martes, 6 de octubre de 2015

Las tres cumbres del Kilimanjaro

Que el Kilimanjaro es la montaña más alta de África todos lo sabemos.  Menos conocido es el hecho de que, en realidad, está formado por tres volcanes inactivos y, en consecuencia, son tres sus picos principales: Shira, Mawenzi y Uhuru (este último, el más alto, corresponde al volcán Kibo).

Majestuoso Kilimanjaro
Desde lejos, sin embargo, esto no se aprecia, ya que el Kili (su nombre familiar) surge en el horizonte como una masa imponente y compacta, coronada de unas nieves que van camino de ser solo un recuerdo, en unos cuantos años.
Yo aterricé, en mi primer viaje a Tanzania, en el aeropuerto que lleva su nombre, situado a unos cincuenta kilómetros al suroeste de la gran montaña. Lo hice de noche y me trasladé, en plena oscuridad, hasta un pequeño lodge cercano. Al amanecer, me encontré frente a frente con el gran gigante, viendo como su silueta se iba recortando contra el cielo, a medida que iba clareando el día.
Es una de esas imágenes africanas que impactan. Como estar al borde de las cataratas Victoria o asomarte al cráter del Ngorongoro.
Desde entonces, lo he sobrevolado y visto varias veces desde diferentes perspectivas, pero nunca he subido hasta su cima, como han hecho algunos amigos. Espero dar pronto ese paseo.

Todo el territorio que rodea el Kilimanjaro es hoy un parque nacional, creado en 1973 y que ha ido creciendo en extensión con el paso del tiempo, hasta llegar a las más de cien mil hectáreas actuales. 
Este espacio protegido alberga un importante número de especies vegetales (algunas autóctonas) y, también, unas cuantas animales que ahora parecen estar menos amenazadas, si bien, los grandes mamíferos han ido retirándose a otras áreas cercanas, como el parque nacional Amboseli, en la vecina Kenia, con el que está conectado por un corredor biológico.
Dentro del parque nos encontramos con zonas bien diferenciadas, que van desde la aridez de la alta montaña hasta las grandes llanuras, pasando, desde luego, por zonas de selva y bosque tropical.

Siempre me llamó la atención la extraña curva que hace la frontera entre Kenia y Tanzania, modificada artificialmente para dejar al Kilimanjaro dentro de la antigua colonia alemana de Tanganika y que, como es bien sabido, responde a un acuerdo entre las familias reales de las dos metrópolis (Alemania y Gran Bretaña) para que cada una de las dos colonias tuviese su gran montaña (en Kenia está el monte que da nombre al país y que es el segundo en altura del continente).

El Kilimanjaro impresiona profundamente a quien lo ve. Hemingway no fue una excepción. Su relato corto Las nieves del Kilimanjaro es muy popular (aunque un poco aburrido, en mi particular opinión) y tiene mucho de idealización autobiográfica, que también se aprecia en su versión cinematográfica, del mismo título, protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner. Una película más interesante por el fetichismo que despiertan sus actores y por la belleza de su Technicolor que por la calidad del trabajo de su director Henry KIng (si bien yo soy de los que creen que la historia del afamado escritor americano -cuajada de tópicos que, en ocasiones, están al límite de lo infumable- no daba para mucho más). 

Las vistas del Kilimanjaro desde Amboseli son magníficas. En especial cuando observamos a los elefantes o las jirafas pasear, con su majestuoso porte, frente a las grandes acacias de la sabana, con la cumbre nevada del Kili como telón de fondo. Desde aquí, la montaña esconde sus tres picos y se nos muestra como una breve y elevadísima meseta que bien merece el nombre que le diera, a comienzos del siglo XVI, el explorador español Fernández de Enciso: 'Olimpo de Etiopía'.

El Kilimanjaro desde Amboseli

Y no son pocos los artistas que se han inspirado en el gran monte de África. Uno de mis favoritos es el parisino Pascal Danel, quien convirtió su tema 'Kilimandjaro' en uno de los mayores éxitos de la música francesa en los años sesenta. Una canción que escucho con mucha frecuencia y de la que nunca me canso. Y como el vídeo original de 1967 no le hace justicia, he decidido hacer mi propia versión.

No hay duda de que la gran imagen que resume la grandeza de África es la del Kilimanjaro elevándose sobre la vida salvaje que le rodea, luciendo su cada vez más breve casquete de glaciares a casi seis kilómetros de altura y, con frecuencia, flanqueado por unas nubes que no se atreven a desafiar su dominio sobre la gran planicie que se extiende a su alrededor.
Gloria eterna al Kilimanjaro, eterna morada de los dioses que cuidan de la cuna de nuestra especie.

La grandeza de África








martes, 29 de septiembre de 2015

Los dibujos de la Alhambra

Capitel nazarí (Sánchez Sarabia)
Una exposición, en verdad extraordinaria, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha sacado a la luz los valiosos trabajos de dos importantísimos proyectos llevados a cabo en los siglos XVIII y XIX que, con el paso del tiempo, se han convertido en proyectos de referencia para el estudio de las antigüedades árabes en España.
La muestra, presentada en la sede madrileña de la Real Academia, bajo el título 'El legado de al-Ándalus' y organizada con la colaboración de la Fundación Mapfre, reúne un conjunto excepcional de dibujos, planos, grabados y otros trabajos llevados a cabo por sendos grupos de dibujantes y arquitectos que se desplazaron a Granada y Córdoba para copiar dibujos y piezas artísticas que se encontraban en trance de desaparición o, al menos, de sufrir un severo deterioro.
Decoración en el Patio de los Leones (Sánchez Sarabia)







Mi amigo y compañero del Ramiro de Maeztu, Antonio Almagro Gorbea, académico de número y notable experto en arquitectura y artes islámicas, ha sido el comisario de una exposición que presenta el valor añadido de mostrar al público una serie de valiosísimas piezas, ocultas, habitualmente, a los ojos de la mayoría por tratarse de elementos de suma fragilidad, cuyo alto riesgo de deterioro debe ser objeto de permanente vigilancia.



Los dos principales monumentos sobre los que gira este evento de la Real Academia son la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba, pero en este artículo nos centraremos en los dibujos y planos del palacio nazarí, dejando para otra ocasión las piezas dedicadas al gran templo de orillas del Guadalquivir.
Jarrones de las Gacelas y de los Escudos (Sánchez Sarabia)

Fue en 1760 cuando el pintor granadino Diego Sánchez Sarabia recibió el encargo de copiar las pinturas de la Alhambra, tarea que pronto se amplió a otros aspectos artísticos y ornamentales del conjunto arquitectónico, con el fin, ya mencionado antes, de prevenir su posible desaparición. 
Posteriormente, tras ser cuestionada la exactitud de un buen número de las primeras reproducciones documentadas, la Academia decide encargar a tres reputados arquitectos, José de Hermosilla, Juan de Villanueva y Juan Pedro Arnal, la realización de un profundo estudio arquitectónico de la Alhambra, que tuvo como resultado un fabuloso conjunto de planos y dibujos, de gran valor histórico y artístico.

Plano de la Alhambra (Hermosilla)
El otro conjunto de documentos, de la segunda mitad del siglo XIX, está compuesto por impresionantes dibujos y planos. Sus autores, Francisco Antonio Contreras Muñoz, Jerónimo de la Gándara y Nicomedes de Mendívil, recogen espectaculares detalles de los monumentos de la Alhambra, sus palacios, sus patios, sus puertas... y, por supuesto, de un buen número de reproducciones de su decoración, inscripciones, alicatados y capiteles, cuya exhibición en las salas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, complementa a la perfección los trabajos de sus predecesores.

Mirador de Lindaraja (Gándara)
En uno y otro caso (pero, sobre todo, en lo realizado por Hermosilla y sus colegas en el XVIII), sorprende la perfección de unos planos, alzados y secciones, levantados con asombrosa exactitud, apenas superada hoy con ayuda de la más moderna tecnología. La precariedad de los medios empleados en aquel histórico proyecto (la que correspondía a la época en la que tuvo lugar) no fue impedimento para la realización de un trabajo brillante que sigue impresionando por su calidad y deja constancia del enorme talento de quienes lo llevaron a cabo.

No es pasión provocada por mi amistad con Antonio, sino justa valoración de la cuidadosa y perfeccionista labor llevada a cabo para presentar una exposición única y diferente, capaz de acercar a todos las maravillas de una Alhambra de Granada, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1984, y que nunca nos cansaremos de disfrutar como lo que es: uno de los más importantes monumentos árabes del mundo.

Y, para quien se pierda la exposición, aquí están los enlaces a los catálogos elaborados por Antonio Almagro: Antigüedades Árabes y Monumentos Árabes. Dos viajes en el tiempo que nos permiten sumergirnos en momentos diversos de una historia que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se esfuerza en recuperar para todos desde hace casi tres siglos.
Oratorio del Partal (Contreras)

viernes, 18 de septiembre de 2015

Una casa en Ibiza


La casa de Llorenç y Pilar no es ni la más lujosa (me parecen horribles esos edificios pretenciosos y seudomodernos que fingen estar inspirados en la tradición de la isla por el mero hecho de estar pintados de blanco y tener líneas rectas en su fachada) ni la más grande de Ibiza, pero es la que más me gusta.

Iglesia de San José (detalle)
Desde ella apenas se divisa el mar, pero sí se ve Formentera. Parece raro esto que digo, pero es así.
Está en mitad del campo. Rodeada por el terreno de una pequeña finca con olivos, manzanos, ciruelos y pinos. Y tiene un pequeño huerto en el que crecen tomates, pimientos y uvas.

A su alrededor solo hay campos de cultivo poco trabajados y pinares, muchos pinares, que se extienden por las suaves colinas del sur de la isla, entre Sa Caleta y Es Cubells.

Cuando voy a esa casa, no me apetece salir de ella. Si es en verano, el delfín que vive en su piscina te invita a nadar con él. En el resto del año, no hay nada mejor que sentarte en el porche y ver las nubes pasar sobre los montes, apenas cubriendo una pequeña parte de un cielo siempre azul...

En Can Jordi
Pero claro, hay tanto en la isla que es bueno salir un poco. San José está cerca. Es un pueblo todavía tranquilo que lo será más cuando desvíen la carretera, como han hecho en Santa Gertudis. 
No me parece una obra complicada y sería una bendición en los meses veraniegos. 

Aún más cerca de la casa de Llorenç y Pilar está Can Jordi. Un destartalado bar de carretera cuyos conciertos de rock al aire libre son famosos en toda la isla. Es uno de esos sitios especiales que solo pueden existir en Ibiza, como Anita, en San Carlos, o Cosmi, en Santa Inés. Me gusta desayunar allí con una buena taza de su bien preparado 'Café Ibiza' y media tostada, recién salida del horno, protegido de la carretera por su parapeto de cestas ibicencas.

Es Vedrà


La proximidad de la costa invita a disfrutar de extraordinarias vistas. Probablemente las dos mejores de la zona son las que se contemplan desde Es Cubells y frente a Es Vedrà, desde lo alto del acantilado que domina esas imponentes rocas que surgen del mar y que tanto recuerdan a los farallones de Capri. Parece increíble que allí viviera, durante largo tiempo, el padre Palau. No sé si en aquella lejana época (mediados del siglo XIX) ya había cabras en Es Vedrà (hoy sí), así que es probable que su única compañía fuesen las aves marinas y las famosas lagartijas azules que habitan el islote.

Ses Boques
Mi chiringuito preferido de toda la isla de Ibiza está próximo a Es Cubells. 
Se llama Ses Boques y se accede a él tras bajar por el camino (no me atrevo a utilizar aquí la palabra 'carretera') que conduce hasta el recóndito Nido del Águila.
Mantiene un aspecto rústico y auténtico difícil de superar, tal vez solo comparable al célebre Cala Mastella ('El Bigotes'), si bien en Ses Boques hay una carta más variada. 
El lugar esconde una discreta sofisticación, pero de las muy buenas, que son esas que se hacen del todo compatibles con la naturaleza original del enclave en el que está situado. 

Sa Caleta
No es el único de la zona, desde luego, ya que Es Torrent, Es Xarcu y Sa Caleta (este último algo menos caro que los dos anteriores) son, también, excelentes restaurantes junto al mar. De los tres yo destaco el de Sa Caleta pues, aunque en todos se come muy bien, el entorno de Es Bol Nou (que es el nombre de la cala en la que está), con sus acantilados rojos y el impresionante yacimiento fenicio que podemos visitar a unos pocos pasos, tiene una personalidad especial y está cargado de historia.

Si he pasado por alto los dos buenos restaurantes costeros de Cala d'Hort (El Carmen y Ca na Vergera) no es porque no merezcan ser reseñados (lo merecerían aunque solo fuera por estar en la cala que mira a Es Vedrà), sino por la pereza mental que me produce pensar en llegar en coche hasta ellos. Y no lo digo por el recuerdo de que mi querido Mini azul (que bajó del barco en una red para ser depositado en el muelle de Ibiza) se quedase atascado, en 1973, en los baches arenosos del polvoriento camino que existía cuando la elegante y bien cuidada carretera que hoy conocemos no era ni un optimista proyecto, no... lo digo por todo lo contrario. Yo ya me entiendo.

Cala Conta
Tal vez por eso me cuesta tanto trabajo salir de la casa de Llorenç y Pilar. 
Allí, lejos del bullicio y de esa inevitable incomodidad que está presente en todas las playas, la compañía más notable son los verdes algarrobos de negras vainas que rodean la piscina. Rodeada de campo en estado puro, solo se oye el canto de las cigarras y, por la mañana, el de un gallo que se despereza en alguna invisible granja vecina. 
Al atardecer, algún que otro conejo sale de entre los pinos y se atreve a acercarse a la casa, siempre dispuesto a huir, veloz, al menor movimiento que intuya peligroso. La sensación, a cualquier hora del día, es de permanente paz y suma tranquilidad. 

Los valerosos atraviesan el pueblo de San José y van a cenar a Can Berri Vell, el magnífico y bonito restaurante de San Agustín, y los verdaderamente aguerridos llegan hasta Cala Bassa para disfrutar de su fina arena y sus aguas transparentes. O son capaces de acudir, al atardecer, a Cala Conta para ver la puesta de sol. Es bonita, desde luego, pero no comparable con la que puede contemplarse desde la Torre des Savinar, frente a Es Vedrà. Además, está mucho más cerca de la casa de Llorenç y Pilar, el verdadero paraíso de Ibiza. De una isla que, en aquellos parajes, puede que se asemeje a la que conocieron los cartagineses... pero ¿qué digo los cartagineses?: los fenicios. Que sus primos de Cartago también me parecen demasiado modernos.


Puesta de sol frente a Es Vedrà

Ibiza está llena de casas bonitas. Yo he tenido la suerte de conocer unas cuantas, pero puedo asegurar que ninguna me parece mejor que la de Llorenç y Pilar, escondida en uno de esos valles al sur de San José que todavía se conservan casi intactos y olvidado del turismo atropellado que tanto abunda en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

La vista desde Es Cubells






lunes, 14 de septiembre de 2015

Madrid en cuatro fotos (III)

En esta tercera entrega de semblanzas de Madrid en cuatro imágenes, queremos recordar a otros cuatro grandes fotógrafos, tal vez algo menos conocidos que los de las dos primeras, pero igualmente magníficos y dignos de ser recordados.

Empezamos con una extraordinaria fotografía del Archivo Loty, realizada por el portugués António Passaporte. Esta gran colección fue creada, en 1927, por Concepción López (LO) y Charles Alberty Jeanneret (TY), quienes contrataron a Passaporte para que realizase un trabajo fotográfico extenso, formado por vistas urbanas, paisajes y retratos de tipos populares de toda España, muchos de los cuales se utilizaron para tarjetas postales. La calidad técnica y artística del conjunto de la producción obtenida hacen del Archivo Loty un fondo documental de considerable importancia. 
La fotografía que aquí reproducimos de Passaporte es una bellísima toma de la plaza de las Descalzas a finales de los años veinte del pasado siglo. En primer término, a la izquierda, vemos la estatua del Marqués de Pontejos (que aún se conserva en la plaza, en otra ubicación). Tras ella, semioculta por los árboles, la fachada del monasterio de las Descalzas Reales, uno de los más importantes monumentos religiosos de Madrid.
Al fondo, la estatua de Francisco Piquer, fundador, junto con el Marqués de Pontejos, de la primera caja de ahorros.

Pero el documento de Passaporte va, como es habitual en su obra, mucho más allá del reflejo de los monumentos retratados y aprovecha para dejarnos una impagable instantánea de la vida cotidiana de la capital. Así, el grupo formado por el guardia que pasa junto al taxista que espera un cliente apoyado en su vehículo (matriculado, por cierto, en 1925), adquiere un papel protagonista en la escena...


La segunda imagen nos presenta un dramático contraluz de Paco Gómez, fechado en 1959.

Francisco Gómez Martínez fue uno de los creadores de la llamada Escuela de Madrid, que se originó a raíz del grupo 'La Palangana', fundado por él y otros amigos, también muy destacados profesionales.
Como bien puede apreciarse en la fotografía que aquí publicamos y que corresponde a un antiguo tranvía atravesando un desolado paseo de Extremadura, su trabajo tiene un acusado componente neorrealista que nos traslada al mundo de la periferia madrileña con una simplicidad no exenta de un contenido social innegable. Muchas de sus fotos son portadoras de mensajes condensados en un efecto de luz y soledad, cuya belleza impacta, conmueve e impresiona. Un gran fotógrafo, menos conocido de lo que su calidad exige.

De Cristóbal Portillo es la fotografía de la esquina de Alcalá y Gran Vía, en la que vemos al edificio de La Unión y el Fénix Español (al que ahora se empeñan en llamar 'Metrópolis', como si la propiedad de algo fuera capaz de modificar su naturaleza original) en los años cuarenta. Portillo fue un reputadísimo fotógrafo que combinó su trabajo de estudio con su labor de reportero gráfico para los principales diarios y revistas madrileños.
La imagen que aquí presentamos, nos muestra el edificio en todo su esplendor, en un verano (la chaquetilla blanca del guardia urbano así lo acredita) en el que los primeros indicios de modernidad se asoman al centro de Madrid. Los tranvías aún circulan por la calle de Alcalá, y un carro cargado de barriles espera, paciente, junto a la esquina de Caballero de Gracia, pero ya vemos un flamante autobús de dos pisos bajar por la Gran Vía (con un anuncio de Anís Castizo, de la segoviana localidad de Coca), rodeado por un buen número de modernos automóviles...
El Archivo Regional de la Comunidad de Madrid cuenta con un fondo de cientos de miles de fotografías de este gran artista murciano, fallecido en 1957, que desarrolló la mayor parte de su trabajo en Madrid.

La última foto de este capítulo es una magnífica instantánea de una ajetreada Puerta del Sol, captada por la cámara de Ramón Massats en 1958. Una fotografía que, pese al ajetreo que reproduce, no deja de recordarnos el estilo de su amigo y compañero Paco Gómez.
Massats es un laureado fotógrafo catalán contemporáneo (Premio Nacional de Fotografía 2004), que ha destacado en múltiples facetas del arte de la cámara. Instalado en Madrid desde 1957, su obra está presente en un buen número de museos y colecciones públicas y privadas. En 2014 recibió el Premio PHotoEspaña a la trayectoria profesional de una personalidad del ámbito de la fotografía, de la que se destacó "su mirada irónica, fresca y potente", en palabras de la organización de este prestigioso festival. Su fotografía de la Puerta del Sol es un buen ejemplo de estas y otras virtudes del autor.


Cuatro fotografías que, unidas a las publicadas anteriormente en los artículos 'Madrid en cuatro fotos (I)' y 'Madrid en cuatro fotos (II)', contribuyen a configurar una visión gráfica de la historia de una ciudad en permanente cambio y, a la vez, fiel a su historia. 

martes, 4 de agosto de 2015

La fuerza del destino

En un artículo anterior publicábamos las magníficas fotografías de Nick Brandt, un artista británico comprometido con la vida salvaje de un continente (África), sujeto a múltiples amenazas de todo tipo.
Su trabajo, resumido aquí en esta composición de dos de sus más celebres imágenes, es una constante señal de alarma que no debe dejar a nadie indiferente.


Utilizando parte de su extraordinario trabajo fotográfico, y con la inestimable ayuda de la música de Verdi (La Forza del Destino), hemos realizado un vídeo, con cuyo dramatismo nos gustaría resaltar no solo la belleza de una fauna que debe ser protegida, sino, también, el indiscutible riesgo al que está sometida su supervivencia, del que todos debemos tener nítida conciencia.
El vídeo comienza con la secuencia de los tres títulos de sus libros más conocidos, y continúa con fotografías en blanco y negro realizadas por Nick Brandt en Kenia y Tanzania. 

'On this Earth'. Basta con pinchar en la imagen para visualizarlo...



Fotografías: Nick Brandt ©

martes, 28 de julio de 2015

Puesta de sol en Ipanema

Iberia me invitó a volar a Río de Janeiro, así que el viaje empezó bien.
Y continuó aún mejor, pues el comandante, que se jubilaba y hacía su último vuelo con la compañía, me ofreció pasar a la hoy ya desaparecida Grand Class, mejorando sensiblemente la siempre incómoda experiencia de pasar tantas horas sobrevolando el Atlántico.

Mi hotel en Río no era el mejor (el mejor, para mi gusto, es el Copacabana Palace), pero estaba situado en una posición estratégica, frente al final de la playa de Copacabana y muy próximo al comienzo de la de Ipanema, lo que me permitió pasear por ambos barrios y visitar las dos playas, teniendo siempre la base de operaciones próxima. Además, las vistas desde las habitaciones y la piscina eran tan buenas como cualquier viajero desea cuando viaja a la vieja capital brasileña.


Fueron días intensos, como no pueden ser de otra manera en Río de Janeiro. Largos paseos, jornadas de playa, excursiones memorables...
Es indiscutible que la ciudad ofrece casi infinitos atractivos al visitante, pero será en otra ocasión cuando hablemos del Pan de Azúcar, del Corcovado, de la bahía de Botafogo o de la famosísima playa de Copacabana, ya que ahora vamos a centrarnos en otro de sus barrios, inmortalizado por la música de Antônio Carlos Jobim y la letra de Vinícius de Moraes: Ipanema. 



Mosaico de la playa de Ipanema
Ipanema es un barrio menos agobiado que otros por el turismo. Una zona de artistas, de intelectuales... en la que, por alguna razón predominan los habitantes de raza blanca. Abundan en sus calles los comercios modernos, los cafés y los restaurantes.

Su playa es abierta, propensa al oleaje, por lo que es una de las favoritas de los amantes del surf, especialmente en la zona rocosa de Arpoador, desde la que se divisan las más bonitas vistas de la bahía, con la silueta recortada de los 'Dos Hermanos' al fondo, que marcan el carácter inconfundible de Ipanema. 
La playa está bordeada por un paseo pavimentado con su característico y personal mosaico blanco y negro, con la misma combinación de colores, pero de diseño muy diferente al célebre de Copacabana.

El barrio que es, en realidad, una no muy ancha banda de terreno entre el océano y la laguna, se ha ido convirtiendo, con el paso de los años, en uno de los más exclusivos de la ciudad, con locales de mucho prestigio y estilo. La propia playa es un centro de reunión, en especial en los alrededores del bien conocido Posto 9 (puesto de vigilancia nº 9).

Restaurantes de moda, como Zazá Bistrô o Market Ipanema, son lugares actuales, frecuentados por gente joven que busca una experiencia que va algo más allá de una simple comida convencional. Pero estos dos son tan solo un ejemplo. Hay muchos y constantemente se incorporan novedades interesantes.

Las rocas de Arpoador
Otro tanto ocurre con los cafés y los bares. Hoy el más famoso es Garota de Ipanema, creado en 1974 en el lugar que acogió al antiguo Bar Veloso, en el que la tradición cuenta que Tom Jobim y Vinícius de Moraes vieron, allá por 1962, a Helô Pinheiro (Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto), quien les inspiró una de las canciones que popularizó la bossa nova a nivel mundial. La canción fue titulada, en un principio, 'Menina que passa' y, más tarde, rebautizada como 'Garota de Ipanema', alcanzó su fama internacional.
De las infinitas versiones que se han hecho de ella, me sigue gustando más que otras la cantada por Astrud Gilberto, acompañada por el gran saxofonista de jazz, Stan Getz.

Como he dicho al principio, aquel viaje a Río empezó bien. Terminó algo peor, claro está, pero solo porque marcharse de Río de Janeiro siempre produce tristeza. Entretanto, debo reconocer que uno de los mayores placeres de esa extraordinaria ciudad costera (una de las más bellas del mundo, sin la más mínima duda) es el de acabar la tarde sobre las rocas de Arpoador y contemplar desde allí la puesta de sol, mientras las olas rompen a tus pies contra esa peculiar piedra con aspecto de ballena varada. Algo que hubiese hecho las delicias de Derain, Seurat o Signac, a quienes desde estas líneas mando, con nostalgia, un recuerdo emocionado...
























viernes, 24 de julio de 2015

La ciudad de las violetas

En julio y agosto, lo menos bueno de la Costa Azul es, precisamente, eso: la costa.
Pero basta alejarse unos pocos kilómetros hacia el interior para encontrarnos con lugares asombrosos y solitarios, de extraordinaria belleza y sin apenas visitantes.
Uno de ellos es Tourrettes-sur-Loup, un bonito pueblo medieval, colgado (no es una metáfora) sobre unos espectaculares acantilados, que surgen de esas estribaciones de los Alpes que van cayendo hacia el mediterráneo, entre bosques y densa vegetación de permanente verdor.

Tourrettes-sur-Loup es uno de esos milagros (más frecuentes en las proximidades de la Costa Azul de lo que muchos creen) que se conservan casi intactos en una zona cuya densidad turística es de las más altas de Francia en verano. Dista unos catorce kilómetros de la costa y se llega a ella en unos minutos desde Vence, por una tranquila y poco transitada carretera que me gusta mucho recorrer cada vez que tengo la oportunidad de hacerlo, huyendo del permanente ajetreo de la cercana autopista A8

Una florida calle de Tourrettes
El pueblo, en especial su muy bien conservado casco antiguo, de trazado medieval, se asoma como la proa de un inmenso barco mitológico sobre las olas rocosas de un valle exuberante, que llega a parecer un océano de verdor infinito ante los ojos del visitante.

Pero, siendo Tourrettes una villa de gran belleza, su mayor fama le viene por el hecho de ser el único lugar de Francia en el que el cultivo principal es la violeta, favorecido por una climatología idónea. En febrero y marzo sus campos se tiñen de su color y el aroma de sus particulares flores inunda todos los ambientes de la localidad. Una singular excepción en una Provenza tan dominada por la lavanda y las mimosas.

El cercano valle del río Loup es muy atractivo, y tiene en su célebre garganta, que está en el entorno del vecino pueblo de Gourdon, su más espectacular enclave. Es una excursión que merece la pena hacer si se pasa por esta zona. 
Mucho más interesante, desde luego, que desplazarse hasta Grasse para visitar sus famosas fábricas de perfumes, ya que, sin menospreciar en absoluto a ninguna de las tres grandes y muy bien conocidas empresas dedicadas, desde hace muchos años, a tan aromática actividad (Fragonard, Molinard y Galimard), la ciudad no tiene una estructura urbana especialmente acogedora, por lo que el viajero no se siente atraído por más encantos que los relacionados con el sentido del olfato (que no es poco, claro).

Tourrettes desde el viejo puente del ferrocarril
En Tourrettes hay que pasear, sin prisa, por su parte antigua, disfrutar de sus viejas casas y calles de piedra, beber en sus fuentes y asomarse al balcón natural desde el que se observa el valle, atravesado por el puente del antiguo ferrocarril. Las vistas son magníficas, pero, aún, resultan mucho más impresionantes las contrarias, es decir, las del pueblo desde el puente.
Eso sí, para encontrar el camino es necesario ser conocedor de la zona, ya que (supongo que con toda la intención) no está señalizado.


Le Relais des Coches
Luego, conviene concentrarse en una comida en cualquiera de sus pequeños restaurantes o cafés, entre los que me permito destacar el Clovis (en pleno centro histórico y rodeado de viejas casas, decoradas con flores en sus fachadas) y Le Relais des Coches, situado poco antes de llegar al pueblo y que cuenta con una sencilla y muy recomendable terraza, que goza de impresionantes vistas.
Junto a su entrada, los restos de un antiguo coche de caballos nos recuerda que el local fue lo que, con tanta precisión, indica su nombre.

Al caer la tarde, tras haber sido protagonistas de una excursión de singular belleza, que pocos turistas hacen, regresaremos a Vence, Saint Paul, Cagnes-sur-Mer, Niza o a otros lugares más frecuentados y conocidos, sobre los que hablaremos en futuras ocasiones, ya que sus virtudes lo requieren. 
Pero hoy, tal vez nos quedemos un rato más en la vieja villa de Tourrettes, seducidos por sus especiales encantos e inmersos en su inequívoco y eterno aroma de violetas...