo marítimo donde se concentra el mayor número de bares, restaurantes y todo tipo de locales, en los que la música latina juega, con frecuencia, un papel preferente que no pasa inadvertido.

De noche, la combinación de luces de neón y brillantes colores rosas y azules, realza el tradicional estilo Art Decó, convirtiéndolo en un marco de referencia internacional, repetido infinidad de ocasiones en fotos, películas y series de televisión.

El gran hotel de South Beach es el Delano, un paraíso del lujo contemporáneo, donde el diseño más actual se funde con el clásico estilo del viejo Miami. 
El Delano no está en Ocean Drive, sino en su paralela, Collins Avenue, la elegante calle en la que se encuentran las mejores tiendas de South Beach y, tal vez, de todo Miami.

Colony Hotel
Junto a él hay un numeroso grupo de hoteles, todos ellos atractivos y con la ventaja sobre el fantástico Delano de que están en primera línea de playa (aparte del precio, claro).
De ellos podemos destacar el tan fotografiado Colony y, también, el Dream, aunque hay muchos que están muy bien, con buenas vistas y, en la mayoría de los casos, con acceso propio a la playa. Algunos, como el propio Dream, tienen, además, una bonita piscina en la terraza superior, en la que refugiarse cuando la bandera morada (la bandera morada avisa de "fauna marina peligrosa") está izada en los puestos de vigilancia de la playa.

Si se nos presenta la oportunidad para hacerlo, cenaremos en The Bazaar by José Andrés, el restaurante del asturiano José Ramón Andrés Puerta, cuya fama en Estados Unidos alcanza de costa a costa. En cualquier caso, encontraremos multitud de lugares para comer bien, a la medida de todos los bolsillos y preferencias. 

Y si los restaurantes abundan, no digamos los bares, casi todos ellos especializados en cócteles tropicales, en los que el ron, la piña y el coco son ingredientes habituales. Lo mejor, para dejarse guiar, es seguir las recomendaciones del South Beach Magazine, que no fallará en darnos a conocer el último lugar de moda.

Baywatchers
Cuando nos movemos por Ocean Drive, paseando con la espontánea naturalidad que todo visitante de Miami adquiere al poco tiempo de estar hospedado en South Beach, es difícil imaginarse que a finales del siglo XIX todo este terreno no era más que una larga sucesión de plantaciones de cocoteros y explotaciones agrícolas, que no comenzaron a convertirse en una lejana aproximación a lo que es hoy hasta las primeras décadas del XX, viendo su desarrollo brutalmente paralizado en 1926 por el terrible huracán que asoló toda la zona, provocando que el sur de Florida anticipase su particular gran depresión económica a la del resto del país, que no llegaría hasta tres años más tarde, justo cuando Miami ya estaba recuperándose de su casi total destrucción por las violentas fuerzas de la naturaleza. 

Puesto de vigilancia en la playa
En los últimos años, no es exagerado decir que Miami se ha convertido en la verdadera capital virtual de latinoamérica, ya que es la sede de buen número de multinacionales, cuyo cuartel general para iberoamérica está allí instalado.
Es, asimismo, un importante centro financiero regional y su crecimiento económico es notable y continuado, lo que no impide que South Beach mantenga su encanto especial y esa personalidad latina y festiva que convierte a estas pocas manzanas del sur de Miami Beach, en el destino soñado por tantos viajeros de uno y otro lado del Atlántico. Bienvenidos todos a South Beach.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Otra mirada a Roma

Un viaje improvisado suele ser una eficaz terapia contra el agotamiento mental y el desgaste de la rutina del día a día. Y para que sus efectos sean, aún, más notables, conviene decidirlo en el último momento y sin hacer grandes preparativos. Si, además, nos vamos a un lugar en el que el arte y la historia nos envuelven, sin posibilidad de la más remota escapatoria, habremos multiplicado nuestro éxito.
Roma es el destino perfecto para combinar estos imprescindibles paliativos emocionales para combatir la fatiga del espíritu.
La ventaja principal de Roma es su patrimonio es universal, por lo que no es probable que paseemos por sus calles o nos asomemos a las balaustradas del Tíber sin sentir que estamos volviendo a casa. A una casa que es la nuestra desde hace unos dos mil años (y lo digo con la intención expresa de quedarme muy corto en el tiempo).

El Anfiteatro Flavio, conocido como Coliseo
Lo normal es viajar muchas veces a Roma. 
No es necesario buscar una excusa. Basta con ir. 
Cuantas más sean nuestras visitas a la ciudad que fundó Rómulo, mejor disfrutaremos de una estancia corta junto a sus casi incontables piedras milenarias, perdiéndonos por sus infinitos rincones.

Conocer Roma es imposible, ni siquiera aprendiéndose de memoria los dos tomos que editara mi bisabuelo en El Progreso Editorial, allá por 1889, así que no hay que esforzarse en el vano intento de abarcarlo todo.
Lo mejor que podemos hacer, superados los recorridos imprescindibles en nuestros anteriores viajes, es movernos sin rumbo fijo, observando cuantos detalles seamos capaces de abarcar y que, seguramente, nos habían pasado inadvertidos en otras ocasiones. La sensación de ver por primera vez algo que lleva en el mismo sitio varios cientos de años (o de lustros) nos invade cuando vamos andando, sin prisa, por una ciudad que sigue iluminando la historia del mundo.

Detalle del Arco de Constantino
Como casi todos los grandes monumentos de Roma, los foros imperiales nos siguen hoy ofreciendo perspectivas nuevas cada vez que nos acercamos a ellos, algo que nos ocurre hasta con el propio Coliseo, el Anfiteatro Flavio, cuya inauguración se celebró con cien días de festejos. 

Comparado con el Coliseo, el Arco de Constantino, es moderno, pero su edificación en la Via Triunphalis, al pie del monte Palatino (mi colina favorita de las siete de la vieja Roma) y la vista que desde su emplazamiento se contempla del gran anfiteatro, le confieren un aspecto imponente, que debió serlo, mucho más, en los tiempos del IMP · CAES · FL · CONSTANTINO · MAXIMO · P · F · AVGVSTO (Emperador César Flavio Constantino, máximo pío y bendito Augusto), como reza la inscripción que lo corona. Otras, sobre los arcos menores, hacen votos conmemorativos de su décimo y vigésimo aniversario del "liberador de la ciudad", como en el propio monumento se resalta.

Templo de Rómulo
Ya en el interior del recinto de los foros, el Templo de Rómulo siempre me ha llamado la atención, tanto por la solución arquitectónica de su fachada (que, más tarde, tendría gran influencia en un buen número de monumentos), como por el hecho insólito de conservar su magnífica puerta original de bronce y sus dos rojas columnas, de estilo corintio, de pórfido, lo que no deja de ser asombroso, sobre todo si tenemos en cuenta que la ciudad ha sufrido múltiples saqueos en el transcurso de los siglos.

También me impresiona observar las ocho columnas que quedan en pie, desafiando al tiempo, de la tercera reconstrucción del Templo de Saturno, una de las construcciones más antiguas de la primitiva República Romana, que tenía la nada intrascendente función de guardar las reservas de oro y plata de la ciudad, así como de custodiar los archivos de Roma. Hay que ser muy insensible para no impresionarse con el efecto que sus esbeltas columnas jónicas, erguidas sobre un alto podio, y su casi intacto frontón nos ofrecen cuando las observamos a contraluz desde cerca, con su inscripción frontal sobre nuestras cabezas, recordándonos cómo fue levantado de nuevo, tras un incendio en el siglo III.

Templo de Saturno
Caminar entre los vestigios de la historia de Roma, pisando las mismas piedras que sus antiguos habitantes y sentándote a descansar un rato sobre el mármol de una noble columna caída, es una invitación permanente a que cuestionemos el grado de sensatez que tiene el hecho de que millares y millares de personas paseen distraída, alegre y, muchas veces, irresponsablemente, por un terreno cuyo auténtico valor histórico y cultural es, de todo punto incalculable.

Y no puedo evitar sentirme como un bárbaro que horada con sus modernos zapatos lo que queda de unas calzadas pensadas para las sandalias del populus romanus. Hasta el huno Atila y el cartaginés Aníbal, grandes enemigos de Roma, fueron más respetuosos con la capital del mundo antiguo que nosotros, las hordas de bárbaros turistas que avasallamos la historia de la humanidad con el poder que nos confiere un puñado de miserables dólares, euros, rublos o yenes...

"Goza en las tuyas sus reliquias bellas
para envidia del mundo y sus estrellas".
Estos últimos versos de Rodrigo Caro, en su Canción a las ruinas de Itálica, retumban en mi mente cada vez que pienso en ello. Y eso que él, por lo menos, le hablaba a Fabio en medio de campos de soledad. No puedo imaginarme lo que diría hoy, ante las de Roma.

Bajando del Capitolio

Dejando atrás los foros y el Palatino, me gusta subir hasta la colina Capitolina, tan cargada de historia, y asomarme a la tristemente célebre roca Tarpeya, echar un vistazo a la loba Luperca, saludar al Marco Aurelio ecuestre original (o a su réplica exterior), observar las proporciones de la plaza diseñada por Miguel Ángel y descender hacia el Campo de Marte por la muy curiosa escalera-rampa, accesible a peatones y, también, para jinetes montados sobre sus cabalgaduras. Mientras bajo, suelo mirar de reojo el lateral del Altar de la Patria que, visto parcialmente y medio oculto por la vegetación y la inacabada y austera fachada de Santa María de Aracoeli, parece hasta bonito. Por cierto que de esta basílica, sin duda digna de ser visitada, casi siempre me acuerdo cuando ya estoy abajo (y sus larguísimas escaleras me desaniman a reemprender la empinada ascensión para volver a verla por dentro).


Una esquina del Trastevere
Comer en el Trastevere es estupendo, por lo que suelo acercarme a él tras dar un rodeo para llegar hasta Santa Maria in Cosmedin y volver a tocar el mármol del antiquísimo rostro de lo que yo sigo manteniendo que hace dos mil años fue una fuente y en nuestros días es una atracción turística de primera magnitud, sobre todo, después del susto que Peck dio a Hepburn durante el rodaje de "Vacaciones en Roma" (que fue real). 
Me refiero, claro está, a la Bocca della Verità, con cuya imagen barbuda creo que guardo una cierta similitud, lo que aumenta mi simpatía por la popular reliquia del siglo I.

El Panteón de Adriano

Tampoco es mala alternativa dejar el Trastevere para la noche y comer en la vieja Pizzeria da Baffetto, en la via del Governo Vecchio (tiene una sucursal, pero solo me gusta la antigua), no demasiado lejos del más importante monumento de la Roma clásica: el Panteón. 

El Panteón es lo que siempre hay que ver cuando uno va a Roma. Una obra de arquitectura e ingeniería sin parangón en la historia. 
Todavía me pregunto cómo fueron capaces de construir una cúpula de tan grandes dimensiones con los medios y la tecnología de la época. No solo es el monumento antiguo mejor conservado de la vieja capital imperial, sino que es un edificio de una belleza absoluta, casi imposible de superar.
Fue levantado en tiempos de Adriano, sobre los cimientos de un anterior templo de la época  de Agripa, siendo este nombre el que aparece en el friso del pórtico actual, lo que indujo, durante muchos siglos, al error de pensar que se trataba del templo original. Todo apunta a que Adriano (poco proclive a poner su nombre en las obras públicas realizadas bajo su mandato) quisiera mantener el del promotor del que se construyó unos ciento cincuenta años antes.

Cúpula del Panteón
No sé si realmente fue, tal como algunos especulan, Apolodoro de Damasco su arquitecto, pero lo que sí nos consta es que fue la obra de un genio capaz de hacer que la mayor cúpula de hormigón de la historia se mantenga como nueva veinte siglos después y, no conforme con ello, conseguir un espacio de proporciones perfectas e impactantes, tanto desde el punto de vista técnico como del estético. 

Yo nunca me canso de colocarme bajo su óculo central para ver como entra la luz en su interior, dotando al revestimiento interno de la cúpula de un efecto luminoso nítido y, a la vez, difuminado, mientras aligera el peso de la estructura, consiguiendo que disminuya la tremenda presión que se ejerce sobre los muros. Nunca he estado allí el día de Pentecostés, pero debe ser fantástico ver como descienden, desde el perfecto círculo de la linterna que corona la cúpula, miles de pétalos de rosas rojas, en representación de la venida del Espíritu Santo, en forma de lenguas de fuego (de ahí el color de los pétalos), sobre los apóstoles. Como es lógico, el fondo musical de este espectáculo lo constituye un coro entonando el Veni Creator...



Ángel de Paolo Naldini, copia del original de Bernini
El tiempo en Roma, como todos sabemos, es eterno pero, pese a ser así, tarde o temprano tendremos que acabar en el Vaticano. Para ello, lo mejor es seguir el curso del río hasta alcanzar el puente de Sant'Angelo, afortunadamente peatonal, que data de la misma época que el Panteón, aunque el responsable de su aspecto actual es Bernini, quien diseñó sus dos hileras de ángeles, cada uno de los cuales lleva en sus manos un instrumento de la pasión de Cristo.
Casi todo el mundo coincide conmigo en la opinión de que se trata del puente más bello de Roma, tanto por sus elegantes arcos antiguos sobre las aguas del Tíber, como por enmarcar con tanto arte el impresionante Mausoleo de Adriano (conocido hoy como el castillo de San'Angelo), al que es imposible acercarse sin escuchar, en el interior de nuestra mente, el aria de Cavaradossi.

El Ángel y la gaviota se observan en silencio
Mientras lo cruzo, siempre busco las dos imágenes creadas, personalmente, por Bernini (las dos mejores) que, desde luego, no son las originales, pero sí unas excelentes copias cuyo blanco intenso, manchado por el paso de los años, se recorta contra el azul del cielo romano. 
También se obtiene desde el puente una magnífica vista de la cúpula de San Pedro, en la que merece la pena recrearse un buen rato.

Son tantos los detalles que se observan durante un breve viaje de un par de días a Roma que sería inapropiado relacionarlos aquí, así que los guardo para otra ocasión. O, mejor aún, volveré a vivir otros nuevos en cualquier momento. En cuanto haga otra visita imprevista y fugaz a Roma.