miércoles, 1 de abril de 2015

Segovia atormentada

Segovia es una ciudad en la que historia y belleza están unidas indisolublemente.
Visitarla resulta imperativo para cualquiera que, encontrándose en Madrid, necesite respirar ese oxígeno espiritual del que la gran capital, en ocasiones, anda tan escaso.

Tal vez por esa razón, he ido a ella con mucha frecuencia desde que era niño. Aunque no estoy seguro de que este motivo haya sido la única causa que me ha impulsado a pasar bajo los arcos de su impresionante y milenario acueducto tantas veces en mi vida.

Mi madre estuvo a punto de ser asesinada en Segovia. Claro que de eso hace ya mucho tiempo. Sucedió en una época en la que se vivía tan peligrosamente que ya el mero hecho de estar vivo podía considerarse un lujo.

Con el Ramiro fui a Segovia en un par de ocasiones y guardo una fotografía impagable del primero de aquellos viajes, tomada junto a las almenas de su gran alcázar, en el que fueran cadetes Luis Daoíz y Pedro Velarde, muchos años después, desde luego, de que el célebre castillo acogiera la boda de Felipe II o sirviera de lugar de reposo a Alfonso X el Sabio... sin olvidar que Isabel la Católica salió de él para ser coronada reina de Castilla.

El tercer punto clave de Segovia es su catedral, cuya silueta la recuerdo siempre al fondo de un paisaje, tras las juveniles figuras de Flor y Amparo, quienes ya parecían haber superado sus más críticos momentos segovianos.
Segovia tiene tanta historia que no se inmuta ante nada. Es lógico. Y, probablemente, contagiado por ese hieratismo atemporal que la envuelve, no percibí en aquel, también lejano, primero de abril los negros y amenazadores nubarrones que coronaban las altas torres del alcázar, arremolinándose junto a sus afilados picos. La verdad es que, desde el frondoso barranco en el que el pequeño río Clamores se une al Eresma, el cielo no presentaba un aspecto nada tranquilizador, pero yo, sin duda confiado en la experiencia de una memoria que siempre me había parecido favorable, no reparé en ello.
Fue un grave error por mi parte. La historia nunca es pronóstico cierto del futuro. La estadística, incluso, así lo corrobora.

Una tormenta como la que aquel fingido cielo primaveral anunciaba puede desencadenarse en poco tiempo, es cierto, pero un proceloso drama de colosales dimensiones, capaz de convertir el majestuoso decorado de la veterana ciudad del acueducto en tramoya permanente del destino, dispuesta con indiscutible disimulo y maña, no se gesta en solo cinco meses.

Pese a todo, consultados los archivos del Instituto Nacional de Meteorología, no se registran indicios de que en ese día hubiese actividad tormentosa en la zona. Sin embargo, es evidente que los radares no captaron aquellas borrascosas perturbaciones, porque existir, existieron.

El caso es que los más de dos mil años de historia que reposan en el rocoso promontorio sobre el que se alza la muy noble población castellana no fueron capaces de controlar esas difusas, pero profundas, bajas presiones. Una tempestad oculta que despegaba las conciencias del suelo y alimentaba las ambiciones, elevándolas hasta insospechadas cotas, a las que la imaginación no podía alcanzar en una dulce jornada de primavera, de aspecto tan cándido como el nombre de su más famoso mesonero.

Y allí quedó Segovia, atormentada por el reflejo de un nuevo abril de leyenda que permanece, para siempre, enmascarado tras una coraza de hierro y un yelmo perpetuo, bajo los que nadie sabe qué se esconde... si es que hay algo que no sea el gélido soplo del olvido.


1 comentario:

  1. Felicidades Paco. Precioso recuerdo de una ciudad que te empapa sin necesidad de lluvia.

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