martes, 12 de julio de 2016

Villa Jovis, Capri: capital del Imperio

Subir por el camino que conduce a las ruinas de Villa Jovis impresiona. 
Hemos dejado atrás la pequeña y cosmopolita ciudad de Capri, con su discreto y blanco lujo, heredero de tiempos no tan lejanos, y nos vamos adentrando en un entorno casi silvestre, bajo un cielo siempre azul que sirve de bóveda protectora a la Via Tiberio, por la que seguimos ascendiendo tras rebasar la iglesia de San Michele della Croce.
El paseo es largo y nos lleva hasta lo alto de Monte Tiberio, la segunda mayor altura de la isla, solo por detrás de Monte Solaro, en Anacapri.

Villa Jovis, según el dibujo de Carl Weichardt





A medida que nos acercamos a Villa Jovis, la villa de Júpiter, nos parece comprender al segundo emperador de Roma, quien durante sus últimos años prefirió el aislamiento de su retiro en Capri, al esplendor de la Roma imperial.

Hoy, transcurridos dos mil años, quedan unas notables ruinas de la que fue la mayor de las doce villas que Tiberio tuvo en Capri. Suficientes, al menos, para hacernos una idea de lo que era aquella lujosa residencia, sede permanente del emperador durante al menos diez años.

Desde ella se dirigió el destino de Roma, lo que casi equivale a decir que fue la verdadera capital del mundo civilizado, pese a la creciente dejadez de funciones administrativas de la que hizo gala en aquella década el hijo adoptivo de Augusto.
Sin duda, pese a no tener vinculación de sangre con su antecesor al frente del imperio, heredó de él su gusto por Capri. Con la diferencia de que, si bien Augusto no solo adquirió la isla, sino que la frecuentó durante casi cuarenta años, nunca llegó a establecerse en ella, como sí hizo Tiberio.

La situación de Villa Jovis, directamente construida sobre el gran acantilado que, mirando al este, se alza frente a la península de Sorrento, es impresionante. Podría decirse que única.
Allí Tiberio se sentía a salvo de cualquier peligro, algo que, sin duda, le llenó de incertidumbre en sus últimos años. 
Sin embargo, cuando uno pasea entre las ruinas de Villa Jovis, parece evidente de que era algo más que el temor a ser asesinado lo que le llevó a tomar una decisión tan sorprendente para el máximo mandatario del mundo en el siglo I de nuestra era. Tiberio se sentía atrapado por Capri. 
No es muy difícil imaginar lo que sentía cada mañana cuando los primeros rayos de sol entraban por los grandes ventanales de sus aposentos privados. 
Allí era natural sentirse el dueño de cuanto habían creado los dioses.


Por cierto, especial impresión causa pensar que, en el año 33, mientras Jesús estaba muriendo en la cruz, Tiberio se encontraba, precisamente, allí, en Villa Jovis, ajeno por completo a un suceso que, sin aparente importancia, se producía en uno de los rincones de su vasto imperio... 
Es indiscutible que la majestuosa villa que mandó construir Tiberio se alzó sobre una anterior, edificada en época de Augusto. Tampoco se le escaparían a 'descubridor' de Capri las singulares excelencias de su emplazamiento. 
Lo que no se puede decir sin faltar a la verdad es que las vistas desde la villa sean inigualables. El cercano Salto de Tiberio, de tenebrosa leyenda, y la propia y muy próxima cima del monte que también lleva su nombre las igualan o, incluso las superan.
















Cerca de la residencia imperial nos encontramos con la romántica Villa Lysis (La Gloriette), la singular propiedad del aristócrata y escritor francés Jacques d'Adelswärd-Fersen, que tantos escándalos provocó en su tiempo, hace ahora un siglo. Su historia es digna de conocerse y la villa en la que vivió y murió (dicen que se suicidó, aunque no es posible confirmarlo de forma fehaciente) merece una visita. Los efluvios del opio todavía se perciben, con un pequeño esfuerzo de la imaginación, al visitar la 'salita china'...

Golfo de Nápoles desde Villa Lysis

Capri tiene grandes encantos, muchos de ellos evidentes y, otros (más de los que el viajero accidental llega a percibir), ocultos. Uno de ellos es sentir que desde la gran villa de Tiberio se dictaron los destinos de Roma mientras el hijo de un carpintero decía a sus discípulos en la provincia de Judea, mientras les mostraba la imagen del emperador en un denario: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". El 'César' era Tiberio y estaba allí, en Villa Jovis.


















Denario con la efigie de Tiberio





martes, 24 de mayo de 2016

Madrid en cuatro fotos (IV)

Nos parecía bueno incluir fotografías actuales en estos artículos que, bajo el nombre común de 'Madrid en cuatro fotos', vienen presentando aspectos de la capital de España, captados por las cámaras de excelentes artistas de la imagen fija, a través de muy diferentes épocas.
Cierto es que, hasta ahora, nos hemos centrado en trabajos de profesionales que realizaron sus instantáneas madrileñas hace décadas, pero en esta ocasión vamos a presentar una combinación del antes y después de una ciudad que nos va a proporcionar una curiosa sensación de atemporalidad, al contemplar unas imágenes actuales, cuyos autores han conseguido dotar de ese bonito toque clásico que es patrimonio del arte que perdura a través del tiempo.

Empezaremos con una fotografía clásica de Nicolás Muller. Su bien conocida instantánea de 1950 en la que nos presenta una magnífica composición coral que cuenta, sin palabras, una tarde de domingo en la Casa de Campo, bien podría ser un cuento de mi admirado Medardo Fraile o el resumen de una película de Edgar Neville.
Muller se instaló en España tras un periplo obligado desde su Hungría natal, y aquí fue donde desarrolló al máximo sus virtudes como notable retratista de un costumbrismo realista y sin concesiones que, en sus orígenes, había llegado a causarle graves problemas.
A mí, personalmente, la espectacular coreografía de este retrato veraniego me parece tan perfecta que me hace dudar de que se trate de una instantánea improvisada sobre la marcha. 


La segunda es del conocido fotógrafo portugués Horácio Novais (1910-1988).
La escena lo dice todo. Un peatón está próximo a alcanzar la acera norte de la calle de Alcalá, mientras los coches comienzan a moverse, en dirección a la Puerta del Sol o a la Gran Vía. Al fondo el Palacio de Telecomunicaciones (hoy Ayuntamiento). Entre los vehículos destaca, en primer plano, un moderno Ford Vedette que contrasta con los modelos más antiguos que vemos tras él. En la fotografía, que probablemente está tomada durante su viaje a Madrid en 1954 (la matrícula del Ford es de 1953), también tienen protagonismo los cables del trolebús que llevaba ya unos años circulando por Madrid y permaneció activo hasta su desaparición en 1966.



Virgilio Hernando obtuvo un accésit en el III Premio Eurostars Madrid Tower con esta impactante fotografía de la Gran Vía, tomada en día lluvioso en pleno paso de peatones entre Fuencarral y Montera.
La imagen obtenida es de una gran intensidad y la expresión del personaje que aparece en primer plano tiene una fuerza indiscutible, impregnando con su gesto el carácter de una panorámica dividida en dos por la lejana silueta del edificio Capitol.
Una fotografía actual que conserva los parámetros de esas otras, más antiguas, que tantas veces hemos visto de esta zona de la Gran Vía. El efecto de la lluvia sobre la calzada y los paraguas de los transeúntes, sumados al blanco y negro, acrecientan el aire atemporal de una calle que aparece aquí con un aspecto tranquilo y nada frenético.





Por último, incluimos la que consiguió el premio en el mismo concurso. Su autor es José Ramón Luna de la Ossa, un fotógrafo profesional madrileño, nacido en 1974.
Curiosamente, la imagen nos vuelve a presentar el edificio Capitol como elemento arquitectónico principal, aunque desde una perspectiva bien distinta.
Está realizada en la cafetería de la última planta de El Corte Inglés de Callao, que disfruta de unas impresionantes vistas sobre el último tramo de la Gran Vía y una parte del oeste de Madrid (Ópera, Palacio Real, Casa de Campo...).
Las siluetas de los clientes, recortadas sobre el ventanal y las líneas dibujadas en los cristales, señalando la situación de los edificios visibles más importantes, crean una atmósfera especial, muy atractiva.
Luna de la Ossa dice que hizo la foto, precisamente el 22 de diciembre de 2014, mientras se oía, de música de fondo, el canturreo de los niños de San Ildefonso, durante el sorteo de la lotería de Navidad, así que, como él mismo señala, se trata de una imagen con banda sonora.





Estas dos últimas fotografías son una prueba de que un buen documento gráfico, capaz de sintetizar una parte del espíritu de una ciudad, de un pueblo, de una aldea... no depende de la fecha de su realización, sino de la sensibilidad del artista que está detrás de la cámara.

viernes, 18 de marzo de 2016

Marzo florece en Aranjuez

Hubo un tiempo, ya lejano, en el que subir la cuesta de la Reina de un tirón tenía su mérito.
El Austin de mi padre lo conseguía a duras penas. Y no digamos ya lo que sufrían para remontarla los viejos autocares que nos llevaron a Aranjuez con el Ramiro, en 1956 y 1959.

Fueron buenas aquellas excursiones. Igual que todas las visitas que hice con mis padres, en las que siempre comíamos en La Rana Verde (hoy ha recuperado su nombre primitivo y vuelve a llamarse El Rana Verde, como en sus orígenes, pero en aquellos tiempos era 'La').
El paseo en barca de motor por el Tajo era obligado y yo solía perderme por los jardines que discurren junto a su orilla y que, en cualquier época del año son un concierto para los sentidos.

Así era 'La' Rana Verde en los tiempos en los que solía ir con mis padres





Pero de todos los meses, el que me resulta más especial al recorrer esos jardines es el de marzo. Sobre todo antes, claro, cuando los visitantes eran escasos y más prudentes.

Aranjuez, en especial a lo largo de la ribera del Tajo, es un parque inmenso, salpicado de pequeñas fuentes (y alguna más grande) que no pretenden competir con las de la Granja de San Ildefonso, pero que, al contrario de las del palacio segoviano, tienen la virtud de no carecer nunca de agua corriente.

Fuente de Hércules e Hidra






Ya sabemos que el gran jardín es el del Príncipe, de enormes proporciones y excelente para las calurosas tardes veraniegas, pero, en marzo, yo prefiero asomarme al de la Isla.
Su situación, junto a una de las fachadas del Palacio Real, es muy especial y tiene la ventaja de que, siendo grande, sus dimensiones son relativamente reducidas (en comparación con el del Príncipe).

Muy cerca está el llamado jardín del Parterre, en el que se encuentran las fuentes más monumentales, como la de Ceres, cuya vista trasera a contraluz, con el palacio al fondo, es memorable en las últimas horas de la tarde. 


La fuente de Ceres y el Palacio Real
En marzo, el jardín de la Isla presenta un colorido particular, en el que se mezclan los árboles florecidos con los aún desnudos y los de hoja perenne, lo que presenta unas combinaciones singulares, cuando los observamos bajo el intenso azul del cielo o contra el fondo del próximo palacio, del que solo están separados por un estrecho canal.







Esa todavía incipiente vegetación nueva del final del invierno, otorga a las tardes soleadas un carácter diferente y que a mí me resulta de gran belleza. Sobre todo, si tenemos en cuenta que mi particular concepto de lo bello está más próximo a la sencillez natural de esas cosas que, pareciendo carecer de importancia, la tienen, que a los escenarios sublimes, cuya orgullosa voluptuosidad visual me resulta un tanto prepotente.





Por todas partes aparecen rincones en los que luces y sombras, mezcladas con los rosas, verdes, marrones y azules que nos rodean, engañan a nuestros sentidos para hacerles creer que la primavera ya ha llegado, cuando, en realidad, no lo ha hecho.

Pero da igual, porque en Aranjuez, en los jardines de Aranjuez, todas las estaciones son un poco primaverales, lo que, sin duda, reconforta el ánimo y el espíritu.












Santiago Rusiñol, por ejemplo, disfrutó mucho en Aranjuez. Hasta el punto de que murió allí, pintando sus jardines. Por cierto que dicen que fue el propio artista (y escritor) catalán quien sugirió el nombre del, entonces, nuevo merendero que se instaló en la ribera del Tajo. Parece que 'El tío Rana' era el patriarca de la familia y D. Santiago propuso que, en su honor, se bautizase con tan pintoresco nombre (El Rana Verde) al restaurante recién construido sobre los terrenos cedidos, a tal efecto, por el rey Alfonso XIII.


Santiago Rusiñol en Aranjuez

















El caso es que, pese al paso de los años, y con independencia de los sucesivos cambios en el artículo inicial de su nombre, el negocio, tradicionalmente regentado por las mujeres de la familia Díaz-Heredero, sigue en plena forma en nuestros días.

El Rana Verde, en sus primeros años

















Mientras tanto, frente a palacio (que dirían Los Pekenikes), marzo sigue floreciendo con su incipiente primavera, lejos del frío y de la oscuridad de un invierno que, en otras latitudes, se resiste a darse por vencido.
Por el contrario, aquí, en Aranjuez, ya empiezan a despuntar las pequeñas flores de unos árboles que nos regalan, generosos, unos tonos rosados, suaves e intensos a la vez, demostrándonos con su ofrecimiento que ninguna noche es eterna y haciendo creer, por unos momentos, al ingenuo y absorto paseante que lo bello es lo permanente y que en la vida no hay tristezas insuperables. 














jueves, 3 de marzo de 2016

Mi terraza en Lisboa

En Lisboa abundan los miradores con vistas espectaculares sobre la ciudad. Su emplazamiento junto al estuario del Tajo y el hecho de estar edificada sobre siete colinas (como Roma) hacen de su paisaje urbano un permanente escenario de vistas, a cual más impresionante y romántica.
No es, por lo tanto, mi intención poner en tela de juicio las múltiples panorámicas que, tradicionalmente, son consideradas como las más llamativas de la capital portuguesa. Tampoco lo es discutir sobre las excelencias de unas y otras, siendo la mayoría de ellas muy notables.

Miradouro da Graça

Casi todas las guías turísticas destacan al Miradouro da Graça como el punto desde el que disfrutar de la visión más memorable. Y no es, como ya hemos dicho, el único. El Miradouro da Senhora do Monte tiene, también, muchos adeptos. No faltan razones, es cierto, para enamorarse de lo que se contempla desde uno y otro. Como tampoco son escasas las que nos asisten, medio escondidas, junto a multitud de rincones en una ciudad que rezuma belleza y nostalgia.

Sin embargo, yo tengo un sitio que me gusta más. 
Es un lugar que carece de las virtudes grandilocuentes de los miradores más famosos y populares, pero tiene otras que, para mí, son más propias de una ciudad como Lisboa, en la que el carácter íntimo de su más profunda naturaleza te hace sentir de una forma diferente, abandonando al olvido cualquier intento de indiferencia.

Mi terraza en Lisboa
Mi terraza favorita está muy cerca de la Sé, la vieja catedral que alza sus dos torres almenadas sobre el barrio de Alfama. Es una terraza privada, pero con suerte y habilidad es posible llegar hasta ella (difícil, pero posible).
La singular combinación de esas torres  (con reminiscencias de fortaleza medieval) y los insólitos azulejos de la pared lateral que convierte la casa que cierra la terraza por la izquierda en una imaginaria prolongación de un jardín elevado (absolutamente imprevisible desde el desolado paredón que la sustenta por la calle Pedras Negras) otorgan al conjunto un aire especial, relajado y contradictorio, en el que, frente a la iglesia más antigua de Lisboa, se alza un paisaje colonial encantado, traído al continente europeo por la ensoñación de un viajero que volvió con su equipaje repleto de memorias tropicales.

Uno puede pasar horas... días en esa terraza. Allí el tiempo no existe y las distancias se volatilizan, atrapados uno y otras entre la magia de la inesperada parte trasera de un inmueble, el del número 13 de la calle de San Mamede que, pese a su bonita y muy tradicional fachada, en nada presagia la existencia de una terraza que parece lejanísima cuando estamos situados ante el señorial portalón verde de una casa en la que siempre deseo haber vivido (y que no resulta sencillo olvidar, una vez que la has conocido y sabes lo que esconde tras sus muros cubiertos de esos azulejos con dibujos geométricos amarillos y azules).

Sí, Lisboa tiene magníficos miradores, desde los que se divisan grandiosos paisajes... pero ninguno es comparable a mi terraza, en la que se condensa una buena parte de la gran belleza que atesora la ciudad de los tejados rojos, sobre los que vuelan unas nubes dulces, permanentemente cargadas de sueños marineros.

martes, 23 de febrero de 2016

La habitación de Van Gogh en Arlés

Todos hemos admirado la sorprendente y muy particular belleza de esta obra que, sin duda, se cuenta entre las más conocidas de Van Gogh.
Lo que puede que alguno desconozca es que, en realidad, no se trata de un cuadro, sino de tres. Durante su estancia en la famosa 'Casa Amarilla' del número 2 de la plaza Lamartine de Arlés (sin acento, en francés), el genio holandés pintó tres versiones distintas de su habitación, entre 1888 y 1889, si bien la última de ellas en un formato un poco más pequeño. Cada una está en un museo diferente: la primera en el Museo Van Gogh de Amsterdam, la segunda en el Art Institute de Chicago y la tercera en el Museo de Orsay en París.

Primera versión, 1888 (Museo Van Gogh, Amsterdam)









Las tres son muy parecidas, teniendo como principal diferencia entre ellas los retratos reproducidos en los pequeños cuadros que cuelgan en la pared de la derecha, sobre la cama.

Segunda versión, 1889 (Art Institute, Chicago)











La 'Casa Amarilla' ya no existe. Fue destruida por un bombardeo aliado durante la II Guerra Mundial. Pero la plaza está en su sitio y merece la pena visitarla y pasear por donde Vincent y su amigo Gauguin lo hicieran durante el tiempo que compartieron en la histórica ciudad del Ródano. Y ya que mencionamos el río, hay que recordar que durante una inundación resultó dañado el primero de los tres. Por fortuna, no se destruyó del todo y hoy podemos seguir disfrutando de él.

Tercera versión, 1889 (Museo de Orsay, París)



De Arlés ya hemos hablado en otras ocasiones, por lo que no es preciso volver a reiterar sus muchas virtudes. Sin ninguna duda, una de ellas es poder rememorar los cuadros de Van Gogh (no solo los de su habitación) en los mismos lugares donde fueron pintados. La plaza Lamartine, por ejemplo, sigue siendo evocadora, incluso con la ausencia de la 'Casa Amarilla'.


En febrero de 2016, el Art Institute de Chicago ha conseguido reunir, por primera vez, las tres versiones que pintó Van Gogh de su célebre dormitorio. Esta circunstancia ya es motivo suficiente para justificar un viaje a la gran ciudad del lago Michigan (que tiene otros muchos atractivos, desde luego), pero se ha producido otro hecho, aún más singular.
La agencia de publicidad Leo Burnett Chicago ha recreado la habitación y es posible dormir en ella por el módico precio de 10 US $ (9 €). Se puede alquilar por Airbnb y, en mi opinión, es una idea excelente. Y no solo es buena la idea, sino que ha sido ejecutada con una perfección y un realismo que, con toda seguridad, harán sentir a quien tenga la suerte de pasar en ella una noche que ha viajado en el espacio y en el tiempo para convertirse en huésped del mismísimo artista.

El dormitorio recreado por Leo Burnett Chicago y alquilado por Airbnb







Sería bonito que la ciudad de Arlés continuase la iniciativa, buscando un lugar en la plaza Lamartine para situar esta extraordinaria réplica y mantenerla de forma permanente. Tengo la seguridad que, si lo hiciese, su gran atractivo turístico se vería multiplicado. Somos muchos los admiradores de Van Gogh, capaces de cualquier excentricidad por acercarnos al recuerdo de su obra y, a ser posible, en su ubicación original. 

Yo ya estoy deseando dormir en esa pequeña habitación de Arlés.

viernes, 12 de febrero de 2016

Acuérdate de Acapulco

Es difícil no acordarse de Acapulco.
Aunque uno no sea Agustín Lara y ninguna María (ya sea bonita o fea) se haya bañado con nosotros en sus playas.

Acapulco en 1628 (Adrian Boot)

Ahora no me gustaría volver. No tengo nada contra el Acapulco moderno, pero regresar podría romper ese recuerdo doble y lejano. Muy lejano en el tiempo, claro, y doble porque dos son, en realidad, las bahías de la que fue (y tal vez aún lo sea) la más célebre ciudad veraniega del Pacífico.

Hubo una época en la que cruzar las montañas del estado de Guerrero para llegar hasta su magnífica costa era peligroso. Daba igual: cuando llegabas a Acapulco, dejabas en el olvido cualquier posible contratiempo que hubiera podido surgir, ante el infinito esplendor del más fabuloso puerto natural de la costa mexicana.

Yo siempre preferí la bahía de Puerto Marqués, más pequeña que la de Santa Lucía... y mucho más salvaje y solitaria. Hubo en ella un hotel La Palapa (cuyo nombre describía a la perfección su naturaleza) en el que mi amigo José Luis Carvajal y yo nos alojábamos cuando hacíamos nuestros viajes de reconocimiento turístico de un país al que, todavía, no viajaban muchos españoles, pese a los vuelos directos de Iberia y Aeroméxico. Nuestro compadre, el singular Pancho Medina, tenía el objetivo de incrementar el tráfico de viajeros entre España y México y la misión que nos tenía encomendada era la de comunicar con eficacia las virtudes del 'país de la eterna primavera', que era como el propio Medina denominaba a su privilegiada tierra.
José Luis y yo nos recorrimos medio México, un país donde la belleza, el arte y la cultura son patrimonio generalizado de un pueblo acogedor, inteligente y alegre, cuya simpatía aumenta la positiva percepción del visitante.

La bahía de Puerto Marqués


Pero Acapulco era algo más. Su entorno natural y un modelo turístico que había sido muy cuidado y protegido bajo el decidido impulso de Miguel Alemán, presidente de los Estados Unidos Mexicanos entre 1946 y 1952, quien lo había convertido en la indiscutible meca de los viajeros americanos acomodados y, por supuesto, de los famosos de la época, incluyendo a las más destacadas estrellas de Hollywood.

John Wayne en Acapulco


En esos años, estar alojado en Puerto Marqués tenía muchas ventajas. A mí, aquel apartado hotel, rodeado de intensa vegetación y situado frente a la cerrada bahía, me parecía mejor, incluso, que el famosísimo Las Brisas, lleno de suites con piscinas privadas y excepcionales vistas panorámicas sobre la gran bahía de Santa Lucía, que todos llaman de Acapulco.

En pleno salto

Creo que en los acantilados de La Quebrada, los clavadistas siguen desafiando a la muerte con sus impresionantes saltos desde la pequeña plataforma situada a treinta y cinco metros sobre el nivel del agua. 
Puede que sea uno de los espectáculos más asombrosos e inverosímiles que he visto. 
Y lo que más llama la atención es la aparente naturalidad y el enorme desparpajo con los que se desenvuelven sus más que arriesgados protagonistas, tanto cuando suben por las rocas como en sus saltos al vacío, prodigio de técnica, valentía y precisión.
Hay que acordarse de Acapulco. De aquel Acapulco que hace años dejó paso a una gran urbe de más de seiscientos mil habitantes y altos rascacielos blancos, que se extienden a lo largo de sus interminables playas de arena dorada. 
Muy atrás queda la época en la que su puerto fue el que conectaba Nueva España con Filipinas, a través del galeón que durante dos siglos y medio sirvió de enlace regular entre las colonias españolas de Asia y América. 

La melena al viento de Flora
Tampoco hay que olvidar otras cosas que allí sucedieron (o no) y que llegaron a convertirse en leyenda. 
Varias son las que escuchábamos en las cálidas noches acapulqueñas, contadas por los lugareños en cualquiera de los muchas cantinas que aún quedaban entonces. La que mejor recuerdo es la de la 'bella Flora':
Era Flora una muchacha de Acapulco, de gran belleza, cuya larguísima y ondulada melena castaña tenía fama en toda la costa del sur del estado de Guerrero. Cuentan que, cada noche, paseaba solitaria por la playa, buscando en la arena las huellas de unas botas que solo ella conocía. Encontraba cientos de impresiones de pies descalzos, pero nunca llegó a localizar las de aquellas botas que con tanta insistencia perseguía... 
Una mañana desapareció y ya nadie volvió a verla. Años después, unos pescadores vieron huellas de botas en la cercana isla Roqueta, conocida desde antiguo por ser refugio de piratas. Atemorizados por la muy probable presencia de piratas que parecían anunciar las huellas descubiertas, abandonaron apresuradamente la isla, y aseguran que, a lo lejos, sobre el arrecife se veía ondear al viento la melena morena, larga y ondulada de una sirena...


No me resulta extraño recordar Acapulco, auténtica Perla del Sur, que siempre vuelve a la memoria de quien la conoció cuando Flora todavía no era una sirena varada en el arrecife.

martes, 2 de febrero de 2016

En la cuesta de las Angustias

El 22 de abril de 1953 fue el día más bonito del siglo. Quiso el destino, ese caprichoso azar que llamamos casualidad o fortuna, que en aquella mañana de primavera un joven, pero ya excelente pintor, estuviera junto a la centenaria ermita de la Virgen de las Angustias, retratando en su lienzo la cuesta más famosa de la ciudad de Cuenca. 
Cirilo, que así se llamaba el artista, no había nacido allí, sino en la villa de Vallecas, pero conquense era el origen de su familia y, sin duda por ello, se sentía especialmente atraído por la belleza de una ciudad que ni entonces ni ahora ha sido valorada tanto como merece.







Era una de esas mañanas luminosas en las que las renovadas hojas de los árboles parecían surgir de las poderosas rocas que protegen la 'bajada' a la ermita; ya que, en Cuenca, las subidas son bajadas, tal vez porque el natural optimismo de sus habitantes les hace ver el vaso siempre medio lleno y nunca medio vacío.
¿Quién tendrá hoy el cuadro que surgió de la paleta del gran artista vallecano?
El rincón le gustaba especialmente, como nos demuestra el dibujo que regaló a su amiga Menchu Gal, la primera mujer que consiguió el Premio Nacional de Pintura, allá por 1959.

Y también nos preguntamos quién sería el hombre tranquilo que bajaba (claro, bajaba) relajado por la cuesta desde la ciudad vieja. Lejos (en el tiempo, que no en la distancia, pues la vemos en la foto) queda la terrible leyenda de la Cruz del Convertido, con su zarpa del diablo grabada en una piedra que no solo ha resistido el paso de los años, sino, también, el vandalismo desenfrenado de los abruptos tiempos que corren para el arte, la tradición y la cultura.

A nadie que conozca Cuenca se le oculta que esta cuesta es uno de los parajes naturales más atractivos de los muchos que existen junto a un casco urbano que busca huecos imposibles entre rocas y ríos. Y un lugar descansado y solitario, en el que nunca suele haber exceso de visitantes, lo que le confiere un sabor más especial y auténtico.

No es de extrañar, por tanto, que el 22 de abril de 1953, Cirilo Martínez Novillo, uno de los más importantes pintores figurativos españoles del siglo XX, lo escogiera para inmortalizarlo con sus pinceles. Y, mientras lo hacía, Francesc Català Roca, otro gran artista y amigo, le fotografió para la historia.