martes, 26 de enero de 2016

Seteais, Regaleira y la eterna melancolía

La primera vez que fueron a Sintra se quedaron unos días en el Palácio de Seteais.

Palácio de Seteais

Aquellos muros de color rosa pálido, que un día fueron residencia de nobles familias reales, les acogieron con la suavidad infalible de aquel rincón portugués, patrimonio ya del mundo.
Allí, nada más cruzar el arco de su impresionante entrada, se sintieron felices. Las vistas al mar, desde lo alto de aquel terreno accidentado les sumergían en una nostalgia irredenta de tiempos pretéritos, pero era la contemplación de la Sierra de Sintra la que más conmovía su espíritu. 
Con el paso del tiempo, tras infinitos paseos por los jardines del palacio y conocerse de memoria cada figura representada en sus dos magníficas salas (si bien la Pillement les gustaba, era la de la Convención, con sus alusiones a la mitología marina, su preferida), decidieron mudarse a una casa próxima a la Quinta da Regaleira, tantas veces visitada en las húmedas mañanas de pertinaz neblina.

Jardines de la Quinta da Regaleira














Sus fabulosos y románticos jardines no tenían secretos para ellos y de sus muchos rincones, dos eran para ellos eran más especiales que el resto: el pozo iniciático, la Fuente de la Abuncancia y la de los Dragones. No era extraño oírles recitar algún fragmento de la Divina Comedia mientras bajaban por las escaleras espirales del pozo. O al subir, antes de saludar a los dragones de la fuente que vigilan la entrada.

Pozo iniciático de la Quinta da Regaleira

















En Sintra hay, desde luego, días soleados y luminosos, pero ellos solo salían cuando la niebla, nunca demasiado espesa, hacía acto de presencia (algo que no era infrecuente, por cierto).
Por las tardes, preferían acercarse al pueblo. Ni el Palácio da Pena ni el Castelo dos Mouros les atraían en la corta distancia. De lejos, sin embargo, era otra cosa. 
No es, ni mucho menos, que no reconociesen su mérito histórico, lo que ocurría es que ellos defendían con entusiasmo la teoría de la belleza en la distancia, especialmente oportuna en estos dos casos, como ellos mismos recordaban cuando alguien les preguntaba por las razones de su perenne contemplación lejana.
Del Palácio Nacional de Sintra les impresionaban sus gigantescas chimeneas cónicas, capaces de inquietar a cualquier visitante de la villa.
¡Cuántas tardes pasadas en A Piriquita y en la desaparecida Mathilde!









Por eso fue tan extraño que aquella eterna pareja desapareciese de Sintra sin dejar rastro alguno. Hubo muchos comentarios. La mayoría se inclinaba por una explicación dramática, incluso trágica. Se decía que ella le envenenó y que, con la ayuda de un misterioso personaje que merodeaba por el parque de la Regaleira en aquellas épocas, se deshizo del cadáver, enterrándolo en los jardines una noche de intensa niebla. Según esa teoría, ella habría huido a Brasil oculta tras una nueva identidad.
Pero no es probable. Parecían tan unidos...
Años después, en la sierra se encontraron los restos del misterioso merodeador, al parecer, víctima de un accidente entre las escarpadas peñas de la montaña.
De la pareja, por el contrario, nunca se supo nada. Habían desaparecido de la casa sin llevarse nada. Toda su ropa, sus libros, su vieja colección de fotos... allí quedaron abandonados. Lo que más sorprendió fue aquel poema a medio escribir sobre la mesa del despacho...

La pertinaz neblina de Sintra














La casa ya no existe. El propietario la vendió y allí siguen sus ruinas, con sus ventanas herméticamente cerradas y la hiedra trepando por sus oscurecidas paredes. Si preguntas, nadie te dará razón, ni vecino alguno querrá reconocer que sabe quiénes vivieron allí. Yo creo que prefieren pensar que algún día volverán y que, tarde o temprano, el poema inacabado tendrá un final. Tal vez triste, pero final, al fin y al cabo.


















jueves, 14 de enero de 2016

Bertuchi, pintor de Marruecos

La excelente obra de Mariano Bertuchi está un poco olvidada, pese a ser el artífice de una pintura de gran belleza que, además, nos permite sumergirnos en la vida de los años del protectorado español de Marruecos, gracias a sus cuadros luminosos y brillantes, capaces de transportarnos a una época no tan lejana en el tiempo y repleta de detalles de un orientalismo romántico y nostálgico.




















Bertuchi nació en Granada (1884), concretamente en el barrio del Realejo, y ya desde niño mostró una gran disposición natural para el arte, en especial, para la pintura. 
Casi todas sus primeras obras recogen aspectos costumbristas locales, muchos de ellos con paisajes y escenas granadinas y malagueñas, pero fue su vida en Marruecos la que le permitió sumergirse en ese universo norteafricano que le dio fama mundial.
En sus cuadros se refleja una clara influencia de su tocayo Fortuny, fallecido poco antes del nacimiento de Bertuchi y predecesor suyo en abordar temas orientales en las artes plásticas españolas.

Mariano Bertuchi se instaló en Marruecos y allí vivió hasta su muerte en Tetuán (donde se había establecido en 1915), en junio de 1955. Poco a poco se fue convirtiendo en el 'pintor oficial del Marruecos español' y sus cuadros decoraron salones y despachos de organismos oficiales y destacadas personalidades del protectorado, incluyendo entre sus admiradores distinguidos al propio Jalifa. 

En el Ramiro de Maeztu
Pero Bertuchi fue más que un artista. Se implicó en muchos aspectos del proceso colonizador español, interviniendo en múltiples facetas (primero como cronista gráfico y, más tarde, ejerciendo cargos relacionados con el arte en la administración colonial), entre las que destaca su papel como creador de la Escuela de Bellas Artes de Tetuán y del propio Museo de Tetuán, del que fue director. Fue condecorado con la Cruz del Mérito Militar y destacó, en todo momento, por su defensa y respeto del arte y el entorno tradicional marroquí, del que siempre procuró su preservación.

Yo tengo especial devoción por su arte, ya que no hay que olvidar que varios de sus cuadros se conservan en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, regalo del Jalifa de Marruecos en agradecimiento por la estancia de su hijo, quien cursó allí sus estudios y vivió en el Internado Hispano-Marroquí del que, por aquellos tiempos, era el más célebre y aventajado centro educativo oficial de España.

También destacó Bertuchi como cartelista, ya que muchas de sus pinturas se convirtieron en carteles turísticos de Marruecos, verdaderamente atractivos, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta la naturaleza de muchas de sus obras que, como ya hemos dicho, combinaban la belleza natural de las ciudades, monumentos y tierras del Magreb con un tratamiento de los personajes tradicionales, cuya presencia en las escenas retratadas contribuye sobremanera en la creación de una atmósfera especial que trasciende a la simple reproducción de un paisaje.


Carteles turísticos de Bertuchi

Nunca se cansa uno de admirar estos cuadros de colorido luminoso y llenos de brillante serenidad, que se han convertido, con el paso del tiempo, en el más fiel documento de toda una época de la que son ya permanente memoria y recuerdo para los amantes del arte orientalista y de la historia. 

Gracias, Bertuchi, pintor de Marruecos.


martes, 12 de enero de 2016

Detalles de Viena

Viena es una ciudad llena de detalles. Algunos son notorios, pero otros pasan casi desapercibidos para el visitante ocasional. Yo procuro, siempre que tengo la suerte de pasar unos días en la capital del Danubio (con permiso de Bratislava, Budapest y Belgrado), descubrir nuevos rincones y fijarme en aspectos que no conozco (son muchos, sin duda) o he olvidado con el paso del tiempo.

Un rincón de Zentralfierdhof









Avenida de los Tilos, Zentralfierdhof
Cuando voy en avión me gusta usar el tren para llegar al centro y como ahora ya suelo viajar sin prisa, me inclino por el llamado S7, mucho más barato (aunque menos veloz) que el rápido CAT y que tiene la virtud de parar en el Zentralfierdhof, el legendario y enorme 'Cementerio Central', en el que están enterradas grandes figuras de la música, como son Beethoven, Schubert, Brahms y la familia Strauss. Es imposible no evocar en él la última escena de la mítica película de Carol Reed, en la que Alida Valli (solo Valli en los créditos) pasa delante de Joseph Cotten sin detenerse, tras recorrer una larga avenida flanqueada por tilos deshojados, arropada por la cítara de Anton Karas. Un final extraordinario para una de las grandes obras cinematográficas de todos los tiempos ('El tercer hombre'), en mi opinión, infinitamente mejor que el escrito en la novela original de Graham Greene que, de haberse rodado en lugar del que conocemos, hubiese arruinado la película.

Otro detalle en el que hay que reparar es en la bonita perspectiva de la fachada principal del Musikverein con la Karlskirche (San Carlos Borromeo), algo que hay que rematar con la subida a la cúpula de la iglesia en el ascensor situado entre los andamios interiores que permiten la contemplación próxima de sus impresionantes frescos.

Detalle de los frescos de la Karlskirche, desde lo alto del andamio
Por cierto, no hay que olvidar que las mejores butacas de la famosa sala de música en la que tantos buenos conciertos hemos visto (en especial, los de la Filarmónica de Viena) son las de la fila 11. Difíciles de conseguir, en cualquier caso. Tampoco son malas las primeras filas de los palcos de platea (Parterre) más próximos a la orquesta ni las que nos permiten apoyarnos en la barandilla de los palcos del primer piso (Balkon) números 2, 3 y 4.

Siguiendo con la música, es interesante saber que los Niños Cantores de Viena actúan con frecuencia en la capilla del palacio imperial de Hofburg (Hofmusikkapelle), cantando la misa de los domingos, pero hay que saber que, si bien oiremos sus extraordinarias voces durante toda la ceremonia, solo veremos a los niños (con sus tradicionales trajes de marineros) una vez terminada la misa, cuando bajen a cantar una última pieza musical frente al altar. Muchos visitantes se sienten decepcionados por esta inesperada circunstancia, que puede verse compensada si paseamos a la salida en dirección al Albertina (el gran museo vienés que combina excepcionales muestras semipermanentes con buenas exposiciones temporales) cuando nos encontremos en la Josefsplatz con la 'casa de Harry Lime' (Orson Welles en 'El tercer hombre').

'Casa de Harry Lime', en Josefsplatz
A pocos metros del Albertina, en un lateral del Hotel Sacher, está mi café favorito (entre los muchos buenos que hay en Viena), el Mozart. Eso sí, tengo que reconocer que cuando más me gusta es en invierno, ya que la 'modernización' de su terraza me parece un absoluto disparate, en especial el cambio de logotipo, la desaparición de su toldo rojo y las absurdas 'setas' blancas colocadas en la acera, a modo de gigantescas sombrillas, para proteger del sol a las mesas de la terraza. 
El Mozart es un café muy antiguo, al que el propio Anton Karas dedicó un vals. Hoy es propiedad de la familia Querfeld (Landtmann) y, en consecuencia, su apflestrudel es, para mí, el mejor de Viena.

Sabemos que la más famosa obra de Klimt ('Kiss') está en el Oberes Belvedere, pero pocos recuerdan que una de las cinco versiones que Jacques-Louis David realizó de su conocido cuadro 'Napoleón cruzando los Alpes' se encuentra en este palacio vienés, tras ser trasladada por los austriacos desde su emplazamiento original en Milán. A mí siempre me ha resultado muy curioso ver esta imagen propagandística de la figura de Napoleón exhibido en casa de quienes fueron, tal vez, sus más encarnizados rivales.
Este cuadro es muy parecido al primero pintado por David y que permaneció en Madrid hasta que fue expoliado por José Bonaparte, en su huida de España.






































También se suele pasar frente a un imponente bodegón de flores de Eugène Delacroix, sin detenerse a contemplar la belleza que el pintor francés supo plasmar con sus pinceles.

Bodegón con flores (Eugène Delacroix)

Especial mención merece el más distinguido tesoro de la gastronomía vienesa: Zum Schwarzen Kameel (El Camello Negro). Establecido nada menos que en 1618 (poco después de la muerte de Cervantes y Shakespeare), este singular restaurante, bar, café, pastelería, tienda de vinos... y un montón de cosas más, es mi lugar predilecto de Viena.

Zum Schwarzen Kameel
Todo aquí es extraordinario, desde su situación (en pleno centro) hasta la cuidada y bien mantenida decoración de principios del siglo XIX, pasando por su propio logotipo, presidido por la imagen del camello negro que le da nombre.
De sus múltiples facetas y su completísima oferta, yo destacaría el bar. Uno de esos escasos lugares que hay repartidos por el mundo en los que su ambiente y estilo son tan personales que los hacen únicos e irrepetibles. No exagero si digo que merece la pena un viaje a Viena para tomarse un aperitivo en el bar de Zum Schwarzen Kameel.


Claro que si, además, vamos a ver 'La forza del destino' a la Wiener Staatsoper o escuchamos a Mariss Jansons dirigiendo a la Filarmónica en el Musikverein, el placer de disfrutar de estos detalles vieneses habrá sido absolutamente grandioso. 

sábado, 12 de diciembre de 2015

Isla blanca, isla negra

Pocas palabras son precisas para acompañar a estas fabulosas fotografías de Ibiza.
Velas en el puerto
Son imágenes antiguas, pero quienes hemos conocido la isla en los años sesenta y setenta de la pasada centuria podemos dar fe de que muchas de ellas nos resultan familiares.
La mayoría son de autor desconocido y reflejan una realidad rural que convivió, casi hasta el final del siglo veinte, con ese turismo tan particular que fue seña de identidad inequívoca de una isla blanca que hoy presentamos bajo la influencia de un color negro que contrasta con la generosa luz que la ilumina y es consustancial con una parte de sus gentes. Un pueblo del que tenemos el orgullo de considerarnos parte quienes, sin tener la suerte de haber nacido allí, sentimos a Ibiza como nuestra propia tierra. 
Una guapa payesa con el cántaro a hombros
























Edouard Boubat, 1955
Santa Eulalia, bajando del Puig de Missa
En el Mercat Vell
Paseando por Ibiza

viernes, 20 de noviembre de 2015

Canterbury, sin cuentos

Hace tanto tiempo de mi último viaje a Canterbury, que el recuerdo que guardo de ella debe estar, necesariamente, desvaído por el paso de los años.
Sin embargo, sé bien que me gustó ese lugar pequeño y bien cuidado, que hace gala de esa acertada tradición inglesa de combinar con acierto lo antiguo y lo moderno.
Porque, aunque es indiscutible que la historia, dominada por su imponente catedral, es lo más sobresaliente de esta población del condado de Kent, sus animadas calles, restaurantes y tiendas, ayudan a que el viajero se sienta feliz paseando por uno de rincones con más solera de toda Inglaterra.

En Canterbury está siempre presente la memoria de dos santos muy conocidos: San Agustín, evangelizador de los anglosajones del sur de Gran Bretaña a finales del siglo VI, y Santo Tomás Becket, el arzobispo de Canterbury asesinado en su catedral en 1170.

Bell Harry Tower (Catedral de Canterbury)

Allí está la iglesia parroquial más antigua de Inglaterra, St Martin, en la que el propio San Agustín oficiaba hasta que fue edificada la catedral, sede del primado de Inglaterra y líder espiritual de la iglesia anglicana. El obispado de Canterbury es el decano de todo el Reino Unido.
La impresionante construcción que hoy vemos, de estilo gótico inglés y con su alta y famosa torre (Bell Harry) presidiendo el monumento, está levantada sobre los sucesivos restos de sus predecesoras y quién sabe si de otros templos anteriores, ya que, como hemos dicho antes, Canterbury es una población cuya fundación como asentamiento humano se pierde en la noche de los tiempos.
Esta gran catedral ha sido destino de peregrinos desde tiempos medievales y forma, junto con la mencionada iglesia de St Martin y la abadía de San Agustín (fundada por el propio santo al poco tiempo de su llegada), el conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1988.


Muchos son los vestigios medievales en Canterbury, una atractiva ciudad de proporciones reducidas, situada a unos noventa kilómetros de Londres y, por tanto, muy cómoda de visitar cuando se está en la capital británica. 
Y esto es algo que, paradójicamente, no suele hacerse con frecuencia, ya que el tirón de la gran metrópoli es tan fuerte que imposibilita a muchos visitantes para el recomendable ejercicio de abandonarla temporalmente por otros destinos próximos, muy reconfortantes. Y Canterbury lo es. O, al menos, lo era hace cuarenta o cincuenta años, lo que me hace suponer que lo sigue siendo.

Claustro de la catedral
Se me olvidaba que Canterbury tiene un castillo normando (en ruinas) que fue alojamiento transitorio de reyes, contribuyendo, junto a los mejor conservados de Dover y Rochester a la reconocida fama de las fortalezas de Kent.

Con lo que nunca me he sentido muy identificado es con la popularidad de la celebrada obra de  Geoffrey Chaucer, 'Los cuentos de Canterbury', considerada una de las más importantes de la literatura inglesa. Puede que haya sido como consecuencia de haber visto la película de Pasolini antes de leer los cuentos (aclamada por la crítica, en su momento -1972-, y que a mí me pareció una segunda parte, más aburrida, de su algo pesado 'Decamerón').
Desde luego, no voy a ser yo quien critique a esta gloria de las letras medievales, cuya principal virtud reside (para mí, claro) en su antigüedad, pero tampoco seré defensor de unos cuentos que no me entusiasman. Ahora bien, reconozco haber visto excelentes y cuidadas ediciones editoriales, bellamente ilustradas, que merecen un lugar en cualquier biblioteca. Y es que ya sabemos que un libro es mucho más que las historias (en este caso, en plural) que cuentan las letras contenidas en sus páginas.

Abadía de San Agustín

Sí me causó especial emoción estar en el lugar exacto en el que fue decapitado Tomás Becket, aunque no fue por una especial afinidad espiritual con sus principios (difíciles de juzgar con la enorme distancia temporal que nos separa de él y de sus contemporáneos Enrique II de Inglaterra y el papa Alejandro III), condicionados por las tremendas luchas de poder de una época convulsa, en la que las fronteras entre religión y estado eran difusas, sino porque tenía muy viva en mi memoria la extraordinaria representación que de la tragedia de T. S. Eliot, 'Asesinato en la catedral', tuvo lugar en el gran teatro del Ramiro de Maeztu de Madrid en 1964, con motivo de sus bodas de plata.
La obra había sido protagonizada (en el papel de Tomás Becket) por el profesor del instituto, Marciano Cuesta Polo, con dirección de Salvador Salazar. Con toda probabilidad, el mejor montaje que se ha puesto en escena en ese magnífico teatro. Pedro Díez del Corral, el inolvidable niño de 'Del rosa al amarillo', fue uno de los actores en esa función.

'Asesinato en la catedral', de T. S. Eliot, (Instituto Ramiro de Maeztu, 1964).
En la foto: Joaquín Rodríguez, Carlos Falcones, Marciano Cuesta, José María Plans e Ignacio Tofiño.

Había dicho al principio que uno de los placeres de Canterbury es pasear por sus calles.
High St y su continuación, St Peters St, son calles peatonales bonitas y concurridas, pero dudo que hayan superado la dura prueba de resistirse al empuje del auge comercial de las franquicias y las marcas internacionales. Donde sí es posible que se hayan mantenido en es en la alternativa King's Mile, que sigue manteniendo su identidad de defensora del pequeño comercio local e independiente. Y, además, sus tiendas no están solas, sino bien acompañadas por acogedores cafés, restaurantes y pubs, en los que disfrutar de la vieja atmósfera de un pueblo que lucha por respetar sus vínculos con una época en la que viajar a esa Inglaterra ajena a las grandes ciudades que siempre entendió que la modernidad pasaba por respetar lo bueno del pasado.
















Floristería en King's Mile

sábado, 7 de noviembre de 2015

Saint-Paul de Vence, por amor al arte

Somos muchos los que defendemos que Saint-Paul de Vence es uno de los pueblos más bellos de Francia, lo que, desde luego, es mucho decir.
La belleza natural de Saint-Paul que, como acabamos de decir, no es poca, se beneficia, además de una situación geográfica privilegiada, a muy pocos kilómetros del mar, en el corazón de la Costa Azul (próxima a Niza y no muy alejada de Cannes), pero ligeramente apartada del trasiego de la autopista, si bien no escapa a la servidumbre de ser un atractivo turístico de primera magnitud. 

Saint-Paul de Vence


Su otro gran valor es el de no haber sucumbido a las catástrofes urbanísticas provocadas por el apetito desordenado, tan frecuente en multitud de casos, de convertir el turismo en una gallina ponedora de huevos áureos. Quienes hayan sido los responsables de su conservación, han demostrado que el cuidado del patrimonio artístico de una ciudad extraordinaria no está reñido con la rentabilidad económica de su explotación, siempre que esté controlada y decidida a mantener, a través del tiempo, sus principales virtudes intactas. Así, Saint-Paul no ha sucumbido a la vulgaridad, sino todo lo contrario. 

El cementerio de Saint-Paul de Vence


Artistas de diversas épocas han visitado la bonita villa de los Alpes Marítimos y algunos, como Chagall, se han quedado a vivir en ella eternamente (Marc Chagall está enterrado en el muy especial cementerio de Saint-Paul de Vence, cuyas espectaculares vistas sobre la campiña provenzal son una excelente alternativa para el descanso de un gran artista). Folon también ha dejado allí una huella duradera, gracias a su fantástica decoración de la capilla de los Penitentes Blancos, su última obra. Y Picasso, frecuente visitante de La Colombe d'Or (mi restaurante favorito de Francia), se alojaba en este impresionante lugar, que más parece un bellísimo museo que un hotel y restaurante.

Mosaico y escultura de Folon en la capilla de los Penitentes Blancos


Pero no han sido solo pintores y otros artistas plásticos los que han se han acercado a Saint-Paul para inspirar su creatividad. El cine se ha sentido, asimismo, atraído por las virtudes de un pueblo que casi es el paradigma ideal de la patria chica de cualquier genio del arte. Una de las películas más características entre las rodadas en Saint-Paul fue 'Moment to Moment', una dramática historia de amor protagonizada por Jean Seberg y Sean Garrison, dirigida por el americano Mervyn LeRoy, autor de obras tan conocidas como 'Quo Vadis?' o 'El puente de Waterloo'. 

En pleno rodaje, frente a La Fontaine, de 'Moment to Moment' (1965)


Pasar una semana de junio o septiembre allí es vivir una inmersión inolvidable en el espíritu del arte. No es necesario hospedarse en uno de sus hoteles caros, aunque tampoco es mala opción, sino que basta con una de las bonitas casas de huéspedes que rodean la villa, muchas con excelentes vistas sobre el centro histórico (Le Clos de Saint-Paul es una buena opción), ya que reservar con éxito una habitación en La Colombe d'Or es muy improbable. Pero si no hay posibilidad de dormir en ese histórico lugar, al menos hay que cenar una noche en su incomparable terraza.
A pocos pasos de está otro de los sitios imprescindibles, el Café de la Place, con su terraza frente a la muralla y sus partidas de petanca bajo los frondosos plátanos de indias. No hay sitio mejor para tomar el aperitivo o un tranquilo café, leyendo el periódico.

La Colombe d'Or


Desde luego, comeremos varias veces en Le Tilleul, bajo el inmenso tilo que da nombre al restaurante, situado sobre la muralla, nada más atravesar la puerta de la ciudad vieja. Hay más sitios dentro, estratégicamente situados entre sus estrechas y empinadas calles o con vistas sobre el valle pero, aparte de la pequeña terraza de La Fontaine, ninguno presenta un ambiente tan interesante ni un entorno tan atractivo. Y, además, se come bien por un precio razonable.

Paseando por Saint-Paul, el arte nos asalta. Y, a corta distancia, tenemos la mundialmente famosa Fondation Maeght, en la que la inmersión artística será de tal calibre que nos aturdirá (más, aún, si tenemos la mala suerte de coincidir con una exposición de Gérard Garouste, un pintor con cuya obra no he sido capaz de congeniar lo más mínimo). Pero, con independencia de lo que allí esté temporalmente expuesto, merece la pena pasear por sus jardines repletos de esculturas de grandes genios, como Miró o Giacometti y, ya en el interior, admirar 'La Vie', el enorme y espectacular cuadro de Chagall que es casi un compendio de todos los temas por él tratados a lo largo de su carrera pictórica.

'La Vie' (Marc Chagall)

Expresamente, no he querido mencionar más que de pasada los hoteles lujosos que Saint-Paul tiene en su zona de influencia. Son varios y muy recomendables, pero siempre he disfrutado más en las ocasiones en las que me he alojado en una pequeña casa de huéspedes, por eso aconsejo a quienes vayan a viajar a este fantástico pueblo provenzal que no dejen de dar un vistazo a la página que recoge la información de todas ellas. Para hacerlo, basta con pinchar aquí.


Desde Saint-Paul de Vence las excursiones posibles son múltiples y atractivas, pero no es fácil que ninguno de los destinos que alcancemos a visitar desde ella nos seduzca más que esta pequeña ciudad medieval, cuyo encanto no solo ha permanecido inalterable a través de los siglos, sino que se ha ido elevando a esa particular categoría, reservada para aquellos lugares que entienden la sofisticación como una pátina suave y elegante, dulcemente ungida por esos óleos eternos y sagrados, que parecen destilados en alambiques reservados para las esencias inmortales de la belleza más sublime.