domingo, 17 de noviembre de 2013

Korcula, ¿la ciudad de Marco Polo?

Toda la costa dálmata nos ofrece islas y paisajes extraordinarios que, unidos a la suavidad de su clima, a la transparencia de sus aguas y a la amabilidad de sus gentes, convierten a esta parte de Croacia en uno de los destinos turísticos más atractivos para quien busca una naturaleza que conserva lo mejor de sí misma, sin tener que salir de Europa.

La ciudad de Korcula en nuestros días
La proximidad de las islas al continente es otra gran ventaja, ya que permite llegar a la mayoría de ellas tras un viaje corto y cómodo desde diferentes puntos de la costa.

Los mapas dicen que hay casi mil doscientas islas en Croacia, de las que solo están habitadas sesenta y seis. Y algunas, desde luego, por una población muy pequeña.
Entre ellas, varias son bien conocidas por todos: Brac y su famosa playa de Zlatni Rat, Hvar y sus campos de lavanda, Mljet y su inmenso parque natural, Lastovo, Vis...
La misma vista a finales del siglo XIX
Me resulta muy difícil destacar unas sobre otras, ya que cada una de ellas tiene una acusada personalidad y todas merecen ser visitadas, pero ahora voy centrarme, sin que ello se interprete como una falta de aprecio a las demás, en una de las que cuentan con una historia de mayor relevancia: Korcula.

Korcula (pronúnciese Córchula) es el nombre de la isla y el de su capital, una bellísima ciudad amurallada que domina el estrecho que la separa de la península de Peljesac.
Su belleza y estilo urbano, sumados a su particular disposición defensiva sobre el mar y su bien conservada muralla, han hecho posible que sea conocida popularmente como la pequeña Dubrovnik.
El resto de la isla también es digno de visitar, pero si disponemos de poco tiempo (algo, por desgracia, bastante habitual en nuestra época), lo mejor es concentrarnos en la vieja ciudad y sus muy bonitos alrededores.

Korcula en 1486
Como es fácil de comprobar por las imágenes que se conservan, Korcula ha cambiado muy poco de aspecto con el paso de los siglos, lo que contribuye, en gran medida, a su indiscutible atractivo para el viajero actual.

Llegamos a Korcula en el ferry que cruza el estrecho desde Orebic, un pequeño pueblo costero de la península de Peljesac, que mira hacia el Adriático, con sus espaldas protegidas por el imponente monte de San Elías.
Durante el corto viaje ya habremos disfrutado de las primeras vistas de la vieja ciudad fortificada, cuyo curioso diseño urbano, con calles en forma de espina de pez, permite la circulación del aire por ellas, evitando los vientos fuertes.

Toda Korcula es una ciudad de piedra peatonal, muy bien conservada a través de los siglos. La primitiva colonia griega fue dando paso a otros asentamientos y conquistas posteriores, pero fue bajo en dominio veneciano cuando la ciudad alcanzó su máximo esplendor.
Según cuenta la tradición local, aquí nació Marco Polo y se puede visitar la que dicen que fue su casa.

Korcula y el archipiélago Skoji        

Especial mención merece la vista desde el campanario de su catedral, San Marcos. Subiremos por sus empinadas escaleras, tras haber paseado por las calles empedradas y descansado en alguna de las pequeñas plazas del interior del recinto amurallado, al que se accede por una impresionante escalinata que llega hasta la puerta principal de la ciudad, presidida por la imagen en relieve del león alado veneciano.

Los habitantes de la isla están muy orgullosos de sus vinos, bien conocidos en toda Croacia, y también de sus tradiciones folclóricas, como los bailes de espadas conocidos como Moreska, que datan del siglo XV y parecen ser una tradición de origen español (a mí me recuerdan a las fiestas levantinas de Moros y Cristianos, por las que reconozco no tener una especial devoción).

La muralla de la ciudad vieja
Pasear junto a la costa cercana a la ciudad vieja nos brinda la oportunidad de disfrutar de unas vistas extraordinarias que, a la caída de la tarde, son verdaderamente magníficas, en especial las que se presentan ante nuestros ojos desde el oeste, con el sol iluminando por la tarde la muralla y el puerto.

Solo hay un hotel bueno en Korcula, pero es excepcional. Se trata del Lesic Dimitri, un palacio antiguo y singular, situado en pleno centro y tan discreto por fuera como lujoso por dentro. Alojarse en él es una experiencia que no olvidaremos. Una opción más barata es el Korsal, junto al mar y muy cerca del puerto. No es comparable al Lesic Dimitri, pero sus habitaciones tienen unas estupendas vistas y está en primera línea, con una pequeña playa de agua transparente frente a su terraza.

La terraza del Lesic Dimitri
El paseo que bordea la muralla, al este de la ciudad antigua, está lleno de restaurantes con terrazas sobre el mar. La mayoría de ellos tienen una situación privilegiada, bajo los grandes pinos que dan sombra a las mesas durante el día, enmarcando el panorama del estrecho, la península y algunas islas cercanas, pero solo dos tienen la calidad que merece una situación tan privilegiada: el del Lesic Dimitri y su vecino Filippi (que, en mi opinión, es aún mejor, siendo los dos excelentes).
Una cena en cualquiera de ellos, siempre, a ser posible, en una de las pocas mesas de la primera línea, a pocos pasos de la casa natal de Marco Polo, eleva a la categoría de perfecto un día feliz en Korcula.

Vela Sestrica
El otro gran atractivo de Korcula es el archipiélago de Skoji. Un grupo de pequeñas islas e islotes que se extienden entre Korcula y Lumbarda, un pequeño pueblo marinero situado en el extremo oriental de la isla de Korcula.
Navegar por ellas es un placer inmenso. Cualquiera puede, por un precio muy razonable, alquilar una pequeña barca con motor para moverse libremente sobre las azules aguas de Badija, Vrnik, Planjak, Kamenjak...

Mi barca en Korcula
Echar el ancla y nadar frente al viejo monasterio franciscano de Badija, en un agua templada y cristalina, o atracar en su pequeño espigón para bañarse en una de sus playas solitarias, entre pinos y ciervos, es un placer casi imposible de superar, al que contribuye con eficacia el intenso azul del mar, la frondosidad de sus bosques, sus cielos limpios y, en suma, la dulzura de un paisaje detenido en el tiempo.







Badija
Me gusta mucho Korcula.
Su ambiente tranquilo, sus calles y casas de piedra, su mar... 

Y claro que tenemos pena al irnos, pero la esperanza de volver algún día nos ilumina el rostro mientras cruzamos el estrecho en nuestro viaje de regreso.

Es uno de esos viajes que siempre nos apetece repetir.







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