jueves, 16 de abril de 2015

Rostros con historia

Una nueva y reciente visita al Museo Arqueológico Nacional de Madrid me ha permitido observar algunas de sus piezas más notables, desde una perspectiva diferente a la ya reseñada en un anterior artículo, en el que nos hacíamos eco de la reapertura de este museo, fundamental para conocer la evolución y la historia del hombre en este territorio del occidente europeo que hoy conocemos como España.

Dama de Elche
Conocer, razonablemente bien, la exposición pública del museo (que es solo una pequeña parte de sus fondos), nos brinda la oportunidad de detenernos, con una cierta calma, en algunos detalles muy difíciles de advertir cuando estamos, todavía, en la fase de intentar absorber la gran cantidad de información que allí se nos proporciona.

Así, me gustó retratar algunos rostros, todos fundamentales para nuestra historia, y que dicen mucho cuando se miran de cerca. 

El primero, como es lógico, debe ser el de la gran estrella del MAN, la bellísima Dama de Elche, cuya inmensa y serena majestuosidad solo compite con la de Livia en la lucha de ambas por ocupar el trono de la belleza eterna. 

De frente, a escasos centímetros de ella, la perfección de sus facciones se acrecienta hasta el punto de que, quien la mira, despeja sus dudas sobre si representa a una noble dama, a una sacerdotisa... o a una diosa, que es la conclusión indiscutible a la que llega.
Sus ojos rasgados, ligeramente entornados, nos miran desde una altura superior a la que hoy se nos permite, indicando que su posición original era otra, por encima de las cabezas de los mortales que tenían el honor de contemplarla en su situación original, en la antigua ciudad de Ilici, antes de que los romanos amenazasen con su presencia la infinita pureza de la diosa...

Dama oferente del Cerro de los Santos

No se puede decir lo mismo de la Dama oferente del Cerro de los Santos, que a mí me parece más (en contra de la opinión de los expertos) una sacerdotisa entregada a la causa que una señora elegante ofreciendo algo a los dioses. Desde luego, una dama con poder terrenal nunca hubiese dado por buenos unos ojos como los que le proporcionó el escultor de turno, más propios de un fervor devoto profesional que de una representante de la alta nobleza ibérica de la época. 

Todo ello sin perjuicio del enorme valor que, como yacimiento arqueológico, tiene el Cerro de los Santos, un enclave extraordinario para quienes deseen profundizar en el conocimiento de una cultura que, sin duda, fue muy superior a lo que puede parecernos hoy, desde la limitada información que tenemos de ella.



Dama de Baza
La tercera dama importante de nuestro patrimonio arqueológico ibero es la de Baza.

Aquí sí que comparto el pensamiento de quienes la consideran una aristócrata de rango superior quien, por estar ya muerta en el momento de crear su figura sedente, no tuvo posibilidad de castigar con severidad a su escultor por haberla reflejado con tanto realismo.
Nada de agrandar los ojos o poner atractivo en su semblante, sino, por el contrario, retratar fielmente ese aspecto de señora poderosa y dominante que suplía sus poco afrodisíacos rasgos con buenas dosis de dinero y autoridad. Un rostro, a fin de cuentas, tan inexpresivo como seguro de su poder y riqueza.
Creo que es un trabajo excelente de un escultor que no quiso idealizar en exceso a esta famosa (y seguro que poco popular, en su tiempo) noble dama granadina.

Horus
Tal vez más antiguo que las tres señoras sea este Horus egipcio que nos mira con cara de mal humor a través de sus estrábicos ojos de halcón de basalto, desprovistos ya de las probables piedras preciosas que ocuparon un día el vacío actual de sus pupilas.

Claro está que, en este caso, no se trata de una pieza que se haya encontrado en España, sino que fue traída desde algún desconocido lugar de Egipto, como parte de la colección de siete esculturas antiguas que el mexicano Mario de Zayas donó al Museo del Prado en el año 1943. 
Este halcón egipcio, que bien pudiera tener veinticinco siglos de antigüedad, está en depósito en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid desde 1979.
Pese a tener solo algo más de medio metro de altura, ponerse frente a frente de su amenazador pico, a escasos centímetros de distancia, impresiona. Y su divina naturaleza (Horus era - o es - hijo de Isis y Osiris) queda bien patente en su gesto.

Máscara egipcia
También egipcia (y mucho más antigua que el halcón de piedra) es esta máscara de madera que presenta rasgos más amables y un colorido brillante, resaltado por el típico barniz que se aplicaba a los sarcófagos de aquella lejana época. 
No es improbable que el restaurador se haya excedido en su celo al acometer la recuperación de su aspecto original, si es que ha existido tal restauración (algo que yo desconozco, aunque intuyo), pero el hecho innegable es que lo que queda de la momia que allí estuvo nos observa con una cara juvenil, agradable y dulce, con una mirada que parece querer transmitirnos tranquilidad ante el trance de dejar este mundo, que tanto inquieta a cuantos aún no han pasado por él, mientras que despreocupa eternamente a los que ya han dado ese gran paso. 
Puede que los tonos de mi fotografía hayan quedado un poco saturados por la luz que la iluminaba, pero doy fe de que la publico sin retoque alguno.


Septimio Severo
Llegando al tiempo de la dominación romana, parece razonable empezar por el retrato de un emperador. 

Septimio Severo, primer africano en llegar al trono de Roma, llama nuestra atención desde las diversas cabezas que, con su efigie, adornan el gran patio central del museo, todas ellas realizadas en blanquísimo mármol.
Su poblada barba rizada y su bigote contrastan con las lampiñas caras de la mayoría de quienes ocuparon la más alta jerarquía imperial, si bien a mí me sorprende más que el hecho, en sí, de tener barba, su longitud y que la tuviese tan densa y rizada desde el mismo límite de los pómulos. Tal vez quiso pasar a la posteridad dejando claro su origen norteafricano.
La próxima vez que vaya al peluquero/barbero, pediré un estilismo similar, pero no estoy seguro de conseguirlo.




Livia

Muy cerca de Septimio nos encontramos con la ya antes mencionada rival de mi diosa ilicitana favorita: Livia. 

Livia Drusilla, la esposa de Augusto, brilla con luz propia en ese mismo luminoso patio, desde lo alto de la mejor escultura que de ella se conoce en el mundo.
Su blanca belleza y su enorme personalidad (que irradia desde su efigie, tal como, en realidad, la tuvo en vida) compite con la gran dama ibera de la ciudad de las palmeras.
No me extraña nada saber que Livia gozó de gran popularidad y reconocimiento en su tiempo, ni que tuviera un gran protagonismo en la sociedad romana.
El autor de esta fantástica imagen sedente de Livia fue un enorme artista, capaz de reflejar en su obra una belleza, serenidad y elegancia propias no ya de una emperatriz, sino de una verdadera diosa. 
El Museo Arqueológico tiene en ella una joya excepcional, traída a Madrid desde las impresionantes ruinas de Paestum, en la actual Campania italiana.

Cabeza romana de bronce
Esta cabeza romana de bronce, datada en los primeros años de nuestra era y, por tanto, contemporánea de Cristo, fue encontrada en la provincia de Soria y, según parece, se trata de un retrato privado que no corresponde a ninguno de los grandes personajes cuyos nombres han llegado hasta nuestros días.

Los expertos en arqueología romana la han catalogado en ese período que comprende la época de dos emperadores (Tiberio y Calígula), basándose, sobre todo, en la particular manera de peinar los mechones de su cabello.
Al personaje se le considera (pienso que con una cierta frivolidad) un magistrado de la ciudad de Tiermes, tal vez por su expresión fría e impersonal, acentuada por el negro vacío de unos ojos que contrasta con los colores verdes y rojizos que la oxidación del bronce ha impregnado en su anónimo rostro.

Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha
Otra de las piezas destacadas del museo es el cristo de marfil del tesoro donado a la colegiata de San Isidoro de León, a mediados del siglo XI, por los reyes Don Fernando y Doña Sancha.

Se trata de un crucifijo-relicario que los reyes de León y condes de Castilla legaron a la colegiata leonesa, junto con otras joyas y obras de arte, aparte de diversas tierras e inmuebles.
La delicadeza y valor artístico de esta pequeña escultura elaborada en marfil, con incrustaciones de oro y azabache, son extraordinarios y su conservación nos ha permitido poder disfrutar hoy una de las piezas más representativas de este tipo de imágenes del arte románico.
En la parte posterior de la cruz, hay un receptáculo para albergar una reliquia del lignum crucis, justo a la altura de la espalda de Cristo, cuyo rostro de grandes ojos realza su carácter divino al no presentar muestra alguna de sufrimiento ante el martirio.
Es un trabajo realizado por las manos de un artista de gran técnica y sensibilidad, que exhibe el MAN, destacándolo como uno de sus 'imprescindibles'.
Apolo

Y terminamos este recorrido por algunos rostros de la historia con otra cara de belleza singular, esta vez masculina: Apolo.

Me resulta difícil clasificar la procedencia real de una estatua que, según todos los indicios, está compuesta de varias partes, originales de distintas épocas, unas antiguas y, otras, del siglo XVIII.
Pero aquí solo tratamos de retratos, así que eso nos da igual. Lo que sí nos importa es la bellísima imagen de una cabeza que nunca dudaríamos en aceptar que corresponde a la mismísima Afrodita, si alguien nos lo asegurase. 
Haciendo un esfuerzo, aceptaríamos que el mentón y el cuello son más propios de un varón, pero ni de esto nos sentiríamos absolutamente convencidos. Y es que ni el bello Adonis puede hacer sombra a Apolo cuando su efigie está tan bien tallada como la que podemos disfrutar en el museo madrileño. Hasta esa rotura de la nariz (tan habitual en las estatuas clásicas) contribuye a dotar de especial personalidad al único rostro del MAN que puede aventurarse a desafiar a Livia y a Ilicia (nombre inventado por mí para designar a la gran dama de la cultura ibera) entre los muros del renovado Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en el que, además de nuestra historia, nos aguardan muchos rostros que nos observan desde el pasado para ayudarnos a conocerlo mejor. Que viene a ser equivalente a conocernos mejor a nosotros mismos.

1 comentario:

  1. Gracias por el artículo, muy buenas las fotos y la explicación. Saludos.

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