jueves, 9 de enero de 2014

Una calle de París


Es una calle pequeña.
Y ni siquiera voy a hablar de toda ella, sino de un pequeño tramo, de apenas ciento cincuenta metros, en el que no hay monumento alguno ni locales famosos, tan frecuentes en la gran capital parisina.

La calle de Mont Thabor está en el primer distrito y es paralela a la célebre calle de Rivoli, en la parte final de esta, ya cerca de la plaza de la Concordia.


Empieza en la muy breve calle de Alger, que une Rivoli con Saint-Honoré y aunque, en realidad, llega hasta más allá de la calle Cambon, a mí tan solo me interesa el primer tramo, que acaba en el cruce con la ancha calle de Castiglione, a un paso de mi plaza favorita de París, por la que paseaban Gary Cooper, Audrey Hepburn y Maurice Chevalier en la comedia de Billy Wilder y, años más tarde, Catherine Deneuve, en la película de Nicole Garcia.


Alfred de Musset
Como casi todas las del primer distrito, Mont Thabor es una calle de edificios sobrios y bonitos, pero tiene un aire de sencillez y paz que contrasta con la ajetrada Rivoli y la cosmopolita Saint-Honoré, tan próximas y diferentes a ella.

En el número cuatro hubo un hotel que llevaba el nombre de la calle. Era un hotel muy frecuentado por españoles en aquellos años (no especifico a qué años me refiero, pero eso carece de importancia), un tanto destartalado (tampoco demasiado) y, como es obvio, con una situación inmejorable.
A mí me pareció estupendo. Y luego, tras las bonitas lágrimas que una guapa chica rubia derramó en la esquina de la plaza Vendôme, más estupendo todavía.
Yo estaba acostumbrado a pequeños y dudosos hoteles próximos a Clichy, como el hotel Blanche, por ejemplo. Y no era por que tuviera un especial apego a Pigalle, sino porque el Club de Actividades Culturales Hispano-Francesas siempre nos llevaba allí. Por cierto que este desaparecido club y su carismático líder absoluto, el apuesto Bernardo (quien cada vez que visitaba París volvía con un nuevo anillo de brillantes) merecen un artículo propio.

Hoy, el viejo hotel Mont Thabor se ha transformado en el, digamos, elegante Reinaissance Paris Vendome, un hotel de la cadena Marriott que cuenta con un restaurante vasco-francés (Pinxo, de Alain Dutournier), al que se accede por la calle de Alger. Sintiéndolo mucho, y en detrimento de mis muy buenos recuerdos, dudo que nunca llegue a alojarme en él.

En la fachada de la casa contigua podemos ver la placa dedicada al poeta romántico Alfred de Musset, que fuera amante de George Sand antes de que la escritora pasara un invierno en Mallorca con Chopin. La placa nos recuerda que Musset murió en esta casa el día dos de mayo de 1857.



En la acera de enfrente, otro hotel, el Duminy-Vendome, ocupa el edificio de un antiguo predecesor que también recuerdo con cariño. Al contrario de lo que me ocurre con su frontal vecino, el Duminy sí me parece un buen sitio para quedarse en París, en un ambiente confortable y moderno y con unos precios más que razonables para lo que suele ser habitual en una ciudad que no es famosa por ser especialmente barata.

Hay otro hotel en la calle, pero solo podemos ver aquí su entrada trasera, ya que la principal está en Rivoli, bajo los soportales. Es el Meurice. Uno de los mejores hoteles clásicos de París, residencia de reyes y grandes personalidades, sigue siendo hoy una de las referencias hoteleras más importantes del mundo.
El hotel fue fundado en París en 1815 y trasladado a su actual ubicación en 1835. En él vivió Alfonso XIII, cuando tuvo que abandonar España, tras la proclamación de la II República. Tras él, un considerable número de reyes y jefes de estado han sido (y siguen siendo) huéspedes del aristocrático Meurice.

El Meurice desde las Tullerías
Durante la ocupación de París en la Segunda Guerra Mundial, el hotel fue requisado y el gobernador militar alemán fijó en él su cuartel general. Y allí desobedeció la orden de Hitler de destruir París antes de dejar la ciudad en manos del Ejército Aliado.

Salvador Dalí fue otro de sus visitantes habituales, ya que durante tres décadas no dejó de pasar un mes al año en las mismas habitaciones que ocupase, en su día, Alfonso XIII. Hoy, uno de los restaurantes del hotel lleva, en su honor, el nombre del gran artista catalán.

El bar del Meurice
Pero el gran restaurante del hotel Meurice es el de Alain Ducasse. Sin duda, uno de los mejores de París, que combina la extraordinaria calidad de su cocina (que ha merecido, en justicia, las tres estrellas de Michelin) con el salón más impresionante que podamos imaginar y unas espectaculares vistas sobre los jardines de las Tullerías. 


También merecen destacarse la interesante joyería de Annette Girardon, el restaurante japonés Kinugawa y la taberna irlandesa Carr's, en la esquina con Alger. Y poco más queda en mi trozo de calle. Si acaso, al caer la tarde, la sombra de personajes como Enrique Blanco y Vicente Marco, los creadores de Carrusel Deportivo, comentando el final del Tour de Francia al regresar, cansados, al hotel, tras el intenso trabajo...

Desde mi balcón
Sin embargo, debo reconocer que la proximidad con el Costes (mi hotel favorito para pasar el fin de año en París) y con Angelina, son puntos a favor de mi pequeña calle parisina que no puedo dejar de tener en consideración cuando pienso en sus virtudes que, siendo humildes, para mí son mayores que las que poseen los grandilocuentes bulevares y avenidas que dan fama mundial a la capital del Sena.


Después, tras cruzar Castiglione, Mont Thabor continúa hacia... pero eso ya me da igual, porque esta parte de la calle para mí ni siquiera existe.

2 comentarios:

  1. En este hotel me hospedé hará unos 44 años. Recuerdo las camas con ruedas que eran una bonita forma de hacer el indio por las noches y el ambiente oscuro de todo el hotel con colchas y cortinajes densos. No fui del Ramiro pero me examiné cada año en él. Cosas de estudiar en un colegio no reconocido: el Estilo. En aquella ocasión en Paris cogí el sarampión. Daría más que hablar una venérea pero sólo fue un púber sarampión. Pero sigo intentándolo.

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  2. https://citricamultimedia.com/quienes-eran-los-olmecas/
    Las Ventas, Los Tres Zapotes, San Lorenzo, entre otras. La particularidad de este terreno nos demostraba que naturalmente era un ambiente de selva y tenía numerosos pantanos.

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