viernes, 10 de abril de 2015

Hyde Park, Mayfair y Covent Garden

Cada vez que voy a Londres, ya sea por motivos de trabajo o en vacaciones, repito una serie de rutinas que, tal vez, debería reconsiderar. No es que no haga cosas diferentes, claro, pero hay algunas en las que me gusta insistir, de forma recurrente.

Londres es una ciudad que ofrece tanto al visitante que es imprescindible dosificarse. Sin salir del casco urbano (también hay una interesante oferta en los alrededores), podemos pasarnos muchos días sin cesar de mantener una constante actividad y moviéndonos de un lado para otro.
Quizás sea por eso por lo que, cuando mi viaje es corto, me gusta recurrir a mis costumbres más habituales. Y es lo que he hecho en esta ocasión.

Hyde Park en primavera
Tras un largo paseo por Hyde Park para comprobar que todo sigue en su sitio, suelo dejar atrás Rotten Row y sus matutinos recorridos ecuestres para ver con qué novedades nos sorprende Harrods, unos almacenes en los que su numerosa clientela árabe siempre es fiel a su lujosa y elegante oferta. Harrods conviene visitarlo como quien acude a un museo y, si se dispone de tiempo, comer algo en una de las cuidadas barras de las salas centrales de su planta baja que van, poco a poco, ocupando el espacio en el que antes reinaban llamativos pescados y apetitosos cortes de carne. 

La que más me gusta es la de Bentley's, aunque no es comparable, desde luego, con su bonito y antiguo restaurante de Swallow Street, entre Piccadilly y Regent Street, establecido en 1916. Tanto en Harrods como en el original, el pescado es excelente.

Otra opción muy atractiva es el Café Rouge, justo detrás del edificio del almacén londinense y frente a la esquina en la que Ladurée presenta un local más de su extendida fórmula de éxito, unida aquí a Harrods.
Y no es que Beauchamp Place, apenas una calle más al sudoeste, haya perdido su clase (que impulsara, en su día, Diana de Gales), pero ya nos llega a parecer (pienso que sin razón) que incluso el discreto San Lorenzo está un tanto anclado en ese tradicional clasicismo al que han evolucionado, con el paso del tiempo, los locales más modernos del Londres de los años sesenta.

The Map House
Por una u otra razón, después de comprar algún viejo mapa o un bonito cartel de viajes en The Map House, yo prefiero huir del bullicio continuo de Knihtsbridge y regresar al tranquilo Mayfair (que tanto me sigue gustando) y descansar en el que, desde hace unos años, es mi hotel favorito de la ciudad de Londres, el Westbury, de poco trasiego y estratégicamente situado, que tantos recuerdos me trae de mi querido cliente, el inefable Mr. Bennet.
El Westbury es el único hotel que está en Bond Street, aunque su entrada principal es por Conduit Street. No se puede decir de él que sea barato, pero suele tener buenos precios para un hotel de su categoría, situado, como está, en uno de los mejores lugares de Londres.
Desayunar en su muy cuidada brasserie Chavot, cuyo excelente servicio es digno de resaltar, ya es una buena forma de comenzar el día.

Una vez finalizado el siempre copioso y bien elaborado desayuno de Chavot, es imprescindible dirigirse a Hamleys, tienda a la que no dejo de ir a diario (y, si puedo, más de una vez al día), ya que ejerce sobre mí una especial atracción (muy justificada) desde tiempos inmemoriales.
Regent Street siempre me ha parecido más interesante que Oxford y no pasa nada por perder un rato observando sus comercios, ya mucho menos conservadores de lo que fueron antaño.

Rubens en la Royal Academy of Arts
Y, si elegimos adentrarnos en Mayfair, allí tenemos las dos partes de Bond Street (Old y New), de las que yo solo tengo que evitar un pequeño trozo de la primera para no encontrarme con aquel joyero que todavía me espera con dos collares de jade (desde hace unos treinta años) cuidadosamente envueltos y listos para ser despachados por la módica cifra de ocho mil libras esterlinas, cada uno (lo que equivaldría, en dinero de hoy, a unas quince mil, más o menos). No estamos en el sitio adecuado para contar esta larga historia, así que ya buscaré una mejor ocasión para hacerlo. Es probable que el joyero ya haya pasado a mejor vida, pero no seré yo quien corra el riesgo de averiguarlo.

El reloj de Fortnum & Mason
Muy cerca, frente a la entrada posterior de la Royal Academy of Arts, en Burlington Gardens, se encuentra Cecconi's, el magnífico restaurante italiano, en el que comería y cenaría cada día, de no ser porque es más razonable probar otros sitios que van surgiendo, y con frecuencia, en una ciudad tan viva como es  Londres. Por ejemplo, Yauatcha, un moderno restaurante chino en pleno Soho (con una estupenda pastelería propia), cuyo pato crujiente no desmerece al del desaparecido Zen Central, que tanto le gustaba a mi amigo Norman Vale.

Coach & Horses
Llegada la hora del té, es preciso tener en cuenta que los grandes establecimientos londinenses han descubierto el filón que tienen en esta típica tradición británica. Y lo han hecho mediante el sencillo método de poner precios descabellados a la experiencia de disfrutar de una buena taza de té, acompañada por unos cuantos pequeños emparedados y algunos pastelitos. Fortnum & Mason (que, si ya lo era, tras su remodelación se ha convertido en visita aún más obligada), en sus nuevos salones, o el Paul Hamlyn Hall de la Royal Opera House son dos buenos ejemplos de ello. A mí, ya sin Park Room en el panorama del té de la capital inglesa, me sigue gustando más el que sirven en el Brown's, que también, por supuesto, está en Mayfair y a dos pasos del Westbury.

Pero si lo que buscamos es un pub en el más puro estilo británico, Coach & Horses, que está en Bruton Street (la continuación de Conduit) y haciendo semiesquina con Bond, es, sin la más mínima duda, el más auténtico que podemos encontrar. Un pequeño edificio de la década de 1770, que se ha mantenido en pie a través de los años, conservando toda su belleza original.

Royal Opera House
Covent Garden me agobia un poco, pero es difícil estar en Londres y no acercarse a la ya mencionada Royal Opera para asistir a una ópera o a un ballet. Turandot y Madama Butterfly son las dos últimas que he tenido la suerte de ver allí. Muy buenos montajes, siempre con grandes cantantes. 
Me gustó mucho la Cio-Cio-San que cantó Ana María Martínez, a quien había visto y oído hace poco en la Opéra Bastille de Paris, en el papel de Mimì, en otra de las grandes obras de Puccini, La bohème.

Cenar en Covent Garden no es un problema (aparte de la dificultad de decidir entre tanta oferta), si bien es cierto que muchos de los restaurantes proponen hacerlo antes del comienzo de la función, lo que siempre nos parece demasiado pronto. Y no es infrecuente encontrarse con puestos callejeros que nos sorprenden con una comida apetitosa y variada, aunque algo incómoda de disfrutar en medio de la calle.
Lo que nunca deja de gustarnos es ver el antiguo mercado frente a los soportales en los que desemboca la salida trasera del teatro, en ellos esperamos encontrarnos con Audrey Hepburn vendiendo flores, antes de convertirse en My Fair Lady...

Ana María Martínez, como Cio-Cio-San
Por todas estas buenas razones (y por muchas otras más) nos resulta muy extraño que todavía haya quien no quiera buscar una oportunidad para escaparse a Londres. 
Y cualquier época del año es apropiada para hacerlo, porque la gran capital del Támesis es permanentemente acogedora y no deja de brindarnos excusas atractivas para visitarla.

Ahora mismo es un momento perfecto.




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