martes, 4 de agosto de 2015

La fuerza del destino

En un artículo anterior publicábamos las magníficas fotografías de Nick Brandt, un artista británico comprometido con la vida salvaje de un continente (África), sujeto a múltiples amenazas de todo tipo.
Su trabajo, resumido aquí en esta composición de dos de sus más celebres imágenes, es una constante señal de alarma que no debe dejar a nadie indiferente.


Utilizando parte de su extraordinario trabajo fotográfico, y con la inestimable ayuda de la música de Verdi (La Forza del Destino), hemos realizado un vídeo, con cuyo dramatismo nos gustaría resaltar no solo la belleza de una fauna que debe ser protegida, sino, también, el indiscutible riesgo al que está sometida su supervivencia, del que todos debemos tener nítida conciencia.
El vídeo comienza con la secuencia de los tres títulos de sus libros más conocidos, y continúa con fotografías en blanco y negro realizadas por Nick Brandt en Kenia y Tanzania. 

'On this Earth'. Basta con pinchar en la imagen para visualizarlo...



Fotografías: Nick Brandt ©

martes, 28 de julio de 2015

Puesta de sol en Ipanema

Iberia me invitó a volar a Río de Janeiro, así que el viaje empezó bien.
Y continuó aún mejor, pues el comandante, que se jubilaba y hacía su último vuelo con la compañía, me ofreció pasar a la hoy ya desaparecida Grand Class, mejorando sensiblemente la siempre incómoda experiencia de pasar tantas horas sobrevolando el Atlántico.

Mi hotel en Río no era el mejor (el mejor, para mi gusto, es el Copacabana Palace), pero estaba situado en una posición estratégica, frente al final de la playa de Copacabana y muy próximo al comienzo de la de Ipanema, lo que me permitió pasear por ambos barrios y visitar las dos playas, teniendo siempre la base de operaciones próxima. Además, las vistas desde las habitaciones y la piscina eran tan buenas como cualquier viajero desea cuando viaja a la vieja capital brasileña.


Fueron días intensos, como no pueden ser de otra manera en Río de Janeiro. Largos paseos, jornadas de playa, excursiones memorables...
Es indiscutible que la ciudad ofrece casi infinitos atractivos al visitante, pero será en otra ocasión cuando hablemos del Pan de Azúcar, del Corcovado, de la bahía de Botafogo o de la famosísima playa de Copacabana, ya que ahora vamos a centrarnos en otro de sus barrios, inmortalizado por la música de Antônio Carlos Jobim y la letra de Vinícius de Moraes: Ipanema. 



Mosaico de la playa de Ipanema
Ipanema es un barrio menos agobiado que otros por el turismo. Una zona de artistas, de intelectuales... en la que, por alguna razón predominan los habitantes de raza blanca. Abundan en sus calles los comercios modernos, los cafés y los restaurantes.

Su playa es abierta, propensa al oleaje, por lo que es una de las favoritas de los amantes del surf, especialmente en la zona rocosa de Arpoador, desde la que se divisan las más bonitas vistas de la bahía, con la silueta recortada de los 'Dos Hermanos' al fondo, que marcan el carácter inconfundible de Ipanema. 
La playa está bordeada por un paseo pavimentado con su característico y personal mosaico blanco y negro, con la misma combinación de colores, pero de diseño muy diferente al célebre de Copacabana.

El barrio que es, en realidad, una no muy ancha banda de terreno entre el océano y la laguna, se ha ido convirtiendo, con el paso de los años, en uno de los más exclusivos de la ciudad, con locales de mucho prestigio y estilo. La propia playa es un centro de reunión, en especial en los alrededores del bien conocido Posto 9 (puesto de vigilancia nº 9).

Restaurantes de moda, como Zazá Bistrô o Market Ipanema, son lugares actuales, frecuentados por gente joven que busca una experiencia que va algo más allá de una simple comida convencional. Pero estos dos son tan solo un ejemplo. Hay muchos y constantemente se incorporan novedades interesantes.

Las rocas de Arpoador
Otro tanto ocurre con los cafés y los bares. Hoy el más famoso es Garota de Ipanema, creado en 1974 en el lugar que acogió al antiguo Bar Veloso, en el que la tradición cuenta que Tom Jobim y Vinícius de Moraes vieron, allá por 1962, a Helô Pinheiro (Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto), quien les inspiró una de las canciones que popularizó la bossa nova a nivel mundial. La canción fue titulada, en un principio, 'Menina que passa' y, más tarde, rebautizada como 'Garota de Ipanema', alcanzó su fama internacional.
De las infinitas versiones que se han hecho de ella, me sigue gustando más que otras la cantada por Astrud Gilberto, acompañada por el gran saxofonista de jazz, Stan Getz.

Como he dicho al principio, aquel viaje a Río empezó bien. Terminó algo peor, claro está, pero solo porque marcharse de Río de Janeiro siempre produce tristeza. Entretanto, debo reconocer que uno de los mayores placeres de esa extraordinaria ciudad costera (una de las más bellas del mundo, sin la más mínima duda) es el de acabar la tarde sobre las rocas de Arpoador y contemplar desde allí la puesta de sol, mientras las olas rompen a tus pies contra esa peculiar piedra con aspecto de ballena varada. Algo que hubiese hecho las delicias de Derain, Seurat o Signac, a quienes desde estas líneas mando, con nostalgia, un recuerdo emocionado...
























viernes, 24 de julio de 2015

La ciudad de las violetas

En julio y agosto, lo menos bueno de la Costa Azul es, precisamente, eso: la costa.
Pero basta alejarse unos pocos kilómetros hacia el interior para encontrarnos con lugares asombrosos y solitarios, de extraordinaria belleza y sin apenas visitantes.
Uno de ellos es Tourrettes-sur-Loup, un bonito pueblo medieval, colgado (no es una metáfora) sobre unos espectaculares acantilados, que surgen de esas estribaciones de los Alpes que van cayendo hacia el mediterráneo, entre bosques y densa vegetación de permanente verdor.

Tourrettes-sur-Loup es uno de esos milagros (más frecuentes en las proximidades de la Costa Azul de lo que muchos creen) que se conservan casi intactos en una zona cuya densidad turística es de las más altas de Francia en verano. Dista unos catorce kilómetros de la costa y se llega a ella en unos minutos desde Vence, por una tranquila y poco transitada carretera que me gusta mucho recorrer cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo, huyendo del permanente ajetreo de la cercana autopista A8

Una florida calle de Tourrettes
El pueblo, en especial su muy bien conservado casco antiguo, de trazado medieval, se asoma como la proa de un inmenso barco mitológico sobre las olas rocosas de un valle exuberante, que llega a parecer un océano de verdor infinito ante los ojos del visitante.

Pero, siendo Tourrettes una villa de gran belleza, su mayor fama le viene por el hecho de ser el único lugar de Francia en el que el cultivo principal es la violeta, favorecido por una climatología idónea. En febrero y marzo sus campos se tiñen de su color y el aroma de sus particulares flores inunda todos los ambientes de la localidad. Una singular excepción en una Provenza tan dominada por la lavanda y las mimosas.

El cercano valle del río Loup es muy atractivo, y tiene en su célebre garganta, que está en el entorno del vecino pueblo de Gourdon, su más espectacular enclave. Es una excursión que merece la pena hacer si se pasa por esta zona. 
Mucho más interesante, desde luego, que desplazarse hasta Grasse para visitar sus famosas fábricas de perfumes, ya que, sin menospreciar en absoluto a ninguna de las tres grandes y muy bien conocidas empresas dedicadas, desde hace muchos años, a tan aromática actividad (Fragonard, Molinard y Galimard), la ciudad no tiene una estructura urbana especialmente acogedora, por lo que el viajero no se siente atraído por más encantos que los relacionados con el sentido del olfato (que no es poco, claro).

Tourrettes desde el viejo puente del ferrocarril
En Tourrettes hay que pasear, sin prisa, por su parte antigua, disfrutar de sus viejas casas y calles de piedra, beber en sus fuentes y asomarse al balcón natural desde el que se observa el valle, atravesado por el puente del antiguo ferrocarril. Las vistas son magníficas, pero, aún, resultan mucho más impresionantes las contrarias, es decir, las del pueblo desde el puente.
Eso sí, para encontrar el camino es necesario ser conocedor de la zona, ya que (supongo que con toda la intención) no está señalizado.


Le Relais des Coches
Luego, conviene concentrarse en una comida en cualquiera de sus pequeños restaurantes o cafés, entre los que me permito destacar el Clovis (en pleno centro histórico y rodeado de viejas casas, decoradas con flores en sus fachadas) y Le Relais des Coches, situado poco antes de llegar al pueblo y que cuenta con una sencilla y muy recomendable terraza, que goza de impresionantes vistas.
Junto a su entrada, los restos de un antiguo coche de caballos nos recuerda que el local fue lo que, con tanta precisión, indica su nombre.

Al caer la tarde, tras haber sido protagonistas de una excursión de singular belleza, que pocos turistas hacen, regresaremos a Vence, Saint Paul, Cagnes-sur-Mer, Niza o a otros lugares más frecuentados y conocidos, sobre los que hablaremos en futuras ocasiones, ya que sus virtudes lo requieren. 
Pero hoy, tal vez nos quedemos un rato más en la vieja villa de Tourrettes, seducidos por sus especiales encantos e inmersos en su inequívoco y eterno aroma de violetas...



miércoles, 17 de junio de 2015

El último viaje del Guernica

Si hay una obra pictórica contemporánea que sea, a un tiempo, símbolo universal del arte moderno y emblema del momento histórico que representa en el imaginario de una cultura popular generalmente aceptada, es el Guernica. 
Este gran cuadro de Picasso (grande en todos los sentidos) ocupa, casi desde su creación, un lugar de honor en la historia del arte de nuestro tiempo. Algo que en España adquiere, si cabe, aún mayores dimensiones, por motivos obvios. 
Lo que muchos no saben es que el Guernica fue una obra de arte muy viajera, en cuya última peripecia jugó un papel fundamental un buen amigo y viejo compañero de estudios.

El cuadro lo pintó Pablo Picasso a finales de la primavera de 1937, en su recién alquilado estudio de la Rue des Grandes Augustins, por encargo del gobierno de la Segunda República Española. La idea era que estuviese presente en el pabellón español de la Exposición Internacional de París.
Es de todos conocido que la obra del genial artista malagueño tardó en incorporarse a la exposición parisina, ya que el pabellón no estuvo terminado hasta un par de meses después de haber sido inaugurada la muestra.
El caso es que, al año siguiente, el Guernica comenzó sus viajes. Primero a Oslo, Copenhague, Estocolmo y Gotemburgo. Más tarde vinieron sus periplos por Inglaterra y Estados Unidos, que solo fueron el prolegómeno de otros largos viajes: Italia, Brasil, Alemania, Bélgica, Holanda y Dinamarca, para regresar a Estados Unidos en 1957 y pasar por Chicago y Filadelfia, antes de acabar en su sede americana del MoMa neoyorquino.
Álvaro Martínez-Novillo (izquierda) supervisa el embalaje del Guernica en el MoMa

Se dice que Picasso había decidido que su obra permaneciese en depósito en el Museo de Arte Moderno de Nueva York hasta que la democracia regresara a España (algo que, en mi opinión personal, es cuestionable, ya que el cuadro era propiedad del Estado Español, que lo había comprado por la suma de doscientos mil francos, acreditados por un recibo firmado por el propio artista).
Pero, sea como fuere, el hecho es que el gran lienzo de Picasso todavía tenía que hacer un último viaje, cruzando el Atlántico.
Y es aquí donde mi querido amigo y compañero Álvaro Martínez-Novillo juega un papel fundamental, trasladándose a Nueva York en septiembre de 1981, junto con José María Cabrera, con la misión de traer el Guernica a Madrid.
La llamada 'Operación Cuadro Grande' se ejecutó con la máxima discreción, bajo la dirección de Javier Tusell, en aquel entonces director general de Bellas Artes.

Apunte de Álvaro, realizado en Nueva York, en el momento del traslado (9 de septiembre de 1981)
Creo que no se ha valorado en justicia lo que supuso para la cultura española el brillante trabajo de Tusell, Cabrera y Martínez-Novillo, un equipo joven y muy bien preparado, que fue capaz de iluminar el panorama de las artes plásticas de nuestro país, venciendo las enormes dificultades de todo tipo que tuvieron que sortear para enriquecer nuestro patrimonio artístico contemporáneo... negociaciones complejas y duras, gestión eficaz y esa labor de custodia delicada y no exenta de riesgo, que culminó con el cuadro en el Casón del Buen Retiro y más tarde, en 1992, en su ubicación actual como obra cumbre del Museo Reina Sofía de Madrid.

Muy pocos, entre los miles de visitantes que hoy rinden homenaje al Guernica, saben que pueden disfrutarlo en la capital de España gracias a mi querido compañero del Ramiro, Álvaro Martínez-Novillo, a quien todos los españoles, amantes del arte contemporáneo, le deben eterna gratitud. Gracias, Álvaro.

jueves, 14 de mayo de 2015

La Piazza dei Miracoli


Mi primer viaje a Pisa se remonta al mes de abril de 1965. Una noche en el Hotel Roma, cuyas vistas a los monumentos de la célebre plaza de la catedral son excelentes, y una cuantas horas en la mañana siguiente, tras el preceptivo desayuno en el mismo hotel. 
No fue mucho tiempo, pero sí el suficiente para disfrutar, por primera vez de ese espectacular recinto amurallado en el que se alza la torre más famosa de Italia (y, tal vez, del mundo).
D. Pedro Dellmans y D. Fidel García Cuéllar, con la oportuna ayuda de algún guía local, se afanaron en explicarnos que era normal en la tradición medieval italiana el hecho de que catedral, baptisterio y campanario estuviesen separados y no formasen un solo edificio, como era lo habitual en España.

Pisa 1965
Las verdes praderas que rodean a los tres grandes elementos catedralicios fueron un marco más que apropiado para las obligadas fotos, alguna de las cuales ha superado el paso del tiempo y permanece viva entre nosotros, medio siglo después, con el recuerdo siempre unido a su legendaria torre y del que la cuarta pieza monumental de la plaza, el cementerio, casi quedó borrado de nuestra memoria.

Dicen que fue D'Annunzio quien bautizó aquel amplio espacio como 'Prado de los Milagros', a comienzos del siglo XX, y ese prado milagroso se convirtió en el nombre por el que la plaza es conocida en el mundo desde entonces.

La gran catedral románica, de inconfundible estilo y majestuosidad, va camino de cumplir los mil años y su belleza nos asombra por dentro y por fuera. 
Rival de la de San Marcos en Venecia, fue destruida por un gran incendio a finales del siglo XVI, pero algunos de sus elementos originales se salvaron de la catástrofe y han llegado hasta nuestros días. Tal es el caso del enorme mosaico del ábside, de su bonito púlpito tallado o de la grandiosa puerta di San Ranieri, que tanto me impresionó en mi primera visita.

Vista desde el Hotel Roma
El baptisterio es gigantesco (el mayor de Italia) y su altura llega a superar (por escaso margen, eso sí) la del campanario.
Tampoco se puede despreciar el camposanto que cierra la plaza por su extremo norte y responde por sus dimensiones al adjetivo 'monumental' que, con mucha frecuencia, se le adjudica. 
La tradición asegura que fue levantado sobre la tierra del Gólgota, traída a Pisa por los cruzados.

Sin embargo, la riqueza artística de estos tres gigantes (catedral, baptisterio y cementerio) se ve eclipsada por la fama de su glorioso campanile. Una torre inclinada desde el principio de su construcción (en el siglo XII), cuya estabilidad no parece peligrar, pese al riesgo que aparentan sus 4º de desviación sobre su teórica verticalidad.

No he vuelto muchas veces a Pisa, lo que, sin ninguna duda, es un error por mi parte, pero la comodidad del viaje a Roma en avión y la competencia de tantas bellezas toscanas, aleja las oportunidades de volver a dedicar, con mayor frecuencia, un tiempo más reposado y la debida admiración a este prado inmortal y milagroso, Patrimonio de la Humanidad. 
Y, desde luego, mi recomendación es quedarse a dormir en Pisa (yo siempre lo haré en el Hotel Roma, por motivos obvios), ya que, como destino diurno que es, se vacía de visitantes al caer la tarde y nos permite fundirnos, con la llegada de la noche o las primeras luces del alba, en un sentimiento emocionado y cubierto de unos recuerdos que para la bella ciudad toscana son, por su historia, milenarios y, para mí mismo, necesariamente eternos.

viernes, 24 de abril de 2015

Heathrow Express 5:25 pm



Karl Krieger había tenido un día agotador. Hacía unas pocas horas que acababa de aterrizar en Londres, tras un largo viaje desde Hong Kong, y las había aprovechado para mantener una reunión en la ciudad con uno de sus contactos en el mercado de antigüedades británico, que tan importante era para la salud de sus florecientes negocios de importación y exportación con China.
Ahora debía volver a la Terminal 5 de Heathrow para coger su vuelo de regreso a Hamburgo. Tal vez iba un poco justo de tiempo, pero ya tenía en su bolsillo la tarjeta de embarque y estaba llegando a la estación de Paddington, por lo que en menos de media hora estaría en el aeropuerto, gracias al Heathrow Express, que en quince minutos hacía el recorrido, con gran comodidad y eficacia. Desde que se había puesto en marcha este servicio, la comunicación con Heathrow había mejorado sensiblemente, ya que un taxi nunca tardaba menos de una hora. Y eso si no había ningún problema en la carretera.
Así que, tirando de su pesada maleta (no pudo facturarla a su llegada, pues necesitaba unas cuantas muestras que en ella llevaba para su reunión en Londres), llegó al andén y subió al tren. Solo quedaban cinco minutos para su salida. Perfecto.

El Heathrow Express de las 5:25 pm salió puntual, como siempre, de Paddington. 
Apenas habían transcurrido unos pocos minutos cuando, sorprendentemente, el tren se detuvo. 
Karl se asomó a la ventanilla. Una ligera neblina empezaba a caer con la tarde, pero no le impidió ver, con relativa claridad, las tumbas del tranquilo cementerio de Gunnersbury, que se extendían, plácidas y silenciosas, entre árboles de gran tamaño, a la izquierda de la vía.

La extraña parada se iba alargando. Karl miró su reloj y, justo en ese momento, una voz habló a los pasajeros por megafonía. Al parecer, había un problema en Southhall y no sabían cuándo el tren podría reanudar su marcha. Pidieron disculpas a los pasajeros y dijeron que seguirían informando...
La niebla se fue haciendo más espesa y el Heathrow Express seguía detenido junto al pacífico cementerio. Ya casi no se podían distinguir las cruces ni las lápidas de las tumbas.

Fue algo insólito. Muy poco normal en un servicio tan puntual y eficiente, pero el tren llegó con más de una hora de retraso. Y Karl Krieger perdió su vuelo.

En la oficina de incidencias Karl se quejó de lo sucedido, pero en British Airways dejaron claro que no era su problema y que debía reclamar a la compañía ferroviaria. Ellos se limitaron a cambiarle el billete para el día siguiente, ya que el vuelo perdido era el último que salía hacia Hamburgo esa tarde. Tendría que quedarse en Londres. 

Sin que él preguntase nada, una amable señora con uniforme de empleada de la compañía aérea le dijo que ella conocía un pequeño hotel cercano, en el que podría pasar la noche por solo 35 libras. Casi sin esperar la respuesta de Karl, le escribió en un papel la dirección, el teléfono y las instrucciones para llegar hasta el Heathrow Lodge, que así se llamaba el lugar recomendado.
–Deberían darme una comisión por esto que hago –comentó, como hablando consigo misma, mientras esbozaba una leve y misteriosa sonrisa.

Karl Krieger estaba furioso, pero su cansancio era, aún, mayor y decidió hacer caso a la extraña y servicial empleada, de origen indio, pero cuyo excelente acento inglés inspiró una total seguridad al atribulado viajero.

Así que, siempre acompañado de su voluminosa e incómoda maleta (de la que, evidentemente, no quería separarse por nada del mundo), bajó hasta la parada número 6 y esperó la llegada del autobús 423, que, según las instrucciones, debía conducirle al 556 de Old Bath Road en pocos minutos.
Pero Karl estaba tan agotado que no reparó en que el primer autobús en llegar a la parada era de otra línea y se subió a él. Cuando quiso darse cuenta, era demasiado tarde. Se bajó en cuanto pudo y trató de seguir las confusas indicaciones que acababa de darle el conductor en mitad de una noche, ya sumida en una espesa y húmeda niebla.

Nadie pasaba por allí, su sensación de estar en el fin del mundo se acrecentaba por las difusas luces del aeropuerto, allá en la distancia. Tras unos cuarenta minutos de vagar, perdido, por una zona que debía llamarse Longford (al menos, eso decía el único cartel que vio), la siniestra y mortecina luz de un cartel roto apareció frente a él. Solo se leía 'Lodge', porque el 'Heathrow' que lo precedía estaba apagado.

La casa le recordó a las de los viejos moteles que aparecen en cualquier película policiaca americana de serie B. Dudó, pero no tenía fuerzas ni ganas para volver a extraviarse por semejantes parajes entre aquella desagradable niebla, por lo que, con más necesidad que ánimo, atravesó la puerta del supuesto hotel.

Lo que se encontró era peor de lo esperado. Karl era un hombre acostumbrado a viajar por todo el mundo y, en particular, por apartadas regiones de China o India, pero aquello no lo había visto nunca.

Tres personas se agolpaban sobre un destartalado mostrador, de un color indefinido que algún día debió ser blanco. La recepción era eso, un mostrador de plástico viejo, situado al final de un pasillo estrecho y mugriento, iluminado por un mortecino y parpadeante tubo fluorescente. Una mujer de raza negra, descalza y medio cubierta por unos extraños ropajes, gritaba a un empleado que no levantaba la vista de lo que Karl suponía que era una mesa. Junto a ella, un hombre muy alto y corpulento, de manos destrozadas y temblorosas, se quejaba de que su llave era incapaz de abrir la puerta de su habitación... parecía estar bajo los efectos del alcohol o de alguna droga y hablaba con gran dificultad.
El tercer personaje era un inglés de aspecto normal. Estaba exigiendo la devolución de su dinero. No quería quedarse allí. Parecía muy nervioso y decía que su mujer estaba muy alterada y asustada...

Todo sucedía a la vez. El empleado, de raza india (como la señora del aeropuerto) no contestaba a nadie. Ni siquiera les miraba. Karl estaba ya apoyado en el desvencijado mostrador y tenía el pasaporte en la mano cuando preguntó al inglés por los motivos de sus quejas.

–No podemos quedarnos aquí, no podemos. –dijo, moviendo la cabeza –Me da igual si no me devuelven el dinero... nos vamos, nos vamos.
Karl soltó un momento el pasaporte y se mesó los cabellos. Estaba agotado y al día siguiente tenía que levantarse muy temprano si no quería perder, otra vez, su vuelo, que salía poco después de las siete de la mañana.
El inglés salió corriendo, sin esperar respuesta del recepcionista, que parecía no ver ni oír lo que sucedía frente a él. Entretanto, la mujer negra dejó de gritar, dio media vuelta y subió, apresurada, por unas empinadas escaleras que habían pasado desapercibidas hasta el momento para Karl. Antes de desaparecer en la oscuridad, al final del tramo, se volvió y miró hacia abajo. Sus ojos parecían ser totalmente blancos, sin iris ni pupilas...

Esta última visión, junto con la de la cara del gigante drogado, que le miraba con una sonrisa nada tranquilizadora, fueron demasiado para Karl. Tan cansado estaba que necesitó la fuerza de sus dos manos para tirar de su maleta, pero, sin pensarlo más, salió de aquel siniestro tugurio y se adentró, de nuevo, en la espesa niebla del exterior.

Caminó, con prisa, durante más de media hora, sin volver la vista atrás ni una sola vez, guiado por las difusas luces del aeropuerto. Al doblar una esquina, nada más pasar frente a la alambrada que protegía la cabecera de pista, un autobús surgió de entre la niebla y casi se lo lleva por delante.
–Scheisse! –chilló, asustado, pegando un salto hacia la alambrada.
No había sido culpa del autobús. Aturdido y sin visibilidad, iba andando por la calzada. Ni siquiera sabía si había acera o una simple cuneta junto a la carretera.
Aún no se había repuesto del tremendo susto cuando, tras unos pocos minutos más de marcha, la cercanía y mayor claridad de las luces le indicaron que ya estaba próximo a la terminal.

Entonces fue cuando se dio cuenta. 
–Der Pass! –gimió en voz muy alta, aunque solo se lo decía a sí mismo, golpeándose con una mano en la frente. 
Soltó la maleta y rebuscó por todos sus bolsillos. No estaba en ninguno. ¡Se había dejado el pasaporte sobre el mostrador del maldito hotel! 
De pronto, una imagen casi fotográfica le vino a la mente. Recordó que su pasaporte estaba sobre el mostrador y que el hombre de la recepción había deslizado un papel sobre él cuando Karl lo había soltado un instante para pasarse la mano, nervioso, por un pelo imaginariamente revuelto. Después, todo sucedió tan rápido que olvidó que lo primero que había hecho al entrar en el Heathrow Lodge era repetir esa estúpida y mecánica manía suya de sacar el pasaporte cada vez que se acercaba a la recepción de un hotel. 
Desde luego, tenía que recuperarlo... si podía, claro, porque no descartaba que ya estuviese en poder de algún traficante paquistaní de documentos, dispuesto a enviarlo de inmediato, junto con otra documentación robada, a Karachi o, incluso, a Kabul. 
Krieger miró su reloj. Las once y cuarto. Su vuelo despegaba a las siete y cinco. Mascullando juramentos que harían enrojecer a los estibadores del puerto de Hamburgo y blasfemias tan soeces que ni él mismo llegaba a entender su verdadero significado, Karl pegó un violento tirón a su maleta y, girando ciento ochenta grados sobre sus talones, se perdió, de nuevo, en la niebla de la noche.


A la mañana siguiente, el vuelo BA 0964, con destino a Hamburgo, estaba a punto de cerrar el embarque por la puerta número 12 de la Terminal 5 de Heathrow. La empleada dio un último vistazo a la lista de pasajeros, cogió el micrófono y advirtió, en tono conminatorio y autoritario: 
–Esta es la última llamada para el pasajero Karl Krieger, con destino a Hamburgo. Acuda inmediatamente a la puerta número 12. Pasajero Karl Krieger, con destino a Hamburgo.

Unos minutos después, a las siete y cinco de la mañana, el vuelo BA 0964, despegaba puntual y pasaba sobre las luces de la cabecera de pista. 
A bordo del Airbus A319 de British Airways, nadie echaba de menos al único pasajero que no se había presentado. En la cabina se escuchaba la voz de la sobrecargo: 
–Bienvenidos a bordo de este vuelo de la compañía British Airways, con destino a Hamburgo. La duración del vuelo será de una hora y treinta y cinco minutos...





Nota del autor: Heathrow Express 5:25 pm es un relato basado en una historia real.


jueves, 16 de abril de 2015

Rostros con historia

Una nueva y reciente visita al Museo Arqueológico Nacional de Madrid me ha permitido observar algunas de sus piezas más notables, desde una perspectiva diferente a la ya reseñada en un anterior artículo, en el que nos hacíamos eco de la reapertura de este museo, fundamental para conocer la evolución y la historia del hombre en este territorio del occidente europeo que hoy conocemos como España.

Dama de Elche
Conocer, razonablemente bien, la exposición pública del museo (que es solo una pequeña parte de sus fondos), nos brinda la oportunidad de detenernos, con una cierta calma, en algunos detalles muy difíciles de advertir cuando estamos, todavía, en la fase de intentar absorber la gran cantidad de información que allí se nos proporciona.

Así, me gustó retratar algunos rostros, todos fundamentales para nuestra historia, y que dicen mucho cuando se miran de cerca. 

El primero, como es lógico, debe ser el de la gran estrella del MAN, la bellísima Dama de Elche, cuya inmensa y serena majestuosidad solo compite con la de Livia en la lucha de ambas por ocupar el trono de la belleza eterna. 

De frente, a escasos centímetros de ella, la perfección de sus facciones se acrecienta hasta el punto de que, quien la mira, despeja sus dudas sobre si representa a una noble dama, a una sacerdotisa... o a una diosa, que es la conclusión indiscutible a la que llega.
Sus ojos rasgados, ligeramente entornados, nos miran desde una altura superior a la que hoy se nos permite, indicando que su posición original era otra, por encima de las cabezas de los mortales que tenían el honor de contemplarla en su situación original, en la antigua ciudad de Ilici, antes de que los romanos amenazasen con su presencia la infinita pureza de la diosa...

Dama oferente del Cerro de los Santos

No se puede decir lo mismo de la Dama oferente del Cerro de los Santos, que a mí me parece más (en contra de la opinión de los expertos) una sacerdotisa entregada a la causa que una señora elegante ofreciendo algo a los dioses. Desde luego, una dama con poder terrenal nunca hubiese dado por buenos unos ojos como los que le proporcionó el escultor de turno, más propios de un fervor devoto profesional que de una representante de la alta nobleza ibérica de la época. 

Todo ello sin perjuicio del enorme valor que, como yacimiento arqueológico, tiene el Cerro de los Santos, un enclave extraordinario para quienes deseen profundizar en el conocimiento de una cultura que, sin duda, fue muy superior a lo que puede parecernos hoy, desde la limitada información que tenemos de ella.



Dama de Baza
La tercera dama importante de nuestro patrimonio arqueológico ibero es la de Baza.

Aquí sí que comparto el pensamiento de quienes la consideran una aristócrata de rango superior quien, por estar ya muerta en el momento de crear su figura sedente, no tuvo posibilidad de castigar con severidad a su escultor por haberla reflejado con tanto realismo.
Nada de agrandar los ojos o poner atractivo en su semblante, sino, por el contrario, retratar fielmente ese aspecto de señora poderosa y dominante que suplía sus poco afrodisíacos rasgos con buenas dosis de dinero y autoridad. Un rostro, a fin de cuentas, tan inexpresivo como seguro de su poder y riqueza.
Creo que es un trabajo excelente de un escultor que no quiso idealizar en exceso a esta famosa (y seguro que poco popular, en su tiempo) noble dama granadina.

Horus
Tal vez más antiguo que las tres señoras sea este Horus egipcio que nos mira con cara de mal humor a través de sus estrábicos ojos de halcón de basalto, desprovistos ya de las probables piedras preciosas que ocuparon un día el vacío actual de sus pupilas.

Claro está que, en este caso, no se trata de una pieza que se haya encontrado en España, sino que fue traída desde algún desconocido lugar de Egipto, como parte de la colección de siete esculturas antiguas que el mexicano Mario de Zayas donó al Museo del Prado en el año 1943. 
Este halcón egipcio, que bien pudiera tener veinticinco siglos de antigüedad, está en depósito en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid desde 1979.
Pese a tener solo algo más de medio metro de altura, ponerse frente a frente de su amenazador pico, a escasos centímetros de distancia, impresiona. Y su divina naturaleza (Horus era - o es - hijo de Isis y Osiris) queda bien patente en su gesto.

Máscara egipcia
También egipcia (y mucho más antigua que el halcón de piedra) es esta máscara de madera que presenta rasgos más amables y un colorido brillante, resaltado por el típico barniz que se aplicaba a los sarcófagos de aquella lejana época. 
No es improbable que el restaurador se haya excedido en su celo al acometer la recuperación de su aspecto original, si es que ha existido tal restauración (algo que yo desconozco, aunque intuyo), pero el hecho innegable es que lo que queda de la momia que allí estuvo nos observa con una cara juvenil, agradable y dulce, con una mirada que parece querer transmitirnos tranquilidad ante el trance de dejar este mundo, que tanto inquieta a cuantos aún no han pasado por él, mientras que despreocupa eternamente a los que ya han dado ese gran paso. 
Puede que los tonos de mi fotografía hayan quedado un poco saturados por la luz que la iluminaba, pero doy fe de que la publico sin retoque alguno.


Septimio Severo
Llegando al tiempo de la dominación romana, parece razonable empezar por el retrato de un emperador. 

Septimio Severo, primer africano en llegar al trono de Roma, llama nuestra atención desde las diversas cabezas que, con su efigie, adornan el gran patio central del museo, todas ellas realizadas en blanquísimo mármol.
Su poblada barba rizada y su bigote contrastan con las lampiñas caras de la mayoría de quienes ocuparon la más alta jerarquía imperial, si bien a mí me sorprende más que el hecho, en sí, de tener barba, su longitud y que la tuviese tan densa y rizada desde el mismo límite de los pómulos. Tal vez quiso pasar a la posteridad dejando claro su origen norteafricano.
La próxima vez que vaya al peluquero/barbero, pediré un estilismo similar, pero no estoy seguro de conseguirlo.




Livia

Muy cerca de Septimio nos encontramos con la ya antes mencionada rival de mi diosa ilicitana favorita: Livia. 

Livia Drusilla, la esposa de Augusto, brilla con luz propia en ese mismo luminoso patio, desde lo alto de la mejor escultura que de ella se conoce en el mundo.
Su blanca belleza y su enorme personalidad (que irradia desde su efigie, tal como, en realidad, la tuvo en vida) compite con la gran dama ibera de la ciudad de las palmeras.
No me extraña nada saber que Livia gozó de gran popularidad y reconocimiento en su tiempo, ni que tuviera un gran protagonismo en la sociedad romana.
El autor de esta fantástica imagen sedente de Livia fue un enorme artista, capaz de reflejar en su obra una belleza, serenidad y elegancia propias no ya de una emperatriz, sino de una verdadera diosa. 
El Museo Arqueológico tiene en ella una joya excepcional, traída a Madrid desde las impresionantes ruinas de Paestum, en la actual Campania italiana.

Cabeza romana de bronce
Esta cabeza romana de bronce, datada en los primeros años de nuestra era y, por tanto, contemporánea de Cristo, fue encontrada en la provincia de Soria y, según parece, se trata de un retrato privado que no corresponde a ninguno de los grandes personajes cuyos nombres han llegado hasta nuestros días.

Los expertos en arqueología romana la han catalogado en ese período que comprende la época de dos emperadores (Tiberio y Calígula), basándose, sobre todo, en la particular manera de peinar los mechones de su cabello.
Al personaje se le considera (pienso que con una cierta frivolidad) un magistrado de la ciudad de Tiermes, tal vez por su expresión fría e impersonal, acentuada por el negro vacío de unos ojos que contrasta con los colores verdes y rojizos que la oxidación del bronce ha impregnado en su anónimo rostro.

Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha
Otra de las piezas destacadas del museo es el cristo de marfil del tesoro donado a la colegiata de San Isidoro de León, a mediados del siglo XI, por los reyes Don Fernando y Doña Sancha.

Se trata de un crucifijo-relicario que los reyes de León y condes de Castilla legaron a la colegiata leonesa, junto con otras joyas y obras de arte, aparte de diversas tierras e inmuebles.
La delicadeza y valor artístico de esta pequeña escultura elaborada en marfil, con incrustaciones de oro y azabache, son extraordinarios y su conservación nos ha permitido poder disfrutar hoy una de las piezas más representativas de este tipo de imágenes del arte románico.
En la parte posterior de la cruz, hay un receptáculo para albergar una reliquia del lignum crucis, justo a la altura de la espalda de Cristo, cuyo rostro de grandes ojos realza su carácter divino al no presentar muestra alguna de sufrimiento ante el martirio.
Es un trabajo realizado por las manos de un artista de gran técnica y sensibilidad, que exhibe el MAN, destacándolo como uno de sus 'imprescindibles'.
Apolo

Y terminamos este recorrido por algunos rostros de la historia con otra cara de belleza singular, esta vez masculina: Apolo.

Me resulta difícil clasificar la procedencia real de una estatua que, según todos los indicios, está compuesta de varias partes, originales de distintas épocas, unas antiguas y, otras, del siglo XVIII.
Pero aquí solo tratamos de retratos, así que eso nos da igual. Lo que sí nos importa es la bellísima imagen de una cabeza que nunca dudaríamos en aceptar que corresponde a la mismísima Afrodita, si alguien nos lo asegurase. 
Haciendo un esfuerzo, aceptaríamos que el mentón y el cuello son más propios de un varón, pero ni de esto nos sentiríamos absolutamente convencidos. Y es que ni el bello Adonis puede hacer sombra a Apolo cuando su efigie está tan bien tallada como la que podemos disfrutar en el museo madrileño. Hasta esa rotura de la nariz (tan habitual en las estatuas clásicas) contribuye a dotar de especial personalidad al único rostro del MAN que puede aventurarse a desafiar a Livia y a Ilicia (nombre inventado por mí para designar a la gran dama de la cultura ibera) entre los muros del renovado Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en el que, además de nuestra historia, nos aguardan muchos rostros que nos observan desde el pasado para ayudarnos a conocerlo mejor. Que viene a ser equivalente a conocernos mejor a nosotros mismos.