viernes, 23 de octubre de 2015

Karnak y la belleza

Elizabeth estaba de pie, inmóvil, rodeada de las enormes columnas de la sala hipóstila.
Los rasgos hieráticos de su belleza juvenil y su esbelto cuello eran más propios de una Nefertiti rubia que de una mujer del siglo XIX, algo que allí, entre las sombras arrojadas por aquellos colosos cilíndricos de Karnak, aún se hacía más evidente.

Las columnas de la sala hipóstila buscan a Amón-Ra




Junto a ella se movía, nervioso, su marido, un estraperlista escocés, de pocos escrúpulos, que se las daba de simpático como método de trabajo para embaucar a los incautos.
Era una soleada mañana del mes de enero y, curiosamente, apenas había visitantes en el templo. A pocos metros de Elizabeth, recostados en una columna apartada, James y Ted observaban la escena, camuflados tras sus vestimentas árabes.

Los templos de Karnak

Unos días antes de emprender viaje a tierras de Egipto, Elizabeth había recibido una carta en su casa de Londres. Una carta extraña, sin firma, escrita con una letra antigua. Decía así:



Está escrito que al tercer día, navegando Nilo abajo, llegarás hasta donde estuvo la gran ciudad imperial, Tebas. A ti te dirán que has llegado a Luxor.
Este es el lugar. Lo es para ti, como lo fue para el más grande de todos los faraones, Ramsés II, hijo de Seti. Él mandó construir templos y monumentos que han vencido al paso de los siglos y es, precisamente, en uno de ellos donde tú deberás buscar el mensaje.
Desde luego, no será fácil; pero tampoco imposible. Sigue con exactitud, cuidado y precisión las instrucciones y lo conseguirás. Si lo logras, los dioses te protegerán.
En caso contrario...
Solo debes temer a la maldición de la tumba del sumo sacerdote. Es el único peligro que te acecha, pero es un gran peligro. No lo olvides en ningún momento, así que lleva siempre contigo el amuleto de plata de Isis que acompaña a esta carta, lo necesitarás para estar protegida y para identificar el mensaje que debes recoger en Karnak.
Cuando llegues allí, al monumental complejo religioso de Karnak, entrarás en el templo de Amón, el protector de Tebas. En ese instante, invocarás la ayuda de Isis, la diosa del amor, hermana y esposa de Osiris. Ella te mantendrá a salvo de los terribles sacerdotes de Seth, el dios del mal, quienes disfrazados de mendigos y caminantes siempre estarán vigilando tus pasos. ¡Cuídate de ellos!
Avanzarás por la avenida de esfinges con cabeza de carnero hasta traspasar la puerta del templo. Una vez dentro, el gran atrio principal te acogerá: a la izquierda, el pequeño templo de Seti II; a la derecha, el de Ramsés III y, en el centro, los restos de las columnas de lo que fue el pabellón del faraón Taharqa. Debes caminar entre lo que queda de estas columnas y pasar junto a las dos estatuas gigantes de Ramsés II para llegar hasta la sala hipóstila, la gran maravilla de la Antigüedad, con sus ciento treinta y cuatro inmensas columnas. Apenas comiences a atravesarlas podrás ver, al otro lado, los dos obeliscos: es en ese momento cuando debes extremar tu atención.
El primer obelisco, el de Tuthmosis, quedará a tu derecha. Puedes admirarlo, pero no hagas caso de él. Es en el segundo, el más alto de los dos, el que está a tu izquierda, en el que debes concentrarte: ahí está el mensaje. Este es el obelisco de Hatshepsut, el obelisco más alto de todo Egipto, erigido por la única faraona de la historia, para gloria de su 'padre' Amón. Como verás es enorme y majestuoso: no creo que hubiera podido encontrar otro lugar mejor en el mundo para esconder tu mensaje.
El obelisco de Hatshepsut está asentado sobre una base rectangular, formada por grandes piedras. Sitúate frente a él, en el paseo central, e introdúcete por el estrecho callejón que lo bordea, a tu izquierda, en dirección a la esquina norte de la base. Avanza trece, catorce o quince pasos y te encontrarás delante de una única piedra pequeña, con forma de trapecio. Retírala cuando nadie te vea, es muy fácil de mover: tras ella está el mensaje. Para asegurarte de que es el auténtico tienes que comprobar dos cosas. La primera, el halcón negro; la segunda está dentro: un amuleto de Isis idéntico al que tienes ahora en tu poder.
Sigue fielmente las indicaciones y llegarás a tu destino.

Que los dioses te ayuden y que tu cuerpo sea eternamente conservado.


En el sobre, junto a la carta, una pieza de plata con el símbolo alado de Isis, completaba el contenido del misterioso mensaje.

Un par de semanas más tarde, Elizabeth estaba en Luxor, en mitad de la sala hipóstila del milenario templo de Karnak. La carta y el amuleto, bien escondidos en un compartimento secreto de su bolso parecían estar aguardando el momento. 

–¿Por qué no saca la carta? –preguntó James, casi en un susurro.
–Se ha aprendido las instrucciones de memoria. Estoy seguro –respondió Ted.

Pero Elizabeth no hizo ademán alguno. Miró las columnas de arriba abajo, como si pudiera leer sin esfuerzo los jeroglíficos que las adornaban y, sin hacer intención de acercarse al obelisco de Hatshepsut, se dio media vuelta con gesto cansado. Pocos segundos más tarde, pasando junto a los dos discretos 'árabes', se encaminó a la salida sin volver la vista atrás. 

–¡No puede irse así! –gimió Ted–. Es imposible que haya venido hasta aquí y no intente buscar el mensaje...
–¿Te has fijado en ella, Ted? 
–¡Claro que me he fijado! Es una maldita insensible... una mujer sin alma –sentenció el compañero de James.
–Sin duda lo es, pero no me refería a eso. ¿La has visto bien, Ted?

Ted miró fijamente a su amigo y le dijo, con voz grave:
–La belleza es efímera, James.

James no respondió. Se limitó a levantar la vista y asentir de forma casi imperceptible con la cabeza, mientras contemplaba el eterno y magnífico esplendor del templo de Amón-Ra, la gran maravilla del viejo Egipto, cuya belleza sublime era vencedora del tiempo y de la historia...

miércoles, 21 de octubre de 2015

Objetivo: Moorea

Cenar en el puerto de Papeete es todo un espectáculo. Repleto de pequeños puestos callejeros sobre ruedas, siempre animados y con buen ambiente, es un placer recorrerlos sin prisa y tomar algo aquí y allá, tras haber disfrutado de una buena cerveza en la terraza de la cervecería Les 3 Brasseurs.

Aquella noche, mientras paseaba entre las concurridas roulottes del puerto, pude ver cómo se aproximaba el Paul Gauguin, así que fui al muelle para observar de cerca su maniobra de atraque. El buque se fue acercando con esa majestuosa lentitud que en esas latitudes sureñas parece, aún, más reposada y blanca.
El Paul Gauguin es un elegante crucero, no demasiado grande, que hace un bonito recorrido por las islas: Huahine, Bora Bora, Moorea... 
Desde luego, también tiene otros itinerarios, dependiendo de la época del año, pero lo que le ha hecho famoso en todo el mundo es su navegación por las llamadas Islas de la Sociedad, seguramente las más bonitas de la Polinesia Francesa. Si a todo ello le añadimos su sugerente nombre, el éxito lo tiene asegurado.

Aquella noche me gustó ver cómo el Paul Gauguin llegaba a puerto, probablemente tras una semana de travesía por aquellos mares (muchas veces revueltos para la navegación entre las islas, fuera de la protección coralina que las rodea). Sin embargo recordé que, siendo bellísima su singladura por ese privilegiado rincón del Pacífico, adolecía (como casi todos los cruceros) del inevitable inconveniente de la levedad de su contacto con unos destinos especiales que merecen una estancia más reposada.
Uno de esos magníficos destinos es Moorea. La impresionante isla sobre la que vemos atardecer desde Tahití y que era el objetivo inmediato de mi próxima visita a la mañana siguiente.

Moorea, al atardecer, desde Tahití

El vuelo entre Papeete, la capital de Tahití, y Moorea apenas dura unos minutos en un pequeño avión que se ve obligado a iniciar la maniobra de aterrizaje antes de que haya tenido tiempo de tomar altura sobre el canal que separa las dos islas. El viaje en ferry también es breve y recomendable.
Ya antes de llegar, incluso desde Tahití, nos damos cuenta de que Moorea (que significa 'lagarto dorado') es, además de un lugar de dramática e impresionante orografía, una isla bellísima.
Sus dos grandes bahías (Opunohu y Pao Pao) son, junto a su montaña sagrada (el monte Rotui, que las separa), lo más llamativo que se presenta ante los ojos del visitante.

En Moorea lo mejor que se puede hacer es descansar. Y, cuando estemos cansados de descansar, dar una vuelta por la isla y su laguna, visitar el mercado de Pao Pao y subir al espectacular mirador de Opunohu para disfrutar de la más fabulosa vista que uno pueda imaginar.

Bahía de Pao Pao 

De todas las actividades acuáticas que se pueden realizar en la laguna, mi favorita es la de nadar con las rayas salvajes. Son rayas enormes, que no solo se dejan acariciar, sino que nos buscan para rozar su suavísima piel con la nuestra. Una experiencia única, mucho más especial que jugar con delfines amaestrados o dar de comer a los pacíficos tiburones.
Pasear por la isla (ya sea en moto, en quad o andando) es realmente fantástico. Descubriremos pequeños bares y tiendas muy particulares, siempre rodeados por una vegetación apabullante, con las laderas de sus prodigiosas montañas repletas de plantaciones de aguacates y piñas, siempre mirando hacia su prodigiosa laguna de aguas color turquesa.
En el mercado de Pao Pao veremos frutas y pescados en abundancia, recién recolectadas unas y pescados en la misma mañana de nuestra visita los otros. El célebre y colorista mural de François Ravello es el sello de identidad del lugar.

La vista desde el mirador de Opunohu
Pero es probable que lo más llamativo que recoja nuestra retina en Moorea sean las vistas desde el llamado Belvedere de Opunohu, un mirador que presenta una vista de increíble belleza, más próxima a la fantasía más soñadora de una imaginación en busca del paisaje ideal que de una realidad, ofrecida a nuestros ojos con sobrecogedora sencillez. Conozco a gente que ha ido desde Europa a Moorea solo por ver este espectáculo natural, en el que se encuadran las dos grandes bahías de la isla, con la emergente y cónica masa de la montaña sagrada Rotui, en su centro. 
Será difícil para la retina del viajero desprenderse de esta imagen durante el resto de la travesía.

La isla de Moorea
Luego, tal vez tras haber navegado por la propia bahía de Opunohu, en la que fondease el intrépido capitán Cook en 1769, puede que tomemos la siempre difícil decisión de abandonar esta sorprendente isla con forma de murciélago en pleno vuelo, para poner rumbo a otros nuevos destinos en la Polinesia Francesa, cuyos apasionantes y lejanos paisajes se conservan, en buena medida, casi intactos desde que el navegante Pedro Fernández de Quirós avistase la isla de Tahití en 1606. 
Un milagro de la naturaleza que la humanidad deberá seguir cuidando en los tiempos venideros con creciente dedicación y compromiso.

martes, 6 de octubre de 2015

Las tres cumbres del Kilimanjaro

Que el Kilimanjaro es la montaña más alta de África todos lo sabemos.  Menos conocido es el hecho de que, en realidad, está formado por tres volcanes inactivos y, en consecuencia, son tres sus picos principales: Shira, Mawenzi y Uhuru (este último, el más alto, corresponde al volcán Kibo).

Majestuoso Kilimanjaro
Desde lejos, sin embargo, esto no se aprecia, ya que el Kili (su nombre familiar) surge en el horizonte como una masa imponente y compacta, coronada de unas nieves que van camino de ser solo un recuerdo, en unos cuantos años.
Yo aterricé, en mi primer viaje a Tanzania, en el aeropuerto que lleva su nombre, situado a unos cincuenta kilómetros al suroeste de la gran montaña. Lo hice de noche y me trasladé, en plena oscuridad, hasta un pequeño lodge cercano. Al amanecer, me encontré frente a frente con el gran gigante, viendo como su silueta se iba recortando contra el cielo, a medida que iba clareando el día.
Es una de esas imágenes africanas que impactan. Como estar al borde de las cataratas Victoria o asomarte al cráter del Ngorongoro.
Desde entonces, lo he sobrevolado y visto varias veces desde diferentes perspectivas, pero nunca he subido hasta su cima, como han hecho algunos amigos. Espero dar pronto ese paseo.

Todo el territorio que rodea el Kilimanjaro es hoy un parque nacional, creado en 1973 y que ha ido creciendo en extensión con el paso del tiempo, hasta llegar a las más de cien mil hectáreas actuales. 
Este espacio protegido alberga un importante número de especies vegetales (algunas autóctonas) y, también, unas cuantas animales que ahora parecen estar menos amenazadas, si bien, los grandes mamíferos han ido retirándose a otras áreas cercanas, como el parque nacional Amboseli, en la vecina Kenia, con el que está conectado por un corredor biológico.
Dentro del parque nos encontramos con zonas bien diferenciadas, que van desde la aridez de la alta montaña hasta las grandes llanuras, pasando, desde luego, por zonas de selva y bosque tropical.

Siempre me llamó la atención la extraña curva que hace la frontera entre Kenia y Tanzania, modificada artificialmente para dejar al Kilimanjaro dentro de la antigua colonia alemana de Tanganika y que, como es bien sabido, responde a un acuerdo entre las familias reales de las dos metrópolis (Alemania y Gran Bretaña) para que cada una de las dos colonias tuviese su gran montaña (en Kenia está el monte que da nombre al país y que es el segundo en altura del continente).

El Kilimanjaro impresiona profundamente a quien lo ve. Hemingway no fue una excepción. Su relato corto Las nieves del Kilimanjaro es muy popular (aunque un poco aburrido, en mi particular opinión) y tiene mucho de idealización autobiográfica, que también se aprecia en su versión cinematográfica, del mismo título, protagonizada por Gregory Peck y Ava Gardner. Una película más interesante por el fetichismo que despiertan sus actores y por la belleza de su Technicolor que por la calidad del trabajo de su director Henry KIng (si bien yo soy de los que creen que la historia del afamado escritor americano -cuajada de tópicos que, en ocasiones, están al límite de lo infumable- no daba para mucho más). 

Las vistas del Kilimanjaro desde Amboseli son magníficas. En especial cuando observamos a los elefantes o las jirafas pasear, con su majestuoso porte, frente a las grandes acacias de la sabana, con la cumbre nevada del Kili como telón de fondo. Desde aquí, la montaña esconde sus tres picos y se nos muestra como una breve y elevadísima meseta que bien merece el nombre que le diera, a comienzos del siglo XVI, el explorador español Fernández de Enciso: 'Olimpo de Etiopía'.

El Kilimanjaro desde Amboseli

Y no son pocos los artistas que se han inspirado en el gran monte de África. Uno de mis favoritos es el parisino Pascal Danel, quien convirtió su tema 'Kilimandjaro' en uno de los mayores éxitos de la música francesa en los años sesenta. Una canción que escucho con mucha frecuencia y de la que nunca me canso. Y como el vídeo original de 1967 no le hace justicia, he decidido hacer mi propia versión.

No hay duda de que la gran imagen que resume la grandeza de África es la del Kilimanjaro elevándose sobre la vida salvaje que le rodea, luciendo su cada vez más breve casquete de glaciares a casi seis kilómetros de altura y, con frecuencia, flanqueado por unas nubes que no se atreven a desafiar su dominio sobre la gran planicie que se extiende a su alrededor.
Gloria eterna al Kilimanjaro, eterna morada de los dioses que cuidan de la cuna de nuestra especie.

La grandeza de África








martes, 29 de septiembre de 2015

Los dibujos de la Alhambra

Capitel nazarí (Sánchez Sarabia)
Una exposición, en verdad extraordinaria, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha sacado a la luz los valiosos trabajos de dos importantísimos proyectos llevados a cabo en los siglos XVIII y XIX que, con el paso del tiempo, se han convertido en proyectos de referencia para el estudio de las antigüedades árabes en España.
La muestra, presentada en la sede madrileña de la Real Academia, bajo el título 'El legado de al-Ándalus' y organizada con la colaboración de la Fundación Mapfre, reúne un conjunto excepcional de dibujos, planos, grabados y otros trabajos llevados a cabo por sendos grupos de dibujantes y arquitectos que se desplazaron a Granada y Córdoba para copiar dibujos y piezas artísticas que se encontraban en trance de desaparición o, al menos, de sufrir un severo deterioro.
Decoración en el Patio de los Leones (Sánchez Sarabia)







Mi amigo y compañero del Ramiro de Maeztu, Antonio Almagro Gorbea, académico de número y notable experto en arquitectura y artes islámicas, ha sido el comisario de una exposición que presenta el valor añadido de mostrar al público una serie de valiosísimas piezas, ocultas, habitualmente, a los ojos de la mayoría por tratarse de elementos de suma fragilidad, cuyo alto riesgo de deterioro debe ser objeto de permanente vigilancia.



Los dos principales monumentos sobre los que gira este evento de la Real Academia son la Alhambra de Granada y la Mezquita de Córdoba, pero en este artículo nos centraremos en los dibujos y planos del palacio nazarí, dejando para otra ocasión las piezas dedicadas al gran templo de orillas del Guadalquivir.
Jarrones de las Gacelas y de los Escudos (Sánchez Sarabia)

Fue en 1760 cuando el pintor granadino Diego Sánchez Sarabia recibió el encargo de copiar las pinturas de la Alhambra, tarea que pronto se amplió a otros aspectos artísticos y ornamentales del conjunto arquitectónico, con el fin, ya mencionado antes, de prevenir su posible desaparición. 
Posteriormente, tras ser cuestionada la exactitud de un buen número de las primeras reproducciones documentadas, la Academia decide encargar a tres reputados arquitectos, José de Hermosilla, Juan de Villanueva y Juan Pedro Arnal, la realización de un profundo estudio arquitectónico de la Alhambra, que tuvo como resultado un fabuloso conjunto de planos y dibujos, de gran valor histórico y artístico.

Plano de la Alhambra (Hermosilla)
El otro conjunto de documentos, de la segunda mitad del siglo XIX, está compuesto por impresionantes dibujos y planos. Sus autores, Francisco Antonio Contreras Muñoz, Jerónimo de la Gándara y Nicomedes de Mendívil, recogen espectaculares detalles de los monumentos de la Alhambra, sus palacios, sus patios, sus puertas... y, por supuesto, de un buen número de reproducciones de su decoración, inscripciones, alicatados y capiteles, cuya exhibición en las salas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, complementa a la perfección los trabajos de sus predecesores.

Mirador de Lindaraja (Gándara)
En uno y otro caso (pero, sobre todo, en lo realizado por Hermosilla y sus colegas en el XVIII), sorprende la perfección de unos planos, alzados y secciones, levantados con asombrosa exactitud, apenas superada hoy con ayuda de la más moderna tecnología. La precariedad de los medios empleados en aquel histórico proyecto (la que correspondía a la época en la que tuvo lugar) no fue impedimento para la realización de un trabajo brillante que sigue impresionando por su calidad y deja constancia del enorme talento de quienes lo llevaron a cabo.

No es pasión provocada por mi amistad con Antonio, sino justa valoración de la cuidadosa y perfeccionista labor llevada a cabo para presentar una exposición única y diferente, capaz de acercar a todos las maravillas de una Alhambra de Granada, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1984, y que nunca nos cansaremos de disfrutar como lo que es: uno de los más importantes monumentos árabes del mundo.

Y, para quien se pierda la exposición, aquí están los enlaces a los catálogos elaborados por Antonio Almagro: Antigüedades Árabes y Monumentos Árabes. Dos viajes en el tiempo que nos permiten sumergirnos en momentos diversos de una historia que la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se esfuerza en recuperar para todos desde hace casi tres siglos.
Oratorio del Partal (Contreras)

viernes, 18 de septiembre de 2015

Una casa en Ibiza


La casa de Llorenç y Pilar no es ni la más lujosa (me parecen horribles esos edificios pretenciosos y seudomodernos que fingen estar inspirados en la tradición de la isla por el mero hecho de estar pintados de blanco y tener líneas rectas en su fachada) ni la más grande de Ibiza, pero es la que más me gusta.

Iglesia de San José (detalle)
Desde ella apenas se divisa el mar, pero sí se ve Formentera. Parece raro esto que digo, pero es así.
Está en mitad del campo. Rodeada por el terreno de una pequeña finca con olivos, manzanos, ciruelos y pinos. Y tiene un pequeño huerto en el que crecen tomates, pimientos y uvas.

A su alrededor solo hay campos de cultivo poco trabajados y pinares, muchos pinares, que se extienden por las suaves colinas del sur de la isla, entre Sa Caleta y Es Cubells.

Cuando voy a esa casa, no me apetece salir de ella. Si es en verano, el delfín que vive en su piscina te invita a nadar con él. En el resto del año, no hay nada mejor que sentarte en el porche y ver las nubes pasar sobre los montes, apenas cubriendo una pequeña parte de un cielo siempre azul...

En Can Jordi
Pero claro, hay tanto en la isla que es bueno salir un poco. San José está cerca. Es un pueblo todavía tranquilo que lo será más cuando desvíen la carretera, como han hecho en Santa Gertudis. 
No me parece una obra complicada y sería una bendición en los meses veraniegos. 

Aún más cerca de la casa de Llorenç y Pilar está Can Jordi. Un destartalado bar de carretera cuyos conciertos de rock al aire libre son famosos en toda la isla. Es uno de esos sitios especiales que solo pueden existir en Ibiza, como Anita, en San Carlos, o Cosmi, en Santa Inés. Me gusta desayunar allí con una buena taza de su bien preparado 'Café Ibiza' y media tostada, recién salida del horno, protegido de la carretera por su parapeto de cestas ibicencas.

Es Vedrà


La proximidad de la costa invita a disfrutar de extraordinarias vistas. Probablemente las dos mejores de la zona son las que se contemplan desde Es Cubells y frente a Es Vedrà, desde lo alto del acantilado que domina esas imponentes rocas que surgen del mar y que tanto recuerdan a los farallones de Capri. Parece increíble que allí viviera, durante largo tiempo, el padre Palau. No sé si en aquella lejana época (mediados del siglo XIX) ya había cabras en Es Vedrà (hoy sí), así que es probable que su única compañía fuesen las aves marinas y las famosas lagartijas azules que habitan el islote.

Ses Boques
Mi chiringuito preferido de toda la isla de Ibiza está próximo a Es Cubells. 
Se llama Ses Boques y se accede a él tras bajar por el camino (no me atrevo a utilizar aquí la palabra 'carretera') que conduce hasta el recóndito Nido del Águila.
Mantiene un aspecto rústico y auténtico difícil de superar, tal vez solo comparable al célebre Cala Mastella ('El Bigotes'), si bien en Ses Boques hay una carta más variada. 
El lugar esconde una discreta sofisticación, pero de las muy buenas, que son esas que se hacen del todo compatibles con la naturaleza original del enclave en el que está situado. 

Sa Caleta
No es el único de la zona, desde luego, ya que Es Torrent, Es Xarcu y Sa Caleta (este último algo menos caro que los dos anteriores) son, también, excelentes restaurantes junto al mar. De los tres yo destaco el de Sa Caleta pues, aunque en todos se come muy bien, el entorno de Es Bol Nou (que es el nombre de la cala en la que está), con sus acantilados rojos y el impresionante yacimiento fenicio que podemos visitar a unos pocos pasos, tiene una personalidad especial y está cargado de historia.

Si he pasado por alto los dos buenos restaurantes costeros de Cala d'Hort (El Carmen y Ca na Vergera) no es porque no merezcan ser reseñados (lo merecerían aunque solo fuera por estar en la cala que mira a Es Vedrà), sino por la pereza mental que me produce pensar en llegar en coche hasta ellos. Y no lo digo por el recuerdo de que mi querido Mini azul (que bajó del barco en una red para ser depositado en el muelle de Ibiza) se quedase atascado, en 1973, en los baches arenosos del polvoriento camino que existía cuando la elegante y bien cuidada carretera que hoy conocemos no era ni un optimista proyecto, no... lo digo por todo lo contrario. Yo ya me entiendo.

Cala Conta
Tal vez por eso me cuesta tanto trabajo salir de la casa de Llorenç y Pilar. 
Allí, lejos del bullicio y de esa inevitable incomodidad que está presente en todas las playas, la compañía más notable son los verdes algarrobos de negras vainas que rodean la piscina. Rodeada de campo en estado puro, solo se oye el canto de las cigarras y, por la mañana, el de un gallo que se despereza en alguna invisible granja vecina. 
Al atardecer, algún que otro conejo sale de entre los pinos y se atreve a acercarse a la casa, siempre dispuesto a huir, veloz, al menor movimiento que intuya peligroso. La sensación, a cualquier hora del día, es de permanente paz y suma tranquilidad. 

Los valerosos atraviesan el pueblo de San José y van a cenar a Can Berri Vell, el magnífico y bonito restaurante de San Agustín, y los verdaderamente aguerridos llegan hasta Cala Bassa para disfrutar de su fina arena y sus aguas transparentes. O son capaces de acudir, al atardecer, a Cala Conta para ver la puesta de sol. Es bonita, desde luego, pero no comparable con la que puede contemplarse desde la Torre des Savinar, frente a Es Vedrà. Además, está mucho más cerca de la casa de Llorenç y Pilar, el verdadero paraíso de Ibiza. De una isla que, en aquellos parajes, puede que se asemeje a la que conocieron los cartagineses... pero ¿qué digo los cartagineses?: los fenicios. Que sus primos de Cartago también me parecen demasiado modernos.


Puesta de sol frente a Es Vedrà

Ibiza está llena de casas bonitas. Yo he tenido la suerte de conocer unas cuantas, pero puedo asegurar que ninguna me parece mejor que la de Llorenç y Pilar, escondida en uno de esos valles al sur de San José que todavía se conservan casi intactos y olvidado del turismo atropellado que tanto abunda en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

La vista desde Es Cubells






lunes, 14 de septiembre de 2015

Madrid en cuatro fotos (III)

En esta tercera entrega de semblanzas de Madrid en cuatro imágenes, queremos recordar a otros cuatro grandes fotógrafos, tal vez algo menos conocidos que los de las dos primeras, pero igualmente magníficos y dignos de ser recordados.

Empezamos con una extraordinaria fotografía del Archivo Loty, realizada por el portugués António Passaporte. Esta gran colección fue creada, en 1927, por Concepción López (LO) y Charles Alberty Jeanneret (TY), quienes contrataron a Passaporte para que realizase un trabajo fotográfico extenso, formado por vistas urbanas, paisajes y retratos de tipos populares de toda España, muchos de los cuales se utilizaron para tarjetas postales. La calidad técnica y artística del conjunto de la producción obtenida hacen del Archivo Loty un fondo documental de considerable importancia. 
La fotografía que aquí reproducimos de Passaporte es una bellísima toma de la plaza de las Descalzas a finales de los años veinte del pasado siglo. En primer término, a la izquierda, vemos la estatua del Marqués de Pontejos (que aún se conserva en la plaza, en otra ubicación). Tras ella, semioculta por los árboles, la fachada del monasterio de las Descalzas Reales, uno de los más importantes monumentos religiosos de Madrid.
Al fondo, la estatua de Francisco Piquer, fundador, junto con el Marqués de Pontejos, de la primera caja de ahorros.

Pero el documento de Passaporte va, como es habitual en su obra, mucho más allá del reflejo de los monumentos retratados y aprovecha para dejarnos una impagable instantánea de la vida cotidiana de la capital. Así, el grupo formado por el guardia que pasa junto al taxista que espera un cliente apoyado en su vehículo (matriculado, por cierto, en 1925), adquiere un papel protagonista en la escena...


La segunda imagen nos presenta un dramático contraluz de Paco Gómez, fechado en 1959.

Francisco Gómez Martínez fue uno de los creadores de la llamada Escuela de Madrid, que se originó a raíz del grupo 'La Palangana', fundado por él y otros amigos, también muy destacados profesionales.
Como bien puede apreciarse en la fotografía que aquí publicamos y que corresponde a un antiguo tranvía atravesando un desolado paseo de Extremadura, su trabajo tiene un acusado componente neorrealista que nos traslada al mundo de la periferia madrileña con una simplicidad no exenta de un contenido social innegable. Muchas de sus fotos son portadoras de mensajes condensados en un efecto de luz y soledad, cuya belleza impacta, conmueve e impresiona. Un gran fotógrafo, menos conocido de lo que su calidad exige.

De Cristóbal Portillo es la fotografía de la esquina de Alcalá y Gran Vía, en la que vemos al edificio de La Unión y el Fénix Español (al que ahora se empeñan en llamar 'Metrópolis', como si la propiedad de algo fuera capaz de modificar su naturaleza original) en los años cuarenta. Portillo fue un reputadísimo fotógrafo que combinó su trabajo de estudio con su labor de reportero gráfico para los principales diarios y revistas madrileños.
La imagen que aquí presentamos, nos muestra el edificio en todo su esplendor, en un verano (la chaquetilla blanca del guardia urbano así lo acredita) en el que los primeros indicios de modernidad se asoman al centro de Madrid. Los tranvías aún circulan por la calle de Alcalá, y un carro cargado de barriles espera, paciente, junto a la esquina de Caballero de Gracia, pero ya vemos un flamante autobús de dos pisos bajar por la Gran Vía (con un anuncio de Anís Castizo, de la segoviana localidad de Coca), rodeado por un buen número de modernos automóviles...
El Archivo Regional de la Comunidad de Madrid cuenta con un fondo de cientos de miles de fotografías de este gran artista murciano, fallecido en 1957, que desarrolló la mayor parte de su trabajo en Madrid.

La última foto de este capítulo es una magnífica instantánea de una ajetreada Puerta del Sol, captada por la cámara de Ramón Massats en 1958. Una fotografía que, pese al ajetreo que reproduce, no deja de recordarnos el estilo de su amigo y compañero Paco Gómez.
Massats es un laureado fotógrafo catalán contemporáneo (Premio Nacional de Fotografía 2004), que ha destacado en múltiples facetas del arte de la cámara. Instalado en Madrid desde 1957, su obra está presente en un buen número de museos y colecciones públicas y privadas. En 2014 recibió el Premio PHotoEspaña a la trayectoria profesional de una personalidad del ámbito de la fotografía, de la que se destacó "su mirada irónica, fresca y potente", en palabras de la organización de este prestigioso festival. Su fotografía de la Puerta del Sol es un buen ejemplo de estas y otras virtudes del autor.


Cuatro fotografías que, unidas a las publicadas anteriormente en los artículos 'Madrid en cuatro fotos (I)' y 'Madrid en cuatro fotos (II)', contribuyen a configurar una visión gráfica de la historia de una ciudad en permanente cambio y, a la vez, fiel a su historia. 

martes, 4 de agosto de 2015

La fuerza del destino

En un artículo anterior publicábamos las magníficas fotografías de Nick Brandt, un artista británico comprometido con la vida salvaje de un continente (África), sujeto a múltiples amenazas de todo tipo.
Su trabajo, resumido aquí en esta composición de dos de sus más celebres imágenes, es una constante señal de alarma que no debe dejar a nadie indiferente.


Utilizando parte de su extraordinario trabajo fotográfico, y con la inestimable ayuda de la música de Verdi (La Forza del Destino), hemos realizado un vídeo, con cuyo dramatismo nos gustaría resaltar no solo la belleza de una fauna que debe ser protegida, sino, también, el indiscutible riesgo al que está sometida su supervivencia, del que todos debemos tener nítida conciencia.
El vídeo comienza con la secuencia de los tres títulos de sus libros más conocidos, y continúa con fotografías en blanco y negro realizadas por Nick Brandt en Kenia y Tanzania. 

'On this Earth'. Basta con pinchar en la imagen para visualizarlo...



Fotografías: Nick Brandt ©