viernes, 30 de septiembre de 2016

Helados para recordar

El cierre definitivo de 'Los Italianos' (en realidad, nunca se llamó así y en su rótulo comercial ponía 'Helados Italianos', pero siempre conocimos de esa manera a la veterana y excelente heladería de la calle de Fuencarral, hoy ocupada por una tienda de ropa), me ha hecho pensar en otros despachos y fábricas de helados que también me gustan mucho, pese a tener todos ellos el grave inconveniente de no estar en esa calle.
En cualquier caso, son heladerías extraordinarias y las cuatro de las que vamos a hablar se encuentran en lugares privilegiados, lo que aumenta, sin duda alguna, el placer de visitarlas.











Empezaremos por Walter Glacier, una heladería excelente que se ha ganado una muy merecida reputación tanto por la calidad natural de sus productos como por la simpatía y amabilidad de sus propietarios.
Está en pleno centro de la gran playa de Hendaya, justo en ese animado rincón en el que se reúnen los surfistas para reponer fuerzas tras una jornada de pelea con las olas. A pocos pasos de ella nos encontramos con unos cuantos restaurantes y bares, todos muy animados durante la temporada veraniega, entre los que no podemos dejar de mencionar a La Poissonnerie o al minúsculo y magnífico Barmout.
Los helados de Walter están todos ellos preparados artesanalmente, con la leche de sus propias vacas y productos naturales. Es uno de esos lugares al que es imprescindible ir a diario cuando estás en Hendaya.






Los Valencianos es, junto con la pizzería Pinocho, lugar de peregrinaje permanente cuando estás en Ibiza. Su situación es inmejorable, junto a la antigua Estación Marítima del puerto y al Obelisco de los Corsarios, en el lugar más transitado del barrio de La Marina. Por la noche, su terraza garantiza entretenimiento constante mientras se disfruta de unos helados excelentes, que han sabido mantener la tradición familiar desde que Juan Sirvent, su mujer María Espí y su joven cuñada Edelmira, todos ellos de Jijona, se establecieron en ese mismo lugar nada menos que en 1933. Hoy son los nietos de Edelmira quienes llevan el negocio. Un clásico entre los clásicos de Ibiza, una isla y una ciudad que, a pesar de haber cambiado mucho a lo largo del tiempo, mantiene algunos lugares casi intactos (y son lo mejor que tienen una y otra).












Los Valencianos está situada en el mejor lugar de Ibiza











Fenocchio es, más que una heladería, una institución en la ciudad de Niza. 
Fundada en 1966 por la familia que da nombre al negocio, sigue hoy, medio siglo después, regentada por sus actuales miembros. Está situada en el corazón de la parte vieja (Vieux Nice), concretamente en la pintoresca plaza Rossetti, siempre muy concurrida por culpa del gran éxito de los noventa y cuatro (sí, ¡noventa y cuatro!) sabores de sus helados y sorbetes, algunos de ellos, en verdad sorprendentes.
Son tantos y tan buenos, que es siempre un gran problema decidirse. Un lugar al que no se puede dejar de acudir, magnífico y auténtico. No muy lejos han abierto un segundo local, pero el impresionante es el original, en especial en las horas de mayor afluencia de clientes, ya que la frenética actividad que se produce alrededor de su mostrador es única en el mundo. Baste decir que raro es pasear por las calles de la vieja Niza durante las tardes de cualquier fin de semana del año sin cruzarse a cada momento con alguien que esté tomándose un helado de Fenocchio. 























Dejo para el final mi favorito: Buonocore. Se trata de una pastelería/heladería artesanal, de una calidad excepcional, que tiene la virtud añadida de encontrarse a pocos metros de la Piazzetta de Capri, en la calle más transitada del centro de la villa.


Aquí, como sucede en el caso de Los Valencianos, el lugar en el que está juega un papel decisivo. Pero lo más relevante del sitio no son los helados que, siendo muy buenos, quedan eclipsados por la calidad de los barquillos de los cucuruchos, fabricados en el momento, a la vista de los clientes, con un curioso artefacto que no para de ser manejado por un experto 'cucuruchero' (supongo que así se llama a quien fabrica cucuruchos), que se los va pasando, recién hechos, al compañero que sirve los helados. Nunca he probado unos barquillos tan ricos, que, conjugados con el singular entorno de Capri (sin duda alguna uno de los lugares con mayor atractivo y encanto del Mediterráneo), hace de Buonocore un lugar para no olvidar.























Haciendo el barquillo


Si tuviésemos la capacidad de teletransportarnos con la misma facilidad con la que nos movemos con la imaginación, tengo la sospecha que cada tarde visitaría una de estas cuatro heladerías, entre cuyas características comunes está una que no pasa inadvertida, y que no es otra que la de estar todas ellas junto al mar, cerca de playas o costas muy particulares, lo que, sin duda alguna, aumenta (al menos en mí) el deseo de volver a ellas con tanta frecuencia como me resulte posible. 
Y, si no puedo hacerlo, recurrir al infalible método de cerrar los ojos y hacer un pequeño esfuerzo mental. Algo que nunca me falla... y, menos aún, con tan ricos y dulces alicientes de por medio.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Reflejos de otoño: Moscú


Moscú en otoño siempre me ha parecido perfecta para disfrutar de la tristeza. De esa tristeza bella y suave, que dura poco... que se aleja de nosotros y, a la vez, se resiste a abandonarnos al frío del invierno. 
En esos días, húmedos y lentos, en los que el verde se convierte en ocre y el azul del cielo se ha ido, dejando su lugar a una cúpula de plata, pasear por sus rincones más escondidos, con un libro de Aleksandr Pushkin bajo el brazo, se convierte en un deporte poético, relajado y muy sano para el espíritu.

















"Cada otoño florezco de nuevo", decía Pushkin en uno de sus versos. Una sensación que entiendo perfectamente. Y, hablando de flores, viene a cuento ese bello poema en el que el gran poeta ruso se pregunta, al encontrar una flor seca en el interior de un libro:


Una flor que el tiempo marchitara
veo en un libro olvidada todavía;
y de una ensoñación extraña
de súbito se colma el alma mía:

¿Dónde? ¿Cuándo floreció? ¿Cuál primavera?
¿Larga vida tuvo? ¿Fue cortada
por mano conocida o mano ajena?
¿Y luego para qué fue aquí guardada?

¿Es un recuerdo de inefable cita
o de algún adiós fatal y frío,
o de un paseo en solitaria cuita
por campos de silencio y bosque umbrío?

¿Y vive él? ¿Y ella viva está?
¿Dónde estará la sombra de su amor?
¿O también se han apagado ya
igual que esta misteriosa flor?


Una bonita traducción de Sonia Bravo Utrera (difícil empeño el de traducir poesía).


Cuando nos movemos, sin rumbo, durante el otoño en Moscú no es importante elegir un camino u otro. Es mucho mejor ir encontrándose con las sorpresas anónimas que las calles nos ofrecen. 
Y hoy, lejos de Moscú como estoy ahora, es una feliz idea dejarse rodear por las fotografías de mi amiga Elena Potyeva para sentirte inmerso en ese paseo.

Potyeva tiene la magistral virtud de retratar rincones inesperados, que no tienen por qué ser necesariamente solitarios y alejados. Muchos de ellos están en pleno centro, muy próximos a lugares repletos de gente local apresurada, o de esos viajeros despistados que deambulan por las grandes avenidas, sin aspirar a nada que se salga de lo común. Las fotos de Elena siempre miran a un ángulo distinto, cargado de sentimiento, de nostalgia y de sencilla belleza (que, como bien sabemos, es la más grande que existe). 

Estas imágenes nos permiten sumergirnos en el otoño de la capital rusa y perdernos entre sus esquinas, sin buscar nada concreto, dejándonos llevar. Carece de importancia, cuando así nos adentramos por las calles secundarias de una ciudad, identificar el lugar, el edificio ante el que nos encontramos. Sin embargo, hacerlo así, sin la urgencia del turista habitual ni las prisas de quien persigue algo específico o debe llegar a tiempo a su destino, nos proporciona un placer especial. 







Y luego, tal vez sentados junto a la ventana de un café, leer otro poema de Pushkin y, a continuación, mirar a través del cristal para reflexionar sobre el sentido de las cosas. Para ello, podrían ser muy apropiados estos versos suyos, titulados 'El carro de la vida':

Aunque a veces la carga es pesada,
el carro avanza ligero;
el intrépido cochero, el canoso tiempo,
no se baja del pescante.

Nos acomodamos por la mañana en el carro,
alegres de partirnos la cabeza,
y, despreciando el placer y la pereza,
gritamos: ¡Adelante!

A mediodía se ha esfumado ya el arrojo;
trastornados por la fatiga y aterrados
por las pendientes y los barrancos,
gritamos: ¡Más despacio, loco!

El carro sigue su marcha; ya a la tarde,
a su carrera acostumbrados, soñolientos,
buscamos posada para la noche,
mientras el tiempo azuza a los caballos.





Y es que así es la vida, como un paseo por Moscú en otoño.

































Poemas: Aleksandr Pushkin.
Fotografías: Elena Potyeva.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Catherwood, Stephens y los mayas



Cuando Frederick Catherwood conoce a John Lloyd Stephens en 1836, se produce el encuentro de dos espíritus aventureros y amantes de la exploración arqueológica, lo que unido al interés que despertó en ambos el trabajo recientemente publicado por Juan Galindo sobre los vestigios de la civilización maya en Copán, les animó a emprender una expedición al corazón del mundo maya que daría lugar a un libro extraordinario para la época, Incidents of  travel in Central America, Chiapas, and Yucatan, publicado por primera vez en el año de 1841.
Catherwood
Los dos volúmenes de esa primera edición fueron una absoluta novedad y un gran avance para el inicio del conocimiento de una cultura, la de los mayas, que en aquella época era todavía casi desconocida.


Stephens
Catherwood, además de explorador, arquitecto y fotógrafo, fue un magnífico dibujante que nos dejó en herencia unas fantásticas ilustraciones de cuanto él y Stephens encontraron en sus viajes. Porque, tras aquel primero, volvieron a visitar Yucatán, lo que dio lugar a un segundo libro, Incidents of travel in Yucatan, cuya publicación, en 1843, completó el trabajo realizado en el primero.


El Americano Stephens fue, en ambos casos, el autor del texto, enriquecido por las excelentes ilustraciones de Catherwood, que dejaron para la posteridad una visión romántica del mundo maya, muy similar a la que nos legó David Roberts de Egipto.
Los grabados obtenidos de sus dibujos, en los que siempre incluía detalles personales en la composición de la escena que ayudaban a conseguir ese ambiente de misterio y aventura, tan importante en los grandes libros de viajes, son magníficos. De ellos, incluimos aquí algunos ejemplos que nos permiten imaginar cómo encontraron aquellos dos intrépidos viajeros unas ruinas, semiocultas por la selva que aún hoy, tantos años después, siguen llenas de incógnitas. Disfrutemos de la obra de Catherwood.

Puerta del Gran Teocalis (Uxmal)













El Castillo (Chichén Itzá)
Las Monjas (Chichén Itzá)









Palenque
Templo en Tulum


El Castillo (Tulum)















































































































































Tanto Stephens como Catherwood fueron verdaderos pioneros en su época y sus libros siguen estando considerado como clásicos de una materia que no deja de despertar el interés de profesionales y aficionados. Yo recomiendo la lectura de su obra. Nadie que quiera visitar los vestigios de esa enigmática civilización debería dejar de leer estas interesantes crónicas.
Y, probablemente, hubiesen continuado las expediciones de aquellos dos intrépidos viajeros, de no haber fallecido Stephens en Panamá (1852) y Catherwood (1854) en el naufragio del vapor Artic cerca de la costa de Terranova, cuando viajaba de su Inglaterra natal a Nueva York. Ni él ni Stephens tuvieron la oportunidad de seguir descubriéndonos aquel mundo fascinante.


martes, 12 de julio de 2016

Villa Jovis, Capri: capital del Imperio

Subir por el camino que conduce a las ruinas de Villa Jovis impresiona. 
Hemos dejado atrás la pequeña y cosmopolita ciudad de Capri, con su discreto y blanco lujo, heredero de tiempos no tan lejanos, y nos vamos adentrando en un entorno casi silvestre, bajo un cielo siempre azul que sirve de bóveda protectora a la Via Tiberio, por la que seguimos ascendiendo tras rebasar la iglesia de San Michele della Croce.
El paseo es largo y nos lleva hasta lo alto de Monte Tiberio, la segunda mayor altura de la isla, solo por detrás de Monte Solaro, en Anacapri.

Villa Jovis, según el dibujo de Carl Weichardt





A medida que nos acercamos a Villa Jovis, la villa de Júpiter, nos parece comprender al segundo emperador de Roma, quien durante sus últimos años prefirió el aislamiento de su retiro en Capri, al esplendor de la Roma imperial.

Hoy, transcurridos dos mil años, quedan unas notables ruinas de la que fue la mayor de las doce villas que Tiberio tuvo en Capri. Suficientes, al menos, para hacernos una idea de lo que era aquella lujosa residencia, sede permanente del emperador durante al menos diez años.

Desde ella se dirigió el destino de Roma, lo que casi equivale a decir que fue la verdadera capital del mundo civilizado, pese a la creciente dejadez de funciones administrativas de la que hizo gala en aquella década el hijo adoptivo de Augusto.
Sin duda, pese a no tener vinculación de sangre con su antecesor al frente del imperio, heredó de él su gusto por Capri. Con la diferencia de que, si bien Augusto no solo adquirió la isla, sino que la frecuentó durante casi cuarenta años, nunca llegó a establecerse en ella, como sí hizo Tiberio.

La situación de Villa Jovis, directamente construida sobre el gran acantilado que, mirando al este, se alza frente a la península de Sorrento, es impresionante. Podría decirse que única.
Allí Tiberio se sentía a salvo de cualquier peligro, algo que, sin duda, le llenó de incertidumbre en sus últimos años. 
Sin embargo, cuando uno pasea entre las ruinas de Villa Jovis, parece evidente de que era algo más que el temor a ser asesinado lo que le llevó a tomar una decisión tan sorprendente para el máximo mandatario del mundo en el siglo I de nuestra era. Tiberio se sentía atrapado por Capri. 
No es muy difícil imaginar lo que sentía cada mañana cuando los primeros rayos de sol entraban por los grandes ventanales de sus aposentos privados. 
Allí era natural sentirse el dueño de cuanto habían creado los dioses.


Por cierto, especial impresión causa pensar que, en el año 33, mientras Jesús estaba muriendo en la cruz, Tiberio se encontraba, precisamente, allí, en Villa Jovis, ajeno por completo a un suceso que, sin aparente importancia, se producía en uno de los rincones de su vasto imperio... 
Es indiscutible que la majestuosa villa que mandó construir Tiberio se alzó sobre una anterior, edificada en época de Augusto. Tampoco se le escaparían a 'descubridor' de Capri las singulares excelencias de su emplazamiento. 
Lo que no se puede decir sin faltar a la verdad es que las vistas desde la villa sean inigualables. El cercano Salto de Tiberio, de tenebrosa leyenda, y la propia y muy próxima cima del monte que también lleva su nombre las igualan o, incluso las superan.
















Cerca de la residencia imperial nos encontramos con la romántica Villa Lysis (La Gloriette), la singular propiedad del aristócrata y escritor francés Jacques d'Adelswärd-Fersen, que tantos escándalos provocó en su tiempo, hace ahora un siglo. Su historia es digna de conocerse y la villa en la que vivió y murió (dicen que se suicidó, aunque no es posible confirmarlo de forma fehaciente) merece una visita. Los efluvios del opio todavía se perciben, con un pequeño esfuerzo de la imaginación, al visitar la 'salita china'...

Golfo de Nápoles desde Villa Lysis

Capri tiene grandes encantos, muchos de ellos evidentes y, otros (más de los que el viajero accidental llega a percibir), ocultos. Uno de ellos es sentir que desde la gran villa de Tiberio se dictaron los destinos de Roma mientras el hijo de un carpintero decía a sus discípulos en la provincia de Judea, mientras les mostraba la imagen del emperador en un denario: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". El 'César' era Tiberio y estaba allí, en Villa Jovis.


















Denario con la efigie de Tiberio





martes, 24 de mayo de 2016

Madrid en cuatro fotos (IV)

Nos parecía bueno incluir fotografías actuales en estos artículos que, bajo el nombre común de 'Madrid en cuatro fotos', vienen presentando aspectos de la capital de España, captados por las cámaras de excelentes artistas de la imagen fija, a través de muy diferentes épocas.
Cierto es que, hasta ahora, nos hemos centrado en trabajos de profesionales que realizaron sus instantáneas madrileñas hace décadas, pero en esta ocasión vamos a presentar una combinación del antes y después de una ciudad que nos va a proporcionar una curiosa sensación de atemporalidad, al contemplar unas imágenes actuales, cuyos autores han conseguido dotar de ese bonito toque clásico que es patrimonio del arte que perdura a través del tiempo.

Empezaremos con una fotografía clásica de Nicolás Muller. Su bien conocida instantánea de 1950 en la que nos presenta una magnífica composición coral que cuenta, sin palabras, una tarde de domingo en la Casa de Campo, bien podría ser un cuento de mi admirado Medardo Fraile o el resumen de una película de Edgar Neville.
Muller se instaló en España tras un periplo obligado desde su Hungría natal, y aquí fue donde desarrolló al máximo sus virtudes como notable retratista de un costumbrismo realista y sin concesiones que, en sus orígenes, había llegado a causarle graves problemas.
A mí, personalmente, la espectacular coreografía de este retrato veraniego me parece tan perfecta que me hace dudar de que se trate de una instantánea improvisada sobre la marcha. 


La segunda es del conocido fotógrafo portugués Horácio Novais (1910-1988).
La escena lo dice todo. Un peatón está próximo a alcanzar la acera norte de la calle de Alcalá, mientras los coches comienzan a moverse, en dirección a la Puerta del Sol o a la Gran Vía. Al fondo el Palacio de Telecomunicaciones (hoy Ayuntamiento). Entre los vehículos destaca, en primer plano, un moderno Ford Vedette que contrasta con los modelos más antiguos que vemos tras él. En la fotografía, que probablemente está tomada durante su viaje a Madrid en 1954 (la matrícula del Ford es de 1953), también tienen protagonismo los cables del trolebús que llevaba ya unos años circulando por Madrid y permaneció activo hasta su desaparición en 1966.



Virgilio Hernando obtuvo un accésit en el III Premio Eurostars Madrid Tower con esta impactante fotografía de la Gran Vía, tomada en día lluvioso en pleno paso de peatones entre Fuencarral y Montera.
La imagen obtenida es de una gran intensidad y la expresión del personaje que aparece en primer plano tiene una fuerza indiscutible, impregnando con su gesto el carácter de una panorámica dividida en dos por la lejana silueta del edificio Capitol.
Una fotografía actual que conserva los parámetros de esas otras, más antiguas, que tantas veces hemos visto de esta zona de la Gran Vía. El efecto de la lluvia sobre la calzada y los paraguas de los transeúntes, sumados al blanco y negro, acrecientan el aire atemporal de una calle que aparece aquí con un aspecto tranquilo y nada frenético.





Por último, incluimos la que consiguió el premio en el mismo concurso. Su autor es José Ramón Luna de la Ossa, un fotógrafo profesional madrileño, nacido en 1974.
Curiosamente, la imagen nos vuelve a presentar el edificio Capitol como elemento arquitectónico principal, aunque desde una perspectiva bien distinta.
Está realizada en la cafetería de la última planta de El Corte Inglés de Callao, que disfruta de unas impresionantes vistas sobre el último tramo de la Gran Vía y una parte del oeste de Madrid (Ópera, Palacio Real, Casa de Campo...).
Las siluetas de los clientes, recortadas sobre el ventanal y las líneas dibujadas en los cristales, señalando la situación de los edificios visibles más importantes, crean una atmósfera especial, muy atractiva.
Luna de la Ossa dice que hizo la foto, precisamente el 22 de diciembre de 2014, mientras se oía, de música de fondo, el canturreo de los niños de San Ildefonso, durante el sorteo de la lotería de Navidad, así que, como él mismo señala, se trata de una imagen con banda sonora.





Estas dos últimas fotografías son una prueba de que un buen documento gráfico, capaz de sintetizar una parte del espíritu de una ciudad, de un pueblo, de una aldea... no depende de la fecha de su realización, sino de la sensibilidad del artista que está detrás de la cámara.