viernes, 18 de marzo de 2016

Marzo florece en Aranjuez

Hubo un tiempo, ya lejano, en el que subir la cuesta de la Reina de un tirón tenía su mérito.
El Austin de mi padre lo conseguía a duras penas. Y no digamos ya lo que sufrían para remontarla los viejos autocares que nos llevaron a Aranjuez con el Ramiro, en 1956 y 1959.

Fueron buenas aquellas excursiones. Igual que todas las visitas que hice con mis padres, en las que siempre comíamos en La Rana Verde (hoy ha recuperado su nombre primitivo y vuelve a llamarse El Rana Verde, como en sus orígenes, pero en aquellos tiempos era 'La').
El paseo en barca de motor por el Tajo era obligado y yo solía perderme por los jardines que discurren junto a su orilla y que, en cualquier época del año son un concierto para los sentidos.

Así era 'La' Rana Verde en los tiempos en los que solía ir con mis padres





Pero de todos los meses, el que me resulta más especial al recorrer esos jardines es el de marzo. Sobre todo antes, claro, cuando los visitantes eran escasos y más prudentes.

Aranjuez, en especial a lo largo de la ribera del Tajo, es un parque inmenso, salpicado de pequeñas fuentes (y alguna más grande) que no pretenden competir con las de la Granja de San Ildefonso, pero que, al contrario de las del palacio segoviano, tienen la virtud de no carecer nunca de agua corriente.

Fuente de Hércules e Hidra






Ya sabemos que el gran jardín es el del Príncipe, de enormes proporciones y excelente para las calurosas tardes veraniegas, pero, en marzo, yo prefiero asomarme al de la Isla.
Su situación, junto a una de las fachadas del Palacio Real, es muy especial y tiene la ventaja de que, siendo grande, sus dimensiones son relativamente reducidas (en comparación con el del Príncipe).

Muy cerca está el llamado jardín del Parterre, en el que se encuentran las fuentes más monumentales, como la de Ceres, cuya vista trasera a contraluz, con el palacio al fondo, es memorable en las últimas horas de la tarde. 


La fuente de Ceres y el Palacio Real
En marzo, el jardín de la Isla presenta un colorido particular, en el que se mezclan los árboles florecidos con los aún desnudos y los de hoja perenne, lo que presenta unas combinaciones singulares, cuando los observamos bajo el intenso azul del cielo o contra el fondo del próximo palacio, del que solo están separados por un estrecho canal.







Esa todavía incipiente vegetación nueva del final del invierno, otorga a las tardes soleadas un carácter diferente y que a mí me resulta de gran belleza. Sobre todo, si tenemos en cuenta que mi particular concepto de lo bello está más próximo a la sencillez natural de esas cosas que, pareciendo carecer de importancia, la tienen, que a los escenarios sublimes, cuya orgullosa voluptuosidad visual me resulta un tanto prepotente.





Por todas partes aparecen rincones en los que luces y sombras, mezcladas con los rosas, verdes, marrones y azules que nos rodean, engañan a nuestros sentidos para hacerles creer que la primavera ya ha llegado, cuando, en realidad, no lo ha hecho.

Pero da igual, porque en Aranjuez, en los jardines de Aranjuez, todas las estaciones son un poco primaverales, lo que, sin duda, reconforta el ánimo y el espíritu.












Santiago Rusiñol, por ejemplo, disfrutó mucho en Aranjuez. Hasta el punto de que murió allí, pintando sus jardines. Por cierto que dicen que fue el propio artista (y escritor) catalán quien sugirió el nombre del, entonces, nuevo merendero que se instaló en la ribera del Tajo. Parece que 'El tío Rana' era el patriarca de la familia y D. Santiago propuso que, en su honor, se bautizase con tan pintoresco nombre (El Rana Verde) al restaurante recién construido sobre los terrenos cedidos, a tal efecto, por el rey Alfonso XIII.


Santiago Rusiñol en Aranjuez

















El caso es que, pese al paso de los años, y con independencia de los sucesivos cambios en el artículo inicial de su nombre, el negocio, tradicionalmente regentado por las mujeres de la familia Díaz-Heredero, sigue en plena forma en nuestros días.

El Rana Verde, en sus primeros años

















Mientras tanto, frente a palacio (que dirían Los Pekenikes), marzo sigue floreciendo con su incipiente primavera, lejos del frío y de la oscuridad de un invierno que, en otras latitudes, se resiste a darse por vencido.
Por el contrario, aquí, en Aranjuez, ya empiezan a despuntar las pequeñas flores de unos árboles que nos regalan, generosos, unos tonos rosados, suaves e intensos a la vez, demostrándonos con su ofrecimiento que ninguna noche es eterna y haciendo creer, por unos momentos, al ingenuo y absorto paseante que lo bello es lo permanente y que en la vida no hay tristezas insuperables. 














jueves, 3 de marzo de 2016

Mi terraza en Lisboa

En Lisboa abundan los miradores con vistas espectaculares sobre la ciudad. Su emplazamiento junto al estuario del Tajo y el hecho de estar edificada sobre siete colinas (como Roma) hacen de su paisaje urbano un permanente escenario de vistas, a cual más impresionante y romántica.
No es, por lo tanto, mi intención poner en tela de juicio las múltiples panorámicas que, tradicionalmente, son consideradas como las más llamativas de la capital portuguesa. Tampoco lo es discutir sobre las excelencias de unas y otras, siendo la mayoría de ellas muy notables.

Miradouro da Graça

Casi todas las guías turísticas destacan al Miradouro da Graça como el punto desde el que disfrutar de la visión más memorable. Y no es, como ya hemos dicho, el único. El Miradouro da Senhora do Monte tiene, también, muchos adeptos. No faltan razones, es cierto, para enamorarse de lo que se contempla desde uno y otro. Como tampoco son escasas las que nos asisten, medio escondidas, junto a multitud de rincones en una ciudad que rezuma belleza y nostalgia.

Sin embargo, yo tengo un sitio que me gusta más. 
Es un lugar que carece de las virtudes grandilocuentes de los miradores más famosos y populares, pero tiene otras que, para mí, son más propias de una ciudad como Lisboa, en la que el carácter íntimo de su más profunda naturaleza te hace sentir de una forma diferente, abandonando al olvido cualquier intento de indiferencia.

Mi terraza en Lisboa
Mi terraza favorita está muy cerca de la Sé, la vieja catedral que alza sus dos torres almenadas sobre el barrio de Alfama. Es una terraza privada, pero con suerte y habilidad es posible llegar hasta ella (difícil, pero posible).
La singular combinación de esas torres  (con reminiscencias de fortaleza medieval) y los insólitos azulejos de la pared lateral que convierte la casa que cierra la terraza por la izquierda en una imaginaria prolongación de un jardín elevado (absolutamente imprevisible desde el desolado paredón que la sustenta por la calle Pedras Negras) otorgan al conjunto un aire especial, relajado y contradictorio, en el que, frente a la iglesia más antigua de Lisboa, se alza un paisaje colonial encantado, traído al continente europeo por la ensoñación de un viajero que volvió con su equipaje repleto de memorias tropicales.

Uno puede pasar horas... días en esa terraza. Allí el tiempo no existe y las distancias se volatilizan, atrapados uno y otras entre la magia de la inesperada parte trasera de un inmueble, el del número 13 de la calle de San Mamede que, pese a su bonita y muy tradicional fachada, en nada presagia la existencia de una terraza que parece lejanísima cuando estamos situados ante el señorial portalón verde de una casa en la que siempre deseo haber vivido (y que no resulta sencillo olvidar, una vez que la has conocido y sabes lo que esconde tras sus muros cubiertos de esos azulejos con dibujos geométricos amarillos y azules).

Sí, Lisboa tiene magníficos miradores, desde los que se divisan grandiosos paisajes... pero ninguno es comparable a mi terraza, en la que se condensa una buena parte de la gran belleza que atesora la ciudad de los tejados rojos, sobre los que vuelan unas nubes dulces, permanentemente cargadas de sueños marineros.

martes, 23 de febrero de 2016

La habitación de Van Gogh en Arlés

Todos hemos admirado la sorprendente y muy particular belleza de esta obra que, sin duda, se cuenta entre las más conocidas de Van Gogh.
Lo que puede que alguno desconozca es que, en realidad, no se trata de un cuadro, sino de tres. Durante su estancia en la famosa 'Casa Amarilla' del número 2 de la plaza Lamartine de Arlés (sin acento, en francés), el genio holandés pintó tres versiones distintas de su habitación, entre 1888 y 1889, si bien la última de ellas en un formato un poco más pequeño. Cada una está en un museo diferente: la primera en el Museo Van Gogh de Amsterdam, la segunda en el Art Institute de Chicago y la tercera en el Museo de Orsay en París.

Primera versión, 1888 (Museo Van Gogh, Amsterdam)









Las tres son muy parecidas, teniendo como principal diferencia entre ellas los retratos reproducidos en los pequeños cuadros que cuelgan en la pared de la derecha, sobre la cama.

Segunda versión, 1889 (Art Institute, Chicago)











La 'Casa Amarilla' ya no existe. Fue destruida por un bombardeo aliado durante la II Guerra Mundial. Pero la plaza está en su sitio y merece la pena visitarla y pasear por donde Vincent y su amigo Gauguin lo hicieran durante el tiempo que compartieron en la histórica ciudad del Ródano. Y ya que mencionamos el río, hay que recordar que durante una inundación resultó dañado el primero de los tres. Por fortuna, no se destruyó del todo y hoy podemos seguir disfrutando de él.

Tercera versión, 1889 (Museo de Orsay, París)



De Arlés ya hemos hablado en otras ocasiones, por lo que no es preciso volver a reiterar sus muchas virtudes. Sin ninguna duda, una de ellas es poder rememorar los cuadros de Van Gogh (no solo los de su habitación) en los mismos lugares donde fueron pintados. La plaza Lamartine, por ejemplo, sigue siendo evocadora, incluso con la ausencia de la 'Casa Amarilla'.


En febrero de 2016, el Art Institute de Chicago ha conseguido reunir, por primera vez, las tres versiones que pintó Van Gogh de su célebre dormitorio. Esta circunstancia ya es motivo suficiente para justificar un viaje a la gran ciudad del lago Michigan (que tiene otros muchos atractivos, desde luego), pero se ha producido otro hecho, aún más singular.
La agencia de publicidad Leo Burnett Chicago ha recreado la habitación y es posible dormir en ella por el módico precio de 10 US $ (9 €). Se puede alquilar por Airbnb y, en mi opinión, es una idea excelente. Y no solo es buena la idea, sino que ha sido ejecutada con una perfección y un realismo que, con toda seguridad, harán sentir a quien tenga la suerte de pasar en ella una noche que ha viajado en el espacio y en el tiempo para convertirse en huésped del mismísimo artista.

El dormitorio recreado por Leo Burnett Chicago y alquilado por Airbnb







Sería bonito que la ciudad de Arlés continuase la iniciativa, buscando un lugar en la plaza Lamartine para situar esta extraordinaria réplica y mantenerla de forma permanente. Tengo la seguridad que, si lo hiciese, su gran atractivo turístico se vería multiplicado. Somos muchos los admiradores de Van Gogh, capaces de cualquier excentricidad por acercarnos al recuerdo de su obra y, a ser posible, en su ubicación original. 

Yo ya estoy deseando dormir en esa pequeña habitación de Arlés.

viernes, 12 de febrero de 2016

Acuérdate de Acapulco

Es difícil no acordarse de Acapulco.
Aunque uno no sea Agustín Lara y ninguna María (ya sea bonita o fea) se haya bañado con nosotros en sus playas.

Acapulco en 1628 (Adrian Boot)

Ahora no me gustaría volver. No tengo nada contra el Acapulco moderno, pero regresar podría romper ese recuerdo doble y lejano. Muy lejano en el tiempo, claro, y doble porque dos son, en realidad, las bahías de la que fue (y tal vez aún lo sea) la más célebre ciudad veraniega del Pacífico.

Hubo una época en la que cruzar las montañas del estado de Guerrero para llegar hasta su magnífica costa era peligroso. Daba igual: cuando llegabas a Acapulco, dejabas en el olvido cualquier posible contratiempo que hubiera podido surgir, ante el infinito esplendor del más fabuloso puerto natural de la costa mexicana.

Yo siempre preferí la bahía de Puerto Marqués, más pequeña que la de Santa Lucía... y mucho más salvaje y solitaria. Hubo en ella un hotel La Palapa (cuyo nombre describía a la perfección su naturaleza) en el que mi amigo José Luis Carvajal y yo nos alojábamos cuando hacíamos nuestros viajes de reconocimiento turístico de un país al que, todavía, no viajaban muchos españoles, pese a los vuelos directos de Iberia y Aeroméxico. Nuestro compadre, el singular Pancho Medina, tenía el objetivo de incrementar el tráfico de viajeros entre España y México y la misión que nos tenía encomendada era la de comunicar con eficacia las virtudes del 'país de la eterna primavera', que era como el propio Medina denominaba a su privilegiada tierra.
José Luis y yo nos recorrimos medio México, un país donde la belleza, el arte y la cultura son patrimonio generalizado de un pueblo acogedor, inteligente y alegre, cuya simpatía aumenta la positiva percepción del visitante.

La bahía de Puerto Marqués


Pero Acapulco era algo más. Su entorno natural y un modelo turístico que había sido muy cuidado y protegido bajo el decidido impulso de Miguel Alemán, presidente de los Estados Unidos Mexicanos entre 1946 y 1952, quien lo había convertido en la indiscutible meca de los viajeros americanos acomodados y, por supuesto, de los famosos de la época, incluyendo a las más destacadas estrellas de Hollywood.

John Wayne en Acapulco


En esos años, estar alojado en Puerto Marqués tenía muchas ventajas. A mí, aquel apartado hotel, rodeado de intensa vegetación y situado frente a la cerrada bahía, me parecía mejor, incluso, que el famosísimo Las Brisas, lleno de suites con piscinas privadas y excepcionales vistas panorámicas sobre la gran bahía de Santa Lucía, que todos llaman de Acapulco.

En pleno salto

Creo que en los acantilados de La Quebrada, los clavadistas siguen desafiando a la muerte con sus impresionantes saltos desde la pequeña plataforma situada a treinta y cinco metros sobre el nivel del agua. 
Puede que sea uno de los espectáculos más asombrosos e inverosímiles que he visto. 
Y lo que más llama la atención es la aparente naturalidad y el enorme desparpajo con los que se desenvuelven sus más que arriesgados protagonistas, tanto cuando suben por las rocas como en sus saltos al vacío, prodigio de técnica, valentía y precisión.
Hay que acordarse de Acapulco. De aquel Acapulco que hace años dejó paso a una gran urbe de más de seiscientos mil habitantes y altos rascacielos blancos, que se extienden a lo largo de sus interminables playas de arena dorada. 
Muy atrás queda la época en la que su puerto fue el que conectaba Nueva España con Filipinas, a través del galeón que durante dos siglos y medio sirvió de enlace regular entre las colonias españolas de Asia y América. 

La melena al viento de Flora
Tampoco hay que olvidar otras cosas que allí sucedieron (o no) y que llegaron a convertirse en leyenda. 
Varias son las que escuchábamos en las cálidas noches acapulqueñas, contadas por los lugareños en cualquiera de los muchas cantinas que aún quedaban entonces. La que mejor recuerdo es la de la 'bella Flora':
Era Flora una muchacha de Acapulco, de gran belleza, cuya larguísima y ondulada melena castaña tenía fama en toda la costa del sur del estado de Guerrero. Cuentan que, cada noche, paseaba solitaria por la playa, buscando en la arena las huellas de unas botas que solo ella conocía. Encontraba cientos de impresiones de pies descalzos, pero nunca llegó a localizar las de aquellas botas que con tanta insistencia perseguía... 
Una mañana desapareció y ya nadie volvió a verla. Años después, unos pescadores vieron huellas de botas en la cercana isla Roqueta, conocida desde antiguo por ser refugio de piratas. Atemorizados por la muy probable presencia de piratas que parecían anunciar las huellas descubiertas, abandonaron apresuradamente la isla, y aseguran que, a lo lejos, sobre el arrecife se veía ondear al viento la melena morena, larga y ondulada de una sirena...


No me resulta extraño recordar Acapulco, auténtica Perla del Sur, que siempre vuelve a la memoria de quien la conoció cuando Flora todavía no era una sirena varada en el arrecife.

martes, 2 de febrero de 2016

En la cuesta de las Angustias

El 22 de abril de 1953 fue el día más bonito del siglo. Quiso el destino, ese caprichoso azar que llamamos casualidad o fortuna, que en aquella mañana de primavera un joven, pero ya excelente pintor, estuviera junto a la centenaria ermita de la Virgen de las Angustias, retratando en su lienzo la cuesta más famosa de la ciudad de Cuenca. 
Cirilo, que así se llamaba el artista, no había nacido allí, sino en la villa de Vallecas, pero conquense era el origen de su familia y, sin duda por ello, se sentía especialmente atraído por la belleza de una ciudad que ni entonces ni ahora ha sido valorada tanto como merece.







Era una de esas mañanas luminosas en las que las renovadas hojas de los árboles parecían surgir de las poderosas rocas que protegen la 'bajada' a la ermita; ya que, en Cuenca, las subidas son bajadas, tal vez porque el natural optimismo de sus habitantes les hace ver el vaso siempre medio lleno y nunca medio vacío.
¿Quién tendrá hoy el cuadro que surgió de la paleta del gran artista vallecano?
El rincón le gustaba especialmente, como nos demuestra el dibujo que regaló a su amiga Menchu Gal, la primera mujer que consiguió el Premio Nacional de Pintura, allá por 1959.

Y también nos preguntamos quién sería el hombre tranquilo que bajaba (claro, bajaba) relajado por la cuesta desde la ciudad vieja. Lejos (en el tiempo, que no en la distancia, pues la vemos en la foto) queda la terrible leyenda de la Cruz del Convertido, con su zarpa del diablo grabada en una piedra que no solo ha resistido el paso de los años, sino, también, el vandalismo desenfrenado de los abruptos tiempos que corren para el arte, la tradición y la cultura.

A nadie que conozca Cuenca se le oculta que esta cuesta es uno de los parajes naturales más atractivos de los muchos que existen junto a un casco urbano que busca huecos imposibles entre rocas y ríos. Y un lugar descansado y solitario, en el que nunca suele haber exceso de visitantes, lo que le confiere un sabor más especial y auténtico.

No es de extrañar, por tanto, que el 22 de abril de 1953, Cirilo Martínez Novillo, uno de los más importantes pintores figurativos españoles del siglo XX, lo escogiera para inmortalizarlo con sus pinceles. Y, mientras lo hacía, Francesc Català Roca, otro gran artista y amigo, le fotografió para la historia.

martes, 26 de enero de 2016

Seteais, Regaleira y la eterna melancolía

La primera vez que fueron a Sintra se quedaron unos días en el Palácio de Seteais.

Palácio de Seteais

Aquellos muros de color rosa pálido, que un día fueron residencia de nobles familias reales, les acogieron con la suavidad infalible de aquel rincón portugués, patrimonio ya del mundo.
Allí, nada más cruzar el arco de su impresionante entrada, se sintieron felices. Las vistas al mar, desde lo alto de aquel terreno accidentado les sumergían en una nostalgia irredenta de tiempos pretéritos, pero era la contemplación de la Sierra de Sintra la que más conmovía su espíritu. 
Con el paso del tiempo, tras infinitos paseos por los jardines del palacio y conocerse de memoria cada figura representada en sus dos magníficas salas (si bien la Pillement les gustaba, era la de la Convención, con sus alusiones a la mitología marina, su preferida), decidieron mudarse a una casa próxima a la Quinta da Regaleira, tantas veces visitada en las húmedas mañanas de pertinaz neblina.

Jardines de la Quinta da Regaleira














Sus fabulosos y románticos jardines no tenían secretos para ellos y de sus muchos rincones, dos eran para ellos eran más especiales que el resto: el pozo iniciático, la Fuente de la Abuncancia y la de los Dragones. No era extraño oírles recitar algún fragmento de la Divina Comedia mientras bajaban por las escaleras espirales del pozo. O al subir, antes de saludar a los dragones de la fuente que vigilan la entrada.

Pozo iniciático de la Quinta da Regaleira

















En Sintra hay, desde luego, días soleados y luminosos, pero ellos solo salían cuando la niebla, nunca demasiado espesa, hacía acto de presencia (algo que no era infrecuente, por cierto).
Por las tardes, preferían acercarse al pueblo. Ni el Palácio da Pena ni el Castelo dos Mouros les atraían en la corta distancia. De lejos, sin embargo, era otra cosa. 
No es, ni mucho menos, que no reconociesen su mérito histórico, lo que ocurría es que ellos defendían con entusiasmo la teoría de la belleza en la distancia, especialmente oportuna en estos dos casos, como ellos mismos recordaban cuando alguien les preguntaba por las razones de su perenne contemplación lejana.
Del Palácio Nacional de Sintra les impresionaban sus gigantescas chimeneas cónicas, capaces de inquietar a cualquier visitante de la villa.
¡Cuántas tardes pasadas en A Piriquita y en la desaparecida Mathilde!









Por eso fue tan extraño que aquella eterna pareja desapareciese de Sintra sin dejar rastro alguno. Hubo muchos comentarios. La mayoría se inclinaba por una explicación dramática, incluso trágica. Se decía que ella le envenenó y que, con la ayuda de un misterioso personaje que merodeaba por el parque de la Regaleira en aquellas épocas, se deshizo del cadáver, enterrándolo en los jardines una noche de intensa niebla. Según esa teoría, ella habría huido a Brasil oculta tras una nueva identidad.
Pero no es probable. Parecían tan unidos...
Años después, en la sierra se encontraron los restos del misterioso merodeador, al parecer, víctima de un accidente entre las escarpadas peñas de la montaña.
De la pareja, por el contrario, nunca se supo nada. Habían desaparecido de la casa sin llevarse nada. Toda su ropa, sus libros, su vieja colección de fotos... allí quedaron abandonados. Lo que más sorprendió fue aquel poema a medio escribir sobre la mesa del despacho...

La pertinaz neblina de Sintra














La casa ya no existe. El propietario la vendió y allí siguen sus ruinas, con sus ventanas herméticamente cerradas y la hiedra trepando por sus oscurecidas paredes. Si preguntas, nadie te dará razón, ni vecino alguno querrá reconocer que sabe quiénes vivieron allí. Yo creo que prefieren pensar que algún día volverán y que, tarde o temprano, el poema inacabado tendrá un final. Tal vez triste, pero final, al fin y al cabo.


















jueves, 14 de enero de 2016

Bertuchi, pintor de Marruecos

La excelente obra de Mariano Bertuchi está un poco olvidada, pese a ser el artífice de una pintura de gran belleza que, además, nos permite sumergirnos en la vida de los años del protectorado español de Marruecos, gracias a sus cuadros luminosos y brillantes, capaces de transportarnos a una época no tan lejana en el tiempo y repleta de detalles de un orientalismo romántico y nostálgico.




















Bertuchi nació en Granada (1884), concretamente en el barrio del Realejo, y ya desde niño mostró una gran disposición natural para el arte, en especial, para la pintura. 
Casi todas sus primeras obras recogen aspectos costumbristas locales, muchos de ellos con paisajes y escenas granadinas y malagueñas, pero fue su vida en Marruecos la que le permitió sumergirse en ese universo norteafricano que le dio fama mundial.
En sus cuadros se refleja una clara influencia de su tocayo Fortuny, fallecido poco antes del nacimiento de Bertuchi y predecesor suyo en abordar temas orientales en las artes plásticas españolas.

Mariano Bertuchi se instaló en Marruecos y allí vivió hasta su muerte en Tetuán (donde se había establecido en 1915), en junio de 1955. Poco a poco se fue convirtiendo en el 'pintor oficial del Marruecos español' y sus cuadros decoraron salones y despachos de organismos oficiales y destacadas personalidades del protectorado, incluyendo entre sus admiradores distinguidos al propio Jalifa. 

En el Ramiro de Maeztu
Pero Bertuchi fue más que un artista. Se implicó en muchos aspectos del proceso colonizador español, interviniendo en múltiples facetas (primero como cronista gráfico y, más tarde, ejerciendo cargos relacionados con el arte en la administración colonial), entre las que destaca su papel como creador de la Escuela de Bellas Artes de Tetuán y del propio Museo de Tetuán, del que fue director. Fue condecorado con la Cruz del Mérito Militar y destacó, en todo momento, por su defensa y respeto del arte y el entorno tradicional marroquí, del que siempre procuró su preservación.

Yo tengo especial devoción por su arte, ya que no hay que olvidar que varios de sus cuadros se conservan en el Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid, regalo del Jalifa de Marruecos en agradecimiento por la estancia de su hijo, quien cursó allí sus estudios y vivió en el Internado Hispano-Marroquí del que, por aquellos tiempos, era el más célebre y aventajado centro educativo oficial de España.

También destacó Bertuchi como cartelista, ya que muchas de sus pinturas se convirtieron en carteles turísticos de Marruecos, verdaderamente atractivos, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta la naturaleza de muchas de sus obras que, como ya hemos dicho, combinaban la belleza natural de las ciudades, monumentos y tierras del Magreb con un tratamiento de los personajes tradicionales, cuya presencia en las escenas retratadas contribuye sobremanera en la creación de una atmósfera especial que trasciende a la simple reproducción de un paisaje.


Carteles turísticos de Bertuchi

Nunca se cansa uno de admirar estos cuadros de colorido luminoso y llenos de brillante serenidad, que se han convertido, con el paso del tiempo, en el más fiel documento de toda una época de la que son ya permanente memoria y recuerdo para los amantes del arte orientalista y de la historia. 

Gracias, Bertuchi, pintor de Marruecos.