miércoles, 25 de marzo de 2015

Alrededor de Times Square

Séptima Avenida y Times Square desde 47 St
Se dice que es el espacio urbano más fotografiado de los Estados Unidos.
Probablemente lo es, pero no hay duda de que Times Square es mucho más que eso.
Verdadero centro neurálgico de Manhattan, yo recuerdo haberlo conocido cuando aún era una zona poco segura y repleta de locales poco recomendables. 

Una plaza muy diferente a la que hoy pueden ver quienes pasean por ella, si bien es cierto que ya en esos años estaba rebosante de colorido y llena de múltiples anuncios luminosos, cines, hoteles y restaurantes.

42 St desde la Séptima Avenida
Pero no fue siempre así. Hasta el siglo XIX, la vieja zona de Longacre Square (así se llamó hasta que el periódico New York Times se instaló en ella) era un área con pocas casas y mucho campo. John Scott, un general que combatió junto a George Washington, fue su propietario y allí tuvo su gran mansión, en cuyos alrededores se cultivaba la tierra y se criaba ganado.

Desde el comienzo del siglo XX empezó a crecer y desarrollarse urbanísticamente, hasta llegar a convertirse en el mismo centro neurálgico de la ciudad de Nueva York. Símbolo del ajetreo permanente de la gran metrópoli, Times Square es, sin la menor duda, el punto sobre el que gira una buena parte de la intensa vida cosmopolita de Manhattan.

Séptima Avenida y 47 St
A mí, la época que más me gusta de la gran zona que rodea Times Square es la de los años 50 y 60 del siglo XX.
Si consiguiéramos retroceder en el tiempo, situarnos allí, y bajar caminando, sin prisas, por esta parte de la Séptima Avenida, hasta llegar a su intersección con Broadway, mirando a uno y otro lado, a lo largo del tramo comprendido entre la calle 47 y la popular y ajetreada 42, nos encontraríamos con una ciudad menos moderna, es cierto, que la actual, pero de una belleza muy superior. Solo con disfrutar de los fantásticos modelos de automóviles que en esos años circulaban por el centro de Nueva York, tendríamos suficiente para quedarnos embobados durante horas.
Y si al espectáculo de los vehículos añadimos los luminosos de la época; los edificios, sólidos y de elegante diseño; los grandes comercios y restaurantes que asoman por todas partes o los carteles de especial belleza que, junto a esos luminosos en los que todavía dominaba el neón, reclaman nuestra atención por todas partes... estaríamos asistiendo a la  escenificación de ese mundo americano, tan diferente al que recordamos de la vieja Europa, que se quedó grabado en blanco y negro en nuestras retinas.

Séptima Avenida desde 48 St
Hoy podemos imaginar mejor esa realidad, de la que ya nos separa más de medio siglo, gracias a las muy particulares fotografías que ilustran estas líneas.
Son parte de la conocida como Collection Robé, una serie de imágenes que André Robé ha ido comprando y conservando, desde el año 1997, de archivos privados o de particulares, hasta formar un conjunto que tiene una belleza muy especial, digna de ser disfrutada por todos y que, con gran probabilidad, se hubiesen acabado perdiendo sin su intervención.

47 St y Broadway
Parece ser que sus autores (yo diría que las cinco que aquí vemos son obra del mismo fotógrafo) son desconocidos, aunque todas las que he visto tienen ese inequívoco aspecto de haber sido realizadas por unas manos expertas, bien orientadas por la ayuda de una visión plástica excepcional.
El homogéneo grupo que aquí publicamos es un buen ejemplo de ello. Su conjunto nos brinda una instantánea coral del corazón mismo de Manhattan, haciendo gala de un estilo casual, a la vez que exquisito, que nos cautiva con su cromatismo delicado, muy en contraste con la dinámica actividad que refleja la vida ciudadana que retratan.

Y, para completar la visión histórica de Times Square a la que nos trasladan las imágenes de la Collection Robé, una bellísima fotografía, en blanco y negro, que nos enseña cómo era la frenética plaza neoyorquina en 1938, antes de que el mundo se sumiese en los desastres de la II Guerra Mundial. 
Desconocemos, también, el nombre de su autor, pero su título es evidente: 'Cualquier tiempo pasado fue mejor'.

Times Square, 1938















jueves, 19 de marzo de 2015

Tivoli, jardines eternos de Copenhague

Cartel 1956
Aunque su nombre se ha convertido en propio con el paso del tiempo, hubo una época en la que la mayoría de los jardines de su estilo (hoy los llamamos 'parques de atracciones') se llamaban 'Tivoli' o 'Vauxhall', recordando los originales de Villa de Este, cerca de Roma, y los londinenses, ya desaparecidos.

Cuando Carstensen construyó los de Copenhague, en 1843, tuvieron un éxito inmediato.
Poco a poco fueron consolidando su fama en todas partes, conseguida, en buena parte, gracias  a desarrollar una personalidad propia, muy diferente a la de otros 'jardines de diversión' de la época. Su gran virtud es haber mantenido su estilo a través de los años.

Fue el mismo Carstensen quien acuñó la célebre frase 'Tivoli nunca estará completo', que se ha convertido en un eslogan del parque y ha transmitido su inconfundible espíritu en el que se unen la vocación de cambio y evolución con el respeto por el estilo personal, familiar y elegante, de los jardines originales.

Luces en la noche



A mí (como a tanta gente) me encanta la muy particular arquitectura de sus edificios, muchos de ellos inspirados en el lejano oriente o con influencias árabes. El diseño de todos sus elementos está cuidado, realizado con el máximo detalle y mantenido, a la perfección, a través de las décadas.

Porque Tivoli no es un parque de atracciones convencional. Es un lugar mágico, en el que se dan cita la música, el teatro, la pantomina, los desfiles (especial atención a sus famosa y uniformada 'Boy's Guard') y todo tipo de actuaciones en vivo, con las que podemos encontrarnos por todas partes.

El lago
También tiene sus 'atracciones', propiamente dichas que, en verdad, son muy interesantes, pues conservan el sabor y la belleza de las de una época pretérita y romántica que en Tivoli permanece despierta y muy activa, demostrando que la tradición no está reñida, en absoluto, con la diversión ni con la modernidad.

En oposición a lo que es habitual en otros lugares (me vienen, ahora, a la memoria decenas de sitios repletos de montañas rusas, trenes con brujas, horribles tiovivos y otros artefactos mecánicos de dudoso gusto), la comida en Tivoli es excelente, contando con algún restaurante de gran nivel y otros, algo más populares, pero también cuidados y de buena cocina. Los más conocidos son Kähler, Grøften, Mazzolis, Wagamama o el idílico Faergekroen Bryghus, al borde del lago.

Nimb
Tal vez, el más llamativo sea el del renovado hotel Nimb, cuya arquitectura (una réplica libre del Taj Mahal) se ha convertido en uno de los símbolos del parque. 
Hay que lamentar, eso sí, que en el año 2011 el genial Paul Cunningham decidiera cerrar su gran restaurante The Paul para trasladarse a la costa oeste danesa, para poner en marcha su nuevo proyecto culinario (Henne Kirkeby Kro). The Paul era, en mi opinión, uno de los mejores restaurantes de todo el mundo, con independencia de que solo tuviera una estrella Michelin. Su presencia en Tivoli, durante casi diez años, ha contribuido a elevar el listón de una oferta gastronómica que suele ser notable en Dinamarca.

Pero no olvidemos que Tivoli es un jardín. Y, como tal, destaca por sus cuidados rincones verdes, sus muchos árboles y sus plantas y flores, que son parte fundamental de su más profunda naturaleza. Pasear por Tivoli es ya, de por sí, una verdadera atracción, en especial durante el final de la primavera.
Y, cuando llega la noche, los jardines se iluminan, ofreciendo una nueva dimensión de belleza, en la que se combinan luces suaves y colores bien escogidos, para dotar a edificios, fuentes y avenidas con unos matices diferentes, capaces de crear ambientes de una estética aún más especial.

Tivoli en Navidad
Tivoli abre al público desde abril a septiembre, por Halloween y en Navidad, así que nadie debe programar un viaje turístico a Copenhague fuera de esas fechas o se perderá algo extraordinario y único. Y yo me atrevería a decir, además, que indispensable para conocer de verdad una ciudad amable, bella y culta, que nos acoge con simpatía, pero que nos exige, para poder entenderla bien, que pasemos un día entero en los jardines de Tivoli.

Dudo mucho que haya otro parque como Tivoli en el mundo. Sin duda los habrá más grandes, más modernos y con más tecnología. Pero nada de eso puede superar el encanto de un concepto que diseñó Carstensen hace más de siglo y medio, y que sigue ejerciendo sobre quien lo visita una atracción poderosa y eterna.

martes, 17 de marzo de 2015

En las aguas del tiempo

Las postales antiguas siempre nos han fascinado. Y cuando en ellas aparece ese reflejo del agua que parece detenido en el tiempo, aún más.
Desde épocas inmemoriales, el hombre se las ha ingeniado para flotar y desplazarse sobre el mar, sobre los ríos, sobre las lagunas... A veces lo ha hecho con grandes barcos, capaces de atravesar los océanos. Otras, con minúsculas embarcaciones, de aparente fragilidad, pero adecuadas para moverse por espacios pequeños y servir de medio eficaz para acceder a lugares insospechados, casi imposibles de imaginar.

Hoy traemos aquí cinco imágenes que nos llevan a un pasado reconocible y bello, nostálgico y luminoso. Un mundo que a todos nos gustaría visitar y, quizás, quedarnos en él para siempre, lejos de la multitudinaria presión que hoy azota a la mayoría de los lugares más atractivos de nuestro sufrido planeta. Al menos, podremos disfrutarlos con la imaginación.

Bisevo

La primera postal nos muestra la romántica isla de Bisevo, en Dalmacia. 
En ella, los tres ocupantes de una barca de remos nos observan, muy circunspectos y elegantes, frente a la entrada de la maravillosa gruta azul, una cavidad rara, sorprendente y extraordinaria, en la que el sol de mediodía produce un efecto fabuloso bajo la gran cúpula natural que, sin que nadie pueda suponerlo desde el exterior, nos ofrece por dentro la inmensa cavidad formada en su rugosa roca caliza. 
Un espectáculo que justifica el viaje hasta este apartado punto de la geografía croata, fuera de los circuitos turísticos habituales.

Venecia

Los canales de Venecia siguen ejerciendo, en nuestros días, una muy poderosa y magnética atracción en los viajeros. Claro que hoy es más difícil encontrar unas escenas tan pintorescas como la de esta conocida imagen del rio della Botisella, reproducida tantas veces, y que presenta una composición de gran belleza en un cuadro rebosante de apacible sencillez.

Fechada en el año 1890, nos muestra a una dama a punto de llegar a su destino (como, con total claridad, indica su postura), a bordo de una góndola, bajo la atenta mirada de un operario que detiene su labor sobre una embarcación en dique seco, mientras un caballero sube los peldaños de una escalera, ajeno a la elegante señora, que parece impaciente por desembarcar y nos muestra unas maneras propias de quien está acostumbrada a desplazarse en un medio de transporte nada extraño para ella.

Dawlish

Cambiando drásticamente de escenario, observamos en esta fotografía la playa de Dawlish, en el suroeste de Inglaterra. En primer plano, vemos la zona de la playa reservada a las barcas de pescadores (cuyos aparejos reposan junto a los botes), a la que se está acercando una pequeña embarcación, que arría su vela.

La serenidad que transmite esta imagen es absoluta. 
Nada parece perturbar la paz de esta apacible villa marinera en la sabemos que Jane Austin pasó unas largas vacaciones  y a la que, tanto ella como Dickens, mencionan en sus obras.
El tono con el que está coloreada la foto parece recordarnos que la vieja población de Dawlish cobró fama, a principios del siglo XX, por su perfume de violetas. Unas flores que crecen, cultivadas y silvestres, en muchas zonas de los alrededores, gracias a su particular clima templado y suave.

Nápoles

La cuarta postal es del sur de Italia. Y debo reconocer que me gusta mucho esta vista de la gran bahía de Nápoles con el Vesubio al fondo.

Unos cuantos barcos veleros de considerable eslora y arboladura esperan, sin ninguna prisa, el momento oportuno para zarpar, atracados en el muelle unos y fondeados frente al puerto los otros. 
Su presencia nos indica, con claridad, que nos encontramos en una gran ciudad portuaria, de tráfico mercantil intenso.
Sin embargo, pese a ello, el momento captado es de total reposo y solo el humo del volcán, impulsado por el viento del norte, puede llegar a producir una remota inquietud, al recordarnos su violento pasado. 
La total ausencia de personas contribuye a incrementar la placentera sensación de quietud que, sin duda, contrasta con una ciudad que sabemos alegre y bulliciosa.

Monmouth

Y, para terminar, esta preciosa imagen del río Monnow, a su paso bajo el viejo puente de Monmouth, villa en la que une su curso con el del Wye.
El Monnow sirve de frontera entre Gales e Inglaterra y discurre por un frondosos valles que aumentan su belleza tras confluir con el Wye.
Una muy atractiva parte del Reino Unido, que cuenta con impresionantes paisajes a ambos lados del límite de los dos países, llena de montes, bosques y parajes por descubrir.

Un viaje por Gales es más que recomendable y, con toda seguridad, Monmouth, la antigua fortaleza romana de Blestium, es el lugar ideal para comenzarlo. Su bello puente medieval fortificado (que vemos en la fotografía) es el único de su tipo en Gran Bretaña. Y la barca que reposa en la orilla parece estar invitándonos a subir para dar un paseo fluvial por el Monnow...

Recuerdos de un ayer que no volverá. Aunque, por fortuna, algunas de las aguas que estas postales nos muestran, nos ofrecen, todavía, la posibilidad de disfrutarlas en calma, si escogemos bien los momentos para hacerlo.

sábado, 14 de marzo de 2015

Bolshói y Mariinski, grandes de Rusia

No es nada sencillo tomar partido por uno u otro de los dos grandes templos de la música rusa. Es cierto que el Bolshói de Moscú tiene más nombre, a nivel internacional, pero (tal vez por eso mismo) los defensores de la grandeza del Mariinski sostienen que esa fama la ha conseguido gracias a popularizarse en exceso, mientras que el teatro de San Petersburgo ha permanecido siempre fiel a sus principios de excelencia musical.
Desde mi punto de vista, no es sensato entrar en una discusión que tiene raíces subjetivas evidentes, similar a la que los taurinos podrían alimentar, comparando las virtudes de Las Ventas y enfrentándolas a las de la Maestranza.

La sala del Bolshói, vista desde el escenario
Bolshói significa 'grande' en ruso, una palabra que viene a definir, de forma clara y simple, su naturaleza de gran teatro. Sin duda, uno de los más importantes del mundo en el ámbito musical.

Su historia comienza en el año 1776 y está jalonada de múltiples y graves incendios, que obligaron a sucesivas reconstrucciones a lo largo del tiempo.
La compañía, creada en la época de Catalina II, tuvo un primer teatro, el Petrovski, que se quemó en 1805. La nueva sede fue destruida por el gran incendio que sufrió Moscú durante la ocupación de las tropas de Napoleón, en 1812. Un tercer teatro, inaugurado en 1825, fue pasto de las llamas en 1853...

Durante la revolución bolchevique, el Bolshói (ya en su ubicación actual de la plaza Teatrálnaya) alternó su actividad cultural con los congresos del Partido Comunista y en 1922 fue testigo de la fundación de la Unión Soviética.

Fachada principal del teatro Bolshói de Moscú

Su aspecto exterior es, en verdad, imponente, con sus ocho poderosas columnas coronadas por un frontón, sobre el que Apolo maneja una cuadriga al galope.

El grandioso edificio que hoy vemos es resultado de una larga restauración integral, inaugurada en 2011, tras seis años de trabajos.
En su mayor parte se ha respetado fielmente la obra original de Albert Kavos, quien había rehabilitado el edificio anterior, realizado por Osip Bovet, que fue el destruido por el fuego en 1853.
Hoy se ha recuperado una buena parte del esplendor de la época imperial del teatro, que había sido modificado durante los años de la Unión Soviética, aunque se han mantenido algunas de las intervenciones efectuadas en esta etapa, como la cafetería. 
El resultado (que yo aún no he tenido oportunidad de ver en directo, después de su reforma) parece que es impresionante, tanto por su lujosa decoración como por sus condiciones técnicas. Estoy deseando volver a Moscú para visitarlo.
Sello del Bolshói

Pero si espectacular es su arquitectura, es todavía mayor su mérito musical. Caracterizado por haber mantenido su vocación hacia un repertorio clásico, sus temporadas de ópera y ballet son siempre celebradas por todos los amantes de las artes escénicas musicales. Allí estrenó Tchaikovski su celebérrimo ballet 'El lago de los cisnes' y por su escenario han pasado las máximas figuras rusas, como Galina Ulánova o Maya Plisétskaya, y los principales artistas internacionales, como Plácido Domingo o Angela Gheorghiu. 

Según tengo entendido, en el subsuelo del teatro se ha construido una gran sala de conciertos, con lo que se ha duplicado la superficie del complejo teatral del Bolshói.
Para mí el 'teatro grande' (unos 80.000 metros cuadrados construidos) es, sin duda, una de las tres grandes atracciones de Moscú, junto al Kremlin y la Plaza Roja.



Teatro Mariinski de San Petersburgo
Su eterno rival, el Mariinski (llamado Kirov entre 1935 y 1992) tiene un origen solo un poco más moderno. 
Fue inaugurado en 1860 y es el heredero del Kámenny, fundado en 1783, también bajo el reinado de Catalina II.

El edificio está inspirado en el teatro Semper de Dresde, si bien a mí me resulta más próximo al estilo clásico de la arquitectura vienesa. 
En cualquier caso, es ese particular color verde pastel que domina en su fachada, el que le imprime un carácter propio e inconfundible, dotándole de una personalidad muy particular, de todo punto inconfundible.
Es, por supuesto, la sede del famoso Ballet Mariinski y la lista de los artistas que por él han desfilado quita la respiración al leerla. Anna Pávlova y Rudolf Nuréyev, son dos renombrados ejemplos que ilustran esta realidad.

Al igual que el Bolshói, el gran teatro de San Petersburgo (la capital mundial de la cultura, como llaman a la ciudad muchos de sus habitantes) ha sido escenario de grandes estrenos mundiales, como es el caso de 'La forza del destino' de Verdi.

Saliendo del escenario en el Mariinski

El Mariinski, cuyo nombre le fue otorgado en honor de la emperatriz María, esposa de Alejandro II, ha querido actualizar y ampliar su oferta musical, inaugurando en 2013 un modernísimo teatro anexo, el Mariinski II (que tampoco he tenido la suerte de conocer, hasta la fecha), formando un complejo teatral de gran envergadura, multiplicando su capacidad y aumentando, con ello, el tamaño de su compañía estable.

Desde 2006 cuenta, asimismo, con un auditorio muy próximo, la denominada Sala de Conciertos del Teatro Mariinski, cuya acústica es excelente y es un edificio de elegante diseño.
Así, con sus instalaciones actuales, el conjunto tiene hoy una capacidad para 5.000 espectadores. Y no es nada raro que se ofrezcan espectáculos simultáneos en los tres.


La elegante sala del Mariinski
Yo no podría decantarme por uno u otro. 
Ambos resultan excepcionales y magníficos desde todos los puntos de vista, monumental, artístico, histórico...

Quien no haya tenido la inmensa suerte de pasar, al menos una vez, por ellos o, en su defecto, haber asistido a alguna representación de sus compañías en una de las frecuentes giras que realizan por todo el mundo, no puede considerar que sus aspiraciones musicales han sido colmadas. Visitarlos es algo a lo que todo amante de la música (y del arte, en general) debe aspirar, en la seguridad de que su alma saldrá engrandecida y su ánimo reconfortado. 

Con todas las importantes modificaciones que los dos han incorporado en los últimos años, sería una buena idea ir pensando en un nuevo viaje a esas dos extraordinarias ciudades rusas que parecen estar llamando, permanentemente, nuestra atención con las pegadizas notas de 'El lago de los cisnes' (que, por cierto, son las que utilizan en el Metropolitan de Nueva York para advertir al público del final del descanso). 
Escuchemos su llamada y dejémonos seducir por la belleza de las eternas melodías que se desprenden de las viejas paredes del Mariinski y de esas otras que corren hacia nosotros, subidas en el veloz carro de Apolo, desde los renovados tejados del inmortal Bolshói.

Svetlana Zakharova baila 'Don Quijote' en el Bolshói

Lo intentaremos.














sábado, 7 de marzo de 2015

Madrid en cuatro fotos (II)

Continuamos la serie con cuatro imágenes de uno de los fotógrafos más unidos a la vida madrileña de la primera mitad del siglo XX: Alfonso.

Alfonso Sánchez García, popularmente conocido solo por su nombre de pila, comenzó trabajando con Manuel Compañy, titular de uno de los más importantes estudios de Madrid en el todavía nuevo arte de la fotografía. Pronto (parece que en 1910, pese a que hay quien cita 1918 como su fecha de comienzo), Alfonso abrió el suyo propio, también en la calle de Fuencarral (allí estaba el de Compañy), concretamente, en el número 6. Hoy una placa del Círculo de Bellas Artes, colocada en la fachada del actual número 4, nos indica que allí estuvo, por lo que hay que suponer que el cambio de número se debió a la nueva numeración de la calle, motivada por la construcción de la Gran Vía.

Placa en Fuencarral 4
El estudio, en el que también trabajaron sus tres hijos (Alfonso, Luis y José Sánchez Portela), permaneció en la calle de Fuencarral hasta que, después de su destrucción parcial durante la guerra, en agosto de 1939 abrieron el nuevo de la Gran Vía, en el que se expusieron muchos de los retratos de personajes famosos realizados por Alfonso. Entre sus hijos fue 'Alfonsito' (Alfonso Sánchez Portela) quien más destacó en el oficio de su padre y nos dejó una extraordinaria crónica gráfica de los azarosos años de la década de 1930.




Calle de Alcalá (1920)
Empezamos por recoger una fantástica instantánea, que fue realizada en 1920 y en la que se nos muestra el primer tramo de la calle de Alcalá, en el que conviven tranvías eléctricos con una mezcla de modernos automóviles y tradicionales coches de caballos. Una fotografía que refleja la realidad cambiante de una época en la que el transporte madrileño estaba sufriendo la más importante de sus transformaciones (no hay que olvidar que el Metro estaba recién inaugurado).

En primer término, justo a la izquierda, vemos el hotel Regina (que todavía existe), con su conocido y popular café en la planta baja. Un poco más lejos, en el centro de la imagen (esquina a Peligros), vemos el toldo del que fue el más famoso de Madrid, el Café Fornos, ya en esa época en declive y convertido en sala de juego y cabaret, bajo el nombre de Fornos Palace.
En la misma acera, tras cruzar la calle Peligros, aparece la fachada del convento de las Calatravas, que todos bien conocemos.


Dirigible volando sobre Madrid (1930)
Continuamos con un documento de características excepcionales. Se trata de la fotografía, captada por el siempre atento objetivo de la cámara de Alfonso en 1930, del vuelo de un dirigible sobre el centro de Madrid.

Está tomada desde una terraza del nuevo edificio de la Telefónica, justo en la esquina con Fuencarral y frente al propio estudio de Alfonso.
Por el poco tráfico que se ve en la Gran Vía, hay que suponer que está tomada un domingo o día festivo, ya que en esa época, el centro de Madrid ya presentaba un importante movimiento de vehículos. La mayoría de los edificios que podemos observar en la foto son los mismos que hoy existen. Al fondo, el parque del Retiro y en la esquina inferior izquierda, la cúpula del Círculo de la Unión Mercantil e Industrial.








Modistillas en la Gran Vía (1933)
La tercera imagen es una de las más clásicas del gran Alfonso, que sobresalía en el arte de reflejar momentos vivos de nuestra ciudad, prestando especial atención a sus personajes en plena actividad, integrados en un escenario urbano en pleno desarrollo.

Aquí vemos un grupo de modistillas, en mitad de la Gran Vía (a la izquierda los desaparecidos Almacenes Rodríguez y, a la derecha, la casa Murga y la Telefónica).
Las modistillas, alegres y ataviadas con los tradicionales mantones, solicitan la intervención de San Antonio para conseguir un buen novio... aunque, en la fotografía, ya aparecen algunos posibles candidatos, también muy elegantes, por cierto
Doy por hecho que se trata del mismo día de San Antonio (el 13 de junio de 1933), por la mañana. Seguro que esa tarde todos, modistillas y pretendientes, acabarían en la verbena.


Antonio Machado en el Café de las Salesas
Por último, uniendo en ella personajes y cafés de la época, una foto dividida en dos.
La parte más conocida es la del retrato de Antonio Machado que, con el paso del tiempo, se ha convertido en uno de los más reproducidos del gran poeta sevillano. 
Está tomada en otro café de los años treinta, el de las Salesas. Menos famoso que otros de su tiempo, pero muy frecuentado por quienes se movían, por unos u otros motivos, en los alrededores del Palacio de Justicia, el local estaba situado justo frente a la iglesia de Santa Bárbara, en la esquina con la actual calle Conde de Xiquena.
Se realizó con motivo de la entrevista que el 8 de diciembre de 1933 le hizo la conocida periodista Rosario del Olmo para el periódico 'La Libertad', que fue publicada el siguiente 12 de enero. 






Fotografía original (Braulio, Machado y Del Olmo)



En la fotografía original que, según parece, solo fue publicada con motivo de la entrevista, podemos ver al poeta, a la periodista y al camarero Braulio, reflejado en uno de los numerosos espejos que decoraban las paredes del café. Junto a la cabeza de Braulio vemos, con claridad, la fecha en el calendario.
Antonio Machado, que moriría en Colliure (Francia) el 22 de febrero de 1939, tenía entonces cincuenta y ocho años y llevaba menos de dos residiendo en Madrid, tras el periplo de traslados al que se vio sometido durante el desempeño de su función académica.



Es imposible resumir en cuatro imágenes el gigantesco trabajo del estudio de Alfonso, que fue adquirido por el Ministerio de Cultura en 1992 y que ha sido objeto de múltiples exposiciones y publicaciones en los últimos años. Ya es, por tanto, patrimonio de todos. 

Gracias, Alfonso.






sábado, 28 de febrero de 2015

La primavera de Salzburgo

Wolfgang Amadeus Mozart no nació en primavera, sino en pleno invierno. Para ser más precisos, lo hizo el 27 de enero de 1756, en el número 9 de la calle Getreidegasse de Salzburgo. Hoy, la visita de su casa natal es una de las actividades habituales de los turistas que se acercan a esta bonita y bien cuidada ciudad de Austria.

Salzburgo en primavera
La verdad es que Mozart sí merecía haber nacido en primavera, pero este desfase es menor si lo comparamos con el que sufrió al final de su vida, truncada antes de cumplir los 36 años por una misteriosa enfermedad, cuyo gran enigma sigue sin estar resuelto en nuestros días.
Su temprano fallecimiento en Viena dejó a la humanidad huérfana de un sin número de composiciones musicales que, a buen seguro, nos hubiese legado su genio, de haber vivido más tiempo. 
Afortunadamente para la historia de la música, fue un autor tan precoz y prolífico que, pese a su breve paso por este mundo, dejó escritas más de seiscientas obras, una buena parte de ellas, verdaderas obras maestras.

Wolfgang Amadeus Mozart
Salzburgo, cuyo nombre viene a recordarnos el comercio de sal que discurría por su río (el Salzach) en tiempos medievales, es una ciudad realmente bonita. Su patrimonio cultural es notable, como ha reconocido la Unesco, y su amor por la música, sobresaliente (no hay que olvidar que, aparte de Mozart, también nació en la ciudad el gran Herbert von Karajan).

Esta solidez cultural, mantenida en la más clásica tradición austriaca, se complementa con una ciudad monumental y muy bien conservada que tiene, además, la inusual virtud de parecernos más pequeña de lo que es. 
A mí me gusta imaginarla unida a la primavera, porque la veo renaciendo al calor de la vida con ese suave y, a la vez, potente impulso de una estación que suena en nuestro interior con ese colorido tan habitual en la música de su hijo predilecto.
Sin embargo, tengo que reconocer que su belleza es, aún, mayor en invierno, cuando la nieve dibuja una delicada sombra blanca sobre los ocres y amarillos de sus edificios, siempre dominado su paisaje por la imponente silueta de la fortaleza medieval de Hohensalzburg, que se yergue majestuosa frente al visitante con sus más de novecientos años de antigüedad, sobre el punto más alto del casco histórico. Su acceso es muy cómodo, gracias al centenario funicular que sube hasta ella.

Salzburgo bajo la nieve
Su otro gran monumento, junto con el castillo, es la elegante catedral barroca, que data de 1628. Está situada en el centro del barrio que lleva su nombre, en el que merece la pena perderse y no tener prisa para regresar.
La Residencia, el palacio arzobispal (Salzburgo estaba regentada por un príncipe-arzobispo), también es una parada de obligado cumplimiento. Sus salones con magníficos frescos son impresionantes (en alguno de ellos, Mozart dio varios conciertos), pero su mayor tesoro se guarda en la galería del tercer piso, en la que Rembrandt es la firma que más destaca de una importante colección de pinturas.

En primavera tiene lugar un breve festival de música y artes escénicas, el Whitsun Festival, que se desarrolla a finales de mayo, pero el gran evento cultural es el Salzburg Festival, desde mediados de julio hasta fin de agosto. 
Como bien sabemos todos, se trata de una de las más importantes citas culturales del mundo, por la calidad de sus producciones y altísimo nivel de sus intérpretes, siempre escogidos entre lo más destacado de la élite del momento.

El célebre Teatro de Marionetas es otra institución centenaria de la ciudad. Un auditorio barroco, con capacidad para trescientas cincuenta personas que es el mejor en su género. Una verdadera joya en la que unas fantásticas marionetas, manejadas por extraordinarios artistas, representan óperas, operetas y ballets de una belleza plástica excepcional. Nunca suelen faltar sesiones con La Flauta Mágica o Sonrisas y Lágrimas. Un local clásico que no debemos perdernos.

Un museo que me gusta mucho es el Spielzeug Museum (Museo del Juguete). Se trata de una colección muy especial con la que podremos interactuar y no limitarnos a admirar. Hay quien dice que es un sitio muy atractivo para los niños (no lo dudo), pero yo creo que lo es para todos. 
Un adulto que no sea capaz de apreciarlo es mejor, no ya que no lo visite, sino que se quede en su casa y se ahorre el esfuerzo de viajar.

El Salzach a su paso por Salzburgo
Y, hablando de viajar, el recorrido por Salzburgo no debe terminarse sin dar una vuelta por sus alrededores. Sobre todo, en primavera. 
El campo es espectacular, lleno de prados, bosques, lagos y montañas. La región, próxima a los Alpes, es de una belleza singular, muy similar a la de Baviera y está salpicada por pueblecitos de gran encanto que, como es habitual en toda la campiña austriaca, parecen sacados de un cuento. De un cuento de los de antes, claro, porque ahora suelen ser muy distintos y, la mayoría de ellos, bastante feos.
En cualquier caso, no hace falta salir de la ciudad para vivir la naturaleza, ya que Salzburgo es un verdadero jardín urbano, en el que no faltan las plantas ni los árboles y abundan las praderas y los parterres de flores. Algunos de sus parques son, en verdad, magníficos, como el de Mirabell.

Por último (y aunque reconozco que no soy uno de sus mayores seguidores), hay que recordar que la historia de la familia Trapp es auténtica. Georg Ludwig von Trapp y su familia vivieron en Salzburgo entre 1923 y 1938 (hasta que se exiliaron tras la anexión de Austria por la Alemania nazi). En la vecina abadía de Nonnberg era novicia María, que se convertiría en institutriz de sus hijos y, posteriormente, en su esposa. Su historia se llevó a la gran pantalla varias veces, siendo la más famosa de las películas rodadas sobre ellos la protagonizada por Julie Andrews (Sonrisas y lágrimas, 1965) en el papel de María. La casa de la familia es hoy un hotel, Villa Trapp.

Goldener Hirsch
Como es lógico, tanto Salzburgo como sus alrededores tienen una oferta hotelera variada y amplia, ya que es una ciudad que recibe muchos visitantes. Pese a ello, para mí, solo hay un hotel que me interese y es el Goldener Hirsch. Es un hotel pequeño y muy cuidado, en pleno centro (está en la misma calle de la casa de Mozart) y frente al Festival Hall. En mi opinión, su único defecto es que se ha modernizado en exceso, por lo que debo reconocer que, si bien sigue siendo mi favorito, me gustaba más antes. Aún así, me lo pensaré antes de ir a otro.

Mozartkugel
De esta forma, tras habernos sumergido en las composiciones del gran genio de la música del XVIII y después de disfrutar de una ciudad en la que el arte nos rodea, haremos un esfuerzo para marcharnos, con la decidida intención de volver algún día con algo más de tiempo para poder relajarnos en sus acogedores cafés y pasear tranquilamente por sus parques junto al Salzach.
Por lo menos, nos habremos llevado una caja de chocolates Mozartkugel que nos ayuden a suavizar nuestras penas durante el camino de regreso.


martes, 24 de febrero de 2015

Creta y el Minotauro

Damas de azul (Cnosos)
Creta es la mayor isla de Grecia, la cuarta en tamaño del Mediterráneo y cuna de la civilización más antigua de Europa, la minoica, cuyos orígenes se remontan al propio Zeus y a su hijo Minos. Como casi siempre siempre sucede en los mitos de la antigüedad, historia y leyenda se funden en una confusa y muy contradictoria amalgama de anécdotas, nombres y lugares.
Pero no parece disparatado pensar que sí hubo un rey Minos (y es posible que varios), con independencia de que a esta antiquísima civilización cretense se le ha otorgado este nombre, como habría podido dársele otro.

Palacio de Cnosos
Para centrar bien el tema, dejemos claro que el rey Minos estuvo casado con Pasífae y que ambos fueron víctimas de la cólera de Poseidón a quien no le gustó nada que el bueno de Minos no sacrificase al hermoso toro blanco que surgió del mar. 
Así, por intervención del dios de las aguas, Pasífae se las arregló para concibir un hijo del toro (con la más que ingeniosa y eficaz ayuda de Dédalo, por supuesto) que no fue otro más que el mismísimo Minotauro, al que Mino decidió encerrar en el famoso laberinto (de nuevo, obra del habilidoso Dédalo).

Muchas son las versiones que ha despertado en la imaginación de la humanidad la singular naturaleza de este monstruo, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, pero pocos somos los que hemos tenido la oportunidad (no podría decir 'suerte') de conocerle personalmente.

Estudió (bueno, en realidad, no estudió mucho) durante un año en el Ramiro de Maeztu y allí era conocido como el 'Hombre-Body'. No puedo entrar en muchos detalles acerca de su verdadera naturaleza, por lo que dejaremos en este punto el tema, tras constatar que era tan terrible y peligrosa como su fama cuenta.
Mapa de Creta 1719 

Volviendo a los tiempos de la Creta minoica, no parece extraño que su indiscutible y muy acreditada ferocidad (devoraba con asiduidad a los jóvenes atenienses que le mandaban y laceraba con rudo ensañamiento a cuanto personal se tropezaba con él por aquellos largos, oscuros, siniestros y, desde luego, muy poco recomendables pasadizos subterráneos - nadie lo dice, pero yo siempre he imaginado que el dichoso laberinto estaba bajo el nivel del suelo - de Cnosos) levantase temores. Sin embargo, por lo que he apuntado en el párrafo anterior (de lo que doy fe), no suscribo la leyenda de que Teseo acabase con él. Yo más bien creo que el joven rey de Atenas contó esta historia en la seguridad de que nadie se iba a aventurar a introducirse en el laberinto a buscar los restos del Minotauro, tras lo que se llevó a la princesa Ariadna a Atenas y solucionó para siempre el problema de los sacrificios humanos de sus súbditos, matando (en sentido doblemente figurado) dos pájaros (podríamos decir toros) de un tiro. De no haber sucedido como yo lo cuento aquí, no hubiese sido posible que  el 'Hombre-Body' hubiese aparecido en el Ramiro tantos siglos después.

Como es lógico, de esta información privilegiada carecían todos los escritores, eruditos e historiadores que, durante milenios, han dedicado su tiempo y sus elucubraciones a este semitaurino asunto.

El salto del toro (Cnosos)
De lo que no hay duda es de que la civilización minoica tenía obsesión por los toros. Primero Zeus se disfraza de poderoso astado y se lleva a la pobre Europa a Creta; luego lo de Poseidón, Minos y su infiel esposa Pasífae; después el Minotauro y, para acabar de certificar todas estas leyendas taurinas, el fresco (en el sentido más pictórico del término) del juego de saltar sobre el toro, descubierto en el palacio de Cnosos. Un mural extraordinario, por cierto.
Como lo son todas las ruinas de este fantástico palacio, uno de mis favoritos de la antigüedad, cuyas pinturas me parecen fabulosas y dignos vestigios de una civilización de refinada cultura.

Los expertos dicen que data del año 2000 a. C. y que llegó a tener más de mil quinientas habitaciones, por lo que no es raro que, al descubrirlo, Arthur Evans creyera que se trataba del propio laberinto. Pero solo era el palacio. O los palacios, ya que, como suele suceder, a través de los siglos, unas construcciones suelen superponerse a otras más antiguas.

Arthur Evans y su equipo
Yo tengo la más absoluta convicción (mis motivos son obvios) de que el laberinto existe y está enterrado en una zona no muy lejana al sitio arqueológico en el que se encuentra el palacio de Cnosos. Si algún día tengo tiempo, lo buscaré.

Pero hay muchos más restos antiguos en Creta, como Festos, Gortina, Agia Triada, Zakros, Malia, Levin, Gournia, Praisos...
Mención aparte merece la mítica figura de Talos, un gigante de bronce dedicado a proteger la isla en la época minoica y que la defendía de los invasores, arrojando pedruscos sobre ellos.
En contra de quienes dan por seguro que se trata tan solo de un personaje legendario, a mí no me parece nada raro que si existió un Coloso en Rodas, Creta (la isla más importante del Mediterráneo en la época minoica) haya tenido el suyo propio, de bronce y con el bonito nombre de Talos. Acepto, eso sí, que me plantea más dudas su capacidad de dar tres veces al día la vuelta completa a la isla. Salvo que estemos hablando de un artefacto naval, que también es posible, claro.

Los delfines de Cnosos
Creta es magnífica en todos los sentidos. Sobre todo en el histórico, que en nuestros días ya se confunde con la mitología y se plasma en los innumerables yacimientos arqueológicos de una isla grande desde todos los puntos de vista. 
Sus montañas son altas; sus costas, impresionantes; sus verdes campos, fértiles y amplios; sus afamadas playas, paradisíacas y de aguas puras y transparentes; su clima, inmejorable... y, como acabamos de decir, su historia, fabulosa.
Poco importa que dioses y héroes hayan venido a este lugar de una manera u otra, es decir, a bordo de la realidad o transportados por la imaginación de los pueblos. El caso es que su tierra, su cielo y su mar están impregnados de todo lo que hace atractivo un viaje.

Creta fue, también, famosa en tiempos más modernos, cuando los venecianos la conocían como Candía, como también llamaban a su capital, la actual Heraclión, una ciudad llena de monumentos venecianos y bizantinos, a tan solo cinco kilómetros de Cnosos y que es la entrada natural a esta bella isla, ya sea por aire o por mar. Su museo arqueológico guarda la mayor colección del mundo de arte minoico.

La playa de arena rosa de Elafonisi
De sus playas se podría hablar durante días. 
Algunas son de una belleza espectacular, con aguas que recuerdan a las de las mejores costas del caribe, como la de Elafonisi, con su inconfundible arena rosa, o la casi perfecta de Balos, con su combinación perfecta de blanco y turquesa.
Lo mismo puede decirse de sus pueblos marineros... y de los interiores.  Tanto unos como otros conservan ese sabor especial, frecuente en las islas griegas y extraño o, al menos, infrecuente en el resto del mundo. Incluso lo tienen algunas ciudades más grandes, como La Canea, capital veneciana de la isla, o Elounda, un gran centro turístico, muy reconocido por su gran cantidad de calas de aguas cristalinas, con pequeños pueblecitos en sus proximidades y un buen número de hoteles en los que el lujo se viste de paz y sol...

Playa de Balos
Hay tanto en Creta que nos apetecerá quedarnos una larga temporada, recorrer sus costas y sus campos, comer en sus animadas tabernas y descansar junto a sus playas y acantilados, mientras nos acordamos de Jasón y sus compañeros del Argos, con Medea tratando de seducir al broncíneo Talos... o del esforzado Heracles capturando al toro que tanto estropicio causó, tras engendrar al Minotauro (y que, con posterioridad, siguió provocando en la Grecia continental hasta que Teseo, no conforme con acabar - según dicen - con el hijo, diera buena cuenta de él en Maratón). 


Un viaje, en fin, que será histórico para quien lo realice con la tranquilidad suficiente para desplazarse no solo en el espacio sino, sobre todo, en el tiempo, en pos de los recuerdos civilizados más antiguos que podemos encontrar en Europa.