lunes, 26 de septiembre de 2016

Reflejos de otoño: Moscú


Moscú en otoño siempre me ha parecido perfecta para disfrutar de la tristeza. De esa tristeza bella y suave, que dura poco... que se aleja de nosotros y, a la vez, se resiste a abandonarnos al frío del invierno. 
En esos días, húmedos y lentos, en los que el verde se convierte en ocre y el azul del cielo se ha ido, dejando su lugar a una cúpula de plata, pasear por sus rincones más escondidos, con un libro de Aleksandr Pushkin bajo el brazo, se convierte en un deporte poético, relajado y muy sano para el espíritu.

















"Cada otoño florezco de nuevo", decía Pushkin en uno de sus versos. Una sensación que entiendo perfectamente. Y, hablando de flores, viene a cuento ese bello poema en el que el gran poeta ruso se pregunta, al encontrar una flor seca en el interior de un libro:


Una flor que el tiempo marchitara
veo en un libro olvidada todavía;
y de una ensoñación extraña
de súbito se colma el alma mía:

¿Dónde? ¿Cuándo floreció? ¿Cuál primavera?
¿Larga vida tuvo? ¿Fue cortada
por mano conocida o mano ajena?
¿Y luego para qué fue aquí guardada?

¿Es un recuerdo de inefable cita
o de algún adiós fatal y frío,
o de un paseo en solitaria cuita
por campos de silencio y bosque umbrío?

¿Y vive él? ¿Y ella viva está?
¿Dónde estará la sombra de su amor?
¿O también se han apagado ya
igual que esta misteriosa flor?


Una bonita traducción de Sonia Bravo Utrera (difícil empeño el de traducir poesía).


Cuando nos movemos, sin rumbo, durante el otoño en Moscú no es importante elegir un camino u otro. Es mucho mejor ir encontrándose con las sorpresas anónimas que las calles nos ofrecen. 
Y hoy, lejos de Moscú como estoy ahora, es una feliz idea dejarse rodear por las fotografías de mi amiga Elena Potyeva para sentirte inmerso en ese paseo.

Potyeva tiene la magistral virtud de retratar rincones inesperados, que no tienen por qué ser necesariamente solitarios y alejados. Muchos de ellos están en pleno centro, muy próximos a lugares repletos de gente local apresurada, o de esos viajeros despistados que deambulan por las grandes avenidas, sin aspirar a nada que se salga de lo común. Las fotos de Elena siempre miran a un ángulo distinto, cargado de sentimiento, de nostalgia y de sencilla belleza (que, como bien sabemos, es la más grande que existe). 

Estas imágenes nos permiten sumergirnos en el otoño de la capital rusa y perdernos entre sus esquinas, sin buscar nada concreto, dejándonos llevar. Carece de importancia, cuando así nos adentramos por las calles secundarias de una ciudad, identificar el lugar, el edificio ante el que nos encontramos. Sin embargo, hacerlo así, sin la urgencia del turista habitual ni las prisas de quien persigue algo específico o debe llegar a tiempo a su destino, nos proporciona un placer especial. 







Y luego, tal vez sentados junto a la ventana de un café, leer otro poema de Pushkin y, a continuación, mirar a través del cristal para reflexionar sobre el sentido de las cosas. Para ello, podrían ser muy apropiados estos versos suyos, titulados 'El carro de la vida':

Aunque a veces la carga es pesada,
el carro avanza ligero;
el intrépido cochero, el canoso tiempo,
no se baja del pescante.

Nos acomodamos por la mañana en el carro,
alegres de partirnos la cabeza,
y, despreciando el placer y la pereza,
gritamos: ¡Adelante!

A mediodía se ha esfumado ya el arrojo;
trastornados por la fatiga y aterrados
por las pendientes y los barrancos,
gritamos: ¡Más despacio, loco!

El carro sigue su marcha; ya a la tarde,
a su carrera acostumbrados, soñolientos,
buscamos posada para la noche,
mientras el tiempo azuza a los caballos.





Y es que así es la vida, como un paseo por Moscú en otoño.

































Poemas: Aleksandr Pushkin.
Fotografías: Elena Potyeva.

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