domingo, 17 de noviembre de 2013

Korcula, ¿la ciudad de Marco Polo?

Toda la costa dálmata nos ofrece islas y paisajes extraordinarios que, unidos a la suavidad de su clima, a la transparencia de sus aguas y a la amabilidad de sus gentes, convierten a esta parte de Croacia en uno de los destinos turísticos más atractivos para quien busca una naturaleza que conserva lo mejor de sí misma, sin tener que salir de Europa.

La ciudad de Korcula en nuestros días
La proximidad de las islas al continente es otra gran ventaja, ya que permite llegar a la mayoría de ellas tras un viaje corto y cómodo desde diferentes puntos de la costa.

Los mapas dicen que hay casi mil doscientas islas en Croacia, de las que solo están habitadas sesenta y seis. Y algunas, desde luego, por una población muy pequeña.
Entre ellas, varias son bien conocidas por todos: Brac y su famosa playa de Zlatni Rat, Hvar y sus campos de lavanda, Mljet y su inmenso parque natural, Lastovo, Vis...
La misma vista a finales del siglo XIX
Me resulta muy difícil destacar unas sobre otras, ya que cada una de ellas tiene una acusada personalidad y todas merecen ser visitadas, pero ahora voy centrarme, sin que ello se interprete como una falta de aprecio a las demás, en una de las que cuentan con una historia de mayor relevancia: Korcula.

Korcula (pronúnciese Córchula) es el nombre de la isla y el de su capital, una bellísima ciudad amurallada que domina el estrecho que la separa de la península de Peljesac.
Su belleza y estilo urbano, sumados a su particular disposición defensiva sobre el mar y su bien conservada muralla, han hecho posible que sea conocida popularmente como la pequeña Dubrovnik.
El resto de la isla también es digno de visitar, pero si disponemos de poco tiempo (algo, por desgracia, bastante habitual en nuestra época), lo mejor es concentrarnos en la vieja ciudad y sus muy bonitos alrededores.

Korcula en 1486
Como es fácil de comprobar por las imágenes que se conservan, Korcula ha cambiado muy poco de aspecto con el paso de los siglos, lo que contribuye, en gran medida, a su indiscutible atractivo para el viajero actual.

Llegamos a Korcula en el ferry que cruza el estrecho desde Orebic, un pequeño pueblo costero de la península de Peljesac, que mira hacia el Adriático, con sus espaldas protegidas por el imponente monte de San Elías.
Durante el corto viaje ya habremos disfrutado de las primeras vistas de la vieja ciudad fortificada, cuyo curioso diseño urbano, con calles en forma de espina de pez, permite la circulación del aire por ellas, evitando los vientos fuertes.

Toda Korcula es una ciudad de piedra peatonal, muy bien conservada a través de los siglos. La primitiva colonia griega fue dando paso a otros asentamientos y conquistas posteriores, pero fue bajo en dominio veneciano cuando la ciudad alcanzó su máximo esplendor.
Según cuenta la tradición local, aquí nació Marco Polo y se puede visitar la que dicen que fue su casa.

Korcula y el archipiélago Skoji        

Especial mención merece la vista desde el campanario de su catedral, San Marcos. Subiremos por sus empinadas escaleras, tras haber paseado por las calles empedradas y descansado en alguna de las pequeñas plazas del interior del recinto amurallado, al que se accede por una impresionante escalinata que llega hasta la puerta principal de la ciudad, presidida por la imagen en relieve del león alado veneciano.

Los habitantes de la isla están muy orgullosos de sus vinos, bien conocidos en toda Croacia, y también de sus tradiciones folclóricas, como los bailes de espadas conocidos como Moreska, que datan del siglo XV y parecen ser una tradición de origen español (a mí me recuerdan a las fiestas levantinas de Moros y Cristianos, por las que reconozco no tener una especial devoción).

La muralla de la ciudad vieja
Pasear junto a la costa cercana a la ciudad vieja nos brinda la oportunidad de disfrutar de unas vistas extraordinarias que, a la caída de la tarde, son verdaderamente magníficas, en especial las que se presentan ante nuestros ojos desde el oeste, con el sol iluminando por la tarde la muralla y el puerto.

Solo hay un hotel bueno en Korcula, pero es excepcional. Se trata del Lesic Dimitri, un palacio antiguo y singular, situado en pleno centro y tan discreto por fuera como lujoso por dentro. Alojarse en él es una experiencia que no olvidaremos. Una opción más barata es el Korsal, junto al mar y muy cerca del puerto. No es comparable al Lesic Dimitri, pero sus habitaciones tienen unas estupendas vistas y está en primera línea, con una pequeña playa de agua transparente frente a su terraza.

La terraza del Lesic Dimitri
El paseo que bordea la muralla, al este de la ciudad antigua, está lleno de restaurantes con terrazas sobre el mar. La mayoría de ellos tienen una situación privilegiada, bajo los grandes pinos que dan sombra a las mesas durante el día, enmarcando el panorama del estrecho, la península y algunas islas cercanas, pero solo dos tienen la calidad que merece una situación tan privilegiada: el del Lesic Dimitri y su vecino Filippi (que, en mi opinión, es aún mejor, siendo los dos excelentes).
Una cena en cualquiera de ellos, siempre, a ser posible, en una de las pocas mesas de la primera línea, a pocos pasos de la casa natal de Marco Polo, eleva a la categoría de perfecto un día feliz en Korcula.

Vela Sestrica
El otro gran atractivo de Korcula es el archipiélago de Skoji. Un grupo de pequeñas islas e islotes que se extienden entre Korcula y Lumbarda, un pequeño pueblo marinero situado en el extremo oriental de la isla de Korcula.
Navegar por ellas es un placer inmenso. Cualquiera puede, por un precio muy razonable, alquilar una pequeña barca con motor para moverse libremente sobre las azules aguas de Badija, Vrnik, Planjak, Kamenjak...

Mi barca en Korcula
Echar el ancla y nadar frente al viejo monasterio franciscano de Badija, en un agua templada y cristalina, o atracar en su pequeño espigón para bañarse en una de sus playas solitarias, entre pinos y ciervos, es un placer casi imposible de superar, al que contribuye con eficacia el intenso azul del mar, la frondosidad de sus bosques, sus cielos limpios y, en suma, la dulzura de un paisaje detenido en el tiempo.







Badija
Me gusta mucho Korcula.
Su ambiente tranquilo, sus calles y casas de piedra, su mar... 

Y claro que tenemos pena al irnos, pero la esperanza de volver algún día nos ilumina el rostro mientras cruzamos el estrecho en nuestro viaje de regreso.

Es uno de esos viajes que siempre nos apetece repetir.







viernes, 15 de noviembre de 2013

Sevilla perdida

Sevilla se despereza,
bautizada de rocío,
entre geranios y albero
que iluminan los sentidos.

En los rincones del alma,
los lamentos de una copla
se cuelan por los balcones
de los amores perdidos.

Y unos ojos se reflejan
sobre la plata del río,
cuando las luces de mayo
te buscan bajo los puentes
y solo encuentran vacío.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Iguazú, el agua grande

Con todo merecimiento, las cataratas del río Iguazú están consideradas una de las siete maravillas naturales del mundo.
Quienes han tenido la paciencia de contarlos, dicen que las forman 275 saltos de agua diferentes, en un entorno espectacular y sobrecogedor compuesto por la densa selva que los rodea, el gran caudal y extensión de las aguas del río y la impresionante belleza de las propias cataratas.

El "Agua Grande" y el Hotel das Cataratas
Como es bien conocido, se encuentran situadas en la misma frontera entre Brasil y Argentina, a muy poca distancia de la de Paraguay.
Cuatro quintas partes de los saltos están en territorio argentino, tal vez los más bonitos, con excepción del mayor de todos, la Garganta del Diablo, que marca, precisamente, el límite entre los dos países.



Sendos parques nacionales protegen el entorno natural de las cataratas: el Parque Nacional Iguazú, en Argentina, y el Parque Nacional do Iguaçu, en la zona brasileña.

Para ver bien las cataratas, hay que hacerlo desde ambos lados, pues las dos perspectivas son magníficas y ofrecen panorámicas y experiencias muy diferentes.

Hay diversas pasarelas que permiten el paseo junto a las cascadas, rodeados de una selva intensa y verde, pero también podemos llegar en pequeñas embarcaciones hasta escasos metros de la Garganta del Diablo y, desde luego, observar la majestuosidad de las caídas de agua desde los balcones situados estratégicamente.
Puesta de sol en Iguazú
Sobrevolar en helicóptero los saltos, el inmenso río y la selva, añade una perspectiva extra que completa uno de esos viajes que hay que hacer, al menos, una vez en la vida.

Tanto en Puerto Iguazú (Argentina) como en Foz do Iguaçu (Brasil), la oferta hotelera es amplia. Son poblaciones sin interés, que han crecido al rebufo del enorme tirón turístico de los parques nacionales. La mayoría de los hoteles son muy poco atractivos, incluso el lujoso Sheraton Iguazú, situado en pleno parque. Del lado argentino podría salvar de mi exceso de celo crítico al Loi Suites y, tal vez, al veterano Panoramic...

Las cataratas desde el aire
Reconozco, como acabo de decir, una exigencia un tanto extrema en mi juicio sobre los hoteles en Iguazú, pero es que un entorno tan único en el planeta merece mucho más desde el punto de vista del alojamiento. Y si insisto en ello es porque para disfrutar de las cataratas hay que quedarse en el interior del parque por la noche, cuando, tras la puesta de sol, las compactas multitudes invasoras se han retirado, tras su incursión diurna.
Pasear de noche, en solitario, junto al agua, sin más luz que la de la luna o la de las estrellas, es el mayor lujo que la naturaleza puede brindarnos. y cuando la naturaleza es desbordante, como la del Agua Grande, se convierte en verdadero éxtasis.
Tucán en la selva
Y claro, para poder hacer esto solo hay un hotel en Iguazú: el Hotel das Cataratas. Este viejo edificio de estilo colonial, ahora renovado y operado por la cadena Orient Express, no podría estar mejor colocado para vivir Iguazú desde dentro. A pocos pasos de las mejores vistas, en el centro del corazón del Parque Nacional do Iguaçu, nos transporta, en nuestra desbordada fantasía, a los tiempos de la expedición de Cabeza de Vaca, gran descubridor y Adelantado de Carlos I, primer europeo que conoció las cataratas que el bautizó como "Saltos de Santa María" y que, luego, acabarían recobrando su nombre en idioma guaraní (y=agua, guasu=grande).

Hotel das Cataratas
Yo estuve alojado en el hotel antes de su reforma. Espero que haya conservado su inmaculada atmósfera y su espíritu original. Ver como amanece junto a los antiguos muros del hotel, con la selva por testigo y el estruendo de las aguas del Iguazú al despeñarse por la Garganta del Diablo, debería ser considerada la octava maravilla natural del mundo.


El resto de la provincia argentina de Misiones, en cuyo extremo norte está ubicado el parque nacional, merece, también una reposada visita.
En especial, las ruinas de la misión de San Ignacio Miní, establecida en el siglo XVII y abandonada en 1768,  como consecuencia de la expulsión de los jesuitas.
San Ignacio Miní
San Ignacio fue mucho más que una misión religiosa y se desarrolló con gran rapidez, llegando a contar en algún momento con una población de más de tres mil habitantes, que tuvieron, como en otras misiones, gran actividad comercial y cultural.
Hoy es la misión mejor conservada de Argentina y sus ruinas, próximas al río Paraná y declaradas en 1993 Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, son una atracción turística y cultural de primer nivel.


No he conocido a nadie que no haya vuelto impresionado de Iguazú, el lugar donde el Agua Grande de los guaraníes se retuerce entre la selva virgen, en aparente calma, para caer después con majestuosa potencia incontenible, camino del lejano Río de la Plata, al que entregarán las lluvias de la selva brasileña, a través del inmenso Paraná, el pariente del mar...

martes, 29 de octubre de 2013

El Cabo

Entre todos los cabos del mundo, solo hay uno que lo sea por antonomasia. Uno que, además, convierte su nombre común en propio para bautizar a una de las más espectaculares ciudades de África y, tal vez, de todo el planeta.

Cabo de Buena Esperanza
Es evidente que me estoy refiriendo al Cabo de Buena Esperanza, que, casi en el vértice más meridional del continente africano, es, tanto por su privilegiada posición como por su naturaleza, uno de esos grandes destinos con los que puede soñar un viajero.

Cuando Bartolomé Díaz lo avistó, por primera vez para los ojos europeos, en los lejanos tiempos en que América todavía no existía para el viejo continente, lo bautizó como Cabo de las Tormentas, nombre que, desde luego, parece más apropiado para el Cabo de Hornos que para este accidente geográfico, cuyas aguas próximas y su meteorología son bastante menos agitadas que las de su lejano pariente americano.
Mucho más razonable es su posterior (y actual) denominación, que indica la gran esperanza que para los navegantes europeos significaba el nuevo camino hacia las Indias, descubierto por los intrépidos exploradores portugueses.

Ciudad del Cabo y Table Mountain
La gran ciudad que nació no muy lejos de allí en 1652, al pie de la Table Mountain, es uno de los enclaves urbanos más espectaculares del mundo.
Está en África, pero también nos lo creeríamos si nos dijeran que está, por ejemplo, en California, de no ser por el inequívoco ambiente que se respira en las calles de sus barrios más antiguos.


Llegaremos a Ciudad del Cabo, tras una imprescindible escala en Johannesburgo (que recomendamos sea lo más breve posible), y pronto nos veremos invadidos de un sentimiento de admiración por la grandiosidad de la naturaleza que nos rodea.
Tanto en el centro como en toda la zona que rodea la gran bahía, hay múltiples hoteles, muchos de ellos verdaderamente lujosos. Puede que el más famoso sea el histórico Mount Nelson, pero los hay para todos los gustos y presupuestos, aunque debemos dejar claro que no estamos hablando de una ciudad famosa por sus establecimientos hoteleros baratos. Para mi gusto, la mejor y más completa lista es la que ofrece Condé Nast Traveller.
El centro neurálgico para la mayoría de los visitantes es el Victoria & Albert Waterfront, probablemente el lugar más visitado de la ciudad, tanto por su privilegiada situación como por las múltiples actividades y oferta de servicios y entretenimiento que engloba.

Teleférico de Table Mountain
Varios de los hoteles más lujosos  de Ciudad del Cabo se encuentran en el Victoria & Albert Waterfront, así como un gran número de restaurantes y cafés, de todos los estilos que podamos imaginar.

Allí está el Two Oceans Aquarium y de sus muelles parten la mayoría de las embarcaciones para navegar por la bahía, incluyendo el transbordador que nos lleva a Robben Island (la isla en la que Nelson Mandela estuvo preso durante dieciocho de sus veintisiete años de cautiverio). Otra de las grandes atracciones de la visita a Ciudad del Cabo es la subida en teleférico a Table Mountain, para divisar desde su cima un panorama inmenso y extraordinario. Algo que, eso sí, solo puede disfrutarse si esas pesadas nubes que suelen enredarse en la parte superior de la montaña, lo permiten.

El gran tiburón blanco
Mención especial hay que hacer a una actividad que está tomando gran auge entre los turistas en los últimos años: ver de cerca (dentro de una jaula introducida en el océano) el gran tiburón blanco. Una diversión, a base de fuertes emociones, que dicen es segura, pero que a mí me consta que no lo es del todo, ya que no sería la primera vez que los barrotes ceden ante el ataque violento de un tiburón de gran tamaño.

Volviendo a la costa, y reconociendo las virtudes de alojarse en el centro de Ciudad del Cabo, debo confesar que yo prefiero la vecina playa de Camps Bay.
A pocos kilómetros del centro, Camps Bay nos descubre una belleza natural de gran personalidad, que se ve ampliada por la tranquilidad de su entorno (excepto en pleno verano, claro).

Camps Bay
La playa principal, de arena blanca, es excelente, como también lo son las pequeñas calas próximas, separadas entre sí por grandes rocas redondeadas, formando un conjunto especialmente llamativo, a lo que ayuda, considerablemente, el hecho de estar rodeado de construcciones de poca altura y cuidado diseño.
Las palmeras que enmarcan la playa contribuyen a completar un ambiente relajado que en absoluto parece cercano a la gran ciudad y que (siempre que no nos metamos en sus frías aguas) nos vuelve a recordar a las playas de California o de Florida, de no ser porque el escenario adquiere una espectacular dimensión gracias a los Doce Apóstoles, la impresionante cadena montañosa que protege su retaguardia.

Lion's Head
La vista se completa con la puntiaguda montaña que se conoce como Lion's Head, situada entre la vecina playa de Clifton y el centro de Ciudad del Cabo.

The Bay Hotel, con su bonito y blanco edificio de estilo colonial, situado a unos pocos pasos de la playa, es mi hotel favorito.
El muy cercano restaurante Blues, con su animado bar y su excelente comida, es la mejor alternativa local para una cena frente al océano.

Boulder's Beach
Camps Bay es, asimismo, el punto de partida ideal para visitar el Cabo de Buena Esperanza y Cape Point. O para comer en Bertha's, que es el mejor restaurante de Simon's Town, tras haber visitado a los simpáticos y algo malolientes pingüinos de la muy cercana Boulder's Beach y observado, con un poco de suerte, alguna que otra ballena en False Bay.
Una excursión más que imprescindible para quienes visiten Ciudad del Cabo.

A la vuelta, se hace necesaria una parada nocturna frente al peñón y las lejanas luces de Hout Bay, rodeados por esas pequeñas estrellas voladoras que son las luciérnagas, frecuentes de ver en las noches templadas de la península.
Y, para los amantes del vino, un recorrido por los cercanos y afamados viñedos, donde, aparte de probar los excelentes caldos de El Cabo, se puede disfrutar de una excelente gastronomía, una buena oferta hotelera y muy bonitos paisajes.

Hout Bay
Y si no hemos conseguido avistar al Holandés Errante tratando de doblar el Cabo de Buena Esperanza, no pasa nada: la belleza del paisaje y el interés del recorrido por la península nos habrán compensado con creces el pequeño viaje desde Ciudad del Cabo para conocer uno de los puntos geográficos más importantes del mundo.



Luego, ya de regreso en Kaapstad (su nombre en afrikáans), volveremos a disfrutar de la que es considerada por muchos (y con muy buenas razones para ello) una de las ciudades más bellas de nuestro tiempo.

sábado, 19 de octubre de 2013

Los jueves, milagro

El gran Berlanga la bautizó como Fontecilla. Una localidad imaginaria, en la que un grupo de sus ciudadanos principales se unen para intentar revitalizar el pueblo y su olvidado y decadente balneario, mediante la invención de un milagro recurrente, tan paupérrimo como las buenas gentes dispuestas a creer en él.
El castillo de Alhama
La primera parte de la película es genial y de ella solo me sobra la innecesaria estatua de atrezo que colocaron en mitad de la plaza.
Aunque hay mucho escrito sobre Luis García Berlanga, y sobre esta película en particular, no me consta cómo surgió en la mente del gran director español la idea del pueblo con balneario, pero yo tengo una teoría particular, de la que me resultará siempre muy difícil renegar.

La mayor parte del rodaje se hizo en Alhama de Aragón y en la vecina aldea de Bubierca, esto es bien conocido por todos los aficionados al cine. Lo que no lo es tanto es el extraordinario parecido real entre Fontecilla y Alhama.
Mi madre iba a Alhama todos los años y yo he conocido bien, desde muy pequeño, aquellos lejanos tiempos en los que el pueblo aragonés también esperaba un milagro.
Casi todo lo que aparece en la película es real (menos la dichosa estatua de la plaza). Hasta el nombre de algunos comercios y personajes se han tomado de la auténtica ciudad termal, como el de Antonio Guajardo.

Yo no soy neutral con Alhama. Lo reconozco. Estoy tan vinculado emocionalmente a ella que no puedo ser imparcial al juzgarla. Pero no seré yo quien descubra unas virtudes que ya enaltecieron los romanos, que parece que fueron los primeros en disfrutar de los baños termales de unas aguas que ellos denominaron Aquae Bilbilitanorum. Unos cuantos siglos después, los árabes la llamaron (como no podía ser de otra forma) Alhama, que significa fuente termal, y la fortificaron para defender un paso que fue estratégico entre Castilla y Aragón.

Alhama de Aragón
El pueblo se esconde entre las rocas calcáreas que caracterizan su orografía singular, en la que destaca el desfiladero abierto por el río Jalón en su accidentado curso hacia el Ebro.
La vieja vía del ferrocarril atraviesa los montes de Alhama como un taladro elevado que divide en dos el núcleo urbano, buscando las vegas bajas que se extienden hacia el oeste del parque y el lago termal, como tan bien describe la primera y bellísima escena de la película de Berlanga.
En oposición al camino de hierro del tren, la antigua carretera transcurría por el pueblo pegada al río hasta el puente que lo cruza, para abandonarlo, a partir de ese punto, y acercarse al ensanche del pueblo, camino de la casa de José María Gasca. Con el tiempo, llegó un túnel paralelo al de la vía férrea y una carretera recta, que hoy apenas se usa para algo más que el tráfico de cercanías, relegada la nueva carretera nacional por la eficacia de la autopista actual, que evita el paso por Alhama.

Quede claro que, hoy, Alhama de Aragón es un pueblo mucho más moderno que el que yo describo o que la inventada Fuentecilla de Berlanga, y como acérrimo defensor que soy de sus tierras y sus gentes, espero que sus nobles ciudadanos actuales perdonen mi romántico y cariñoso recuerdo.

El lago termal, al caer la tarde
Y es que, a mí, de Alhama me gusta todo, empezando por sus montes, cuyas cimas esconden dos viejas cartas secretas. Me entusiasman, ¡cómo no!, su gran parque y su lago termal; el casino, con su maravillosa terraza en la que tantas veces mi madre tomaba café por las tardes escuchando la música de su orquesta, mientras yo jugaba en la zona del parque más próxima a la gran escalera de piedra, custodiada por sus cuatro estatuas; su torre medieval, dominando el desfiladero y el río...
También me gustaban el pequeño cine, anexo al casino; la tienda de recuerdos de López Galindo; la fábrica y almacén de Antonio Oñate; el salón de té Río, sobre el Jalón y junto al puente, con su confitería en la que se vendían deliciosas barras de guirlache y adoquines (caramelos gigantes) casi incomestibles; sus fiestas de San Roque y sus comparsas de gigantes y cabezudos...

Iglesia parroquial
La iglesia parroquial de Alhama es muy bonita, de estilo barroco con muchas reminiscencias mudéjares. Entre la plaza y el río, casi no deja sitio a la vieja carretera, por la que tantas veces sigo pasando, en dirección al pretérito. De ella fue fingido cura-párroco un joven López Vázquez, siempre reacio a aceptar el milagro de los jueves...

Sin embargo, lo mejor son sus balnearios.
Ahora han inaugurado uno muy moderno, del que se habla bien: el Balneario Alhama de Aragón, construido sobre las antiguas Termas de San Roque, un establecimiento histórico que cuenta entre sus galerías de baños con el célebre "Baño del Moro", del siglo XI. Supongo que es muy recomendable, pero yo no lo conozco.

El Gran Casino
De los de siempre, el más famoso es Termás Pallarés, que tiene tres hoteles: el Gran Hotel Cascada, el Nuevo Hotel Termas y el Hotel Parque. Cada uno de una categoría diferente y con características propias, pero todos ellos ubicados en el gran complejo que incluye el parque y el gran lago termal, único en Europa, que es la joya del conjunto.
Las Termas Pallarés siempre fueron las más lujosas de Alhama y, sin duda, las que más fama han alcanzado desde su inauguración en la segunda mitad del siglo XIX. El casino, que también aparece en la película de Berlanga, es un elegante edificio que se abrió al público a principios del siglo XX y funcionó muchos años como tal. Hoy se utilizan sus salones para convenciones y congresos.

Pero nada de esto, siendo extraordinario, era suficiente para mí.

Guajardo en una antigua tarjeta postal
En tiempos hubo otro balneario. Estaba situado en un enorme caserón, muy cerca de las Termas Pallarés y con acceso directo desde la carretera general, a la que daban la mitad de sus habitaciones, mientras que la otra mitad tenía sus ventanas orientadas a un gran jardín triangular, limitado por el cauce del río en su lado sur.
El puente del ferrocarril atravesaba el Jalón casi a continuación del túnel que perfora el monte, justo bajo el prisma de piedra de la torre medieval que un día conquistara El Cid Campeador, cuyos muros parecían asomarse sobre el frondoso jardín.

El pabellón de baile del jardín de Guajardo
En el centro de este mismo jardín se alzaba un original salón de baile, de planta circular, que guardaba en su interior un viejo piano desafinado y las sombras de un pasado mejor.
Un solitario columpio de madera, colgado de cadenas atadas a unas larguísimas cuerdas enganchadas, a su vez, al sorprendentemente alto techo de un porche lateral era otra de las particulares atracciones de un jardín desde el que era muy fácil acceder a un río Jalón de orillas arcillosas, repletas de ranas y juncos, y aguas poco claras en las que abundaban los barbos. Estoy hablando del Balneario Guajardo.

Hoy es un fantasma olvidado, tras una rehabilitación comenzada a comienzo del presente siglo que nunca llegó a terminarse. El Guajardo (antes Balneario de Ramón Guajardo y previamente conocido como Baños de Tello) fue el más acreditado balneario de Alhama y, sin duda alguna, mi favorito. No era el más lujoso, desde luego, pero no había otro como él.
Yo me lo conocía de memoria, desde sus zonas abiertas a los clientes hasta los más recónditos rincones, inaccesibles para muchos.
Aparte del ya mencionado pabellón del jardín, mi lugar preferido eran las cocheras. En ellas, entre otros vehículos, se guardaban un viejo coche de caballos y una histórica furgoneta (que también aparece en la película). Ambos se utilizaron, sucesivamente, para trasladar a los bañistas desde la estación al hotel y viceversa. En el pequeño autobús he llegado a viajar y he de decir que, ya en aquellos lejanos tiempos, era una pieza de museo.

Sentado en mi ventana
La familia Guajardo, bien establecida, también en el comercio local, como puede apreciarse, de forma bien evidente, en "Los jueves, milagro", era amiga de mis padres. Por eso siempre tuvimos un trato especial.
Mi madre tenía siempre reservada su habitación favorita en la planta baja y con ventana a la carretera, por la que yo me escapaba más de una noche.
Aunque hay algunas razones que lo justificaban, hoy me pregunto qué tenía de bueno aquella habitación, frente a cuya ventana (y a menos de un par de metros de distancia) pasaban coches y camiones con la frecuencia propia de la Nacional II (Madrid-Barcelona, nada menos).

Pero si asombroso es lo de la ventana, más lo era el tema de la piscina.
La piscina de Guajardo era la más excepcional que he conocido en mi vida. Estaba situada en pleno campo, junto a una huerta y a unos dos kilómetros del hotel, siguiendo la carretera en dirección Madrid. Yo hacía a diario ese recorrido de ida y vuelta siendo un niño muy pequeño y la única recomendación que recibía de mi madre era que tuviese cuidado en la carretera, porque tenía mucho tráfico (!). Insisto en que era la Nacional II, sin arcén, para más señas.

En la piscina de Guajardo
La piscina era más bien grande, salvaje, de tamaño irregular, con el suelo cubierto de un verdín muy resbaladizo. Una gran escalera bajaba desde un campo de almendros hasta el agua templada que, sin duda, provenía de uno de los múltiples manantiales termales de la zona.
Una parte de la piscina estaba relativamente civilizada. Para ser exactos era donde cubría menos. Al fondo, donde casi nadie se aventuraba, los árboles y las plantas de los alrededores llegaban hasta el agua y se metían en ella.
Las ranas abundaban y en un par de ocasiones vi culebras de tamaño considerable nadando entre las plantas.
Yo, que era experto en piscinas por mi condición de socio del Canal, cuyas instalaciones frecuentaba con entusiasmo en Madrid, disfrutaba de una manera muy especial en aquella piscina singular, en cuya entrada un poco legible letrero, escrito sobre un arco de madera, rezaba. "Piscina Guajardo".

Programa de las Fiestas
Casi siempre iba solo, ya que a mis amigos del pueblo no les estaba permitido utilizar tan exclusiva instalación, aunque, en algunas contadas ocasiones estuve acompañado. Emprendía, feliz, el camino de vuelta a las dos menos cuarto y cuando llegaba al mojón que marcaba el kilómetro 204, sabía que me quedaban cinco minutos para llegar al enorme comedor del Guajardo, en el primer piso, donde me esperaba una comida que siempre me gustaba. Judías blancas estofadas, con mucha frecuencia.

He perdido la cuenta de los años que fui a Alhama... o a Fontecilla, que ya las confundo con el paso del tiempo, pero los fundamentales fueron 1964 y 1965, en especial, este último. Los indios y americanos en el jardín, las carreras ciclistas en el borde de la valla del río, las poco eficaces trampas para cazar palomas, las muchas ranas capturadas a mano en la ribera del Jalón, la búsqueda de fósiles, incluso las incursiones nocturnas por el monte habían dejado paso a Gasca, a Pedro Antonio, a Oñate, a Pili Marco... y a los prolegómenos de la Operación Mojama, que alcanzaría su cénit al año siguiente.
Para mí el milagro se producía a diario durante la semana o los diez días que pasaba en Fontecilla, perdón en Alhama de Aragón. Siempre era jueves.

Guajardo desde el castillo
Guardo, por supuesto, todas las cartas escritas y recibidas durante mi estancia, algunas de ellas antológicas, como la del cantante nocturno que fue perseguido por los montes a media noche por una turba enfurecida de bañistas insomnes. Tanto los sobres como el papel de Guajardo tenían impresa, en su ángulo superior izquierdo y en un tono gris azulado, la foto más característica del balneario, tomada desde el castillo.






La Cola de Caballo
En Nuévalos, muy cerca de Alhama de Aragón, está el Monasterio de Piedra, un bonito monasterio cisterciense, enclavado en un parque natural de gran belleza, donde el agua juega un papel protagonista al formar el río Piedra un considerable número de espectaculares cascadas, entre las que destaca la famosa Cola de Caballo, con sus más de cincuenta metros de caída.
Nadie que visite Alhama debe perderse esta visita, especialmente interesante durante la primavera.



"Los jueves, milagro" tuvo muchos problemas con la censura. Es casi seguro que Berlanga no pudo hacer la película que quería, pero nos ha dejado escenas magistrales para la historia del cine. Muchas de esas escenas están rodadas en la Alhama que yo conocí. Una Alhama decadente y extraordinaria que seguía viviendo de un pasado glorioso y que ya casi había perdido la esperanza de que San Dimas o, mejor aún, San Roque, se apareciera cualquier jueves en la vieja estación.
Hoy, tantos años después, los lujosos y modernizados balnearios vuelven a ponerse de moda. Allí están todos... menos Guajardo, el gran fantasma dormido de Aquae Bilbilitanorum, que ya solo vive entre esos sueños que se resisten a ser olvidados.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Frankfurter Hof














Ese río gris, grande y silencioso,
vecino del palacio de tus sueños,
fue en la negra noche el sereno espejo
de aquel invierno torpe y perezoso,

escondido en un marzo tan lejano
que abandonara Abril, sin él quererlo,
en el oscuro día del recuerdo
dormido en un olvido del pasado.

Te arrepentiste, sí, del afluente
que arrastraba en su sangre la mirada
de quien lo supo todo, sin saberlo,

porque llevaba nubes en su frente
y un corazón desnudo que olvidaba
que existen los amores de estraperlo.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Los caminos de Vertville

Existió, hace tiempo, un valle en el norte de Francia que respondía al nombre de Vertville. No recuerdo bien si estaba en Bretaña y pertenecía a Normandía o era al revés. Lo que sí recuerdo es que Vertville tenía unas cuantas casas diseminadas por el valle, una iglesia, un viejo palacio con un torreón y un pequeño río que corría, sin prisa, hacía el mar.

Vertville solo tenía tres caminos para salir del valle. Uno seguía el curso del río y llegaba a la costa. El segundo subía por los montes, entre empinadas cuestas. Y el tercero, el más ancho y cómodo, conducía a la ciudad.

Los veranos en Vertville eran felices y tranquilos. Poco había que hacer en aquellos prados verdes y solitarios. Sin embargo, todos los años se reunían allí unos cuantos chicos, que residían en la cercana e industriosa gran ciudad. Otros, los menos, vivían en el propio Vertville.
Vincent, Pierre, Henri, Marie... eran algunos de ellos. Pero la verdadera protagonista del verano era Blanche DuBois. Blanche era una chica con ojos de color azul verdoso y un cierto parecido a Vivian Leigh, aunque con el pelo mucho más claro. Me parece recordar que siempre tuvo dieciséis años, si bien hay quien asegura que alguna vez tuvo quince... o incluso menos.

Un verano llegó a Vertville un chico delgado y rubio, procedente de París. Venía a este pequeño lugar con la imagen de un decadente balneario en su cabeza y la promesa, hecha a sí mismo, de un futuro todavía infinito. Cuando conoció a Blanche y a su sonrisa luminosa no pasó nada, porque la mirada del chico rubio siempre estaba perdida en su horizonte ideal y privado.

El chico volvió a Vertville el verano siguiente. Y allí seguía Blanche, con sus eternos dieciséis años reflejados en sus ojos claros. Sin embargo, esta vez, con el viejo balneario perdido entre la niebla y un apellido húngaro deslizándose por su memoria reciente, todavía fue más difuso, a pesar del insistente esplendor de la hierba... así que el beso de Blanche se quedó flotando en la penumbra de un prado al anochecer.

Pero dejemos a Blanche DuBois y al chico rubio de París y volvamos a centrarnos en Vertville, que es lo que debe interesarnos, a fin de cuentas.
Vertville es un valle de esos que solemos imaginar cuando queremos pensar en un paisaje absolutamente verde. Uno de esos lugares de serena belleza en los que, aunque no estén muy lejos de una gran ciudad, siempre nos parecen remotos y alejados de la civilización moderna.
Vertville, al menos en aquellos tiempos, era un paraíso verde y bucólico que invitaba a reflexionar sobre el sentido de la vida y la levedad del ser, con más profundidad de lo que pudiera hacer el propio Milan Kundera.

Probablemente, la mayor atracción de Vertville eran sus tres caminos.

El valle de Vertville
Pensando en ellos, el chico rubio llegó a la conclusión de que la persona que desea abandonar el lugar en donde vive, no es feliz. Varias veces, estando sentado junto al punto del que partían los tres caminos, muy cerca del prado en el que, pocos días antes, la tinta de unos pequeños calamares y los labios de Blanche le habían provocado una disfunción pasajera en un par de órganos (aunque, eso sí, habían dejado inalterable un tercero), cerró los ojos en busca de lo infinito ya que, como todos sabemos, este es el único sistema eficaz para intentar verlo.

Lo que el chico rubio y delgado no tuvo en cuenta era que, en Vertville, todo es infinito. Al contrario que en París o en la capital de provincia cercana, donde cualquier cosa se termina pronto. Incluso la vida, por mucho que dure.
Blanche, por su parte, cada vez se parecía más a Vivian Leigh y eso era muy extraño en una chica que todos los veranos tenía dieciséis años.

El camino que seguía la ribera, en su suave descenso hacia el mar, era el más atractivo de los tres. Grandes robles y castaños marcaban la dirección del sinuoso cauce de un arroyo que, poco a poco, iba convirtiéndose en un auténtico río, navegable, incluso, en su último tramo. La fresca sombra de los árboles protegía una vereda apacible, iluminada por los dorados rayos de sol que, atravesando las ramas y unas aguas transparentes y saltarinas, llegaban a reflejarse en las relucientes piedras del fondo.

El chico esperó para ver si Blanche escogía este camino. Quizás la hubiese seguido. 
Pero no fue así. Blanche DuBois, entre confundida y decepcionada, tomó el camino ancho y seguro que llegaba hasta la gran ciudad. Hasta ese puerto, más industrial que marinero, en el que las espigas forjadas en el recuerdo de lo que nunca llegó a suceder se convertían en barrotes para el alma. Sus ojos y sus dieciséis años se quedaron, huérfanos, en un prado de Vertville.

Blanche DuBois mucho antes de tener dieciséis años
El chico rubio la vio marchar, sin levantarse ni retirar un instante su vista del camino del río. Y cuando la melena de Blanche se perdió en el horizonte, dejó de mirar hacia el sendero que conducía al mar y, girando a su izquierda, comenzó a subir la larga y empinada cuesta que parecía no terminar nunca y se perdía entre los montes que cerraban el valle por el oeste.



Años más tarde, alguien vio a Blanche DuBois en París. Lo que no está claro es si la vieron subida al estribo imaginario de un tranvía o en la quinta planta de unos grandes almacenes. Pero dicen que la jaula que encerraba su pecho no fue lo suficientemente segura para evitar que siguiera desprendiendo ese dulce aroma que surge de todos los prados al anochecer.
En especial, de los prados que duermen eternamente en la penumbra perezosa del lejano valle de Vertville.


Nota del autor: Consultados los mapas, observo, con cierta sorpresa, que Vertville no existe o, al menos, yo no soy capaz de encontrarlo. Ruego, por tanto, al lector, que dé por no leído el presente escrito. Gracias.