miércoles, 20 de noviembre de 2013

Fuencarral Street

Plano de Texeira (1656)
Hay quien dice que la calle Fuencarral de Madrid es la heredera de la londinense Carnaby Street como la reina europea de la moda alternativa, pero la verdad es que la gran explosión comercial de Carnaby se produjo en los años 60 del pasado siglo, mientras que el desarrollo mercantil de la calle madrileña comenzó casi desde sus orígenes como vía de salida de la nueva capital del reino hacia los pueblos de la sierra.

Ya en el célebre plano de Texeira, que data del año 1656, aparece la calle de Foncarral como una de las principales para acceder al centro de la villa. Su trazado (entre la Puerta de los Poços de la Nieve, que daba paso al Camin de Foncarral, y Iarred de SLaus) indica la importancia comercial de una arteria con mucho movimiento de personas y mercancías.

Templete de la Red de San Luis
Mucho después, a principios del siglo XX, la construcción de la Gran Vía acortó la calle, eliminando su primer tramo (junto a la Red de San Luis, cuya Fuente de los Delfines fue sustituida por el templete del Metro de Antonio Palacios) para dejar sitio a la nueva avenida y al que fuera el edificio más alto de Madrid entre 1929 y 1953, el de la Telefónica, que también fue uno de los primeros rascacielos de Europa.
Desde entonces, la calle de Fuencarral nace, precisamente, junto a este gran edifico, símbolo del nuevo Madrid del siglo XX, y aunque hoy llega hasta la glorieta de Quevedo, es bien sabido que durante muchos años la calle terminaba en la Puerta de los Pozos de la Nieve (en la actual glorieta de Bilbao), que se llamaba así por estar allí situados los grandes depósitos de nieve y hielo que abastecían a toda la ciudad y que estuvieron en funcionamiento desde su creación en 1607, hasta que fueron cerrados en 1863.


Portada del Real Hospicio de San Fernando

Pero volvamos a nuestros días. Hoy, la calle tiene tres edificios muy importantes: el de la Telefónica; el que fue Real Hospicio de San Fernando (que ahora es el Museo de Historia de Madrid y conserva en su interior la impresionante maqueta de León Gil de Palacio), cuya fachada barroca de Pedro de Ribera justifica, por sí sola, un viaje y la magnífica sede neoclásica del Tribunal de Cuentas, edificio construido en 1863, justo frente al viejo hospicio.
Mención aparte merece la pequeña y singular capilla de Nuestra Señora de la Soledad, en la esquina con Augusto Figueroa, donde fue asesinado el teniente Castillo en vísperas de la guerra civil.

Desde su cruce con Hernán Cortés y hasta la Gran Vía, la calle de Fuencarral es peatonal, lo que ha contribuido a mejorar notablemente el moderno ímpetu comercial de una zona de Madrid que ya es protagonista de casi todas las guías turísticas que hablan de la capital de España. 
En esos días en los que la ciudad parece desierta, el mejor antídoto contra la soledad es un paseo por Fuencarral. Encontrarás gente animada, de todas las nacionalidades, estilos y edades, con predominio, desde luego, de jóvenes de espíritu. 

Relojería Coppel
A principios del siglo XX, esta calle era una sucesión de negocios y comercios, muy frecuentados por el público madrileño. La famosa relojería Coppel, la fábrica de jabones y despacho de aceite La Moderna, el bazar Orsolich ("Todo a 65 cts.") o la prestigiosa casa de pianos Hazen eran algunos de los muchos establecidos en ella.
Unas décadas más tarde, en los años 50 y 60, la calle de Fuencarral era conocida en todo Madrid por sus zapaterías: Geltra, La Bruja (mi favorita, con dos tiendas), La Corona,  Gilton, Rodríguez, La Irunsheme, Asensio, De Pablos, Domus Aurea... y solo menciono las del primer tramo, entre la Gran Vía y Pérez Galdós (una corta callecita repleta de buenos bares de tapas).

La Telefónica, recién terminada
Pero en esos años, la calle tenía mucho más que zapaterías: las veteranas relojería Coppel (ahora con su tienda modernizada) y el bazar Orsolich continuaban en activo; la Sastrería Butragueño, que hizo célebre su eslogan "Para otoño madrileño, gabardinas Butragueño"; la perfumería Arjona; las ferreterías Fuencarral y Subero (esta última abierta hasta hace muy poco tiempo); la mercería El Tirón;  la bombonería La Guinda; varias joyerías, camiserías y sastrerías; la tapicería Lujoma; la magnífica tienda de ultramarinos El Cafeto, que tenía su propia marca de café ("El torrefacto El Cafeto, ¡ay! a quién no le gustará...") y hacía esquina con San Onofre, justo a la famosa peletería del mismo nombre (San Onofre); la otra peletería, Sonsoles, que más tarde cambiaría su nombre por el de Kaikuk, tras quedarse con el local Francisco Colás Tejedor; la tienda de telas Minué, cuyo dueño solía estar de pie en la puerta, junto a la calle de Pérez Galdós; la ortopedia de Antonio Queraltó, que, en su día se llamó La Estrella Roja, como la que fundase su padre en Sevilla; Fraguío, mi juguetería preferida; la farmacia del licenciado A. de Torres, con su fiel encargado y practicante, Julián; Hazen, que continuaba alquilando y vendiendo los mejores pianos del mercado; la papelería, imprenta y juguetería El Pensamiento...

El Cafeto
Y, aunque ya está cerca de Quevedo, en la zona "nueva" de la calle, el Bazar Matey, una de las mejores tiendas de modelismo, trenes eléctricos, miniaturas de coches, soldados y otros juguetes de colección, todos muy bien seleccionados, se mantiene en continua actividad desde hace más de setenta años, aunque su "hermana", la librería-papelería del mismo nombre, ya es historia.

Tres grandes almacenes, al menos, tuvieron su sede en la calle de Fuencarral, entre Gran Vía (que en ese tiempo se llamaba avenida de José Antonio) y la glorieta de Bilbao: Eleuterio, en la esquina con Infantas; San Mateo ("Si no lo veo no lo creo...") y Mazón, cuyo extraordinario edificio, inaugurado en 1953 (de Secundino Zuazo y Antonio de la Vega), fue derribado para dejar su lugar a otro nada interesante por su arquitectura, pero que albergó al famosísimo Drugstore Madrid, primer establecimiento de la ciudad que abría, ininterrumpidamente, veinticuatro horas. El local lo ocupa hoy un VIPS.

Por lo que no fue nunca famosa la calle de Fuencarral fue por sus bares y restaurantes, con algunas honrosas excepciones, eso sí. 
En el primer tramo existió el bar Huertas, además del Salón Italiano de helados que aún está abierto. Frente a San Mateo estuvo un restaurante bien conocido: La Criolla, donde se cuenta que Fraga se reunía con los periodistas una vez al mes.

El café más concurrido de la calle y uno de los más antiguos de Madrid (fundado en 1887), en el que mi abuela Amparo (una mujer más que avanzada para su época) tenía todas las tardes su tertulia, es el Café Comercial. Se encuentra en la misma esquina de la glorieta de Bilbao, donde estuvieron los antiguos Pozos de la Nieve, y cuenta con gran tradición literaria muy vinculada a la poesía.
Más arriba, en la zona de los cines: Bilbao, Roxy A y B, Proyecciones, Paz y Fuencarral (algunos ya desaparecidos), sobreviven un Viena Capellanes con una bonita fachada de madera y la que fue famosísima cafetería Somosierra, muy conocida por sus tartas heladas. Casa Luciano y sus bocadillos de calamares desaparecieron, al igual que la repostería La Favorita.

Ilustres personajes de todas las épocas tuvieron su residencia en la ajetreada calle. Desde Cánovas del Castillo hasta Goya, pasando por el afrancesado Moratín, Pérez Galdós, el Sr. Pellico o la cantante Adelina Patti, El Ruiseñor de Madrid.

Dragón de Taiwan Bird SB
Por ella bajaron las tropas de Napoleón, el dos de mayo de 1808, para sofocar la rebelión de los madrileños y también tuvo su propia crónica negra, a causa del famoso crimen cometido en el año 1888. La sociedad bohemia Taiwan Bird SB se fundó allí en 1964 y tres de sus cuatro miembros de honor nacieron y vivieron en la calle de Fuencarral.

Grandes artistas, empresarios y profesionales de toda índole tuvieron sus despachos, talleres o estudios: fotógrafos como Alfonso y su maestro Manuel Compañy; el taller joyería de Luis Fernando Valentí Sanz de Madrid, el estudio del gran dibujante y arquitecto Arturo, Duque de Gastronia; la legendaria Editorial Mariflor; la agencia Miservicio, pionera del servicio doméstico moderno; el pequeño colegio de San Antonio (no confundir con el cercano y grande San Antón); Celestino, el vendedor de cupones; el enorme gimnasio del caserón del número 43, en cuyo patio interior crecía un enorme árbol; el taller de Herraiz, las grandes especialistas de vestidos de primera comunión, en el 36/38; el Instituto Nacional de Publicidad y la Escuela Oficial de Publicidad (de la que tantos grandes publicitarios han salido), ambos en el moderno edificio del número 45...

El Mercado de Fuencarral

El cambio a la nueva era lo protagoniza el Mercado de Fuencarral, un centro comercial de moda alternativa, inaugurado en 1998 en unos grandes locales del número 45 de la calle, que llevaban tiempo cerrados, tras la desaparición del muy popular en su día Cupón Hogar Moderno.

Ya desde unos años antes, las desaparecidas tiendas de los pasados años de esplendor comercial estaban dando paso a las de tendencias más modernas y actuales, que huían de la moda convencional que se imponía en otras zonas de la villa del oso y el madroño (y del dragón, que también estuvo en el escudo madrileño).

Siguiendo esta imparable actividad, directamente vinculada con una forma diferente de concebir la moda y la propia experiencia de ir de tiendas, no hay marca que quiera identificarse con este nuevo espíritu que no quiera estar presente en una calle que está a la vanguardia de Europa. 
Su situación privilegiada, como eje divisorio de los barrios de Malasaña y Chueca, en pleno centro histórico de Madrid, contribuye a definir su estilo único y personal, distinto de todo lo que hasta hace unos pocos años se conocía en el mundo de la moda.

Cuando el primer tramo de la calle se hizo peatonal, en 2009, se acabó de consolidar como lo que estaba destinada a ser: el corazón de la nueva cultura urbana, alternativa, espontánea y libre.

No soy capaz de enumerar los comercios de todo tipo que hoy llenan una calle permanentemente viva y bulliciosa, pero si buscas algo que no está en Fuencarral es que, probablemente, lo que estás buscando no merece la pena.

No hay otra calle igual en Madrid. Y dudo que la haya en ningún lugar del mundo. Nueva y rebosante de historia, arraigada en sus raíces originales y orientada hacia un futuro que ya es presente en ella.  

Centro de las miradas de sus imitadoras europeas, ahí sigue observando, dinámica e impertérrita, como pasa la vida junto a sus muchos edificios del siglo XIX. Una vida que fluye sobre su calzada como la sangre de la villa de Madrid por su gran arteria centenaria: la calle de Fuencarral.















domingo, 17 de noviembre de 2013

Korcula, ¿la ciudad de Marco Polo?

Toda la costa dálmata nos ofrece islas y paisajes extraordinarios que, unidos a la suavidad de su clima, a la transparencia de sus aguas y a la amabilidad de sus gentes, convierten a esta parte de Croacia en uno de los destinos turísticos más atractivos para quien busca una naturaleza que conserva lo mejor de sí misma, sin tener que salir de Europa.

La ciudad de Korcula en nuestros días
La proximidad de las islas al continente es otra gran ventaja, ya que permite llegar a la mayoría de ellas tras un viaje corto y cómodo desde diferentes puntos de la costa.

Los mapas dicen que hay casi mil doscientas islas en Croacia, de las que solo están habitadas sesenta y seis. Y algunas, desde luego, por una población muy pequeña.
Entre ellas, varias son bien conocidas por todos: Brac y su famosa playa de Zlatni Rat, Hvar y sus campos de lavanda, Mljet y su inmenso parque natural, Lastovo, Vis...
La misma vista a finales del siglo XIX
Me resulta muy difícil destacar unas sobre otras, ya que cada una de ellas tiene una acusada personalidad y todas merecen ser visitadas, pero ahora voy centrarme, sin que ello se interprete como una falta de aprecio a las demás, en una de las que cuentan con una historia de mayor relevancia: Korcula.

Korcula (pronúnciese Córchula) es el nombre de la isla y el de su capital, una bellísima ciudad amurallada que domina el estrecho que la separa de la península de Peljesac.
Su belleza y estilo urbano, sumados a su particular disposición defensiva sobre el mar y su bien conservada muralla, han hecho posible que sea conocida popularmente como la pequeña Dubrovnik.
El resto de la isla también es digno de visitar, pero si disponemos de poco tiempo (algo, por desgracia, bastante habitual en nuestra época), lo mejor es concentrarnos en la vieja ciudad y sus muy bonitos alrededores.

Korcula en 1486
Como es fácil de comprobar por las imágenes que se conservan, Korcula ha cambiado muy poco de aspecto con el paso de los siglos, lo que contribuye, en gran medida, a su indiscutible atractivo para el viajero actual.

Llegamos a Korcula en el ferry que cruza el estrecho desde Orebic, un pequeño pueblo costero de la península de Peljesac, que mira hacia el Adriático, con sus espaldas protegidas por el imponente monte de San Elías.
Durante el corto viaje ya habremos disfrutado de las primeras vistas de la vieja ciudad fortificada, cuyo curioso diseño urbano, con calles en forma de espina de pez, permite la circulación del aire por ellas, evitando los vientos fuertes.

Toda Korcula es una ciudad de piedra peatonal, muy bien conservada a través de los siglos. La primitiva colonia griega fue dando paso a otros asentamientos y conquistas posteriores, pero fue bajo en dominio veneciano cuando la ciudad alcanzó su máximo esplendor.
Según cuenta la tradición local, aquí nació Marco Polo y se puede visitar la que dicen que fue su casa.

Korcula y el archipiélago Skoji        

Especial mención merece la vista desde el campanario de su catedral, San Marcos. Subiremos por sus empinadas escaleras, tras haber paseado por las calles empedradas y descansado en alguna de las pequeñas plazas del interior del recinto amurallado, al que se accede por una impresionante escalinata que llega hasta la puerta principal de la ciudad, presidida por la imagen en relieve del león alado veneciano.

Los habitantes de la isla están muy orgullosos de sus vinos, bien conocidos en toda Croacia, y también de sus tradiciones folclóricas, como los bailes de espadas conocidos como Moreska, que datan del siglo XV y parecen ser una tradición de origen español (a mí me recuerdan a las fiestas levantinas de Moros y Cristianos, por las que reconozco no tener una especial devoción).

La muralla de la ciudad vieja
Pasear junto a la costa cercana a la ciudad vieja nos brinda la oportunidad de disfrutar de unas vistas extraordinarias que, a la caída de la tarde, son verdaderamente magníficas, en especial las que se presentan ante nuestros ojos desde el oeste, con el sol iluminando por la tarde la muralla y el puerto.

Solo hay un hotel bueno en Korcula, pero es excepcional. Se trata del Lesic Dimitri, un palacio antiguo y singular, situado en pleno centro y tan discreto por fuera como lujoso por dentro. Alojarse en él es una experiencia que no olvidaremos. Una opción más barata es el Korsal, junto al mar y muy cerca del puerto. No es comparable al Lesic Dimitri, pero sus habitaciones tienen unas estupendas vistas y está en primera línea, con una pequeña playa de agua transparente frente a su terraza.

La terraza del Lesic Dimitri
El paseo que bordea la muralla, al este de la ciudad antigua, está lleno de restaurantes con terrazas sobre el mar. La mayoría de ellos tienen una situación privilegiada, bajo los grandes pinos que dan sombra a las mesas durante el día, enmarcando el panorama del estrecho, la península y algunas islas cercanas, pero solo dos tienen la calidad que merece una situación tan privilegiada: el del Lesic Dimitri y su vecino Filippi (que, en mi opinión, es aún mejor, siendo los dos excelentes).
Una cena en cualquiera de ellos, siempre, a ser posible, en una de las pocas mesas de la primera línea, a pocos pasos de la casa natal de Marco Polo, eleva a la categoría de perfecto un día feliz en Korcula.

Vela Sestrica
El otro gran atractivo de Korcula es el archipiélago de Skoji. Un grupo de pequeñas islas e islotes que se extienden entre Korcula y Lumbarda, un pequeño pueblo marinero situado en el extremo oriental de la isla de Korcula.
Navegar por ellas es un placer inmenso. Cualquiera puede, por un precio muy razonable, alquilar una pequeña barca con motor para moverse libremente sobre las azules aguas de Badija, Vrnik, Planjak, Kamenjak...

Mi barca en Korcula
Echar el ancla y nadar frente al viejo monasterio franciscano de Badija, en un agua templada y cristalina, o atracar en su pequeño espigón para bañarse en una de sus playas solitarias, entre pinos y ciervos, es un placer casi imposible de superar, al que contribuye con eficacia el intenso azul del mar, la frondosidad de sus bosques, sus cielos limpios y, en suma, la dulzura de un paisaje detenido en el tiempo.







Badija
Me gusta mucho Korcula.
Su ambiente tranquilo, sus calles y casas de piedra, su mar... 

Y claro que tenemos pena al irnos, pero la esperanza de volver algún día nos ilumina el rostro mientras cruzamos el estrecho en nuestro viaje de regreso.

Es uno de esos viajes que siempre nos apetece repetir.







viernes, 15 de noviembre de 2013

Sevilla perdida

Sevilla se despereza,
bautizada de rocío,
entre geranios y albero
que iluminan los sentidos.

En los rincones del alma,
los lamentos de una copla
se cuelan por los balcones
de los amores perdidos.

Y unos ojos se reflejan
sobre la plata del río,
cuando las luces de mayo
te buscan bajo los puentes
y solo encuentran vacío.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Iguazú, el agua grande

Con todo merecimiento, las cataratas del río Iguazú están consideradas una de las siete maravillas naturales del mundo.
Quienes han tenido la paciencia de contarlos, dicen que las forman 275 saltos de agua diferentes, en un entorno espectacular y sobrecogedor compuesto por la densa selva que los rodea, el gran caudal y extensión de las aguas del río y la impresionante belleza de las propias cataratas.

El "Agua Grande" y el Hotel das Cataratas
Como es bien conocido, se encuentran situadas en la misma frontera entre Brasil y Argentina, a muy poca distancia de la de Paraguay.
Cuatro quintas partes de los saltos están en territorio argentino, tal vez los más bonitos, con excepción del mayor de todos, la Garganta del Diablo, que marca, precisamente, el límite entre los dos países.



Sendos parques nacionales protegen el entorno natural de las cataratas: el Parque Nacional Iguazú, en Argentina, y el Parque Nacional do Iguaçu, en la zona brasileña.

Para ver bien las cataratas, hay que hacerlo desde ambos lados, pues las dos perspectivas son magníficas y ofrecen panorámicas y experiencias muy diferentes.

Hay diversas pasarelas que permiten el paseo junto a las cascadas, rodeados de una selva intensa y verde, pero también podemos llegar en pequeñas embarcaciones hasta escasos metros de la Garganta del Diablo y, desde luego, observar la majestuosidad de las caídas de agua desde los balcones situados estratégicamente.
Puesta de sol en Iguazú
Sobrevolar en helicóptero los saltos, el inmenso río y la selva, añade una perspectiva extra que completa uno de esos viajes que hay que hacer, al menos, una vez en la vida.

Tanto en Puerto Iguazú (Argentina) como en Foz do Iguaçu (Brasil), la oferta hotelera es amplia. Son poblaciones sin interés, que han crecido al rebufo del enorme tirón turístico de los parques nacionales. La mayoría de los hoteles son muy poco atractivos, incluso el lujoso Sheraton Iguazú, situado en pleno parque. Del lado argentino podría salvar de mi exceso de celo crítico al Loi Suites y, tal vez, al veterano Panoramic...

Las cataratas desde el aire
Reconozco, como acabo de decir, una exigencia un tanto extrema en mi juicio sobre los hoteles en Iguazú, pero es que un entorno tan único en el planeta merece mucho más desde el punto de vista del alojamiento. Y si insisto en ello es porque para disfrutar de las cataratas hay que quedarse en el interior del parque por la noche, cuando, tras la puesta de sol, las compactas multitudes invasoras se han retirado, tras su incursión diurna.
Pasear de noche, en solitario, junto al agua, sin más luz que la de la luna o la de las estrellas, es el mayor lujo que la naturaleza puede brindarnos. y cuando la naturaleza es desbordante, como la del Agua Grande, se convierte en verdadero éxtasis.
Tucán en la selva
Y claro, para poder hacer esto solo hay un hotel en Iguazú: el Hotel das Cataratas. Este viejo edificio de estilo colonial, ahora renovado y operado por la cadena Orient Express, no podría estar mejor colocado para vivir Iguazú desde dentro. A pocos pasos de las mejores vistas, en el centro del corazón del Parque Nacional do Iguaçu, nos transporta, en nuestra desbordada fantasía, a los tiempos de la expedición de Cabeza de Vaca, gran descubridor y Adelantado de Carlos I, primer europeo que conoció las cataratas que el bautizó como "Saltos de Santa María" y que, luego, acabarían recobrando su nombre en idioma guaraní (y=agua, guasu=grande).

Hotel das Cataratas
Yo estuve alojado en el hotel antes de su reforma. Espero que haya conservado su inmaculada atmósfera y su espíritu original. Ver como amanece junto a los antiguos muros del hotel, con la selva por testigo y el estruendo de las aguas del Iguazú al despeñarse por la Garganta del Diablo, debería ser considerada la octava maravilla natural del mundo.


El resto de la provincia argentina de Misiones, en cuyo extremo norte está ubicado el parque nacional, merece, también una reposada visita.
En especial, las ruinas de la misión de San Ignacio Miní, establecida en el siglo XVII y abandonada en 1768,  como consecuencia de la expulsión de los jesuitas.
San Ignacio Miní
San Ignacio fue mucho más que una misión religiosa y se desarrolló con gran rapidez, llegando a contar en algún momento con una población de más de tres mil habitantes, que tuvieron, como en otras misiones, gran actividad comercial y cultural.
Hoy es la misión mejor conservada de Argentina y sus ruinas, próximas al río Paraná y declaradas en 1993 Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, son una atracción turística y cultural de primer nivel.


No he conocido a nadie que no haya vuelto impresionado de Iguazú, el lugar donde el Agua Grande de los guaraníes se retuerce entre la selva virgen, en aparente calma, para caer después con majestuosa potencia incontenible, camino del lejano Río de la Plata, al que entregarán las lluvias de la selva brasileña, a través del inmenso Paraná, el pariente del mar...