lunes, 22 de septiembre de 2014

Viaje al Parnaso

Fue mi buen amigo Eduardo Baeza quien insistió en que un viaje a Grecia no está completo sin una visita al oráculo de Delfos

Ruinas del templo de Apolo en Delfos
Viniendo de todo un director general de Procter&Gamble, con enorme experiencia en marketing y, desde luego, en estudios de mercado e investigaciones de todo tipo, capaces de predecir con enorme exactitud cualquier acontecimiento comercial, me pareció imprescindible aceptar su sabio consejo y acudir con él al más célebre oráculo de la historia... no ya a preguntar sobre el futuro de Fairy en el mercado español (que fue excelente, por cierto), sino a consultar con Apolo sobre aspectos más metafísicos y, claro está, trascendentes. No es que no me importase lo que le esperaba al milagroso lavavajillas antigrasa, pero no me pareció oportuno descender a materias tan prosaicas en las proximidades de la morada de las musas.

Por lo tanto, siguiendo, una vez más, la certera opinión de Eduardo, aceptamos de inmediato su invitación para, conducidos por él desde Atenas, tomar la carretera en dirección oeste, camino del monte Parnaso y de las ruinas del santuario de Delfos. 

Apolo y las musas
Delfos se encuentra en la ladera sur del famosísimo monte Parnaso, residencia de Apolo y de las musas (sobre cuyo número total nadie acaba de ponerse de acuerdo), quienes acudieron allí desde el cercano monte Helicón al ser llamadas por el dios de la belleza, la perfección y la armonía.

No recuerdo cuánto tiempo tardamos en llegar, pero supongo que unas tres horas. Tampoco soy capaz de acordarme del día de la semana, pero me sorprendió que cuando llegamos a las escarpadas laderas bajo los Fedríades, esos picos brillantes y rojizos que defienden el conjunto del santuario de Apolo, no había turistas. Supongo que es algo insólito y que muy probablemente se debió a que ya era tarde y todos los visitantes del día se habían marchado de aquel lugar privilegiado y sagrado, sin duda uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de Grecia y, por descontado, el de mayor valor religioso para los antiguos griegos, macedonios, romanos... 


El monte Parnaso
Tanto el macizo montañoso del Parnaso como el valle y los inmensos olivares que lo rodean son unos paisajes extraordinarios, a cuya gran belleza hay que sumar los milenios de historia que atesoran las gloriosas ruinas de Delfos.

El monumento principal del santuario de Apolo es el gran templo dedicado al dios, del que apenas se conserva la planta y hay unas pocas columnas restauradas. Una lástima, porque debió ser grandioso en sus épocas de gloria. 
Por encima de él podemos ver el teatro que, sin embargo, presenta un estado magnífico y desde cuyas gradas, levantadas sobre la propia falda de la montaña, podemos observar todo el recinto sagrado y, al fondo, el verde escenario del valle. Sentarse en la fila más alta y quedarse un buen rato descansando de la empinada subida, pensando que las ruinas que desde allí se contemplan tienen cerca de treinta siglos, nos deja sumidos en consideraciones que empequeñecen al hombre y agigantan a la humanidad.


Tesoro de Atenas
La fuente de Castalia siempre ha ejercido una atracción especial sobre mí. Ese manantial que brota de las laderas del Parnaso tiene que estar impregnado de la sabiduría de los dioses y la inspiración de las musas. Pero ¿dónde están hoy las aguas cristalinas de esta verdadera fuente de la sabiduría en la que se bañó la ninfa Castalia, huyendo de Apolo? Lo ignoro. Yo no la vi. Y tampoco pude ver el bosquecillo de laureles consagrados al dios, que allí se reunía con musas y náyades, para tocar la lira y escuchar las canciones de las ninfas...

Todo esto sucedía mucho antes de que Delfos existiese, cuando la fuente era custodiada por Pitón, la mítica serpiente/dragón que fue muerta por Cadmo... o por el propio Apolo, que tampoco hay unanimidad en ello.
Del nombre de Pitón deriva el de Pitonisa (o Pitia) que es el que se dio a las mujeres que, sentadas en un trípode, interpretaban los oráculos. Parece ser que la primera de ellas fue Sibila, cuyo nombre también se convirtió en una denominación genérica con el paso del tiempo.


Egeo, rey de Atenas, consultando a la Pitia
De esta manera, con pitonisas o sibilas, durante muchos siglos Delfos fue lugar de peregrinación. Reyes, héroes y plebeyos quisieron conocer su destino a través de las aguas parlantes de la fuente de Castalia. Todas las ciudades hacían generosos donativos al templo que convirtieron a Delfos en un lugar en el que se concentraron grandes riquezas y monumentos de todo tipo para agradecer a los dioses su protección y sus oráculos. 

De todos ellos, hoy tan solo está en pie el llamado Tesoro de Atenas (así se llamaban estos pequeños templos), erigido en agradecimiento por la victoria de Maratón y restaurado a principios del siglo XX por arqueólogos franceses.


Sí se conservan, en estado más o menos visible, las ruinas del templo circular de Atenea Pronaia, con sus columnas de original aspecto, construidas con mármol y piedra de colores diferentes, y algunas piezas escultóricas singulares, como el severo Auriga o la gran Esfinge de los Naxios, que se guardan en el Museo Arqueológico de Delfos.

Tholos de Atenea Pronaia
En la parte más alta y algo apartado, se encuentra el estadio, que fue construido para albergar los Juegos Pitios, una gran competición atlética que se celebraba, en un pincipio, cada ocho años y, algo más adelante, cada cuatro. Se trataba de un gran acontecimiento deportivo, que  rivalizó en importancia y fama con los Juegos Olímpicos, celebrados en Atenas. Parece que llegó a tener capacidad para siete mil espectadores y es muy interesante acercarse a él pues se dice que, al estar algo apartado y ser preciso un cierto esfuerzo para acceder hasta el lugar en el que se encuentra, la mayoría de los grupos no suben a visitarlo (algo que, en cualquier caso, nosotros no sufrimos por el hecho de disfrutar del imprevisto lujo de poder movernos por casi todo el yacimiento arqueológico sin nadie que perturbase nuestro paseo bajo la dominante mirada del Parnaso).
El otro gran recinto deportivo que existió en Delfos, el hipódromo, no ha sido localizado por los arqueólogos, si bien yo tengo la teoría (nada científica, pero bastante lógica) de que se encontraba en el valle y, probablemente, ocupando los terrenos en los que estuvo, en su origen, el estadio, antes de ser trasladado a la parte alta de la ciudad.


Teatro, templo de Apolo y valle
Delfos es uno de los lugares de mayor calado histórico que he visitado y el poder de atracción de sus piedras milenarias se percibe a cada paso. Un sentimiento que se agudiza en esas últimas horas de la tarde, en las que la luz se va transformando hasta dejar las ruinas del legendario recinto bajo ese raro efecto crepuscular que aumenta la sensación de proximidad con la historia, con la leyenda... y hasta con los orígenes de nuestra civilización.

En Delfos, al pie del Parnaso, donde brotan las aguas de la fuente de Castalia, el tiempo quedó por siempre detenido para los dioses y los hombres. Allí los mitos eternos cobran vida y elevan las emociones del viajero a la categoría de oráculo divino, bajo la protección de las sombras del viejo templo de Apolo Pitio.

lunes, 15 de septiembre de 2014

El puente Carlos de Praga

Aquella noche Ludvic volvió a cruzar el puente Carlos entre las sombras. Pero esta vez, lo hacía más apresuradamente que de costumbre. La niebla había caído sobre Praga y era difícil hasta distinguir las negras siluetas de las estatuas que hacían guardia a ambos lados del puente.
El puente Carlos
Su amigo Josef le esperaba impaciente en su pequeña casa del Callejón del Oro, al otro lado del Moldava.
Ludvic había salido de su pequeña buhardilla y, tras atravesar la gran plaza de la Ciudad Vieja, pasó, casi corriendo y siempre bien protegido por la oscuridad, bajo el reloj astronómico del Ayuntamiento que, a esas horas, permanecía en total silencio ya que nunca suena pasadas las once de la noche. Pese a ello, Ludvic no pudo evitar una mirada de soslayo, levantando un poco la cabeza, mientras imaginaba a los doce apóstoles saliendo a saludar sobre la esfera del reloj y veía el dorado círculo inferior, en el que la escasa luz apenas permitía apreciar los signos del zodíaco de Josef Mánes. 
Acababa de dejar atrás la plaza, bella y silenciosa, con su amplia y despejada explanada misteriosamente vacía, en la que destacaban las fachadas de las iglesias de Tyn y San Nicolás, así como el monumento a Jan Hus, el sacerdote reformista checo, precursor del protestantismo, que fue quemado en la hoguera en 1415, tras ser condenado por herejía. 

Plaza de la Ciudad Vieja
Ludvic también había recordado, al pasar junto al monumento, las últimas y proféticas palabras de Hus (que en el idioma checo significa ganso): "Vas a asar un ganso, pero dentro de un siglo te vas a encontrar con un cisne que no podrás asar". El "cisne" sería Martín Lutero. Esas palabras le producían un escalofrío que no podía evitar, como tampoco podía dejar de recordarlas cada vez que pasaba por la plaza.


Una vez superada la plaza, Ludvic pasó bajo el arco de la Torre de la Pólvora y entró en el puente. Bien conocía Ludvic la belleza de la torre, considerada por muchos como una obra cumbre del gótico, pero el dichoso nombre con el que la tradición popular la conocía, no era, ni mucho menos una buena razón para que quien pasaba, furtivamente, bajo ella, estuviese tranquilo en exceso. Por suerte para él, su vieja utilización como depósito de explosivos era ya solo historia, al igual que su uso original de defensa de la Ciudad Vieja. Era un alivio.

Reloj astronómico del Ayuntamiento
Sin embargo, cruzar el puente bajo la niebla era algo con lo que Ludvic disfrutaba. Se sentía una más de las treinta estatuas que lo adornaban a ambos lados y solía pensar que si alguien le veía moverse allí, apenas apreciaría algo más que una negra silueta deslizándose por el puente más antiguo de Praga, camino de la Ciudad Pequeña (Malá Strana), por lo que podría llegar a pensar que era el fantasma de San Juan Nepomuceno huyendo de su martiro. En cualquier caso, Ludvic no se olvidó de pasar la mano sobre la placa de bronce de su pedestal, que para eso era el santo patrón de Bohemia.

Al llegar a la torre del otro lado del puente se detuvo. No pudo dejar de girarse un momento para observar las negras aguas del Moldava y el impresionante aspecto del puente Carlos.

A Ludvic le gustaba mucho. Y más, aún, de noche, en la más absoluta y sobrecogedora soledad. Su medio kilómetro de largo y diez metros de ancho, así como sus dieciséis arcos sobre el río, hacían de él una magnífica obra de ingeniería medieval, con independencia de que en la mezcla usada para fabricar el mortero con el que se sujetaron los bloques de arenisca se hubiese incorporado huevo (tal como asegura la tradición) o no. Poco le interesaba eso a Ludvic. Lo verdaderamente importante era el grandioso aspecto del puente en sí mismo. Y la historia que se había escrito sobre él, que era, en definitiva, la historia de la ciudad de Praga.


Estatua de San Juan Nepomuceno
Las dos torres que protegían la entrada a Malá Strana no eran tan impresionantes como la de la Ciudad Vieja, pero, por lo menos, nadie hablaba de que hubiesen servido como almacén de pólvora. Eso era un alivio para Ludvic... y para su sombra que, pegada a las suelas de sus zapatos, no le había abandonado desde que salió de su destartalada buhardilla.



Ya estaba en Malá Strana. Ahora solo le quedaba subir hasta el Castillo de Praga (a Ludvic le gustaba referirse al castillo con su nombre completo, aunque era evidente que estaba en Praga), el mayor del mundo y tan diferente a la idea habitual que tenemos del concepto "castillo". El Castillo de Praga es el principal conjunto monumental de la República Checa, como antes lo fue de Checoslovaquia y, en su origen, del reino de Bohemia y, más tarde, hasta del Sacro Imperio Romano Germánico. Construido en el siglo IX, en él comienza la historia de Praga.


Callejón del Oro
Con la catedral de San Vito como punto dominante del castillo, referencia fija y constante para quien, como Ludvic, sube hacia él desde el puente Carlos, el grupo de edificios, calles y murallas que se alzan, dominando Malá Strana, es, junto con el propio puente y la Ciudad Vieja, lo más representativo de la extraordinaria ciudad que fuera capital de la antigua y siempre evocadora Bohemia.

Por fin, ya casi sin aliento, Ludvic llegó al Callejón del Oro. Sus pequeñas casitas de colores pasaban desapercibidas en la penumbra, pero no tuvo dificultad para encontrar la de Josef. Llamó a la puerta con sus habituales cuatro golpes de nudillos, espaciados de dos en dos y Josef reconoció, al instante, la señal.

–Llegas tarde –dijo Josef –. Pasa.
–Tengo que esperar a que todo esté tranquilo –respondió Ludvic –. No podemos arriesgarnos.

Josef abrió un pequeño escritorio y sacó un sobre. Mostrándoselo a Ludvic, dijo:
– Llévatela. La hice anoche.
– No te preocupes, llegaremos a tiempo –aseguró su amigo.
– Eso espero –casi suspiró Josef –. Me gustaría verla publicada cuanto antes.

Ludvic asintió con la cabeza y abrió la puerta. Miró a ambos lados del pequeño y oscuro callejón y con un breve gesto de su mano se despidió de Josef.
En unos segundos, una sombra bajaba, a toda prisa, camino del puente Carlos. A mitad del puente, junto a la estatua de San Nicolás de Tolentino, Ludvic se detuvo para tomar aliento. Volvió su cabeza hacia la catedral de San Vito y murmuró entre dientes:
– Tranquilo, Josef. Pronto verás publicada tu fotografía en Turistas y Piratas.


Josef Sudek, fotografía del puente Carlos

La niebla se iba haciendo más densa y el eco de sus apresurados pasos se perdió pronto bajo la noche de Praga.





miércoles, 10 de septiembre de 2014

Asia a un lado, al otro Europa

Navegar por el mar de Mármara hacia el Bósforo es un espectáculo de unas dimensiones tan desproporcionadas  como las de la ciudad que nos encontramos frente a nosotros: Estambul.

Con sus más de catorce millones de habitantes, es la mayor urbe de Europa y, sin duda, una de las que tiene más historia a sus espaldas.
Ya lo fue desde tiempos de la Bizancio griega, objeto de disputa entre atenienses, espartanos, macedonios y persas. 
Más tarde, rebautizada por el emperador Constantino con su nombre, fue la nueva capital del Imperio Romano y, también, del Bizantino, para ser, finalmente, la gran ciudad turca que, después de haber mantenido su nombre romano (Constantinopla) incluso bajo el Imperio Otomano, lo cambió de forma oficial a Estambul en 1930, poco después de ser proclamada la moderna República de Turquía.


Dos grandes puentes unen las orillas de la gran ciudad, la europea y la asiática, separadas por el estrecho canal (que desde allí mismo parece mucho más ancho de lo que es) del Bósforo que, en su punto más angosto apenas tiene setecientos cincuenta metros.

Hoy, además, lo atraviesa un túnel ferroviario que une, como los puentes, Europa con Asia.
Los treinta kilómetros de longitud del estrecho conectan las aguas del mar de Mármara con las del mar Negro y tienen un movimiento de barcos tan intenso en la actualidad que figuran en el segundo puesto mundial de densidad de tráfico marítimo, tras el congestionadísimo estrecho de Malaca, entre Malasia, Singapur y Sumatra (Indonesia).


Es fácil comprender que la grandiosidad de Estambul complica la contemplación de sus restos históricos, pero, si nos acercamos a su parte antigua (la que se extiende en el lado europeo junto al viejo puerto), nos encontramos de lleno con algunas de las grandes maravillas que han sobrevivido hasta nuestros días. 
El puerto de Constantinopla estaba en la bahía conocida como Cuerno de Oro, cuya original forma le da nombre. La ciudad nació en la península que se extiende al sur de esta profunda y estrecha lengua del Bósforo, si bien en su orilla norte encontramos el famoso barrio de Gálata, fundado por los genoveses, cuyo interés es, asimismo, notable.


Como es habitual, yo prefiero limitarme a unos breves comentarios sobre los cinco monumentos que más me impresionan, sin que ello signifique que no haya otros que merezcan ser visitados y hasta estudiados en profundidad.

Santa Sofía en un viejo cartel

Empezaré por sus dos grandes joyas religiosas, Santa Sofía y su vecina, la Mezquita Azul. 
Dos colosales monumentos que sobresalen, imponentes, sobre el perfil de la ciudad vieja. 

Santa Sofía (que no está dedicada a ninguna santa llamada Sofía, sino a la Santa Sabiduría) es la gran reliquia de la época bizantina. Con independencia del habitual error que produce su nombre en griego, ha sido la gran basílica ortodoxa de Constantinopla, así como catedral católica latina, mezquita y, finalmente, museo.
La que hoy vemos es la tercera de las grandes iglesias que aquí se levantaron (la primera fue inaugurada en el año 360, en tiempos del emperador Constancio II, aunque algunos autores afirman que se levantó sobre una  anterior, de la época de Constantino el Grande) y está construida en el siglo VI, si bien ha sufrido diversas e importantes modificaciones, algunas de ellas consecuencia de las reparaciones necesarias tras incendios y terremotos.
Es bien conocido que, entre los materiales utilizados, se emplearon las columnas del templo de Artemisa, en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, que ya no podemos admirar por culpa del emperador Justiniano.
Durante más de mil años, Santa Sofía fue la mayor catedral del mundo.
Su aspecto exterior es hoy muy diferente al original, a causa, sobre todo, de los cuatro altos minaretes y otras reformas introducidas en el período otomano, cuando fue convertida en mezquita.
La enorme cúpula es una obra maestra de la arquitectura antigua y sus mosaicos son espectaculares y de una gran belleza.


Interior de la Mezquita Azul
La Mezquita Azul es inmensa y se encuentra frente a Santa Sofía. Fue construida sobre los restos del palacio imperial y una parte del gran hipódromo de la vieja ciudad. 

El sultán Ahmed la mandó edificar a comienzos del siglo XVII y su entramado de cúpulas y semicúpulas confiere al edificio un estilo que combina el de Santa Sofía con el tradicional de las grandes mezquitas. Está muy inspirada en la obra del gran arquitecto Sinan, autor de las más notables y arquitecto principal de Solimán el Magnífico.
Sus seis minaretes contribuyen a dotarla de una grandiosidad muy llamativa.
El interior está decorado con profusión de azulejos de Iznik, muchos de ellos con diferentes tonalidades azules, que le confieren la especial atmósfera que ha propiciado el nombre popular por el que es mundialmente conocida. 
Sin duda, la Mezquita Azul de Estambul es uno de los monumentos más impresionantes del mundo.


Sin salir de la península de la antigua Constatinopla, en la punta de tierra que domina el Bósforo, el mar de Mármara y el Cuerno de Oro, nos encontramos con el palacio Topkapi, residencia y corazón del Imperio Otomano durante cuatro siglos. Tras la proclamación de la República de Turquía, el Topkapi se convirtió en un museo, pero ya había dejado de ser residencia imperial, pues, a mediados del siglo XIX, el sultán se había trasladado al palacio Dolmabahçe, al norte del Cuerno de Oro.

El palacio se construyó tras la toma de Constantinopla por Mehmed, en 1453, en el privilegiado lugar que ocupaban los restos de la antigua acrópolis. Una visita obligada para quien vaya por primera vez a Estambul pues aunque, como es lógico, ha sufrido múltiples transformaciones a través del tiempo, sus jardines, tesoros, edificios y, sobre todo, su enclave, siguen conservando el encanto original de una historia que nunca muere.  


Estambul, hacia 1890
Cruzando el puente Gálata, cuyo nombre toma de la vieja ciudadela genovesa, pasamos al barrio de Pera ("el otro lado", en griego) para dirigirnos al heredero del Topkapi, el palacio Dolmabaçe. Para hacerlo, debemos continuar por la costa del Bósforo, hasta llegar a lo que fue una pequeña ensenada que se ganó al agua en beneficio de los jardines imperiales. 
Allí, Abd-ul-Mejid I construyó el edificio más grande de Turquía, sobre la misma orilla, siguiendo un estilo claramente europeo y un lujo desmedido. Su belleza y emplazamiento, mirando a la costa de Asia, le convierten en una de las imágenes que mayor impacto causan al viajero, en especial, viéndolo desde una embarcación, navegando por el Bósforo. Son mundialmente famosas su gigantesca araña de cristal de Bohemia, una lámpara de cuatro toneladas y media, regalo de la reina Victoria, y la célebre escalinata con balaústres de cristal de Baccarat.

No muy lejos del palacio, el Four Seasons at the Bosphorus nos ofrece el mejor alojamiento que un viajero puede desear en Estambul. Tal vez uno de los más atractivos hoteles del mundo, con unas vistas difíciles de superar.


Gálata desde Constatinopla
Volviendo hacia la antigua ciudadela de Gálata, llegaremos hasta la torre genovesa que domina el barrio y casi toda la ciudad vieja. Con sus sesenta y siete metros de altura y más de cien sobre el nivel del mar, fue la construcción más alta de Constatinopla, si bien es más llamativa la anchura de sus muros y su robusto aspecto que la propia altura. 

Construida en 1348, heredó el nombre popular (no el emplazamiento) de aquella primitiva torre del año 528 que, junto a la entrada del Cuerno de Oro, servía como faro y para proteger el acceso a la bahía mediante una gran cadena que la cruzaba si había riesgo de invasión enemiga. Y digo que heredó el nombre popular porque, realmente, fue bautizada como Torre de Cristo por los genoveses.
Desde su mirador se contemplan las mejores vistas de la península en la que se encuentra la mayor parte de los monumentos históricos. Es el mejor lugar para disfrutar de los distintos panoramas de una ciudad tan cargada de historia que muy pocas pueden llegar a hacerle sombra.

Tampoco hay que olvidar que Estambul fue el destino final del Orient Express, el mítico tren, tantas veces inmortalizado por la literatura y el cine, que comenzó a funcionar en 1883. 
Como una de sus consecuencias directas, en 1895 fue construido un gran hotel "europeo" en la todavía llamada Constantinopla: el Pera Palace
En mi opinión, es improbable que una estancia en Estambul esté, realmente, completa sin haber pasado por el Pera Palace. Su lujo es de otra época y es uno de esos hoteles que, aunque sigan en activo, ya pertenecen a la leyenda. Al menos, es imprescindible sentarse un rato en sus salones y reponer fuerzas con un té acompañado por unos pasteles de almendra y jengibre. Seguro que nos parecerá ver a Agatha Christie en alguna mesa cercana.


Con todo esto, y tras haber recorrido intensamente los pasillos abovedados del Gran Bazar (cuyas dimensiones son similares a las de la Mezquita Azul), estaremos en condiciones de recordar, de nuevo, la canción de Espronceda e imaginarnos a su capitán pirata, alegremente sentado en la popa de El Temido, mientras su bergantín cruza las aguas del mar de Mármara y el ve Asia a un lado, al otro Europa... y allá, a su frente, Estambul.

viernes, 29 de agosto de 2014

Chile, tierra de volcanes

En Chile hay más de dos mil volcanes. Y casi la cuarta parte de ellos registran algún tipo de actividad. Es, junto con Indonesia, la zona de mayor concentración de volcanes activos del mundo y comparte con el vecino país de Argentina, el cinturón volcánico de los Andes, en el que se encuentran varios que superan los seis mil metros de altura.


Volcán Villarrica
Sobrevolarlos es, en verdad, espectacular y ofrece unas vistas solo comparables con las del Himalaya o, más modestamente, con las de los Alpes, aunque yo creo que la belleza de los volcanes chilenos es única por su disposición alineada con la costa, de la que, además, están tan cercanos que producen un efecto geográfico único.



De todos ellos, mi favorito es el Villarrica. Tal vez por su perfecto cono nevado, surgiendo imponente en las proximidades del lago y siempre coronado por su permanente fumarola que nos recuerda que es uno de los más activos. No es, desde luego el más alto, ya que no alcanza los tres mil metros de altura, pero su aspecto es de una belleza especial y se encuentra enclavado en una región natural extraordinaria, que alberga grandes bosques y renombrados balnearios de aguas termales.
Yo tuve la gran fortuna de ascender por las laderas del volcán cuando visité Chile, gracias a la generosa amabilidad de mi buen amigo Juan Carlos Fabres, uno de los empresarios de publicidad más importantes del país andino, quien tuvo la gentileza de invitarme y acogerme con una hospitalidad más propia de un hermano que de un amigo.

Mi periplo en aquel viaje fue accidentado. Y no lo fue por culpa de Juan Carlos, quien, por el contrario había procurado que el larguísimo trayecto desde Madrid fuese lo más cómodo posible, sino por el retraso de una línea aérea que me impidió llegar a tiempo a la conexión prevista. Ello provocó una serie de disparates sucesivos que terminaron con un itinerario Madrid - Caracas - Bogotá - Guayaquil - Quito - Buenos Aires - Santiago - Valdivia - Santiago - Sao Paulo -Río de Janeiro - Madrid. Todavía hoy, un cuarto de siglo después, me agota recordarlo...

Con las maletas, lógicamente, perdidas (supongo que debieron coger gusto al avión y continuaron su periplo, haciendo unas cuantas escalas más), conseguí llegar (de milagro) al aeropuerto de Santiago y contactar con los Fabres, quienes supongo que ya daban por perdidos a sus invitados españoles.

Gracias a las atenciones de Juan Carlos, su esposa Jeanette y sus hijos, no resultó difícil reponerse en el excelente hotel Kempinski Plaza (creo que ya no pertenece a la cadena Kempinski, pero yo juraría que es el mismo) y, tras asistir a una gran representación del Spartacus de Khachaturian en el magnífico Teatro Municipal de Santiago y pasar una divertida y soleada jornada de golf en el Club Los Leones, tomamos todos un vuelo a Valdivia (la ciudad austral más antigua del mundo -1552- y víctima del mayor terremoto de la historia -1960-) para dirigirnos a Villarrica.

Los mapuches llamaban al volcán Rukapillan, lo que viene a querer decir algo así como "casa del espíritu". Parece un nombre apropiado, sobre todo si tenemos en cuenta su frecuente actividad, con numerosas erupciones registradas, algunas de ellas muy potentes y destructivas.

Lago Villarrica
Subimos por la ladera, en busca del viejo espíritu (que, por suerte, parecía estar dormido), hasta donde nos permitió la nieve y el glaciar que corona el volcán, por lo que no nos resultó posible llegar hasta el cráter desde el que hubiésemos podido ver su amenazador lago de lava. Lo que sí tuvimos la oportunidad de observar fue el Parque Nacional Villarrica, en el que se encuentra situado.  
Algo más lejos, dos grandes y muy profundos lagos se extienden, serenos y rodeados de frondosos bosques de araucarias. Son el Villarrica y el Calafquén. 
Y mirando en dirección contraria al océano, también podemos alcanzar a ver otros dos volcanes vecinos, el Quetrupillán y el poderoso Lanín, con sus 3.776 metros de altura, cuya cumbre es punto de encuentro entre Chile y Argentina.

Termas de San Luis
Estando en la zona, se hace imprescindible visitar los dos bonitos y muy acogedores pueblos de Villarrica y Pucón, ambos en la orilla del lago, en los que nos encontraremos con el fiel recuerdo de los bravos mapuches y de los colonos alemanes que se instalaron a mediados del siglo XIX y crearon una comunidad germano-chilena que sigue conservando muchas de sus viejas costumbres originales, en particular, las culinarias.

Para culminar el viaje por esta bella región chilena, es preciso acabar en la Termas de San Luis, un enclave asombroso, en el que las construcciones de madera, los inmensos bosques, recónditos senderos y piscinas de aguas termales parecen surgir del pasado para ofrecer un descanso natural que nos traslada a un mundo imaginario e irreal, en el que el descanso, la tranquilidad y la relajación son de obligado y feliz cumplimiento.

Otra de las fantásticas sorpresas que la familia Fabres nos tenía reservada.


Volcán y lago Villarrica
Chile es mucho más que todo esto, pero en nuestros apresurados días los viajes son, lamentablemente, más cortos de lo que nos gustaría que fueran. Como la vida, así que aprovechemos unos y otra.



Gracias, Juan Carlos.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Miró en Ibiza

El lagarto de las plumas de oro (tapiz)
El Museu d'Art Contemporani d'Eivissa acaba de albergar una bonita exposición de Joan Miró que, realmente ha merecido la pena visitar.

Está situado en pleno Dalt Vila, junto a la muralla y muy cerca de la Plaça de Vila, verdadero centro de la vida nocturna de la vieja ciudad amurallada, en la que se concentra una buena parte de su excelente oferta gastronómica. La Plaza y La Oliva son mis dos favoritos, pero hay bastantes más, muchos de ellos son una opción interesante.

El edificio nuevo del museo

Dos son los edificios que conforman el museo. El edificio antiguo es una muy vieja construcción militar que data, originalmente, del siglo XVI y que está adosada a la muralla y semienterrada en un terraplén del baluarte de San Juan. El moderno, diseñado por Víctor Beltrán Roca, es de un blanco impoluto y forma una bien resuelta combinación con el edificio original que, inaugurado en 1964, es, sin duda, uno de los museos de arte contemporáneo más antiguos de España.

El nuevo espacio fue inaugurado en 2012 y durante su edificación, se descubrieron restos arqueológicos de gran valor que hoy podemos contemplar bajo el suelo del sótano.


Pocos visitantes tiene, por desgracia, este atractivo espacio cultural, como también son escasos los del bien instalado museo que se encuentra junto al yacimiento de la necrópolis púnica y romana del Puig des Molins, en el que se conserva el busto de la diosa Tanit, verdadero símbolo de la Ibiza antigua, que a mí siempre me ha parecido de una especial y singular belleza.


Pájaro frente al horizonte (1976)
La exposición de Miró ha permanecido durante cuatro meses en el museo y en ella hemos podido disfrutar de cuarenta obras, trece de ellas inéditas. Un auténtico lujo. 

Mujeres, astros y pájaros (como es habitual en Miró) son los temas centrales de un total de veinticinco pinturas, un tapiz y catorce esculturas de bronce que, bajo el sugerente título de 'La luz de la noche', han iluminado la oferta cultural de una ciudad cuyos muy numerosos visitantes no suelen destacar por su interés en las artes plásticas, pese a ser Ibiza tierra de artistas y poderoso imán para quienes aman la belleza y cualquier disciplina artística.


Miró, tan vinculado a Mallorca durante toda su vida y gran parte de su obra, realizó tres viajes a Ibiza, tal como se recoge en el catálogo de una exposición que ya es histórica, pues  es la primera vez que la isla presenta, formalmente, una muestra del gran artista surrealista nacido en Barcelona y fallecido en Palma de Mallorca, a los noventa años, tras dejar una extensa, extraordinaria y muy diversa obra, aclamada internacionalmente.



Interior del edificio antiguo del museo
Tras Miró, no hay que dejar de recorrer la otra muestra, la permanente del museo, bien expuesta y encuadrada en el edificio original, que cuenta con un par de ventanas abovedadas, las cuales nos brindan una perspectiva diferente de la muralla y las blancas casas que la flanquean. 


Y, finalizada la visita, es imprescindible dar un paseo reposado, sin prisa, por sus alrededores, impresionantes como siempre, pero que ahora cuentan con el valor añadido de haber acogido a un invitado tan ilustre como Joan Miró, cuyo arte ilumina no ya la noche, sino todo el inmortal espíritu de Ibiza.

viernes, 8 de agosto de 2014

Del sol a la luna, pasando por Teotihuacán

México es, como bien decía mi amigo Pancho Medina, el país de la eterna primavera.
Aunque, en realidad, es mucho más que eso. 
Calzada de los Muertos
Pocos lugares del mundo son depositarios de tantas y tan diversas virtudes como la gran nación mexicana, que las tiene de todo tipo, si bien yo destaco, por encima de las demás, a su gente, que es más extraordinaria, todavía, que las inmensas bellezas de su tierra, lo que es decir mucho.


En mi primer viaje a México, tuve ya la oportunidad de visitar Teotihuacán y fue, sin duda, una de las mejores etapas de unos días cargados de actividad, con especial inmersión en la riquísima cultura mexicana. 

Teotihuacán me dejó impresionado. Eran tiempos de menor afluencia turística y una de mis misiones era contribuir al aumento de visitantes españoles. Hoy, viendo las riadas de personas que inundan el valle de Teotihuacán, me pregunto si me excedí en mi cometido...


Pirámide del Sol desde el cielo
Bromas aparte, lo cierto es que en aquellos tiempos se podían visitar los grandiosos monumentos prehispánicos que florecieron hace casi dieciocho siglos a lo largo de la calzada de los Muertos (la larga calle que marca el eje principal del gran yacimiento arqueológico) casi, casi en soledad o, al menos, sin aglomeraciones.
Sobre todo, si tenemos en cuenta que al ser invitados especiales del Turismo de México disfrutábamos de ciertos privilegios de horarios y accesos, restringidos al público en general. Una ventaja que sería inapreciable en nuestros días.




Teotihuacán, declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1987, se encuentra en el estado de México, a unos cuarenta y cinco kilómetros de la capital federal.
Se trata de un complejo arqueológico excepcional e inmenso, donde todo adquiere una dimensión monumental, propia de lo que fue durante su período de esplendor que, según dicen los expertos duró unos trescientos años, hasta que empezó a caer en decadencia, hacia el siglo VII de nuestra era. 

El valle en el que se asienta es, también, grandioso y contribuye, en buena medida, a darnos idea de lo que fue aquella civilización, cuando lo habitaban cerca de doscientas mil personas.


Pirámide de la Luna
Aunque dicen que ahora se organizan cortas y rápidas excursiones desde la Ciudad de México, yo no soy, en absoluto, partidario de ellas. Me parece indispensable pasar allí un día entero, a ser posible evitando el solsticio de primavera, claro está, pues en esa fecha las multitudes que acuden a las pirámides, en busca de su energía purificadora, son abrumadoras.



La pirámide de la Luna cierra el conjunto por el norte y desde sus cuarenta y  cinco metros de altura se divisa una panorámica espectacular. Frente a nosotros, la calzada de los Muertos, con sus dos kilómetros de longitud, se extiende hasta la Ciudadela, en la que se alza la pirámide de la Serpiente Emplumada, y a la izquierda surge la silueta, enorme y majestuosa, de la gran pirámide del Sol, con su gran planta cuadrada de más de doscientos metros de lado, la mayor de de Mesoamérica, tras la gigantesca de Cholula.



Teotihuacán (óleo de José María Velasco)
A mí me gusta mucho imaginarme el valle con el aspecto que tenía cuando lo conoció José María Velasco cuando lo inmortalizó en sus extraordinarios cuadros que hoy nos permiten retroceder cerca de un siglo en nuestra admiración a lo que fue, en su época dorada, una de las áreas del mundo con una mayor densidad humana.


Su influencia se dejó sentir en todas partes, por lo que es fácil encontrar vestigios arqueológicos, en lugares alejados, que demuestran que sus gustos y estilo arquitectónico y decorativo se extendieron por doquier.



Puma (Tetitla, Teotihuacán)
Sin embargo, por algún motivo sobre el que no se han puesto de acuerdo los estudiosos de la cultura teotihuacana, "La ciudad de los dioses" empezó a despoblarse y sus habitantes emigraron. Así, Teotihuacán empezó a alejarse de la realidad cotidiana y a forjar su leyenda. Una leyenda inmortal como el Sol y la Luna, que han dado nombre a sus dos grandes pirámides y que han llegado hasta nuestros días como grandes estandartes de una de las mayores civilizaciones que ha conocido el ser humano, la del valle sagrado de Teotihuacán.

domingo, 3 de agosto de 2014

La otra orilla del Bidasoa

Para muchos españoles, Hendaya no es más que la puerta de entrada a Francia desde Irún. Como mucho, piensan que esta pequeña ciudad fronteriza es una gran estación de ferrocarril, en la que terminan, tras cruzar el puente sobre el río Bidasoa, trenes que han partido de distintos puntos de España con frustrada vocación europea.

La bahía de Hendaya. Al fondo, Fuenterrabía
Solo aquellos que viven en Euskadi y, en especial, los guipuzcoanos (muchos viven aquí o tienen casa en esta tranquila población costera) son conocedores de las bondades de un pueblo, cuya excepcional y enorme playa es, sin duda, una de las mejores del País Vasco francés.  


El puerto de Hendaya está sobre la misma desembocadura del Bidasoa, frente al casco viejo de Fuenterrabía. Una barca, que hace el servicio regular de pasajeros a través del estuario del río, une a las dos localidades vascas y es, sin duda alguna, el mejor medio de transporte para ir de una a otra en un trayecto que así, en línea recta, es muy corto (apenas cinco minutos) y se disfruta mucho en ambos sentidos. 

La casa de mi amigo Max

La mayor parte del pueblo está ocupada por pequeñas villas residenciales, algunas de ellas muy bonitas, como la de mi amigo Max, repartidas tanto a lo largo de la costa como por las suaves colinas que separan la playa de la parte más elevada del centro urbano. 
Muchas de ellas tienen vistas al mar o a Fuenterrabía. Estas últimas gozan, además, del privilegio de las fantásticas puestas de sol sobre el poderoso monte Jaizquíbel.
Hendaya significa "bahía grande" y, como ya hemos mencionado, su playa es extraordinaria, tanto por su extensión como por su sencilla e impresionante belleza. Sus tres kilómetros de finísima arena están muy animados en los meses de verano, con sitio más que suficiente para que bañistas y aficionados al surf puedan convivir sin molestarse unos a otros.


Las Dos Gemelas
Y, en invierno, la inmensidad casi desierta del gran arenal sobrecoge al visitante por su majestuosidad, enmarcada en su extremo oriental por unos verdes acantilados de los que parecen haberse desprendido una pareja de enormes rocas que surgen del mar a pocos metros de la costa: Las Dos Gemelas.
La poca profundidad de las aguas que bañan la playa, la suavidad de su arena, la total ausencia de edificios altos y, desde luego, el ambiente que reina en esta pequeña villa marinera, son invitación permanente para unas vacaciones familiares, relajadas y tranquilas, con el aliciente añadido de ser un paraíso del surf. Y, como tampoco falta la tradicional calidad de la comida vasca, el conjunto es difícil de superar.

Podemos decir, sin temor a confundirnos, que nos encontramos en un auténtico oasis, rodeado de centros turísticos mucho más ajetreados, a uno y otro lado de la casi imperceptible frontera.

El viejo casino

Paseando por la zona central de la playa nos encontramos con vestigios notables de la elegante estación balnearia que fue. 
El más llamativo es el viejo casino, un edificio ded estilo asombroso que parece estar diseñado por el arquitecto de un califa cordobés en el exilio.
Es el único que se alza sobre la propia playa, ya que las demás construcciones, incluido el Grand Hôtel (ya convertido en apartamentos) están en el lado opuesto, dejando libre la acera norte del Boulevard de la Mer que, vigilado por una interminable hilera de tamarindos y protegido por un pequeño muro, discurre, infinito, junto a la arena.



El Grand Hôtel
Una de las más destacadas atracciones actuales de Hendaya es la Thalasso & Spa Serge Blanco, un gran complejo de descanso que incluye hotel, apartamentos, restaurantes, cafés, casino y, por supuesto, un complejo de talasoterapia. 
Está situado frente al moderno puerto deportivo y su parte trasera da a la punta más occidental de la playa que es, precisamente, la más ancha y protegida por las dunas que enmarcan la desembocadura del Bidasoa por el lado francés.

No es Hendaya lugar de grandes y lujosos restaurantes, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que no se pueda comer bien, sino que, también, en su oferta culinaria mantiene su estilo, familiar y desenfadado, por una parte, y surfero y juvenil, por otra.
Para mí, el local más atractivo es La Poissennerie, una verdadera pescadería con unas cuantas mesas en el interior y unas pocas más en una pequeña terraza. Tampoco está nada mal el Sud-Americain, muy próximo al anterior, en el que pasta, pizza, crêpes y comida vegetariana son la base de su oferta.


El favorito de los surfistas es Barmout, un minúsculo local, a pocos pasos del mar, en el que sandwiches y ensaladas son las estrellas. Imposible dejar de visitarlo antes o después de un largo día de playa.

Por último, no puedo dejar de mencionar la heladería Walter, cuyos helados artesanales son tan famosos entre locales y visitantes que no es raro encontrarnos con gente haciendo cola frente a su mostrador, especialmente después de las cenas veraniegas.


Pero dejando aparte sus virtudes como destino turístico, no debemos olvidarnos de las muchas e importantes páginas de la historia que se han escrito en un lugar, tan estratégico desde el punto de vista geográfico como es Hendaya. Su célebre Isla de los Faisanes ha sido escenario de tratados y acuerdos entre Francia y España, a través de los siglos. 
El más importante de los allí firmados fue la llamada Paz de los Pirineos, en 1659, con el que Luis XIV y Felipe IV dieron por terminado su larguísimo conflicto bélico, ratificando su acuerdo con la boda entre el propio rey francés y la hija del monarca español, María Teresa de Austria.
Hoy, la Isla de los Faisanes es de soberanía compartida entre Francia y España, por períodos alternativos de seis meses.
En 1940, Hitler y Franco se entrevistaron en el interior de un vagón de tren blindado, en la estación ferroviaria de Hendaya. Mucho se ha escrito y comentado sobre esta bien conocida reunión, de la que parece que Hitler no salió muy satisfecho y aseguró que prefería que le sacasen unas cuantas muelas antes que volver a hablar con Franco...



Y, volviendo a nuestra playa, considerada la más segura de toda la costa, no debemos dejar de visitar el dominio natural en el que se integra el castillo y observatorio de Abbadia, un magnífico palacio neogótico que domina toda la bahía desde un impresionante parque que se extiende sobre los acantilados, en el extremo oriental de Hendaya y que es el comienzo de una muy espectacular ruta panorámica que nos lleva hasta Saint Jean de Luz, entre bosques y prados, desde los que se agiganta el dramatismo de una costa tan bella como bien conservada, a salvo, aún, de las grandes aglomeraciones y de los horrores del turismo masificado que no deja de acorralarnos con su presión incontrolable.