domingo, 26 de mayo de 2013

Granada
















Granada duerme cautiva
de un sueño lejano y muerto,
que brota como una fuente
en la noche de un recuerdo
tan liviano como eterno.

Cristal que flota en el tiempo
y en sus murallas refleja
el resplandor, aún candente,
de una luna que se aleja
entre sollozos y quejas.

Yo ese sueño lo he soñado
en una tarde robada
a los jardines del miedo,
mientras mis ojos hablaban
y su corazón callaba...

Luego el dolor se hizo viento
y siete estrellas cantaban
acariciando promesas
que el cielo me regalaba
y la mañana borraba.

Sueña Granada que duerme,
desbordada de belleza...
y se olvida que en sus sueños
las esperanzas son penas
y el Darro ya no la besa.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Comer en Nueva York (II)

Tras una nueva (y reciente) visita a Nueva York, es obligado continuar con la relación de algunos de mis restaurantes favoritos en la ciudad. En un par de los que voy a mencionar en este artículo he comido ahora por primera vez, mientras que otros (en algunos de los cuales también he estado en esta ocasión) pertenecen a mi vieja lista de favoritos.

Que nadie olvide, como ya advertí en Comer en Nueva York I, que no pretendo hacer una guía de excelencia culinaria neoyorquina, sino destacar unos cuantos sitios que me gustan especialmente, por un motivo u otro. Lo que sí aseguro es que todos ellos merecen la pena.


Si el gigante Gargantúa y su hijo Pantagruel hubiesen escogido un restaurante para comer en Nueva York, no tengo la menor duda de que su elección habría recaído en Carmine's.

Carmine's Times Square

Aquí las raciones son descomunales. Con una pueden comer, sin quedarse con hambre, cuatro personas y, aún así es difícil dar cuenta de ellas.

El primero de los locales de Carmine's abrió sus puertas al público en 1990 en el Upper West Side de Manhattan, pero yo siempre voy al que, dos años más tarde, Artie Cutler (el creador de Carmine's) inauguró junto a Times Square. Su gran salón, siempre repleto de comensales, es ideal para comer o cenar a cualquier hora (está abierto, ininterrumpidamente, hasta la medianoche), incluyendo, desde luego, antes o después de un espectáculo de Broadway.
El extraordinario concepto desarrollado por Cutler es el de un restaurante familiar italo-americano, perfecto para comidas en grupo, familias y hambrientos en general.
Carmine's es un lugar distendido, ruidoso y con excelente y amigable servicio (algo habitual en Nueva York). La comida es buena y, como ya hemos dicho más que abundante. Todo el menú es recomendable, aunque su plato estrella por excelencia son sus célebres spaghetti with meatballs.
Toda una experiencia que siempre apetece repetir.



Abrió en 1981 como una pequeña tienda de mermeladas en Amsterdam Avenue, en la que, también, se vendían excelentes productos artesanos de repostería y panadería. Pronto fue un gran éxito y su fundadora, Sarabeth Levine, abrió su primer restaurante dos años más tarde. Hoy tiene cinco en Manhattan, uno en Key West y otro en Tokyo. Aparte, claro está, de su famosa fábrica de mermeladas, cuya fórmula original de naranja y albaricoque sigue siendo un clásico mundial.

Sarabeth's Amsterdam Ave.
Todos ellos son dignos de ser visitados, tanto a la hora de la comida, como a la del desayuno, para disfrutar de un magnífico brunch o como salón de té.
Mi favorito, por su muy privilegiada situación, es el de Central Park South, junto al Hemsley Park Lane Hotel y a unos pocos pasos del legendario Plaza.
Sarabeth's tiene otros locales en Nueva York, como el Sarabeth's Bakery en Chelsea Market o su restaurante y café en los elegantes almacenes Lord & Taylor.
La gran virtud de Sarabeth es la excelente calidad de todo lo que allí se sirve. El ambiente el clásico y sobriamente elegante, muy al gusto de la ciudad. Y, por supuesto, el servicio es excelente. La clientela es local y muy fiel, por lo que en las horas de mayor afluencia (por ejemplo, la del bruch) no es raro tener que esperar para conseguir una mesa.
Si tienes la suerte de estar alojado en un hotel próximo, siempre es una excelente opción para un buen y reconfortante desayuno, previo a la agotadora aventura de un día en Nueva York.



Situado bajo la base del Puente de Brooklyn, en lo que fue una zona semiabandonada, próxima a los muelles, es, probablemente, el restaurante con mejores vistas de Manhattan.
Durante años ha sido considerado uno de los más destacados restaurantes de Nueva York, galardonado por la calidad de su comida en múltiples ocasiones y, en todo momento, muy de moda por su estilo y ubicación. Ellos mismos definen su local como un lugar situado debajo de un puente, sobre un río... y dentro de un sueño.
Y si de día, es un sitio memorable, por la noche es cuando alcanza su tercera dimensión, la del sueño. Desde la entrada nos envuelve una singular y misteriosa atmósfera de luces, que da paso a un comedor principal desde cuyas mesas se disfruta de la más extraordinaria panorámica de los edificios iluminados del bajo Manhattan que uno pueda imaginar.
El ambiente es formal y se exige un vestuario adecuado (lo que, al final, se agradece ya que evita esas poco agradables sorpresas que, por desgracia, cada vez son más frecuentes en nuestros días). Por supuesto, los precios están acordes con lo que nos imaginamos en un restaurante tan especial, pero una cena en The River Café no se olvida con facilidad y puede ser el broche a una gran visita a Nueva York.

The River Café
Los expertos gourmets (de los que nunca me he fiado mucho) dicen que ya no es lo que fue, pero a mí me sigue gustando como el primer día que lo conocí.

En cualquier caso, hay que recordar que, como en casi toda la zona costera de la ciudad, el huracán Sandy causó serios daños en el restaurante el 29 de octubre de 2012, de los que aún se está reponiendo, por lo que es imprescindible consultar su web antes de decidirse a visitarlo.

Una alternativa (mucho más económica) que nos permitirá disfrutar de sus vistas es tomar un aperitivo en su pequeña y resguardada terraza exterior para, a continuación, vivir una experiencia, radicalmente opuesta, en la vecina y genial pizzería de la que vamos a hablar ahora.



No es fácil encontrar una pizzería como Grimaldi's. Ni siquiera la veterana (y muy buena) Lombardi's llega a parecerse a este popularísimo lugar, cuyo horno de carbón produce las que hoy están consideradas como las mejores pizzas de la ciudad de Nueva York.

Grimaldi's pizza
Para comer en Grimaldi's neoyorquinos y turistas vienen desde todas partes, bien dispuestos a hacer cola en la calle el tiempo que sea necesario. Las normas de la casa no dejan lugar a dudas: "No credit cards. No reservations. No slices. No delivery".
Resulta curioso observar como han florecido los restaurantes de todo tipo a su alrededor (todos vacíos) mientras la gente espera, con paciencia, su turno para entrar en el asombroso, pequeño y concurrido local de Grimaldi's.
Una vez superada la cola y adaptada la mente al permanente tumulto interno, recibiremos el premio de una pizza crujiente y sabrosa, cuya base de mozzarella fresca y tomate natural se complementa con cuantos ingredientes (todos buenos y apetecibles) queramos añadir, por un módico precio.
Para la vuelta a Manhattan, tras habernos quedado un rato merodeando por el muelle próximo, adyacente a The River Café y en el que hay un extraordinario local de helados que pueden ser el complemento ideal de la suculenta pizza, es muy recomendable coger el East River Ferry que, por cuatro dólares, nos acercará a nuestro lugar de origen, en un breve y panorámico viaje por el río que separa ambos barrios de Nueva York (Manhattan y Brooklyn).



En el corazón del Meatpacking District, el penúltimo enclave cool de la ciudad, encontramos el Chelsea Market, uno de los centros comerciales más modernos de Manhattan. Tiendas, restaurantes y cafés muy atractivos, tanto por su diseño como por lo que en ellos se ofrece, ocupan un viejo (y muy bien renovado) edificio que resume, entre sus muros de ladrillo, la esencia y el espíritu de este recuperado barrio, tan del gusto de la gente joven que lo visita.
Pues bien, anexo al Chelsea Market y considerado uno de sus restaurantes, pese a tener una entrada independiente, está uno de los locales más impresionantes de Nueva York: Buddakan.
Este gran templo de la comida asiática moderna destaca, sobre todo, por su exquisita decoración y por haber sido escenario de episodios de algunas de las series más populares de la televisión americana, como Sex and the City.
El bar de la entrada es un animado centro de reunión y espera, que ya nos prepara para el gran salón central, en el que el sofisticado ambiente adquiere su máximo nivel de espectacularidad, gracias, entre otros motivos, a sus enormes dimensiones y altísimo techo.

Buddakan

La comida es buena, pero lo mejor son sus postres, cuya fama seduce a propios y extraños, entre los que no faltan los seguidores de la serie que protagonizó, con tanto éxito, Sarah Jessica Parker.

Buddakan, que nos recuerda al Buddha Bar de París, pero con más estilo y modernidad, es el cierre perfecto de un día dedicado a explorar los múltiples y cambiantes rincones del interesante Meatpacking District, la hasta hace poco desolada zona en la que se encontraban muchos de los almacenes de carne de la gran ciudad.



Uno de los grandes clásicos del midtown.
Situado en el interior de la fantástica Grand Central Terminal, cuya visita es obligada para quien no la conozca, el Oyster Bar se abrió al público nada menos que en 1913. Desde entonces, con una breve interrupción en los años setenta, sus impresionantes salones subterráneos han sido una de las más destacadas referencias como punto de encuentro para ciudadanos y transeúntes. Sus grandes bóvedas y sus tradicionales manteles de cuadros han sido testigos de gran parte de la vida de una ciudad en constante movimiento, que tuvo como centro neurálgico de sus comunicaciones, durante mucho tiempo, a esta mítica terminal, verdadera maravilla de la arquitectura y la ingeniería de la época.

Oyster Bar

Es cierto que fue perdiendo, paulatinamente, su enorme gancho popular y que desafortunadas actuaciones en sus brillantes elementos decorativos hicieron que el restaurante se fuera desdibujando dentro de un panorama general urbano de creciente y muy variada oferta gastronómica. Sin embargo, desde que Jeromy Brody se hizo cargo del local, el Oyster Bar ha ido recuperando su antiguo esplendor.

Hoy, restablecida su personal imagen original, es un restaurante que va mucho más allá de lo que pueda sugerir su nombre, aunque bien es cierto que las especialidades marinas y, desde luego, las ostras siguen teniendo un papel destacado en el menú.
A mí me gusta mucho el Oyster Bar, incluso su barra, en la que se sirven originales y excelentes sandwiches de inspiración marinera para quienes buscan algo más rápido, aunque siempre interesante y diferente.
Un salto atrás en el tiempo, en busca de la ciudad que fue Nueva York antes de que los grandes rascacielos conformasen la imagen que hoy todos tenemos de ella.



Restaurante, tienda, salón de té... y, sobre todo, el santuario de los helados. Helados enormes, desmesurados, llamativos y, por supuesto, únicos. Entre ellos destaca su famosísimo Frrrozen Hot Chocolate.
Muy cerca de los almacenes Bloomingdale's, Serendipity 3 parece, por fuera, una pequeña tienda. Al traspasar la puerta, la impresión parece confirmarse, ya que un sin fin de objetos de clara vocación kitsch parecen salir de sus estanterías, ofreciéndose al visitante, quien no puede evitar observar las lámparas Tiffany que se han convertido en una de las señas de identidad del local o el gran reloj que parece ser el verdadero soporte de la pared. Pero también es un restaurante (nada barato, por cierto) y, como ya hemos dicho, el destino ideal para quienes buscan el supermegahelado (en especial, de chocolate).

Serendipity 3

Stephen Bruce ha hecho de su original establecimiento un lugar muy llamativo, que ha despertado el interés de políticos, artistas y cineastas (varias películas cuentan con escenas rodadas aquí). Dicen que Marilyn lo frecuentaba con asiduidad. Lo mismo aseguran de Andy Warhol y de muchos otros famosos que se han sentado (y lo siguen haciendo) a la mesa en este local, bajo el vidrio multicolor de sus lámparas.

Serendipity significa algo así como "casualidad feliz". Es un nombre afortunado (valga la redundancia) para un sitio tan original y diferente. Otra de las casi infinitas sorpresas que nos ofrece, constantemente, la interminable ciudad de Nueva York, a la que, por muchas veces que la visitemos, nunca agotará su capacidad de ofrecernos una nueva experiencia...


Y hasta aquí la segunda entrega de este paseo por mis restaurantes favoritos de Nueva York, esa nueva Megalópolis, tan lejana de la que surgió en la antigua Arcadia, pero de la que, como de aquella, nadie regresa indiferente.

martes, 14 de mayo de 2013

Ibiza

















Puede que sea blanca,
pero es más azul, más verde y de tierra.
Azul como el mar, como los recuerdos
que vuelan al viento, detrás de los sueños.
Verde de algarrobos, de campos y pinos,
verde de tus ojos, de cientos de olivos.
Tierra de tu carne, tierra de caminos,
que marcan la senda del amor furtivo,
siguiendo la huella que borró el olvido.

Y tú estás allí, detrás del silencio,
detrás de la tarde, detrás de un suspiro.

Puede que sea blanca,
pero es más azul, más verde y de tierra,
como las estelas del mar sobre el tiempo,
como las colinas, como las higueras...
como la sombra de un beso en el viento.

lunes, 6 de mayo de 2013

Paris n'existe pas

La Avenue Montaigne engañó al mundo aquel día de primavera. Hasta el viejo Verne tuvo que hacer un esfuerzo de imaginación para preparar un menú digno del Capitán Nemo... o quién sabe si del mismísimo Phileas Fogg.
Todo era atrezzo. Desde la maleta negra que acompañaba a la bolsa de Louis Vuitton hasta la sonrisa desde el balcón del sexto piso. La Torre Eiffel que asomaba al fondo era, como en tantas películas de Hollywood, una imagen trucada para que el inocente espectador de la farsa se creyera que estaba en París.

Esta versión inédita de El Show de Truman llevaba ya unos años en marcha. La audiencia seguía subiendo y el inocente protagonista posaba con su chaqueta azul y su estúpido gesto, apoyado en la barandilla, mientras la realizadora del programa más longevo de la historia disfrutaba de la escena, con su flequillo y su falsa melena pelirroja acariciados por el suave viento que soplaba desde el Sena.
El frío lejano de una noche de noviembre, con el Palais Garnier iluminado sobre la soledad, era solo un fantasma situado a tres años de distancia. El Normandie y el silencioso Louvre eran dos testigos sordos de la grotesca pantomima. Nunca existió París. Solo fue un gran decorado. Uno más.

Nadie sueña tanto como el que no duerme. Es un viejo proverbio chino. Pero no dormirse es difícil. Sobre todo, cuando la vida parece que es de verdad.
Y ¿cómo distinguir los sueños de la realidad? Ni siquiera Calderón lo sabía a ciencia cierta. Hasta nos llegó a sugerir que todo es sueño. Sin embargo, tiene que haber algún método para saberlo. Hay quien propone la prueba del algodón como sistema eficaz para salir de dudas. Claro que es una prueba que, como la del nueve, no es definitiva. Hay algodones que sí engañan. Algodones suaves, blancos por fuera, pero que, al pasarlos por los azulejos de los años, se vuelven negros. Y no porque los azulejos estén sucios, no, sino porque llevan una sombra oscura en su interior que aflora con el roce de una simple caricia... de un beso. Son flores negras que vuelan con alas blancas. Las hay por todas partes: en París, en Londres, en Venecia... hasta en la Alhambra.

Cuentan que Ulises se encontró con ellas en uno de sus viajes. Al contrario que Penélope, nunca destejían. Su manto era cada vez más grande y más profundo. Blanco por fuera y negro por dentro. El que se deja envolver por él no tiene salida.
Pero esto no es relevante para esta historia de turistas y piratas. Estamos hablando de cine, de televisión, de publicidad... de todos esos sueños que parecen una cosa y son otra. Si, por casualidad, algún lector de este relato imaginario, de esta fantasía irreal trabaja o ha trabajado en una productora, sabe a lo que me refiero. Da igual que el rodaje haya sido en Los Ángeles, en Ciudad del Cabo o en Buenos Aires. Siempre hay una primavera luminosa en París, con una Torre Eiffel al fondo, en la que cabe todo. Todo, menos la verdad.

Y es que, ya se sabe: nadie sueña tanto como el que no duerme. O como el que duerme cuando debería haber estado despierto.

lunes, 29 de abril de 2013

El atolón de Bora Bora

No cabe duda de que la Polinesia Francesa es uno de los archipiélagos más atractivos del planeta. Sus islas y atolones están presentes en la imaginación colectiva desde que Gauguin los incorporase al mundo impresionista con su extraordinario y personal arte, que tanta huella ha dejado en la cultura europea contemporánea.

Bora Bora
Pero si Tahití, su gran isla, fue la que nos dio a conocer el universo polinesio, es Bora Bora la que mejor representa el espíritu de un archipiélago que, hoy, se identifica con el paraíso soñado del Pacífico. Ese lugar mítico y azul, que a todos nos envuelve con su manto turquesa cuando queremos imaginar a nuestro espíritu flotando en una laguna infinita y eterna.

Bora Bora cuenta con una pequeña pista de aterrizaje, construida, prácticamente, sobre el agua, a la que se llega en pequeños aviones desde el aeropuerto de Papeete, la capital de Tahití; a ser posible, tras haber cenado la noche anterior en uno de los sorprendentes puestos ambulantes del puerto, mientras vemos como atraca en sus muelles el famoso crucero Paul Gauguin.
Si la cena ha estado precedida por una refrescante cerveza en la impresionante cervecería Les 3 Brasseurs, donde es mejor decidirse por uno de sus productos artesanales que por la célebre cerveza local, Hinano (que también me gusta mucho, por cierto), la velada habrá sido perfecta.

Parau api (Gauguin)
Al llegar a Bora Bora, previa imposición del tradicional collar de flores, nos trasladarán, a nuestro hotel en un pequeño barco que atraviesa la laguna azul, ofreciéndonos en el trayecto unas más que magníficas y gratificantes vistas del monte Otemanu, que, desde sus más de setecientos metros, domina todas las perspectivas del atolón.
En Bora Bora hay unos pocos y muy exclusivos hoteles, todos ellos construidos en el más puro estilo polinesio, lo que quiere decir que están muy bien integrados en el entorno y ninguno de ellos desentona en la espectacular belleza azul de la isla.
Pero no todos son alojamientos de lujo, ya que hay muchas pensiones y posadas familiares que ofrecen una alternativa más económica y siempre atractiva. De ellas podemos destacar la pensión Bora Vaite, en Hitiaa. Pequeños hoteles como el Village Temanuata, en Pointe Matira, el Rohotu Fare Lodge, en Bahía Pofai, o el Blue Heaven Island, en el islote Paahi, son una opción intermedia muy recomendable.

Motu Tapu
De los grandes hoteles, yo me inclino por el Bora Bora Lagoon Resort que, sin ser el más lujoso, destaca por su cuidado y nada pretencioso estilo y ofrece, desde su privilegiada posición en el arrecife, las mejores vistas de la isla. Le Meridien Bora Bora es otro de los hoteles tradicionales preferidos por muchos visitantes, como sin duda lo es el Hotel Bora Bora, ahora perteneciente a la incomparable cadena Amanresorts, desde mi punto de vista, la mejor que en nuestros días existe en el Planeta Azul (cuya popular denominación tiene aquí más sentido que en ningún otro sitio).

Tiburones en el arrecife de Bora Bora
Lo mejor que se puede hacer en Bora Bora es descansar y disfrutar de la laguna, de los pequeños motus de arenas blancas y solitarias o de las maravillas subacuáticas del arrecife de coral... pero también son posibles otras actividades más intensas, como rodear la isla montados en una moto acuática o hacer una excursión para dar de comer a los tiburones, lo que se hace sin protección alguna y con la naturalidad de un niño que echa migas de pan a los patos en un estanque.

Como para ir a Bora Bora es necesario pasar por Tahití, yo recomiendo no dejar de visitar la cercana y mágica isla de Moorea, la hermana salvaje de Tahití, la isla del lagarto dorado, omnipresente en el panorama tahitiano y llena de un extraño romanticismo polinesio que nos impresiona y sobrecoge desde el primer momento. Los atardeceres con la silueta de Moorea al fondo son uno de los lujos a los que ningún viajero que llegue hasta estas lejanas latitudes debe renunciar.

Moorea
Es imposible marcharse de estas islas sin que te invada, inmediatamente, el deseo de volver... incluso el de quedarte en ellas para siempre. Como les sucediera a Cook, a Fletcher Christian, a bordo del HMS Bounty en 1788, y al propio Brando, que le dio vida en la pantalla en 1962.


No es fácil volver, porque las Islas del Archipiélago de la Sociedad, en las que se encuentran Tahití, Moorea y Bora Bora, están lejos de casi todo, pero en nuestros sueños nunca olvidados están tan cerca que basta cerrar los ojos para que el alma se nos inunde de su azul infinito.

jueves, 28 de marzo de 2013

Ravello y los dioses

Es probable que los dioses no tengan una morada fija, sino que vayan cambiando de residencia en función de quién sabe qué divinas circunstancias.
De lo que no me cabe ninguna duda es de que uno de sus lugares predilectos es Ravello.

La Costa Amalfitana desde Ravello
Ravello es, en opinión de muchos, la más bella ciudad de una de las más bellas costas del mundo, la Costa Amalfitana.
Tener unos vecinos como Positano, Praiano o Amalfi no facilita la obtención del máximo galardón en el concurso de belleza del Golfo de Salerno y, pese a ello, parece que hay unanimidad en otorgárselo.
Si yo fuese uno de los dioses, pasaría en Ravello gran parte de la primavera, aunque es probable que me quedase allí hasta bien entrado el verano para no perderme nada del fantástico Ravello Festival.

Su historia se remonta al siglo VI de nuestra era, aunque su mayor esplendor lo vivió a raíz de su independencia de la Repubblica Marinara di Amalfi, hace ahora unos mil años. Unos cuantos nobles amalfitanos se rebelaron contra el doge y se establecieron en la bien protegida Ravello, bien protegida entre los torrentes Dragone y Reginna, al sur de los escarpados montes Lattari. Su situación geográfica, de muy complicado acceso y, en consecuencia, fácil de defender, contribuyó a que la ciudad mantuviera su particular statu quo, gracias, sin duda a su prosperidad económica y a su bien ganada reputación de inexpugnable.

Vista general de Ravello
La singularidad de Ravello, literalmente colgada sobre el Tirreno, así como la incomparable y espectacular belleza de su entorno, han sido motivo de atracción permanente para músicos, escritores, científicos y todo tipo de personalidades de las artes, las letras e, incluso, de la vida política. Wagner, Boccaccio, Greta Garbo o Stokowski, entre muchos otros, han vivido en sus formidables villas o en sus románticos hoteles, los mismos que hoy podemos visitar casi intactos, gracias a que el llamado Spirito di Ravello, esa delicada combinación de sentimientos y actitudes hacia la conservación de la memoria histórica, el buen gusto y las bellezas naturales, se ha mantenido vivo en todo momento, a través del paso de los siglos y las diferentes culturas dominantes. El genius loci ha hecho notar su protectora presencia con notable suavidad y cuidadas buenas maneras, de esas que hoy tanto solemos echar en falta en muchos lugares del mundo.

Terrazzo dell'Infinito
Las célebres Villa Rufolo y Villa Cimbrone son los dos máximos exponentes de la arquitectura y los jardines de Ravello. Tanto una como otra gozan de una posición privilegiada, con vistas que iluminan el espíritu y aceleran la respiración.
Es imposible pasear por sus amplios y abiertos espacios sin que nos persigan las notas del segundo acto de Parsifal o sin que nos parezca estar escuchando historias del Decamerón. Y cuando llegamos al Terrazzo dell'Infinito, el inconcebible balcón natural de Villa Cimbrone, donde observamos como el azul del mar y el del cielo se funden en un abrazo eterno, es el momento en el que, impávidos ante el panorama más bello del mundo, nace en nosotros el deseo de volar sobre el imposible sueño vertical que se ofrece ante nosotros.

Los hoteles en Ravello son caros, pero extraordinarios. Para mi gusto, los mejores son el Hotel Caruso y el Villa Cimbrone, ambos situados estratégicamente para que sus huéspedes puedan disfrutar de las mejores vistas de la costa.

Piscina del Hotel Caruso
Del primero, situado en el punto más alto de la ciudad, hay que destacar su espectacular piscina, que flota sobre los acantilados con su intenso azul confundido con el horizonte. Del segundo, la romántica residencia en la que se escondieron del éxito Greta Garbo y Leopold Stokowski, basta decir que está dentro de la propia Villa Cimbrone, rodeado por sus inmensos jardines, repletos de fabulosos y sorprendentes rincones, antesala de su portentoso balcón sobre el mar, permanentemente custodiado por una hilera de blancos bustos de mármol que observan al emocionado visitante, mientras dan la espalda al abismo y desprecian la contemplación de esa maravilla de la naturaleza que hace ineficaces las descripciones con las que intentamos explicarla.

Para comer, mi lugar favorito es la terraza del hotel Villa Maria, cuya cocina utiliza exclusivamente los productos de su huerto biológico, situado junto al propio hotel. Buena comida y sensacionales vistas en un ambiente tranquilo y muy agradable, entre el centro de Ravello y Villa Cimbrone.
La segunda opción es Cumpa' Cosimo, una excelente trattoria e pizzeria, a pocos pasos de la plaza, en la que se come muy bien a un precio sensato.
Nadie debe marcharse sin recorrer sus empedradas calles peatonales, visitar las iglesias de San Pantaleone y San Giovanni del Toro, esta última en plena plaza, con sus despejadas vistas sobre el valle del torrente Dragone y sus terrazas en las degustar con calma un exquisito granizado de limón, justo al pie de la escalinata de la iglesia.

Pero ningún comentario sobre Ravello estaría completo sin mencionar al Ravello Festival, uno de los más antiguos de Italia, que tiene su origen en el gran concierto wagneriano que se celebró en el verano de 1953, con ocasión del setenta aniversario de la muerte de Wagner.
Cada año, un excelente programa musical, que se desarrolla en diversos puntos de la ciudad, todos de gran interés y belleza, ilumina, con artistas clásicos y modernos, orquestas y solistas de todo el mundo, unos escenarios naturales tan excepcionales como los que nos brinda la inmortal Ravello. 
Entre todos ellos destaca el tradicional Concerto all'Alba, que tiene lugar en el Belvedere de Villa Rufolo de madrugada. Un espectáculo como no hay otro parecido en nuestro planeta.

Concerto all'Alba


Nadie que haya pasado por Ravello vuelve igual a su lugar de origen, sino que lo hace, ungido por el Spirito di Ravello, con el alma más grande y los ojos más luminosos, tras haber compartido durante un tiempo, que en su recuerdo será eterno, una de las moradas secretas de los dioses.

martes, 19 de marzo de 2013

Comer en Nueva York (I)

No creo que haya otro lugar en el mundo con una oferta gastronómica más amplia y variada que la que se concentra en Nueva York, así que tratar de hacer aquí un resumen de sus grandes restaurantes es, además de inútil, obviamente innecesario. Para eso ya tenemos a Michelin, Zagat y otras muchas  acreditadas guías que recogen en sus páginas lo más destacado de los comedores de moda en la gran urbe.

Pero lo que no incluyen esas guías (y, sin duda, hacen muy bien en no incluirlo) es la lista de mis sitios favoritos. Una carencia que voy a tratar de subsanar desde aquí, en éste y en futuros artículos.
Empezaremos hoy por enumerar restaurantes de comida sencilla que frecuento habitualmente cuando viajo a Nueva York y que siempre me gusta visitar, tanto por la calidad de la comida como por la atmósfera que se respira en ellos, difícil de encontrar en otra ciudad.

P.J. Clarke's en la Tercera Avenida

Empiezo por este viejo saloon (bien podría estar en el Far West), fundado en 1884, porque es, casi siempre, mi obligada visita la primera noche que paso en Nueva York. Una buena costumbre que yo llevo poniendo en práctica desde mi primera visita, allá por el comienzo de los 70.
El P.J. Clarke's original, ocupa un pequeño edificio de ladrillo en la Tercera Avenida, rodeado por inmensos rascacielos. Su barra está siempre animada y concurrida, como lo están sus mesas de manteles a cuadros, en las que se sirven, entre otras muchas cosas, las mejores hamburguesas de Manhattan.
La estrella es The Cadillac, acompañada por una ración de mashed potatoes.
Empezar así una visita a la ciudad es la mejor manera de sentirse en Nueva York.
Tiene otro local frente al Lincoln Center, ideal para una cena rápida antes o después del concierto o la ópera. Este año, veré a Plácido Domingo cantar el Germont (barítono) de La Traviata. Interesante novedad.


Cafe Gitane

Un pequeño restaurante con un encanto muy especial. En el 242 de Mott Street (Nolita), nos ofrece un ambiente desenfadado y una buena y nada cara comida con sabores que nos acercan a la cocina marroquí, con reminiscencias mediterráneas y francesas. Es el lugar ideal para hacer un alto en el camino, tras una ajetreada mañana de compras en el SoHo, aunque si lo que buscamos es una larga y reposada sobremesa, no es el sitio adecuado, desde luego. 
He oído algunas quejas sobre lo apresurado del servicio, pero no deja de ser parte de la naturaleza del propio restaurante, animado, joven y alegre. Me gusta.



Carnegie Deli
Otro veterano (1937) de la restauración neoyorquina. En plena Séptima Avenida, muy próximo al Carnegie Hall, Broadway y Central Park, es el lugar perfecto (si las colas lo permiten) para tomar un Woody Allen Sandwich o una porción de su muy famoso Cheesecake (considerado el mejor de Nueva York), tras asistir a uno de los múltiples teatros de los alrededores.
Las raciones son espectaculares y la calidad de sus ingredientes legendaria.
Como está abierto casi 24 horas, siempre tendremos la oportunidad de tomar algo o llevárnoslo para comer más tarde.
Junto a su vecino Stage Deli, es, desde hace décadas, uno de los favoritos de la ciudad. No me sorprende.


Stage Deli neón

Ya que lo hemos mencionado, hablaremos ahora de él.
Con más de setenta años de historia y fundado el mismo año que el Carnegie, el Stage Deli es uno de los mejores sitios de Nueva York para desayunar, comer o cenar. Incluso para una buena merienda. Está a muy pocos pasos del Carnegie Deli, en la misma Séptima Avenida y próximo a la bulliciosa Times Square.
Sus sandwiches son gigantescos, por lo que es recomendable compartirlos y ser muy, pero muy prudentes, a la hora de pedir la comida, sobre todo si queremos terminar vivos nuestra visita a Nueva York.
Suelo desayunar allí cuando me quedo en el vecino Dream Hotel (lo que hago con frecuencia, ya que es una zona que me gusta y el hotel es muy recomendable y recuerda - modestamente - por su arquitectura al gran Flatiron Building). Es como retroceder en el tiempo. Un lugar auténtico donde los haya.


The Loeb Boathouse

The Loeb Boathouse, en pleno Central Park, es mucho más que un restaurante.
Directamente situado sobre el lago, un bonito edificio acoge diversos espacios y actividades. Allí podemos alquilar una barca o una bicicleta y, por supuesto, comer en uno de sus dos restaurantes permanentes (Lakeside o Express Cafe) o, si el tiempo lo permite, tomar algo más ligero en el Outside Bar.

Ni que decir tiene que el Boathouse es un lugar ideal en primavera y en otoño, cuando Central Park está en su máximo esplendor.
Siempre como aquí cuando paso el día en el parque, lo que no es infrecuente si tenemos en cuenta la proximidad del Metropolitan Museum of Art, el Museo de Historia Natural, la Frick Collection o, incluso, el divertido Central Park Zoo, que tanto nos gusta a los niños de todas las edades.
Tras la comida, un paseo hasta los Strawberry Fields, con su célebre mosaico Imagine y el edificio Dakota, son el complemento ideal del día.


En la fachada de Lombardi's

La primera y más famosa pizzería de Nueva York. Establecida en Spring Street hace más de cien años, Lombardi's sigue siendo el punto de referencia de los amantes de la pizza clásica, hasta el punto de que las colas suelen ser notables y es necesario hacer gala de buenas dosis de paciencia para conseguir una mesa. Pese a ello, la espera merece la pena, si bien debo reconocer que mi concepto del tiempo es un tanto personal y relativo, no habitual para los estándares de nuestros acelerados días.
Yo, desde luego, prefiero hacer cola en Lombardi's para disfrutar de una de sus pizzas que tener que reservar mesa con casi un año de antelación en alguno de esos sobrevalorados restaurantes, tan llenos de estrellas y soles como carentes de autenticidad en su cocina.
Lombardi's nunca defrauda.




Otro de mis predilectos. En el corazón del muy de moda Meatpacking District, Pastis es un alarde de decoración ambiente y buena comida sin pretensiones. Se denominan a sí mismos como bistrot, aunque a mí me parecen más una brasserie en toda regla.
Una comida en Pastis debe estar precedida por un largo paseo por el barrio, repleto de tiendas nuevas y locales de moda, a cual más atractivo.

Pastis
Sus manteles-menú son tan atractivos en diseño como el resto del local, cuya principal virtud es la atemporalidad de un ambiente que nos aproxima a un estilo parisino tan perfecto que probablemente nunca existió.
La sobremesa (a mediodía, pues en la noche cambia el panorama) es aquí agradable y tranquila, como lo es el aperitivo que sugiere el propio nombre del restaurante. Y para completarla, nada mejor que un largo y distraído paseo por el High Line Park, ese nuevo recorrido peatonal sobre las calles del West Side, con vistas al río Hudson, que se ha convertido en uno de los parques más originales de Nueva York, gracias a su elevada estructura (por la que discurrían unas abandonadas vías férreas) que estaba a punto de ser demolida cuando, a finales del pasado siglo, un grupo de vecinos se empeñaron en evitarlo, dotando así a la ciudad de un nuevo parque público.

High Line Park
Y con este paseo, daremos por finalizado el primer recorrido por mis restaurantes favoritos de la gran ciudad americana, que espero volver a visitar en tan solo unos pocos días. Pronto volveremos a hablar aquí de otras de sus muchas e interesantes atracciones gastronómicas que, al menos para mí, alimentan algo más que el estómago.